domingo, 30 de octubre de 2016

EL PRESENTE DE LA LITERATURA GAUCHA

Si bien, cuando se habla del gaucho, la gente del común asocia con un hombre de bombacha, botas, sombrero, tirador, etc., de a caballo, las expresiones de la cultura gaucha gestadas en su entorno, son muchas y variadas, por ejemplo: las danzas, la soguería, el canto, las pilchas del hombre y la mujer, las de ensillar, las comidas, el tejido en telar, la construcción de la vivienda, la platería… Y esto permite que donde no puede entrar el hombre de a caballo para manifestar la tradición, si puede hacerlo alguna de estas manifestaciones.
No obstante se debe tener en cuenta, ¡y muy presente!, que “el gaucho” existió porque tuvo el caballo, porque fue un pastor ecuestre; de no haberlo tenido, de haber sido un pastor de a pie, muy otro habría sido su nombre y otra seguramente su historia.
Si algún día, por “h o por b”, las entidades defensoras de los animales nos privan de la participación del caballo en nuestras cuestiones criollas, muy cuesta arriba se nos hará a los tradicionalistas mantener alta la bandera de las tradiciones.
He omitido de ex profeso, en las citas anteriores, la mención de la literatura costumbrista o gaucha, porque sobre este punto habremos de hacer hincapié de ahora en más.
Aunque más no sea, quien más quien menos, sabe que existe un libro al que simplificando llamamos “Martín Fierro”, y por él, de que existe un genero denominado “poesía gauchesca”. A esta expresión podemos atribuirle la misma edad que tiene la Patria. Y agregarle una curiosidad: a pesar que el gaucho era analfabeto (lo que no quiere decir ‘ignorante’), su poesía oral sirvió para gestar un género. Claro que muchos se preguntarán ¿cómo?, ¿por qué?
Pues ocurrió que aquellos hombres del pueblo, con dominio de la escritura, “copiaron” su forma de expresarse -sobre todo su lenguaje-, para transmitir las novedades importante de los acontecimientos (estamos en el nacimiento de la Patria), de un modo que asegurasen la llegada real al pueblo, como si fuese uno de ellos propiamente el que lo está contando.
Presentado el género, vale aclarar que es exclusivamente poético. La prosa, llámese cuento, novela, ensayo, es impropia del gaucho, salvo que tomemos como referencia, al narrador oral del fogón, que por cierto, sí tiene algún valor.
Personalmente llamo a la prosa: propia del “gauchesco tardío”; entre nosotros los primeros escarceos asoman, por ejemplo: con Eduardo Gutiérrez en “Juan Moreira”, con Eugenio Cambaceres en “Sin Rumbo”, pero necesitará de Güiraldes y el “Segundo Sombra” para cobrar entidad netamente definida.
¿Por qué del “gauchesco tardío”?, porque las obras citadas son de 1880, 1885 y 1926, respectivamente, y la desaparición del “gaucho real”, comienza su apurada declinación y transformación social a partir de 1880 (puede tomarse al año como un tanto arbitrario, pero vale a modo de ejemplo).
En estas creaciones literarias ya no interviene en forma directa el gaucho propiamente, sino que son hombres cultos, citadinos, pero muchas veces con experiencias o raíces familiares en la vida rural, los que comienzan a desarrollar en el cuento o la novela, sucesos y aventuras en las que el gaucho y sucesos histórico-políticos de su tiempo, forman la trama principal. Tómese como ejemplo, “A Punta de Lanza” de Carlos Molina Massey, en 1924 o “Cancha Larga” de Acevedo Díaz, en 1939.
Pues bien, vamos ahora a lo que me interesa plantear.
Hacia 1913, al crearse la cátedra de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional de Buenos Aires, y ponerse la misma bajo la conducción rectora de Ricardo Rojas, éste remarcó los estudios y análisis que había hecho, en bibliotecas públicas y privadas, y archivos y repositorios varios, sobre las obras gestadas durante el Siglo 19, y cuando más adelante -a partir de 1917- publica su historia de “La Literatura Argentina – Ensayo filosófico sobre la evolución de la cultura en el Plata”, comienza la reseña dedicando uno de los cuatro tomos de su rico trabajo al quehacer gauchesco, denominándolo justamente: “Los Gauchescos”, con lo cual, viene a poner en un nivel de real jerarquía a una expresión literaria que si bien había sido bien recibida y consagrada por el pueblo-pueblo, no había ocurrido lo mismo en los niveles llamados “cultos”. Téngase presente que para que el “Martín Fierro” fuera recibido con honores, debieron transcurrir más de tres décadas desde su aparición en 1872, y necesitar de un inspirado Leopoldo Lugones para que en varias conferencias brindadas en el Teatro Odeón de la Capital Nacional, colocara a la obra en el sitial que actualmente ocupa. Corría 1913.
Qué pasó luego…? nada, en líneas generales. Es como si oficialmente se hubiese decretado la muerte del género; algo así como que después del “Martín Fierro” en verso, y “Don Segundo” en prosa, el género dejara de existir.
Pero… por suerte, no fue así!!
De la misma manera que “el gaucho real”, poco a poco trocó en el paisano u hombre campero que la mayoría hemos conocido a lo largo del pasado Siglo, la poesía, fundamentalmente la poesía que es la más directamente vinculada al gaucho, también sufrió su adaptación; cambio que en una síntesis podemos reflejar así: En el Siglo 19, con la gesta de la Patria nace la expresión literaria que después se llamará “gauchesca”. A las formas estróficas heredadas del español, se les dio contenido con “el habla gaucha”. En el Siglo 20, desaparecidos el gaucho y los asuntos que le dieron tema (guerra de la independencia, luchas intestinas, montoneras, el desierto, vida de frontera), sufre cambios: canta ahora a las cuestiones diarias, el pingo, la doma, las pilchas, el rodeo, la tropa, la mujer, el rancho, etc., y es este modo el que da cuerpo a una nueva forma que me animo a denominar , la que mantiene la particularidad del lenguaje como elemento definitorio y de personalidad.
Y pongo énfasis en esto, porque el lenguaje es rasgo fundamental para la existencia del genero, están allí los genes de su identidad, la gran particularidad de una forma expresiva que se fundó sobre las formas literarias heredadas del conquistador, que venían ya del Medievo español.
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Hago acá una pausa para hacer una aclaración en la que suelo ser reiterativo en mis charlas: Si bien reconocemos como aceptada la definición de “gauchescos” dada por Rojas, para referirse a los autores y a sus obras, en honor a la verdad, nada de lo que tuvo el gaucho, fue denominado por él como “gauchesco”: ni su sombrero era gauchesco, ni tampoco lo era su recado, ni su poncho, ni su rancho, ni lo que cantaba como tampoco los sucesos de su vida.
