domingo, 20 de noviembre de 2016

PALENQUE

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 004 – 20/11/2016

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

PALENQUE
En un pasado aún cercano, no faltaba en ninguna casa de campo la presencia de un poste de buena madera, firmemente enterrado, destinado para atar algún caballo; pues bien, ese era “el palenque”.
En las estancias con mucho personal, como frente a las pulperías o esquinas muy concurridas, “el palenque” debía permitir atar mayor cantidad de caballos, entonces sobre varios postes colocados en línea recta enterrados verticalmente de más o menos un metro de altura, se  aseguraba en forma horizontal un poste largo como una cumbrera, o bien un caño grueso, y hasta se han unido los postes verticales con gruesas cadenas marineras, conformando el palenque.
También han existido “palenques redondos y cuadrados”, y al respecto tenemos la palabra de José Hernández, cuando en su “Instrucción del Estanciero” aconseja: “El modo de construir un buen palenque, fuerte, cómodo y con sombra, es hacerlo redondo o cuadrado, plantando adentro un ombú o sauces, que pronto ofrecen un excelente abrigo contra los rayos del sol”.
En la construcción de “palenques redondos” han sido muy usadas las yantas de la rueda de una chata o carro grande, a las que a veces se le remachaban argollas pendientes de una grampa.
Y ya que hablamos de argollas, en viejos pueblos de la campaña e inclusive también en “la gran aldea porteña”, en los bordes de las veredas, en la entrada de alguna casa o frente a algún negocio, a la altura del cordón, había argollas bien aseguradas que servían de palenque para atar los caballos de andar, o de algún coche.
En los grandes corrales de la estancia vieja, cuando se trabajaba a lazo, también había un palenque en el centro que ayudaba a lidiar con algún animal muy chúcaro. A veces para ese palenque, se buscaba un palo que conformase una horqueta (como una “Y”), y entre los dos brazos superiores se fijaba atravesado otro palo o bien un trozo de caño que se dejaba libre girando sobre un eje metálico que se fijaba a los brazos. A este palenque se lo llama “torno”, y con ese sistema se facilitaba el uso del lazo cuando había que arrimar un animal al palenque.
Hoy por hoy los palenques más conocidos son los de los  campos de  jineteadas, y su denominación se ha visto apocopado quedando reducida a “palo”; y así es común oír a un animador cuando dice “Arriman al 1 el reservado tal”.
La mayoría de los poetas le han escrito al “palenque”, pero para ilustrar la charla de hoy nos quedamos con el verso que le escribiera Don Enrique Uzal:
                                                                                 
 PALENQUE…

Viejo palenque clavao
junto a unas viejas taperas
como si acaso quisieras
apuntalar lo pasao,
hoy solo, triste, olvidao
no servís ni pa’ esquinero,
el tiempo te ha puesto overo
como overa está mi alma.
¡Bien se ha dicho que la calma
va enancada al entrevero!

Te está sangrando la herida
con que te tajeó la suerte,
fuistes en el cimbrón fuerte
pero te venció la vida;
fuiste adiós  en la partida
y caricia en la llegada,
lucero en la madrugada
y resolana en la siesta,
el malambear de la fiesta
y la cifra en la payada.

Siempre fuiste en las cuadreras
banderín y juez  rayero;
vos le secaste al resero
el sudor de las ‘bajeras”
a las palomas viajeras
le diste asiento y querencia:
vos le “emprestaste pacencia”
a la lechuza agorera
y la calandria parlera
aprendió tu mal de ausencia.

Sos cumbre, pampa, ladera,
chiripá, poncho, pañuelo,
te falta el color del cielo
para llamarte bandera;
viejo palenque, ande quiera
pegá un grito de atención
que recorra la extensión
rudo, vibrante, valiente,
¡Pa’ que viva en el presente
nuestra gaucha tradición!


