domingo, 28 de octubre de 2018

JULIO DÍAZ USANDIVARAS - a 130 años de su natalicio


Al sudeste de la ciudad de Córdoba, en la Estancia “Las Lilas”, nació el 11/09/1888, siendo hijo de Dolores Usandivaras y el Dr. Carlos Díaz; familia de honda raigambre, como que su bisabuelo José Javier Díaz fue el primer gobernador electo de esa provincia,  y su otro bisabuelo, el Cnel. Mariano Usandivaras, luchó junto a San Martín en la gesta de la guerra de la Independencia.
Autodidacta de formación, comienza a los 24 años su vinculación con el periodismo al publicarle “El Mundo Argentino”, en 01/1913, un soneto, y muy poco después, 01/1915, publicará su primer libro de versos: “Por el Camino”.
Sus trabajos en prosa y en verso tuvieron feliz acogida y amplia difusión en reconocidos medios de la época, como: PBT, Fray Mocho, Caras y Caretas, Plus Ultra, Atlántida, El Hogar y El Trovador.
Fue un empedernido trashumante del suelo patrio en épocas en que viajar no conllevaba las actuales comodidades, esparciendo su sapiencia criolla en todos los ámbitos a que tenía acceso; su presencia y su palabra eran esperadas con inquietud, y él, como quien siembra al vuelo, depositaba las semillas de su amor gaucho en las fecundas sementeras de los espíritus ávidos de tradición.
De joven se había radicado en la Ciudad de Buenos Aires, y allí, en el barrio de Flores, el patio de su amplia casona fue testigo de acogedoras reuniones, que más allá del asado criollo y el vino manso, se aderezaba con nutritivas charlas y ardorosas tenidas payadoriles, arte éste, que no le fue ajeno, y del que fue entusiasta difusor. En dichas tenidas se alistaban nombres como los de Martiniano Leguizamón, Soiza Reilly, Justo P. Sáenz (h), Coria Peñaloza, Molina Campos, y payadores como  Nicandro Pereyra y Juan Más.
Sus libros son -además del ya citado- “La Musa Triste” (1917), “Agreste” (1917), “Espejos Nativos” (1921), “Jazmín del País” (1923), “El Alma de la Tierra” (1926), “La Flor de mi Campo” (1926), “Garúa” (1931), “Palo Santo” (1933), “Talar” (1935), “El Libro de las Décimas” (1946), “El Nuevo Libro de las Décimas” (1952) y “Folclore y Tradición” -con su hijo Julio- (1953); la mayoría, de versos.

Tenía 34 años cuando en 1922,  contrajo matrimonio con Consuelo Dueñas, de cuya unión nacieron Clara, Julio Carlos y Marta Dolores.
El 16/09/1962, a los 74 años, muere en la Capital Federal, y en 05/1964, se inaugura en el Cementerio de la Chacarita, un Mausoleo en su memoria.


(Publicado en "Revista Digital de Mis Pagos N° 65 - 6-7/2018)

FRONTONES


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 92– 28/10/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Al hablar el domingo pasado sobre “los vascos”, hicimos mención de sus aportes a la cultura criolla, y allí citamos en lo deportivo, el juego de “pelota en frontón”, que si bien lo comenzaron practicando entre los hombres de esa comunidad, rápidamente fue adoptado por nuestra gente también.
Se supone que antes del 1800 se establecieron los primeros “frontones”, pues rudimentariamente era suficiente con una pared sobre la cual hacer rebotar la pelota a fuerza de precisos paleteos; ahora, vale aclarar que su éxito y difusión se debe ubicar en las últimas décadas de esa centuria.
Justamente esa pared es la que recibe el nombre de “frontón”, designación que por extensión abarca todo el espacio en el que se desarrolla el juego, más o menos así lo define la Real Academia de la Lengua.
En los almacenes de campo, el “frontón” -la cancha de pelota a paleta- es al aire libre, abierta, y sus medidas están en los 10 mts. de ancho, por un largo variable que va de los 28 a los 54 mts.
En los pueblos los “frontones” se erigen en espacios cerrados.
Esos almacenes o esquinas de campo, contaban con los “frontones” y la “cancha de bochas” (este otro juego de origen italiano). como un agregado para atraer clientela, y de la misma manera que las “cuadreras”, los desafíos entre afamados “pelotaris”, atraían en la fecha establecida para el partido, inusitada cantidad de curiosos, que dejaban sus pesos en el mostrador y también en las apuestas, porque “de afuera” se jugaba por plata.
Entrando en precisiones que escapan a nuestro saber, copiamos que si se jugaba con pelota de cuero o de goma maciza, se requería cancha de 36 mts., y de 30 si era con pelota de goma, en todos los casos en cancha de “frontón” con ‘trinquete’, también llamado en nuestra campaña ‘tambor’ o ‘tambur’, un ochavado que une el extremo derecho del frontón con la pared de la derecha.
Por famoso en este juego no podemos dejar de mencionar al “Manco de Teodelina”, o sea Oscar Messina, quien pasó la última parte de su vida radicado en Chascomús, y que en sus épocas de glorias daba todas las ventajas, jugando con un brazo atado, a veces el derecho para jugar solo de zurda.
Hoy en día ya no se siente en el campo el retumbar del “frontón”, y a eso refiere el verso que escribiera Ricardo Lejarza, que titulara “La Muerte de los Frontones”.
(Se puede leer en el blog “Poesía Gauchesca y Nativista”)