Acá coincidimos con dos entrerrianos -Amaro Villanueva y Fermín Chávez-, que estudiaron el tema y separadamente, sacaron como conclusión que lo correcto sería denominar a esta forma expresiva como “al modo gaucho”, opinión con la que decididamente coincidimos, aunque también reconocemos que a esta altura es un tanto inoportuno cambiarle el nombre a algo que se ha llamado así por más de un siglo, pero creo oportunos informar y dar a conocer una opinión que entendemos acertada.
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En esta etapa ya en el Siglo 20, con la formación escolar más difundida, por lo menos con el conocimiento básico de la escritura, ya que a partir de dicha centuria era más habitual llegar al segundo o tercer grado en el ámbito rural, comienzan a aparecer los versos escritos por los propios hombres del ambiente rural o íntimamente ligados a él. En el Siglo anterior la creación propia del gaucho había sido oral, sin registro en papel. Ahora ya lo puede volcar en un cuaderno y a veces llega a las páginas de un periódico.
Anecdóticamente digo lo del cuaderno, porque los mismos recopiladores lo han apuntado, ya que inclusive había personas, que no sabían componer un verso, pero que volcaban en un cuaderno todos los versos que llegaban a sus oídos. Poseo en mi archivo personal, uno de aquellos de tapa de hule color negro, en el que un paisano, al tocarle el servicio militar allá por la década de 1920, copió una cantidad de composiciones, con la triste carencia de no haberle agregado a cada cual, quien se lo dictó o de donde lo tomó, ya que la gran mayoría son desconocidas y carecen de información, estando descartado las haya escrito él. Este paisano se llamó José Tirado, y toda su vida transcurrió en el sur del partido de La Plata, justo sobre el deslinde con el de Magdalena.
Entre el “Martín Fierro” -dando este nombre como señal de una época- y la conformación de lo que llamo el “verso campero”, hay un período de transición, en el que se nota una fuerte influencia de las representaciones teatrales a través del circo criollo, con obras montadas sobre dramas por el estilo de “Juan Moreira”, donde el gaucho bueno enfrentado al funcionario o al policía corrupto (expresión universal del bien y el mal), arreglan cuentas, por lo general, en un duelo criollo. Pues bien, esta circunstancia inunda los versos de entonces, con gauchos matreros, hombres peleadores que hacen un credo de sus habilidades en la esgrima criolla, pero que como corolario: hablan mal del gaucho si este fue un ser social que tuvo a tal como su forma de vida.
Bien puedo afirmar que lo que denomino “poesía campera”, comienza a manifestarse con registro gráfico en la década del ’30, a través de “Charrúa” o sea Gualberto Gregorio Márquez, de quien vale la pena aclarar que de uruguayo solo tiene el nacimiento y el seudónimo, ya que desde la infancia vivió en el país, y se expresó contundentemente como un paisano bonaerense; ahí nomás lo podemos sumar a Pedro Boloqui y Enrique Uzal –ambos publicando en 1940-, Omar Javier Menvielle con su primer trabajo “Albúm Criollo” por 1942, y a partir de allí se encadenan los poetas que podemos enrolar en este estilo,  el sanjavierino Julio Migno (1944), Miguel Domingo Etchebarne (1948), Roberto Coppari (1950), Luis Domingo Berho (1954), Julio Secundino Cabezas (1959), Pedro Risso (1967), Rafael Bueno (1968), y a partir de acá la lista se hace muy nutrida.
En la prosa -cuento y novela-, el Siglo 20 ha sido muy prolífico con representantes por todas las provincias del país, y acá podemos aclarar que cantidad es igual a calidad; plumas brillantes se han lucido en la narración de ambiente gaucho, por eso a los ya citados Carlos Molina Masssey y Eduardo Acevedo Díaz (bonaerenses de Las Flores y Dolores, respectivamente), podemos agregar al platense Benito Lynch -quizás el más reconocido de todos, ya que alguno de sus textos se difundió como material de estudio junto al “Segundo Sombra”), a Juan Carlos Dávalos en Salta, Juan Draghi Lucero en Mendoza, Jesús Liberato Tobares en San Luis, Luis Franco en Catamarca, Juan Pablo Echagüe en San Juan, Zapata Gollan, Mateo Booz y Luis Gudiño Kramer en Santa Fe, Guillermo A. Terrera y García Colodrero en Córdoba, Elías Carpena y Fernando Gilardi como los últimos relatores de ambiente de campo en territorio de la actual Ciudad de Buenos Aires, Asencio Abeijón y Don Elías Chucair por la Patagonia, Velmiro Ayala Gauna y Ernesto Ezquer Zelaya por Corrientes, Martiniano Leguizamón, Fray Mocho y David Kraiselburd en Entre Ríos,  Fausto Burgos por Tucumán; por Buenos Aires: Ana Sampool de Herrera en la Mercedes bonaerense, Ñusta de Piorno con sus cuentos de “Pañuelo de Yerbas” por Trenque Lauquen, Mario Aníbal López Osornio de Chascomús, los dos Guillermos de apellido inglés, Hudson y House (este último  autor de “El último perro” interpretado en cine por Hugo del Carril), Aaron Esevich, y el notabilísimo y por mi admirado Don Justo P. Sáez (h).
Y está es una nómina armada a vuelo de pájaro, sin entrar a revisar los volúmenes de la biblioteca.
Hoy por hoy, la novela criolla está prácticamente sin cultores, no así el cuento, donde podemos citar a Ricardo Ríos Ortíz, Ernesto Mario Iseas (Cholo), Facundo Gómez Romero, Miguel López Breard y Jorge Barraco con libros editados, y otros como Raúl De Genaro, Nicolás Luna, Rigoberto Cardoso o Néstor Enzo Mori, aún inéditos.
A diferencia de la prosa, la cofradía de los poetas es numerosa, quizás… porque es la forma expresiva más próxima al hombre campero, como en los inicios lo estuvo al gaucho, y acá debemos darle la derecha a la tecnología, pues ésta ha simplificado y por ende ha permitido llegar a la publicación de un modo más accesibles.
Actualmente, en el presente de este joven Siglo 21, vienen pisando fuerte manteniendo al tope el verso de raíz gaucha, hombres como: Julio Héctor Mariano, hoy en La Plata, Carlos Loray por Cañuelas, Ricardo “Tito” Urnissa en Las Flores, Guillermo Villaverde en Ensenada, Héctor del Valle por Avellaneda, Juan Carlos Pirali, Pablo Gallastegui y Roberto Morete por Dolores, Felipe Olivera Moreno y Pacho Esperón en Gral. Madariaga, Horacio Otero y Omar Moreno Palacios por Chascomús,  Agustín López en Lomas de Zamora, El Paisano Mireya en Dudignac, Alberto Zárate y Arnoldo Daniele por Luján, Juan Carlos Artigas en Trenque Lauquen, Luis Balbo y Néstor Enzo Mori en Cañuelas, Carlos Daniel Líneas en La Plata, Ángel Feliciano Mele por Maipú, Omar Italiano en Ayacucho, etc. etc.
A esta muy incompleta lista se debe agregar a todos los payadores, ya que a más del verso repentista cultivan el verso escrito, y solo a modo de ejemplo cito a José Curbelo, Aldo Crubellier, Jorge Socodatto, David Tockar, Saúl Huenchul, Luis Genaro, y siguen los demás.