Versos de Enrique Uzal

domingo, 13 de noviembre de 2016

CENCERRO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 003 – 13/11/2016

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
Hablábamos en el programa pasado de la “tropilla”, y al hacerlo algo dijimos sobre “el cencerro”, elemento al que hoy le dedicaremos el espacio.
Es el  “cencerro” un elemento de percusión, remedo en pequeño de una campana, la gran mayoría construidos en bronce, aunque no faltan algunos confeccionados con chapa gruesa.
Por su forma los podemos clasificar en “tipo campana”, de cuatro caras planas -el “cencerro cuadrado”- y cilíndrico; por lo general estos últimos se confeccionan en chapa gruesa, y reciben la denominación de “tacho”.
Como en cualquier campana, en la parte superior interna, de un ojo fijo pende un badajo que al golpear va produciendo el particular sonido, que en este caso concreto le impone el andar de la madrina.
En su parte superior “el cencerro” tiene un “ojo” por el que se pasa la prenda llamada “anillo”, que un extremo tiene un ojal y en el otro un botón, la que a su vez se sujeta al cogote de la yegua
Han existido fábricas que han impuesto su nombre, y así es que a veces se recuerda y menta a “los marca ciervo”; a su vez se los catalogaba por tamaño con un número que los representaba, ya sea un Ciervo 10 o un Ciervo 12, p. ej.
Tiene “el cencerro” una antigua tradición que excede nuestra historia como que en la vieja Europa ya se lo usaba, pero el uso en nuestras tropillas le da una impronta muy especial, muy nuestra.
Pequeños cencerros con el nombre de campanilla han usado los bueyes, las mulas, las ovejas, pero poco tiene esto que ver con lo que hoy nos interesa.
Como anécdota puedo contar que mi primer libro se llamó “Al Badajear del Cencerro”, y recuerdo que a Rafael Bueno, una madrugada de 1980 que nos encontramos en el programa de Perla Vázquez,  le parecía que estaba mal, no lo convencía ese título.
Para ilustrar lo que hemos venido narrando, recurrimos al poeta de Lezama, Don Pedro Boloqui, y de él leemos sus décimas a “El Cencerro”

TROPILLA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 002 – 06/11/2016

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

TROPILLA
No es ninguna novedad asegurar que el país se hizo a pata de caballo, ya que es una expresión remanida; las grandes distancias de nuestra Patria y la abundancia de yeguarizos, hicieron posible que así fuera.
Y el gaucho le agregó una particularidad al hecho de marchar grandes distancias y también al encarar las difíciles tareas pastoriles de la antigua estancia criolla: “la tropilla”. La “tropilla entablada”.
No existe entre los pueblos ecuestres del mundo -llámense estos cosacos, beduinos, vaqueros, charros, llaneros, etc.-, algo similar a “la tropilla” de nuestra tierra.
El gaucho se las ingenió y en torno a una yegua madrina, elegida por su pelaje y carácter, entabló en aquellos tiempos heroicos, de quince a treinta yeguarizos castrados, pudiendo éstos ser redomones o ya caballos.
En el cogote de la madrina -por lo general mansa de abajo pero potra-, cuelga el cencerro, elemento de percusión, remedo en pequeño de una campana, del que según el Tata Umpierrez: no hay dos que suenen iguales.
Al respecto otro poeta dijo: “Como goteando sonidos / del cencerro en el cogote, / va la madrina que al trote / puntea en el recorrido”.
El múltiple José Hernández, en su “Instrucción del Estanciero”, por 1882 apuntó: “Las tropillas eran antes, no solo muy útiles, sino hasta indispensables en una estancia, tanto para los trabajos que debían hacerse fuera del establecimiento, y aún dentro del mismo campo, como para los viajes, en tiempos en que el caballo era el único medio de locomoción que poseía el país”.
Si bien entonces no existía lo que hoy conocemos como “sociedad de consumo” ya que  para el hombre de aquel tiempo la plata valía tan poco que la usaba de botón en el tirador,  en tener una buena tropilla se invertía tiempo de búsqueda y también patacones.  Y así era un lujo gaucho tener una “tropilla de un pelo”, con los caballos todos parecidones, como cortados por la misma tijera; y en aquellos que eran “de posibles” el lujo se agrandaba al ser “de un pelo y de la mesma marca”.
Era común que en las largas resereadas, cuando se trasladaban animales de una estancia, el domador de la misma pidiese permiso para salir al camino con la “tropilla” que estaba entablando para hacerlos a la huella y al trabajo, y así, al regresar a la estancia, solía entregarse la tropilla para el trabajo de los mensuales. 