domingo, 21 de octubre de 2018

VASCOS


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 91 – 21/10/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Según mi apreciación personal, la comunidad “vasca” es la que más fácil se acriolló y se adaptó al ámbito rural, incluso, incorporando a su atavío el uso del chiripá como una cosa natural. Y si bien la presencia “vasca” viene de los primeros tiempos de la conquista (el fundador de Buenos Aires, Don Juan de Garay correspondía a esa comunidad), será en la centuria del 1800, cuando comienzan las oleadas inmigratorias que integrará a los “vascos” a la vida del país.
Se cree que el pueblo “vasco” tiene una antigüedad de más de 7000 años. Serían anteriores a las grandes culturas de la civilización humana. Viene de tan lejos, que el origen de la lengua vasca, el euskara, no se ha podido resolver, y resulta inclasificable, ya que no coincide con ningún de los lenguajes conocidos.
En el libro “Los Vascos en la Argentina” de la Fundación Vasco Argentina “Juan de Garay”, se destaca que: al “claro sentido fundacional que desde 1810 ha impuesto la cultura vasca en nuestro país, debe añadirse que, en relación con el número de afincados .
El entonces presidente de la recién citada Fundación, Jorge Zorreguieta, expresó que “Entre nosotros, el vasco es sinónimo de rectitud, trabajo y constancia. Un ser de actitudes austeras, noble y de perfil bajo. En la Argentina hay tres millones y medio de personas que tienen alguna ascendencia vasca. Más gente de origen vasco que en el propio país”.
La primera llegada de “vascos” en cantidad, se da hacia la segunda mitad de la década de 1830 y toda la siguiente; años después hay otra gran oleada con posterioridad a la caída de Rosas y que se extiende por unos diez años, o sea 1853/1863, con la particularidad que en esta ocasión la mayoría elige radicarse en nuestra campaña, o sea la región pampeana. Por último, en la gran inmigración que se da una vez finalizada la “conquista del cierto”, llegan también gran cantidad de “vascos”.
Es sabido que el gaucho era renuente a toda actividad que no se desarrollase de a caballo, o sea, menospreciaba las tareas de a pie, y en esas comenzó a ocuparse el “vasco”: ser zanjeador, pastor de ovejas (otra tarea no querida por el gaucho), mano de obra en los saladeros, plantador de árboles, cavador de jagüeles; con la llegada de los ferrocarriles, se ocupó a pala, pico y carretilla para la construcción de los terraplenes y el tendido de vías; y al comenzar a alambrarse los campos, se especializó en el oficio de alambrador. Pero donde más lo asociamos, debe ser sin duda en la tarea de tambero, y en su condición de repartidor de leche en pueblos y ciudades. Si bien en su tierra ejerció como agricultor, no fue ésta ocupación que lo deslumbrara entre nosotros.
Pero tampoco podemos olvidar que no le hizo “asco” al oficio que se le presentara, y fue comerciante de ramos generales, dueño de fonda con hospedaje, patrón de tropa de carros, estanciero…
Su cultura nos aportó el uso de la alpargata y de la boina, y deportivamente nos acercó al juego de la paleta en frontón.
Intensa ha sido la participación de los “vascos” en nuestra campaña, como también intensa su inserción en la vida socio/cultural del país.
(En el blog "Poesía Gauchesca y Nativista" se pueden leer los versos de Ricardo Lejarza, "Al Pueblo Vasco")