CONCLUSIÓN
Hoy,  en este septiembre de 2015, tenemos al alcance de la mano el Centenario de la publicación de “Los Gauchescos” de Ricardo Rojas, en 1917, cuando -como ya explicamos- ubicó en un espacio de importancia a la expresión gauchesca.
Falta pues ahora, que aparezca el “Rojas” de estos tiempos para que haga el adeudado estudio pertinente sobre todo lo ocurrido y escrito en el Siglo 20. Demostrativo por otro lado, de que el género, aunque no se lo quiera ver, ¡está vigente! y con muchos cultores en actividad.
Los estudios que hay, son parciales, abordando solo algún aspecto o determinados escritores; las antologías son decididamente incompletas, aunque es válido aclarar, que resulta muy complicado arreglar el tema de derechos de autor de escritores que han fallecido, y con otros que están vivos,  los antólogos se encuentran con el problema de ¿qué ofrecer?, ya que en las librerías de hoy, y en esto también hay que ser claro, “el gauchesco” -salvo los clásicos-, circula muy poco, ya que lo más va por el rubro “librería de viejo”.
Y a esta carencia agrego otra, que aunque no tenga que ver con “El Presente de la Literatura Gaucha”, sería, entiendo, de un valor sumo para nuestra cultura criolla: creo necesaria la creación de una “Academia del Habla Criolla”, que recoja, analice, estudie, compile, todas las voces que tiene que ver con el gauchesco o el criollismo de todo el país, pues si bien existen muchos emprendimientos personales desde el de Francisco Javier Muñiz y el de Daniel Granada, pasando por todos los compendios de voces provincianas, y los trabajos de Tito Saubidet y Rafael Capdevila, llegando hasta los novísimos diccionarios de voces argentinas de la Academia Argentina de Letras, sería bueno sumarlos a todos para tener un consenso, y a veces, a una misma palabra usada en distintas zonas del país, con todas sus definiciones ordenadas. Lo que propongo, creo que excede la realidad de la Academia que existe, es algo más específico, por el estilo de lo que es en la práctica la Academia del Lunfardo.
Digamos que es una “ambición del espíritu”.
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Y como en esencia me siento un poeta, que a veces incursiona por otros senderos de la escritura, para quedar bien  con ese alter-ego poeta, cierro con una décima:

“Congreso de Tradición:
Gaucho, Usos y Costumbres”,
quiera Dios, tu luz alumbre
a mi bendita Nación;
los pueblos que olvidan, son
veletas que’l viento agita
y mi Patria necesita
-pueden tener por seguro-
por el bien de su futuro
¡saber que’l gaucho palpita!