JAGÜEL

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 001 – 30/10/2016

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

JAGÜEL
Cuando el conquistador español empezó allá por 1581, a repartir los campos de la campaña porteña en “suertes de estancia”, una de las principales preocupaciones fue el tema del agua. Por ese motivo los repartos se hacían sobre cursos de aguas, principalmente ríos, y por eso también fue que dichas suertes eran angostas y largas, las que por allí escuchamos nombrar como “lonjas de campo”. Así fue que frente a un río cuya costa podía dar bajada a la hacienda a saciar la sed, se iban repartiendo las fracciones una al lado de la otra.
Más adelante, al poblarse campos de “pa’juera”, para solucionar el problema del agua, se comenzaron a cavar “jagüeles”. Estos eran “Amplios pozos excavados hasta la primera napa de agua como represa artificial para abrevadero de los ganados. Cuando las vertientes no están muy profundas, estos pozos eran convertidos en represas, donde el ganado bebía directamente. Se practicaba una rampa a cada lado para que los animales bajaran hasta el agua. Este ‘jagüel’ era de forma cuadrilonga y las rampas se construían en los costados más largos”. Esto según el decir de Don Francisco I. Castro.
  Pero el que quizás está más presente en la memoria popular, es el pozo redondo y con brocal, que solía haberlos cerca de ‘las casa’ como en medio del campo donde era útil para que abreve el rodeo. El agua se sacaba a balde, para lo cual se plantaba un poste a cada lado del pozo, unidos en lo alto por un  travesaño o crucero del que pendía una roldana por la que pasaba una soga o un lazo que de un extremo sostenía el balde, y del otro, prendido a la asidera del recado, era tirado por un caballo al que se solía denominar “jagüelero”, generalmente montado por un boyerito, que en un monótono ir y venir iba sacando el agua que el balde volcador dejaba caer en una represa que abastecía bebederos.
A propósito, en 1953, Miguel H. Bustingorri publicó un sabroso libro titulado “El Muchacho del Jagüel”.
Hubo distintos tipos de baldes: los más primitivos fabricados en cuero, luego el balde volcador, la manga de madera y luego de chapa.
Con el poeta Charrúa como principal impulsor de la poesía campera, ya por la década del ’30 del siglo pasado abordó el tema del “jagüel en su libro “Campo y Cielo”; también lo abordó otro poeta de esa misma generación como Omar Menvielle, quien le dedicó una décima.
Si bien tras la difusión masiva del molino el “jagüel” fue cayendo en desuso, aún suele vérselo en poblaciones apartadas de la campaña, aunque en lugar de “jagüel” suele nombrárselo como “pozo de agua”.
Redondeando lo dicho, recurrimos entonces al verso de Charrúa y lo compartimos con la audiencia