domingo, 14 de octubre de 2018

RAMOS GENERALES


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 90 –14/10/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Junto a la estancia cimarrona, la pulpería: “Antes que nadie ganó el desierto, plantando los cuatro palos de su rancho”, tal lo que sentenciara Don Carlos Moncaut, y a medida que la frontera se iba corriendo a los campos de pa’juera, hacia allá iba ese pionero y precario boliche de campo.
A medida que la civilización blanca ganaba lugar y se iban formando pueblos, se generalizó el establecimiento de importantes almacenes de campo, que por lo variado de su surtido pasaron a llamarse “Almacén de Ramos Generales” o simplemente “Ramos Generales”.
Estos almacenes, ocupaban por lo general una esquina del pueblo, con un amplio terreno; y si bien solían estar sobre algún camino principal que entraba al lugar, no faltaron casos en que se establecieron en la zona principal de la población, o mejor dicho: un sitio, en el que el crecimiento de la localidad lo fue envolviendo, dejándolo adentro del pueblo.
Las edificaciones, de buena mampostería, constaban de un amplio salón, con estanterías sobre las paredes que se estiraban hasta el cielorraso; un largo mostrador poblado en parte por los más diversos elementos, separaba el lugar de trabajo de patrones, dependientes y empleados, de aquel por el que circulaban los clientes entre cantidad de materiales que allí se estivaban o se amontonaban: tercios de yerbas, barricas de vino, rollos de alambre, atados de bolsas de arpillera, etc, etc.
En el terreno posterior o lateral, con un gran portón de entrada que daba a la calle, estaba el lugar destinado a los caballos con que se ataban  a una chata playa, o un gran carro con barandas, con los que se hacían los repartos de los productos que los clientes compraban contra la entrega en el campo.
En un extremo de ese largo mostrador, forrado de cinc, se asentaba ‘el despacho de bebidas’, a veces, con un tabique de madera liviana que lo separaba del resto del ámbito, donde debían movilizarse hombres y mujeres con niños, en actividad de compra.
Los almacenes más prósperos agregaban a todo lo enumerado, un gran galpón o barraca, en el que se acopiaban ‘los frutos del país’, que unas veces compraba el dueño del negocio, y en otras, recibía como parte de pago por mercaderías que a lo largo de un año o dos había estado proveyendo a un cliente acreditado, que tras una buena zafra de esquila o una cosecha, saldaba su deuda con parte de lo producido.
A la vez, cada tanto, con sus propios vehículos remitían a barracas porteñas, todo lo acopiado tras largos meses. Estas iniciativas comerciales, enriquecieron a muchos almaceneros, que invertían sus ganancias en la compra de campos, transformándose además, en estanciero.
Si bien en los pueblos de la campaña aún persiste la existencia de algún “Ramos Generales”, su momento de esplendor se vivió (por fijar caprichosamente un período), entre 1880 y 1950.
(Se ilustró con las décimas de "Rasmos Generales" del poeta Darío Lemos)

domingo, 30 de septiembre de 2018

LA CHATA


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 89 – 30/09/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

En los actuales tiempos del tradicionalismo, en que los desfiles han incorporado el tema de los carruajes, y cuando la recuperación de éstos ha tomado real importancia, al punto de llegarse a realizar desfiles exclusivamente de carruajes, vale la pena referirnos a “la chata”, esos vehículos gigantes que otrora cruzaran la pampa agraria, y que hoy llaman la atención por su tamaño y porte, lo mismo que acaloradas discusiones por su capacidad de carga.
En nuestra campaña, a esos grandes carros se los ha llamado simplemente “chata” o “chata de cajón” -con barandas por los cuatro costados-, para diferenciarla de la que no tiene barandas en los laterales, llamada “chata playa”, más chica y de menor capacidad de carga.
Su apogeo estuvo dado en la primera mitad del siglo pasado, ya que a partir de los años 40, poco a poco fue siendo desplazada por los camiones.
Las “chatas” eran carruajes de cuatro ruedas, las dos traseras, a veces de más de 3 mts. de diámetro, y las delanteras más o menos la mitad de las otras. Esto hacía que el plan de la caja, o sea el piso, estuviese a 1,80 o 2 mts. del suelo, lo que en la práctica permitía que al cruzar un arroyuelo, algún camino inundado, o grandes charcos, la carga no se mojase.
Las más grandes podían tener 7 metros de largo por un ancho variable del metro 40 a 1.60 lo que le da una superficie de 10 mts.2 aproximadamente; si bien no había uniformidad, sus barandales podían tener 2 mts. de alto coronados por una aleta, lo que permitía que la carga de bolsas, al sobrepasar la baranda y trabarse sobre la aleta, tuviese más anchura que la que brindaba el plan de la caja.
Según Don Mario Nochetto que fue del oficio, y por otros testimonios que él mismo reuniera, el promedio de bolsas que cargaba una de esas chatas con bolsas de 60 a 70 kgs., estaba en las 160 unidades, lo que arrojaba un peso de unos 10.500 kgs. Para dar un ejemplo más amplio, Don Eduardo Sabino López, de la zona de Sol de Mayo, partido de Navarro, a mediados de 1968, cincuenta años atrás, le contó a Don Luis Alberto Flores (el afamado soguero), que en su oficio de carrero, la vez que más cargó su “chata” fue con 264 bolsas de girasol. También contó que por jornada como mucho se andaban 4 leguas por buenos caminos.
Si bien puede haber diferencias o particularidades, la atada era más o menos, de la siguiente manera: 1 varero y 2 tronqueros, que una vez atados quedaban semitapados por el pescante; luego 1 cadenero (por lo general el mejor caballo), y a sus costados 2 balancineros; a veces, más adelantado iba 1 sobrecadenero. Tirando a la cincha de los grilletes de las ruedas delanteras, 4 animales más; a las ruedas grandes se ataban 1 o 2 laderos más, llamados “cuñeros”; cuando estos laderos no se usan, van atados a la culta junto a un caballo de andar.
Por los lugares donde se las fabricaba, algunas eran conocidas por “sampedrinas”, otras como “azuleras”, etc.
(Se ilustró con "La Última Chata" de Ricardo Lejarza, que se puede leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