La Plata, 11 de Septiembre de 2015

(Publicado en El Tradicional N° 138)

viernes, 14 de octubre de 2016

LEÓN BENARÓS

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 43 – 4/02/2012

Con su licencia, paisano!
        Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

LEÓN BENARÓS, que el próximo lunes estará cumpliendo ¡97 años!, nació en consecuencia el 6/02/1915, en Villa Mercedes, provincia de San Luis, con padres sefardíes, venidos de Tetuán (Ciudad de Marruecos, próxima al Mediterráneo), que allí tenían estancia con grandes alfalfares; más tarde se trasladan a Castex (La Pampa), y luego al Departamento de San Martín, en Mendoza, donde habitaban un enorme caserón de por lo menos once habitaciones, que daba el frente a la Calle Alem, y en la parte posterior, a un casi desierto pampeano. Fue allí donde tuvo un verdadero contacto con el folclore, quedando cautivado para siempre, ya que en la misma se realizaban grandes guitarreadas que duraban más de un día. (“Así yo viví el folklore antes de escribirlo”, dijo alguna vez).

Luego vivió en una quinta en Lomas de Zamora, mientras estudiaba en Buenos Aires la carrera de derecho, recibiéndose de abogado en 1942, a los 27 años.
Su amor por la cultura terruñera lo llevó a vincularse con el movimiento folclórico, y de allí a ser el director de la Revista Folklore, solo había un paso… que se animó a dar, cuando el escritor cuyano Juan Dragui Lucero le sugirió entrevistara a Marbiz, y éste lo recibió con beneplácito, descontando lo nutritivo de sus reportajes y entrevistas. Dirigió la Revista hasta su cierre definitivo.
Su obra literaria es amplia y diversa, al punto que no podemos dejar de mencionar su sección “Desván del Clío”, donde desperdigando grageas de historia, por más de 40 años aportó a  la Revista Todo es Historia. De sus libros, por vinculados a nuestro quehacer, citamos: “Romances de la Tierra” (1950), “Versos del Angelito” (1958), “Romancero Argentino” (1959), “Décimas Encadenadas” (1º962), “Romances de Infierno y Cielo” (1971), “Romances Paisanos” (1973), “Carmencita Punch” (1973), “Elisa Brown” (1973) y “Los Memoriosos” (1985).
También es autor de incontables títulos que viven en el cancionero folclórico como la zamba “La Tempranera” que musicalizara Carlos Guastavino; u obras como “El Chacho – vida y muerte de un caudillo”, “La Independencia”, “¡Viva Güemes!”, “Forjadores de la Patria” o “Gente criolla”, que grabaron Jorge Cafrune, Figueroa Reyes, Chacho Santa Cruz, entre otros.
En su poesía criolla se ha expresado mayoritariamente en la forma del romance, aunque la décima no le ha sido ajena.
Casado con la también escritora Emma Felce, vive en el centro porteño.
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P.D.: con posterioridad a la emisión de este comentario radial, el poeta falleció en Buenos Aires, el 26/08/2012



lunes, 5 de septiembre de 2016

LA MAGDALENA - PERSONAJES HISTÓRICOS EN LOS BICENTENARIOS

El hecho de encontrarnos ahora rumbo al segundo de los “Bicentenarios Patrios”, nos hace pensar y reflexionar que, de lo que era en aquellos tiempos “el interior bonaerense”, escasos o muy escasos fueron los representantes de las entonces poblaciones pioneras, que aportaron ‘mentes ilustradas’ para juntas y congresos; en la otra cuestión en la que sí aportaron “gente de pata al piso”, fue en la integración de los bisoños ejércitos que comenzarían las duras y largas luchas de la independencia, poblada la gesta de ‘soldados anónimos’.
Parroquia de Magdealena
Este lugar desde el que estoy escribiendo esta pretensión de nota, la Ciudad de La Plata, era entonces inexistente, y al sitio se lo conocía como “las lomas de la Ensenada”, en virtud que a corta distancia y sobre la costa del Plata, se encontraba la población de dicho nombre, el Fuerte y también el puerto, y podría decirse que todo quedaba inserto dentro de lo que, casi desde los tiempos de Garay, se nominaba “Pago de la Magdalena”, ya para entonces, a más de 220 años de las andanzas de aquel vasco conquistador, “el viejo” Pago de la Magdalena.
Para buscar un orden cronológico, citaremos primero al Presbítero Dr. Manuel Maximiliano Alberti.
Hijo de Doña Juana Agustina Marín y D. Antonio Alberti, había nacido en Buenos Aires el 28/05/1763, habiendo estudiado en el Real Colegio de San Carlos, del que pasó a la Universidad de Córdoba, donde en 1785 se recibe de doctor en Teología, siendo ordenado sacerdote al año siguiente y destinado a la Parroquia de la Concepción de Buenos Aires. Cuatro años después, al quedar vacante el curato de la Magdalena, es designado cura vicario interino para la parroquia de Santa María Magdalena, a la que llega en 09/1790 y permanece un año, renunciando (presumiblemente por problemas de salud, según su biógrafo Guillermo Durán), el 26/10/1791, pero… curiosamente retorna por otro año, desde el 1/03/1793 al 21/02/1794.
Más allá de atender el oficio religioso, se abocó a la reconstrucción y ampliación del templo parroquial.
Frente al actual edificio, alguna vez cavilamos que quizás, durante los sermones dominicales, solapadamente -o no- pudo haber transmitido a sus súbditos los nuevos idearios que se expondrían en los días de mayo.
Justamente al sucederse estos -cuando era párroco de la Iglesia de San Nicolás-, interviene activamente de las reuniones, por cuya actuación finalmente es elegido “vocal” al constituirse la Primera Junta de Gobierno, aclamado por el pueblo que exigía un lugar para él,  siendo el único sacerdote que la integra; continuando en su cargo al conformarse la Junta Grande, pero los fuertes intercambios políticos, las acaloradas discusiones no pintaban la situación color de rosa, y tras arduos debates del día 28/01/1811, fallece tres días más tardes, posiblemente a consecuencia de un síncope cardíaco, siendo el primer miembro del gobierno patrio en fallecer, triste privilegio en el que prontamente lo seguiría Mariano Moreno.
Presbítero Dr. Manuel Maximiliano Alberti
Con este compartió la labor en “La Gazeta”, de la que fue redactor y su primer director.
A su pedido, sus restos fueron sepultados en la Iglesia de San Nicolás, sitio en el que actualmente está emplazado el Obelisco porteño, motivo por el cual se desconoce el destino de los mismos.