domingo, 30 de octubre de 2016

EL PRESENTE DE LA LITERATURA GAUCHA

Si bien, cuando se habla del gaucho, la gente del común asocia con un hombre de bombacha, botas, sombrero, tirador, etc., de a caballo, las expresiones de la cultura gaucha gestadas en su entorno, son muchas y variadas, por ejemplo: las danzas, la soguería, el canto, las pilchas del hombre y la mujer, las de ensillar, las comidas, el tejido en telar, la construcción de la vivienda, la platería… Y esto permite que donde no puede entrar el hombre de a caballo para manifestar la tradición, si puede hacerlo alguna de estas manifestaciones.
No obstante se debe tener en cuenta, ¡y muy presente!, que “el gaucho” existió porque tuvo el caballo, porque fue un pastor ecuestre; de no haberlo tenido, de haber sido un pastor de a pie, muy otro habría sido su nombre y otra seguramente su historia.
Si algún día, por “h o por b”, las entidades defensoras de los animales nos privan de la participación del caballo en nuestras cuestiones criollas, muy cuesta arriba se nos hará a los tradicionalistas mantener alta la bandera de las tradiciones.
He omitido de ex profeso, en las citas anteriores, la mención de la literatura costumbrista o gaucha, porque sobre este punto habremos de hacer hincapié de ahora en más.
Aunque más no sea, quien más quien menos, sabe que existe un libro al que simplificando llamamos “Martín Fierro”, y por él, de que existe un genero denominado “poesía gauchesca”. A esta expresión podemos atribuirle la misma edad que tiene la Patria. Y agregarle una curiosidad: a pesar que el gaucho era analfabeto (lo que no quiere decir ‘ignorante’), su poesía oral sirvió para gestar un género. Claro que muchos se preguntarán ¿cómo?, ¿por qué?
Pues ocurrió que aquellos hombres del pueblo, con dominio de la escritura, “copiaron” su forma de expresarse -sobre todo su lenguaje-, para transmitir las novedades importante de los acontecimientos (estamos en el nacimiento de la Patria), de un modo que asegurasen la llegada real al pueblo, como si fuese uno de ellos propiamente el que lo está contando.
Presentado el género, vale aclarar que es exclusivamente poético. La prosa, llámese cuento, novela, ensayo, es impropia del gaucho, salvo que tomemos como referencia, al narrador oral del fogón, que por cierto, sí tiene algún valor.
Personalmente llamo a la prosa: propia del “gauchesco tardío”; entre nosotros los primeros escarceos asoman, por ejemplo: con Eduardo Gutiérrez en “Juan Moreira”, con Eugenio Cambaceres en “Sin Rumbo”, pero necesitará de Güiraldes y el “Segundo Sombra” para cobrar entidad netamente definida.
¿Por qué del “gauchesco tardío”?, porque las obras citadas son de 1880, 1885 y 1926, respectivamente, y la desaparición del “gaucho real”, comienza su apurada declinación y transformación social a partir de 1880 (puede tomarse al año como un tanto arbitrario, pero vale a modo de ejemplo).
En estas creaciones literarias ya no interviene en forma directa el gaucho propiamente, sino que son hombres cultos, citadinos, pero muchas veces con experiencias o raíces familiares en la vida rural, los que comienzan a desarrollar en el cuento o la novela, sucesos y aventuras en las que el gaucho y sucesos histórico-políticos de su tiempo, forman la trama principal. Tómese como ejemplo, “A Punta de Lanza” de Carlos Molina Massey, en 1924 o “Cancha Larga” de Acevedo Díaz, en 1939.
Pues bien, vamos ahora a lo que me interesa plantear.
Hacia 1913, al crearse la cátedra de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional de Buenos Aires, y ponerse la misma bajo la conducción rectora de Ricardo Rojas, éste remarcó los estudios y análisis que había hecho, en bibliotecas públicas y privadas, y archivos y repositorios varios, sobre las obras gestadas durante el Siglo 19, y cuando más adelante -a partir de 1917- publica su historia de “La Literatura Argentina – Ensayo filosófico sobre la evolución de la cultura en el Plata”, comienza la reseña dedicando uno de los cuatro tomos de su rico trabajo al quehacer gauchesco, denominándolo justamente: “Los Gauchescos”, con lo cual, viene a poner en un nivel de real jerarquía a una expresión literaria que si bien había sido bien recibida y consagrada por el pueblo-pueblo, no había ocurrido lo mismo en los niveles llamados “cultos”. Téngase presente que para que el “Martín Fierro” fuera recibido con honores, debieron transcurrir más de tres décadas desde su aparición en 1872, y necesitar de un inspirado Leopoldo Lugones para que en varias conferencias brindadas en el Teatro Odeón de la Capital Nacional, colocara a la obra en el sitial que actualmente ocupa. Corría 1913.
Qué pasó luego…? nada, en líneas generales. Es como si oficialmente se hubiese decretado la muerte del género; algo así como que después del “Martín Fierro” en verso, y “Don Segundo” en prosa, el género dejara de existir.
Pero… por suerte, no fue así!!
De la misma manera que “el gaucho real”, poco a poco trocó en el paisano u hombre campero que la mayoría hemos conocido a lo largo del pasado Siglo, la poesía, fundamentalmente la poesía que es la más directamente vinculada al gaucho, también sufrió su adaptación; cambio que en una síntesis podemos reflejar así: En el Siglo 19, con la gesta de la Patria nace la expresión literaria que después se llamará “gauchesca”. A las formas estróficas heredadas del español, se les dio contenido con “el habla gaucha”. En el Siglo 20, desaparecidos el gaucho y los asuntos que le dieron tema (guerra de la independencia, luchas intestinas, montoneras, el desierto, vida de frontera), sufre cambios: canta ahora a las cuestiones diarias, el pingo, la doma, las pilchas, el rodeo, la tropa, la mujer, el rancho, etc., y es este modo el que da cuerpo a una nueva forma que me animo a denominar , la que mantiene la particularidad del lenguaje como elemento definitorio y de personalidad.
Y pongo énfasis en esto, porque el lenguaje es rasgo fundamental para la existencia del genero, están allí los genes de su identidad, la gran particularidad de una forma expresiva que se fundó sobre las formas literarias heredadas del conquistador, que venían ya del Medievo español.
-------------------------
Hago acá una pausa para hacer una aclaración en la que suelo ser reiterativo en mis charlas: Si bien reconocemos como aceptada la definición de “gauchescos” dada por Rojas, para referirse a los autores y a sus obras, en honor a la verdad, nada de lo que tuvo el gaucho, fue denominado por él como “gauchesco”: ni su sombrero era gauchesco, ni tampoco lo era su recado, ni su poncho, ni su rancho, ni lo que cantaba como tampoco los sucesos de su vida.
Acá coincidimos con dos entrerrianos -Amaro Villanueva y Fermín Chávez-, que estudiaron el tema y separadamente, sacaron como conclusión que lo correcto sería denominar a esta forma expresiva como “al modo gaucho”, opinión con la que decididamente coincidimos, aunque también reconocemos que a esta altura es un tanto inoportuno cambiarle el nombre a algo que se ha llamado así por más de un siglo, pero creo oportunos informar y dar a conocer una opinión que entendemos acertada.
-------------------------
En esta etapa ya en el Siglo 20, con la formación escolar más difundida, por lo menos con el conocimiento básico de la escritura, ya que a partir de dicha centuria era más habitual llegar al segundo o tercer grado en el ámbito rural, comienzan a aparecer los versos escritos por los propios hombres del ambiente rural o íntimamente ligados a él. En el Siglo anterior la creación propia del gaucho había sido oral, sin registro en papel. Ahora ya lo puede volcar en un cuaderno y a veces llega a las páginas de un periódico.
Anecdóticamente digo lo del cuaderno, porque los mismos recopiladores lo han apuntado, ya que inclusive había personas, que no sabían componer un verso, pero que volcaban en un cuaderno todos los versos que llegaban a sus oídos. Poseo en mi archivo personal, uno de aquellos de tapa de hule color negro, en el que un paisano, al tocarle el servicio militar allá por la década de 1920, copió una cantidad de composiciones, con la triste carencia de no haberle agregado a cada cual, quien se lo dictó o de donde lo tomó, ya que la gran mayoría son desconocidas y carecen de información, estando descartado las haya escrito él. Este paisano se llamó José Tirado, y toda su vida transcurrió en el sur del partido de La Plata, justo sobre el deslinde con el de Magdalena.
Entre el “Martín Fierro” -dando este nombre como señal de una época- y la conformación de lo que llamo el “verso campero”, hay un período de transición, en el que se nota una fuerte influencia de las representaciones teatrales a través del circo criollo, con obras montadas sobre dramas por el estilo de “Juan Moreira”, donde el gaucho bueno enfrentado al funcionario o al policía corrupto (expresión universal del bien y el mal), arreglan cuentas, por lo general, en un duelo criollo. Pues bien, esta circunstancia inunda los versos de entonces, con gauchos matreros, hombres peleadores que hacen un credo de sus habilidades en la esgrima criolla, pero que como corolario: hablan mal del gaucho si este fue un ser social que tuvo a tal como su forma de vida.
Bien puedo afirmar que lo que denomino “poesía campera”, comienza a manifestarse con registro gráfico en la década del ’30, a través de “Charrúa” o sea Gualberto Gregorio Márquez, de quien vale la pena aclarar que de uruguayo solo tiene el nacimiento y el seudónimo, ya que desde la infancia vivió en el país, y se expresó contundentemente como un paisano bonaerense; ahí nomás lo podemos sumar a Pedro Boloqui y Enrique Uzal –ambos publicando en 1940-, Omar Javier Menvielle con su primer trabajo “Albúm Criollo” por 1942, y a partir de allí se encadenan los poetas que podemos enrolar en este estilo,  el sanjavierino Julio Migno (1944), Miguel Domingo Etchebarne (1948), Roberto Coppari (1950), Luis Domingo Berho (1954), Julio Secundino Cabezas (1959), Pedro Risso (1967), Rafael Bueno (1968), y a partir de acá la lista se hace muy nutrida.
En la prosa -cuento y novela-, el Siglo 20 ha sido muy prolífico con representantes por todas las provincias del país, y acá podemos aclarar que cantidad es igual a calidad; plumas brillantes se han lucido en la narración de ambiente gaucho, por eso a los ya citados Carlos Molina Masssey y Eduardo Acevedo Díaz (bonaerenses de Las Flores y Dolores, respectivamente), podemos agregar al platense Benito Lynch -quizás el más reconocido de todos, ya que alguno de sus textos se difundió como material de estudio junto al “Segundo Sombra”), a Juan Carlos Dávalos en Salta, Juan Draghi Lucero en Mendoza, Jesús Liberato Tobares en San Luis, Luis Franco en Catamarca, Juan Pablo Echagüe en San Juan, Zapata Gollan, Mateo Booz y Luis Gudiño Kramer en Santa Fe, Guillermo A. Terrera y García Colodrero en Córdoba, Elías Carpena y Fernando Gilardi como los últimos relatores de ambiente de campo en territorio de la actual Ciudad de Buenos Aires, Asencio Abeijón y Don Elías Chucair por la Patagonia, Velmiro Ayala Gauna y Ernesto Ezquer Zelaya por Corrientes, Martiniano Leguizamón, Fray Mocho y David Kraiselburd en Entre Ríos,  Fausto Burgos por Tucumán; por Buenos Aires: Ana Sampool de Herrera en la Mercedes bonaerense, Ñusta de Piorno con sus cuentos de “Pañuelo de Yerbas” por Trenque Lauquen, Mario Aníbal López Osornio de Chascomús, los dos Guillermos de apellido inglés, Hudson y House (este último  autor de “El último perro” interpretado en cine por Hugo del Carril), Aaron Esevich, y el notabilísimo y por mi admirado Don Justo P. Sáez (h).
Y está es una nómina armada a vuelo de pájaro, sin entrar a revisar los volúmenes de la biblioteca.
Hoy por hoy, la novela criolla está prácticamente sin cultores, no así el cuento, donde podemos citar a Ricardo Ríos Ortíz, Ernesto Mario Iseas (Cholo), Facundo Gómez Romero, Miguel López Breard y Jorge Barraco con libros editados, y otros como Raúl De Genaro, Nicolás Luna, Rigoberto Cardoso o Néstor Enzo Mori, aún inéditos.
A diferencia de la prosa, la cofradía de los poetas es numerosa, quizás… porque es la forma expresiva más próxima al hombre campero, como en los inicios lo estuvo al gaucho, y acá debemos darle la derecha a la tecnología, pues ésta ha simplificado y por ende ha permitido llegar a la publicación de un modo más accesibles.
Actualmente, en el presente de este joven Siglo 21, vienen pisando fuerte manteniendo al tope el verso de raíz gaucha, hombres como: Julio Héctor Mariano, hoy en La Plata, Carlos Loray por Cañuelas, Ricardo “Tito” Urnissa en Las Flores, Guillermo Villaverde en Ensenada, Héctor del Valle por Avellaneda, Juan Carlos Pirali, Pablo Gallastegui y Roberto Morete por Dolores, Felipe Olivera Moreno y Pacho Esperón en Gral. Madariaga, Horacio Otero y Omar Moreno Palacios por Chascomús,  Agustín López en Lomas de Zamora, El Paisano Mireya en Dudignac, Alberto Zárate y Arnoldo Daniele por Luján, Juan Carlos Artigas en Trenque Lauquen, Luis Balbo y Néstor Enzo Mori en Cañuelas, Carlos Daniel Líneas en La Plata, Ángel Feliciano Mele por Maipú, Omar Italiano en Ayacucho, etc. etc.
A esta muy incompleta lista se debe agregar a todos los payadores, ya que a más del verso repentista cultivan el verso escrito, y solo a modo de ejemplo cito a José Curbelo, Aldo Crubellier, Jorge Socodatto, David Tockar, Saúl Huenchul, Luis Genaro, y siguen los demás.