 Otro sacerdote con algunos vínculos con “el viejo pago”, es Dámaso Fonseca, quien había nacido en Buenos Aires el 18/12/1763, en el hogar de Doña Micaela Veguío y Don Juan Gómez de Fonseca. Tras los estudios básicos en la “gran aldea”, sus padres lo envían a Córdoba, donde cursa en su Universidad y en 07/1785 egresa -antes de cumplir 23 años-, como Doctor en Teología.
Ya de retorno en su ciudad de nacimiento fue ordenado sacerdote en 8/1788 por el Obispo Azamor y Ramírez, y apenas un año después, el 26/09/1789 asume como “cura y vicario” en la Iglesia de Magdalena, donde cumple un breve interinato, a raíz del cual Andrés Calcagno opinó: “En ese curato apartado de la capital halló el doctor Fonseca ancho campo donde ejercer su celo, edificando a sus feligreses con su conducta y con su constante aplicación al estudio…”.
Ejercía su sacerdocio en la Parroquia de la Concepción, cuando el 21/05/1810 recibe la invitación para participar del Cabildo del día siguiente, en el que vota a favor de constituir una forma de gobierno que reemplace el poder del Virrey, donde “no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad y el mando”.
Decididamente identificado con los nuevos idearios, en representación de la Ciudad de Maldonado, fue nombrado Diputado a la Asamblea de 1813.

Andando el tiempo, el 10/07/1815. El Director Supremo Álvarez Thomas, en atención a la constitución del congreso que se avecinaba, invita a la población a designar “electores” para integrar la Junta que debería elegir los diputados que la representarían en Tucumán. Se procedió entonces a la división del territorio en nueve secciones que debían contar con un mínimo de 5000 habitantes cada una. Fueron: San Nicolás de los Arroyos, Pilar, Arrecifes, Luján, San Isidro, San José de Flores, Magdalena y San Vicente; de todas, solamente Magdalena y Arrecifes tuvieron dos representantes en la Junta, que en este caso fueron el Presbítero Domingo González Gorostizu y el vecino Don León Ortiz de Rozas.
Este sacerdote fue párroco en Santa María de Magdalena desde 1798 hasta el 15/1/1829, siendo el primer sacerdote de larga permanencia en el lugar. Tenía un hermano menor también religioso, Ramón, quien fue su permanente colaborador a partir de 1806.
Don León Ortiz de Rozas
Por su parte, Don León Ortiz de Rozas, destacado y prominente vecino, fue administrador de los bienes de la corona por un espacio de casi diez años, hasta que en 1806 comienza a administrar las propiedades rurales que su esposa Agustina López Osornio heredara de su padre en tierras del “viejo pago”, convirtiéndose en hacendado. Su sobrino Lucio V. Mansilla lo describió y definió: “…bondadoso y paciente (…) La memoria que dejó entre los suyos y todos los que le conocieron fue la de un hombre sin reproches”.
Volviendo a la Junta porteña, González Gorostizu apoyó con su voto, la elección de los Dres. Sola, Zavaleta, Leiva y Gascón, y de los sacerdotes Perdriel, Guerra y Grela; mientras que Ortiz de Rosas votó por los doctores Paso, Gascón, Zavaleta, Maza y Sáenz, el religioso Rodríguez, y el Mayor Gral. Cruz.
Finalmente, los representantes por Buenos Aires en el Congreso de Tucumán, que abrió sus sesiones el 24/03/1816, fueron: los doctores Juan José Paso (fue el Secretario), Pedro Medrano, Esteban Agustín Gascón, Tomas Manuel de Anchorena, y el también sacerdote Antonio Sáenz, a los que hay que sumar a Fray Cayetano J. Rodríguez, que fue el encargado de redactar el acta de la independencia, al mismo tiempo que fue director y redactor del diario de sesiones del benemérito Congreso.
A grandes rasgos y casi ya a 200 años de aquellos sucesos, esta es la reseña del pequeño aporte magdalenense, a las gestas iniciales de la Patria.
La Plata, 30/01/2016

Bibliografía Básica

Calcagno, Andrés – “Apuntaciones Históricas sobre Magdalena”
Carranza Mármol, Ángel G. – “Cartilla Biográfica de los Diputados que Firmaron el Acta de la Independencia”
Citterio, Diego (Lic.) – “Parroquia de Magdalena a Fines del S. XVIII”
Roncoroni, Atilio (Dr.) – “Los Abogados en el Congreso de Tucumán”