CONCLUSIÓN
Hoy,  en este septiembre de 2015, tenemos al alcance de la mano el Centenario de la publicación de “Los Gauchescos” de Ricardo Rojas, en 1917, cuando -como ya explicamos- ubicó en un espacio de importancia a la expresión gauchesca.
Falta pues ahora, que aparezca el “Rojas” de estos tiempos para que haga el adeudado estudio pertinente sobre todo lo ocurrido y escrito en el Siglo 20. Demostrativo por otro lado, de que el género, aunque no se lo quiera ver, ¡está vigente! y con muchos cultores en actividad.
Los estudios que hay, son parciales, abordando solo algún aspecto o determinados escritores; las antologías son decididamente incompletas, aunque es válido aclarar, que resulta muy complicado arreglar el tema de derechos de autor de escritores que han fallecido, y con otros que están vivos,  los antólogos se encuentran con el problema de ¿qué ofrecer?, ya que en las librerías de hoy, y en esto también hay que ser claro, “el gauchesco” -salvo los clásicos-, circula muy poco, ya que lo más va por el rubro “librería de viejo”.
Y a esta carencia agrego otra, que aunque no tenga que ver con “El Presente de la Literatura Gaucha”, sería, entiendo, de un valor sumo para nuestra cultura criolla: creo necesaria la creación de una “Academia del Habla Criolla”, que recoja, analice, estudie, compile, todas las voces que tiene que ver con el gauchesco o el criollismo de todo el país, pues si bien existen muchos emprendimientos personales desde el de Francisco Javier Muñiz y el de Daniel Granada, pasando por todos los compendios de voces provincianas, y los trabajos de Tito Saubidet y Rafael Capdevila, llegando hasta los novísimos diccionarios de voces argentinas de la Academia Argentina de Letras, sería bueno sumarlos a todos para tener un consenso, y a veces, a una misma palabra usada en distintas zonas del país, con todas sus definiciones ordenadas. Lo que propongo, creo que excede la realidad de la Academia que existe, es algo más específico, por el estilo de lo que es en la práctica la Academia del Lunfardo.
Digamos que es una “ambición del espíritu”.
-----------------------
Y como en esencia me siento un poeta, que a veces incursiona por otros senderos de la escritura, para quedar bien  con ese alter-ego poeta, cierro con una décima:

“Congreso de Tradición:
Gaucho, Usos y Costumbres”,
quiera Dios, tu luz alumbre
a mi bendita Nación;
los pueblos que olvidan, son
veletas que’l viento agita
y mi Patria necesita
-pueden tener por seguro-
por el bien de su futuro
¡saber que’l gaucho palpita!

La Plata, 11 de Septiembre de 2015

(Publicado en El Tradicional N° 138)

viernes, 14 de octubre de 2016

LEÓN BENARÓS

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 43 – 4/02/2012

Con su licencia, paisano!
        Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

LEÓN BENARÓS, que el próximo lunes estará cumpliendo ¡97 años!, nació en consecuencia el 6/02/1915, en Villa Mercedes, provincia de San Luis, con padres sefardíes, venidos de Tetuán (Ciudad de Marruecos, próxima al Mediterráneo), que allí tenían estancia con grandes alfalfares; más tarde se trasladan a Castex (La Pampa), y luego al Departamento de San Martín, en Mendoza, donde habitaban un enorme caserón de por lo menos once habitaciones, que daba el frente a la Calle Alem, y en la parte posterior, a un casi desierto pampeano. Fue allí donde tuvo un verdadero contacto con el folclore, quedando cautivado para siempre, ya que en la misma se realizaban grandes guitarreadas que duraban más de un día. (“Así yo viví el folklore antes de escribirlo”, dijo alguna vez).

Luego vivió en una quinta en Lomas de Zamora, mientras estudiaba en Buenos Aires la carrera de derecho, recibiéndose de abogado en 1942, a los 27 años.
Su amor por la cultura terruñera lo llevó a vincularse con el movimiento folclórico, y de allí a ser el director de la Revista Folklore, solo había un paso… que se animó a dar, cuando el escritor cuyano Juan Dragui Lucero le sugirió entrevistara a Marbiz, y éste lo recibió con beneplácito, descontando lo nutritivo de sus reportajes y entrevistas. Dirigió la Revista hasta su cierre definitivo.
Su obra literaria es amplia y diversa, al punto que no podemos dejar de mencionar su sección “Desván del Clío”, donde desperdigando grageas de historia, por más de 40 años aportó a  la Revista Todo es Historia. De sus libros, por vinculados a nuestro quehacer, citamos: “Romances de la Tierra” (1950), “Versos del Angelito” (1958), “Romancero Argentino” (1959), “Décimas Encadenadas” (1º962), “Romances de Infierno y Cielo” (1971), “Romances Paisanos” (1973), “Carmencita Punch” (1973), “Elisa Brown” (1973) y “Los Memoriosos” (1985).
También es autor de incontables títulos que viven en el cancionero folclórico como la zamba “La Tempranera” que musicalizara Carlos Guastavino; u obras como “El Chacho – vida y muerte de un caudillo”, “La Independencia”, “¡Viva Güemes!”, “Forjadores de la Patria” o “Gente criolla”, que grabaron Jorge Cafrune, Figueroa Reyes, Chacho Santa Cruz, entre otros.
En su poesía criolla se ha expresado mayoritariamente en la forma del romance, aunque la décima no le ha sido ajena.
Casado con la también escritora Emma Felce, vive en el centro porteño.
................................../
P.D.: con posterioridad a la emisión de este comentario radial, el poeta falleció en Buenos Aires, el 26/08/2012



lunes, 5 de septiembre de 2016

LA MAGDALENA - PERSONAJES HISTÓRICOS EN LOS BICENTENARIOS

El hecho de encontrarnos ahora rumbo al segundo de los “Bicentenarios Patrios”, nos hace pensar y reflexionar que, de lo que era en aquellos tiempos “el interior bonaerense”, escasos o muy escasos fueron los representantes de las entonces poblaciones pioneras, que aportaron ‘mentes ilustradas’ para juntas y congresos; en la otra cuestión en la que sí aportaron “gente de pata al piso”, fue en la integración de los bisoños ejércitos que comenzarían las duras y largas luchas de la independencia, poblada la gesta de ‘soldados anónimos’.
Parroquia de Magdealena
Este lugar desde el que estoy escribiendo esta pretensión de nota, la Ciudad de La Plata, era entonces inexistente, y al sitio se lo conocía como “las lomas de la Ensenada”, en virtud que a corta distancia y sobre la costa del Plata, se encontraba la población de dicho nombre, el Fuerte y también el puerto, y podría decirse que todo quedaba inserto dentro de lo que, casi desde los tiempos de Garay, se nominaba “Pago de la Magdalena”, ya para entonces, a más de 220 años de las andanzas de aquel vasco conquistador, “el viejo” Pago de la Magdalena.
Para buscar un orden cronológico, citaremos primero al Presbítero Dr. Manuel Maximiliano Alberti.
Hijo de Doña Juana Agustina Marín y D. Antonio Alberti, había nacido en Buenos Aires el 28/05/1763, habiendo estudiado en el Real Colegio de San Carlos, del que pasó a la Universidad de Córdoba, donde en 1785 se recibe de doctor en Teología, siendo ordenado sacerdote al año siguiente y destinado a la Parroquia de la Concepción de Buenos Aires. Cuatro años después, al quedar vacante el curato de la Magdalena, es designado cura vicario interino para la parroquia de Santa María Magdalena, a la que llega en 09/1790 y permanece un año, renunciando (presumiblemente por problemas de salud, según su biógrafo Guillermo Durán), el 26/10/1791, pero… curiosamente retorna por otro año, desde el 1/03/1793 al 21/02/1794.
Más allá de atender el oficio religioso, se abocó a la reconstrucción y ampliación del templo parroquial.
Frente al actual edificio, alguna vez cavilamos que quizás, durante los sermones dominicales, solapadamente -o no- pudo haber transmitido a sus súbditos los nuevos idearios que se expondrían en los días de mayo.
Justamente al sucederse estos -cuando era párroco de la Iglesia de San Nicolás-, interviene activamente de las reuniones, por cuya actuación finalmente es elegido “vocal” al constituirse la Primera Junta de Gobierno, aclamado por el pueblo que exigía un lugar para él,  siendo el único sacerdote que la integra; continuando en su cargo al conformarse la Junta Grande, pero los fuertes intercambios políticos, las acaloradas discusiones no pintaban la situación color de rosa, y tras arduos debates del día 28/01/1811, fallece tres días más tardes, posiblemente a consecuencia de un síncope cardíaco, siendo el primer miembro del gobierno patrio en fallecer, triste privilegio en el que prontamente lo seguiría Mariano Moreno.
Presbítero Dr. Manuel Maximiliano Alberti
Con este compartió la labor en “La Gazeta”, de la que fue redactor y su primer director.
A su pedido, sus restos fueron sepultados en la Iglesia de San Nicolás, sitio en el que actualmente está emplazado el Obelisco porteño, motivo por el cual se desconoce el destino de los mismos.