(Publicado en la página web de El Tradicional, con fecha 10/08/2016)

domingo, 31 de julio de 2016

DANIEL MELITÓN ELÍAS

                                      Hijo  de  Norberta Piquet  y  José María Elías, nació en Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos, el 10/03/1885  -según consta en los registros parroquiales- criándose a partir de 1888 y hasta alrededor de 1900 en la estancia familiar de Mojones Norte, Departamento de Villaguay, permanencia que le permitió conocer  la vida rural de esa época.
A los 16 años ingresa como internado en “La Fraternidad” de Concepción del Uruguay, y cursa estudios en el Colegio Nacional que fundara Urquiza. En esos años comienza a borronear sus décimas, viendo la luz algunos de sus poemas en la revista estudiantil.
Ya bachiller, se establece en La Plata para seguir la carrera de Derecho en UNLP, recibiendo el diploma de su título el 22/10/1914.
Según sus biógrafos, en su estadía platense vivió “la bohemia literaria. Porque se acercó a los cenáculos y compartió con los líricos de entonces la soñada plática…”. Frecuentó la casa de Almafuerte, a quien admiraba y con quien trabó amistad.
El mismo año de su graduación se establece en su provincia, en Gualeguay, donde es designado Defensor de Pobres y Menores, permaneciendo allí hasta mediados de 1919, cuando nombrado Juez en lo Civil y Comercial de Gualeguaychú, vuelve a vivir a su ciudad natal aunque brevemente, ya que al año siguiente ocupa el Juzgado de Concepción del Uruguay, donde se radica.
Respecto de su poesía, el gran santafesino D. Julio Migno, lo definió: “Orfebre y miniaturista, no pierde el rumbo en la obra; pone el  oído sobre los pastos, y por ello su acento es afirmativo y rotundo como contracanto de espuela.”
Lucido autor de sonetos y décimas, muchos de sus temas pueden inscribirse en lo que Adolfo Golz llama “criollismo épico”.
Con un poema de éste tono titulado “La Lanza”, el 9/07/1910 obtuvo el Primer Premio en los Juegos Florales que organizó el “Centro Patriótico de la Juventud de Paraná”.
Sus libros, de edición póstuma, son: “Las alegrías del sol” (C. del Uruguay, 1929) y “Los arrobos de la tarde” (C. del Uruguay, 1938).

Voluntariamente renunció a la vida en Concepción del Uruguay, el 29/11/1928, siendo despedidos sus restos en el cementerio, por otro gran vate entrerriano: Delio Panizza.

PONCHO DE CUERO

Cuando en abril de 2015 nos acercamos a visitar el “10° Encuentro de Sogueros y Guasqueros” en Cañuelas, no solo vivimos una hermosa jornada de cultura criolla, sino que tuvimos la oportunidad de ver algunas curiosidades y rarezas.
Allí, en el puesto que la artesana talabartera de Talar de Pacheco, Graciela Roso compartía con su compañero, el muy paisano y buen soguero de Navarro, Abel González, pudimos observar un magnífico “poncho de cuero”, réplica en medidas y peso -según ambos nos refirieran-, del que poseyera D. Justo José de Urquiza. ¡Nos quedamos maravillados! ante la calidad y delicadeza del trabajo.
Esta referencia nos puso a trabajar hurgando en la memoria, y si bien alguna vez pudimos haber leído algo, la primera noticia que se nos presentaba, era un verso escrito por el payador Aldo Crubellier, con el que obtuviera un premio en 1988; también se nos cruzaba un trabajo del poeta Roque Bonafina, pero éste había escrito sobre la confección de “ponchos encerados”.
Decía Crubellier que el gaucho “Antes que el poncho araucano…” tuvo la necesidad “de usar un poncho de cuero.”. Y entonces lo confeccionaba y procedía del siguiente modo: “Tras de matar desollaba / y luego de estar oreado / prolijamente sobado / como gamuza quedaba. En el recado lo usaba / sirviendo como bajera, / en invierno o primavera / fue choza, fue cobertizo, / su poncho de yeguarizo / aquí como en la frontera”.
Entendemos que allí hay una síntesis completa de su existencia y uso.
Poncho de Cuero que perteneció a Justo José de Urquiza 