 Otro sacerdote con algunos vínculos con “el viejo pago”, es Dámaso Fonseca, quien había nacido en Buenos Aires el 18/12/1763, en el hogar de Doña Micaela Veguío y Don Juan Gómez de Fonseca. Tras los estudios básicos en la “gran aldea”, sus padres lo envían a Córdoba, donde cursa en su Universidad y en 07/1785 egresa -antes de cumplir 23 años-, como Doctor en Teología.
Ya de retorno en su ciudad de nacimiento fue ordenado sacerdote en 8/1788 por el Obispo Azamor y Ramírez, y apenas un año después, el 26/09/1789 asume como “cura y vicario” en la Iglesia de Magdalena, donde cumple un breve interinato, a raíz del cual Andrés Calcagno opinó: “En ese curato apartado de la capital halló el doctor Fonseca ancho campo donde ejercer su celo, edificando a sus feligreses con su conducta y con su constante aplicación al estudio…”.
Ejercía su sacerdocio en la Parroquia de la Concepción, cuando el 21/05/1810 recibe la invitación para participar del Cabildo del día siguiente, en el que vota a favor de constituir una forma de gobierno que reemplace el poder del Virrey, donde “no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad y el mando”.
Decididamente identificado con los nuevos idearios, en representación de la Ciudad de Maldonado, fue nombrado Diputado a la Asamblea de 1813.

Andando el tiempo, el 10/07/1815. El Director Supremo Álvarez Thomas, en atención a la constitución del congreso que se avecinaba, invita a la población a designar “electores” para integrar la Junta que debería elegir los diputados que la representarían en Tucumán. Se procedió entonces a la división del territorio en nueve secciones que debían contar con un mínimo de 5000 habitantes cada una. Fueron: San Nicolás de los Arroyos, Pilar, Arrecifes, Luján, San Isidro, San José de Flores, Magdalena y San Vicente; de todas, solamente Magdalena y Arrecifes tuvieron dos representantes en la Junta, que en este caso fueron el Presbítero Domingo González Gorostizu y el vecino Don León Ortiz de Rozas.
Este sacerdote fue párroco en Santa María de Magdalena desde 1798 hasta el 15/1/1829, siendo el primer sacerdote de larga permanencia en el lugar. Tenía un hermano menor también religioso, Ramón, quien fue su permanente colaborador a partir de 1806.
Don León Ortiz de Rozas
Por su parte, Don León Ortiz de Rozas, destacado y prominente vecino, fue administrador de los bienes de la corona por un espacio de casi diez años, hasta que en 1806 comienza a administrar las propiedades rurales que su esposa Agustina López Osornio heredara de su padre en tierras del “viejo pago”, convirtiéndose en hacendado. Su sobrino Lucio V. Mansilla lo describió y definió: “…bondadoso y paciente (…) La memoria que dejó entre los suyos y todos los que le conocieron fue la de un hombre sin reproches”.
Volviendo a la Junta porteña, González Gorostizu apoyó con su voto, la elección de los Dres. Sola, Zavaleta, Leiva y Gascón, y de los sacerdotes Perdriel, Guerra y Grela; mientras que Ortiz de Rosas votó por los doctores Paso, Gascón, Zavaleta, Maza y Sáenz, el religioso Rodríguez, y el Mayor Gral. Cruz.
Finalmente, los representantes por Buenos Aires en el Congreso de Tucumán, que abrió sus sesiones el 24/03/1816, fueron: los doctores Juan José Paso (fue el Secretario), Pedro Medrano, Esteban Agustín Gascón, Tomas Manuel de Anchorena, y el también sacerdote Antonio Sáenz, a los que hay que sumar a Fray Cayetano J. Rodríguez, que fue el encargado de redactar el acta de la independencia, al mismo tiempo que fue director y redactor del diario de sesiones del benemérito Congreso.
A grandes rasgos y casi ya a 200 años de aquellos sucesos, esta es la reseña del pequeño aporte magdalenense, a las gestas iniciales de la Patria.
La Plata, 30/01/2016

Bibliografía Básica

Calcagno, Andrés – “Apuntaciones Históricas sobre Magdalena”
Carranza Mármol, Ángel G. – “Cartilla Biográfica de los Diputados que Firmaron el Acta de la Independencia”
Citterio, Diego (Lic.) – “Parroquia de Magdalena a Fines del S. XVIII”
Roncoroni, Atilio (Dr.) – “Los Abogados en el Congreso de Tucumán”

(Publicado en la página web de El Tradicional, con fecha 10/08/2016)