Aún hoy se suele decir entre nuestros paisanos cuando tienen que cuerear un caballo, que “le van a sacar el poncho”; cuando en años ya lejanos escuché esa expresión, no se me dio por asociarla a la tan característica pilcha criolla, pero ahora recapacito y pienso, que implica una tradición oral, aunque se haya perdido la conciencia de su práctica usual.
Habiendo sido el nuestro un país de innegable conformación ecuestre, habiéndose logrado la existencia del gaucho como un notable pastor ecuestre, y habiéndose vivido por lo tanto una etapa socio-cultural bien definida como “edad del cuero”, no es de extrañar entonces, que el cuero le brindase la materia prima para cantidad de pilchas; y del mismo modo que se confeccionó el calzado con el cuero del yeguarizo -las mentadas botas de potro-, cuando por algún motivo no dispuso de éste supo utilizar en su reemplazo el cuero de vaca (aunque no por esto se le cambió el nombre); del mismo modo supo utilizar este cuero también para confeccionar su poncho.
Y así lo ha sabido relatar ese gran conocedor de la vida de la campaña que fue don Aron Esevich, cuando en su libro “Campos de Afuera”, en el cuento “Don Miguel Torres”, nos sitúa en una “esquina” ubicada por Capilla del Señor, y nos presenta a un resero al que apoda “Paraguay”, y lo presenta diciendo: “…gastaba poncho de cuero de vaca yaguané, por lo que aparecía listado, alegre”. Si mal no interpreto, por lo que refiere, el cuero estaba sin lonjear, conservando el pelo.
Y agrega de la confección haciendo participar al personaje del título: “A caballo y emponchado, el resero se semejaba más a un toldo pampa que a cosa ninguna. Sus piernas, al asomar debajo de la panza del caballo, acompañaban el tranco alegre del pingo lidiado con maestría. Miguelito ayudó a descarnar y macetear aquel poncho, hasta darle textura liviana y suave.”
Ahora bien, el poncho, muchas veces considerado como una creación propiamente nuestra, ha sido mi entender una prenda universal, que sí puede haber tomado en América y entre nosotros aspectos particulares, pero este caso del “poncho de cuero”, bien puede considerárselo “criollo”.
Del poncho se refiere que ya es citado por el poeta Virgilio, cuando pone a la reina Dido, enamorada, tejiendo un poncho que será la prenda que vestirá Eneas con posterioridad al incendio de Troya, y lo describe: “…un paño rectangular de unos dos metros de largo por más o menos uno de ancho, con un orificio en medio para pasar la cabeza”.
Pero volviendo nosotros al que nos ocupa, nos referenciamos en ese sabio español conocido como Diego Abad de Santillán, refugiado en nuestra Patria durante el gobierno del Generalísimo Franco, a la que como agradecimiento le legó una cantidad de obras de carácter nacional, como su “Diccionario de Argentinimos (de ayer y hoy)”, donde deja constancia al escribir: “poncho hecho de un cuero de potro, sobado, que se usó en la campaña bonaerense hasta que se lo reemplazó por el poncho pampa, introducido por indios pampas y araucanos”.
Algo similar ya había aportado anteriormente Alfredo Taullard cuando en su “Tejidos y Ponchos Indígenas de América”, había agregado: “Este poncho lo fabricaban los mismos gauchos con el cuero de potro cuidadosamente sobado, hasta dejarlo flexible como una gamuza…”; y dice de la forma de portarlo: “se llevaba de bajera en el recado, para tenerlo a mano cuando las circunstancias lo requirieran”.
Si bien se habla de la región bonaerense, en “El Poncho - Arte y Tradición”, de Eguiguren/Vega, se agrega que “En el Uruguay su uso rural se extendió hasta bien entrado el Siglo XX”.
Graciela Roso, creadora de la replica del histórico poncho de cuero

Ahora, como nuestra búsqueda comenzó por la magnífica prenda confeccionada por Graciela Roso, siguiendo sus referencias, encontramos en nuestra biblioteca una publicación del Museo Histórico Nacional (Defensa 1600), Boletín N° 3 – 06/2000, y en ella, con la firma de Juan José Cresto, un artículo titulado “El poncho en nuestra vida y en nuestra historia”, y en él, al referirse a los veintiséis (26) ponchos históricos que atesora el Museo, entre los que fueron propiedad de Urquiza, describe un “poncho de gamuza blanca. Sus puntas son redondeadas y sus dimensiones no son demasiado grandes: 1.47 x 1.89 m”. Acá se nos plantea la duda porque dice “gamuza” y no “cuero de potro”, pero ya vimos al principio, que bien sobado el cuero, “como gamuza quedaba”.
Agrega Cresto la ficha inventario del Museo donde figura registrado como: “Objeto N° 2964: De gamuza blanca, circundado por cinta de seda granate y un fleco del mismo color. La abertura central está rodeada por una cinta granate y una cinta idéntica cruza la pieza de extremo a extremo en ambos lados… Perteneció al general Justo José de Urquiza. Donación de la familia de Urquiza, 29-VIII-1904”.
Para nuestra, el ya citado libro de Eguiguren/Vega, traía una foto de la aludida prenda histórica, de donde la tomamos prestada para ofrecerla a la observación de los lectores, junto a otra por nosotros tomada en el encuentro de Cañuelas.
El Poncho de Cuero: una prenda prácticamente olvidada que ha sido recuperada por la artesana Graciela Roso.
                                          La Plata, 31 de octubre de 2015

(Publicado en El Tradicional N° 139)

PEDRO BOLOQUI ¿será él...?

         
DON PEDRO BOLOQUI...

Hemos querido cerrar las notas del año, evocando -a nuestro humilde entender- a unos de los poetas más importantes del siglo pasado, nos referimos a Don Pedro Boloqui.
Así planteado el tema, informamos a nuestros lectores que el poeta nació el 30/06/1908 en el puesto “Las Cañas” de la Estancia “La Belén”, propiedad de Manuel J. Cobo, que unos años después sería el fundador de la localidad que lleva su nombre, entonces partido de Chascomús, hoy, de Lezama.

Fueron sus padres Josefa Fernández Goñi y Justo Lorenzo Boloqui, ambos de ascendencia vasca, siendo su padre uruguayo, quien por esos años se desempeñaba como ‘capataz de majadas’ en la citada estancia. Completaban la familia, tres hermanos más.
Sin dudarlo un instante, afirmamos que junto a Charrúa, Menvielle, Risso y algunos pocos más, integra un abigarrado grupo de poetas costumbristas, algo así como “la primera línea” entre los cultores de la expresión campera.
Acabado conocedor de la más mínima particularidad de la vida de la campaña bonaerense, Boloqui volcó en su expresión poética, todo el sabor, el colorido y el costumbrismo, en el más puro decir propio del habla del hombre rural de años atrás; decir que reflejó en el aspecto fonético, escribiendo la palabra para que suene tal cual la pronunciación campera.
A diferencia de los otros poetas antes nombrado, mayoritariamente cultores de la décima, Boloqui incursionó preferentemente en el verso de ‘arte mayor’ -casi siempre endecasílabo- haciéndolo con una soltura tal, comparable al fluido hablar de un buen charlista.
Volviendo a su vida particular, digamos de él, que contrajo enlace con Ana María Piccolo, el 6 de septiembre de 1956, de cuya unión nacieron tres hijos: en 1958 Ana María Luján, en 1959 Olga Susana y en 1962 Pedro Lozano.
Sus otros hijos, los de papel y tinta, se resumen en un total de cuatro libros. El primero, titulado “Viento Arriba”, fue publicado en 1940, impreso en “Baltar” de Ferretti Hnos. y Cía., de Chascomús, llevando carátula de Juan J. Molina Moggia, contando con un total de 40 versos, habiendo sido prologado (al igual que todos los restantes), por Don Santiago H. Rocca, introducción fechada en su Estancia “San Antonio”, en Pila, el 29/02/1940.
Sus otros libros se titulan “De Vuelta y Media” (1946), “Azulejos” (1953) y “Tropilla Sureña – poesías camperas” (1967), una antología de los tres anteriores, que dedicó a su admirado amigo Don Santiago Rocca, y que si bien éste lo prologó en agosto de 1962, no lo vio editado ya que falleció en agosto de 1966. Esta publicación contó con el apoyo de la Intendencia Municipal, a través de la Comisión Honoraria del Centro de Publicaciones Municipales.

Inconcluso quedó un quinto libro, el que habría de llamarse “Al Tranquito”.
Pero si algo hay que destacar, además, en las virtudes de este poeta, es que fue netamente un autodidacta, que mostró desde chico su inclinación al verso, no habiendo tenido por razones de distancia, oportunidad de concurrir a la escuela, recibiendo de su madre la base de la enseñanza escolar. Pero sagaz y despierto, a la par que se iniciaba en el  conocimiento del “habla gaucha”, del contacto con los hijos de los patrones y por su curiosidad, aprendía los rudimentos del idioma inglés.
Y más allá de la actividad literaria, fue dirigente, como que a su iniciativa se creó la Peña “El Cencerro”, en Lezama, de la que fue su presidente; también fue director -entre 1953 y 1955- del Museo Pampeano de Chascomús; fundador -el 5/10/1944- y primer Pro Secretario del Fortín Chascomús que presidía Fortunato Iseas; presidió la biblioteca Domingo F. Sarmiento de la misma ciudad, y el Club Atlético Independiente de Lezama.
Asimismo escribió para publicaciones de la época como: Diario “El Fomento” y Revista “Juventu” de Lezama.
Varios temas de su autoría han llegado al disco de la mano de intérpretes de la talla de: Omar Moreno Palacios, Alberto Merlo, Héctor del Valle, Chacho Santa Cruz y Julio Tomisaki, entre otros.
El 12/04/2008, en el “Rincón Histórico” de Lezama, se presentó la reedición del libro “Tropilla Sureña” que editó el gobierno municipal, y que fue declarado por la Honorable Cámara de Diputados de “Interés Legislativo”.
Hombre preocupado por su comunidad no anduvo de pasó por la vida, por eso sus compoblanos lo recuerdan, de allí que el Jardín de Infantes N° 907 del Bo. El Porteño, lleva su nombre, al igual que una plazoleta del Bo. Atepam.
En 1979, con motivo de celebrarse el “Bicentenario de Chascomús”, “El Cronista” publicó una edición especial, con distintos recuerdos y evocaciones, y allí no estuvo ausente la vida y obra de Boloqui; se dice de él: “Poeta de naturaleza fuerte como la estampa recia del criollo, de una sensibilidad exquisita y un espíritu romántico a pesar de la temática nativa, por naturaleza descriptiva, tuvo Don Pedro la rara virtud de usar de las métrica del verso con exactitud del matemático y captar las imágenes más puras, más perfectas, más vitales, con el señorío y la técnica de los vates consagrados”.
La existencia de Don Pedro Boloqui se tronchó el 11 de Febrero de 1971 (a los 62 años y 7 meses), en el Hospital Italiano de la Ciudad de La Plata, habiéndose depositado sus restos para el descanso eterno, en el Cementerio de Lezama.
Mientras tanto, para sentirlo vivo, cantores y verseadores siguen entreverando sus camperas composiciones, porque por siempre estará Don Pedro Boloqui, ese que bien supo hablar del amor criollo en “¿Será él?”, que tan lindo recreó Alberto Merlo.
                        La Plata, 21 de Diciembre de 2015

(Publicado en El Tradicional N° 140)

sábado, 23 de julio de 2016

VISITAS

En marzo de 2010 me iniciaba publicando y administrando dos blogs (hoy son 5), y a la fecha han transcurrido 76 meses. En realidad el tema de internet me supera y me sorprende, y a lo muy poco que puedo usar por desconocimiento, trato de sacarle el provecho necesario para difundir lo que tenga que ver con nuestra cultura gaucha, fundamentalmente, a partir de la literatura, que podría decir -hoy por hoy- es mi campo.
El contador arroja que desde el inicio a hoy, hubo 323.000 visitas, lo que significa un promedio por mes de 4262, y llevado al día a día, 142 visitas diarias, lo que para mi, sinceramente es un número muy importante.
Gracias a todos los que llegan con la intención de encontrar o leer un verso, o recabar datos de alguna persona.
La Plata, 23/07/2016

Carlos Raúl Risso