domingo, 23 de septiembre de 2018

DOMADOR


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 88 – 23/09/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
Hablábamos en el programa anterior del “pingo”, y para lograr éste es necesario un buen domador, y éste, el de domador ha sido en el campo de ayer un oficio prestigioso en la estancia criolla, y aún hoy sigue siendo una virtud de pocos, esa de sacar un buen “pingo”, que acredita al domador.
Decir domador, es referirse al que amansa un yeguarizo, el que lo domestica y lo hace caballo de andar.
En la primera mitad del Siglo pasado cuando toda la labor de campo aún se hacía a puro caballo, cada estancia tenía su domador, que por lo general amansaba dos tropillas por temporada, una para los caballos de la casa (patrón, hijos, mayordomo…) y otra para el trabajo de los mensuales.
Don Luis María Echegaray, en un esbozo de memorias que escribió por 1997 cuando ya tenía 76 años, recuerda que allá por 1933, su padre -que explotaba 33000 ha de campo de las estancias “La Larga” y “La Limpia”, en Pila-, le entregó a su domador Celedonio Irachet (de la zona de Dolores), 39 potros de entre 2 y 4 años para amansar 3 tropillas de 13 animales cada una, a las que éste después agregó 2 más, una de Santiago Rocca -de 14 caballos- y otra de 10 de Goyti, y al año y medio, entregó todo los animales corrientes y de freno.
Cuando agarraba los animales, procedía a desvasar y tusar con penacho, dejando las colas largas, abajo del jamón. Irachet se desempeñaba en todos estos trabajos con un ayudante.
Dice Echegaray que aunque los métodos podían ser más brutos que los actuales, se sacaban muy buenos caballos. Agreguemos que era el gusto de su padre que los animales se tirasen de la boca en el suelo, y así ocurría con el 80 por ciento de los potros agarrados; Irachet, particularmente seguía este método: Si el caballo era de cogote largo lo tiraba corriendo, y si era de cogote corto, en el suelo.
“Las riendas para domar -dice Ambrosio Althaparro recordando tiempos anteriores a 1940- nunca tenían presillas y recién cuando el redomón era corriente y se le iba a empezar a enfrenar, se usaban las riendas comunes, de prender en el freno o en el bocado de fierro”. En cuanto a éste dice que era “hecho de pabilo o de tiras de medias, siempre trenzado de cinco”.
Siendo que el caballo era fundamental en el trabajo de la vieja estancia, ‘la doma y el domador’ eran asuntos importantes y a tener en cuenta, a tal punto, que tanto D. Juan Manuel de Rosas como Don José Hernández, le prestaron atención en sus trabajos referidos al manejo de un establecimiento ganadero. Entre sus muchas consideraciones, dice éste último que “Al caballo que se está amansando se le dan dos galope por día, uno a la mañana temprano, y otro por la tarde”.
Si bien los tiempos han cambiado y el caballo ya no es tan indispensable en el trabajo, el domador sigue diciendo presente, gestando su prestigio con el mismo respeto que ayer lo hicieron sus mayores
(Ilustramos con "Domador" de Luis. L. Leglise, que se puede leer en el blog "Antología de Versos Camperos")

domingo, 9 de septiembre de 2018

PINGO


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 87 – 09/09/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

“Siempre un gaucho necesita / un pingo pa’ fiarle un pucho”, dice Fierro en ‘su libro’.
Y es que el caballo ha sido un elemento fundacional en la existencia del gaucho, y éste, a un buen animal, solía distinguirlo con esa expresión: “pingo”.
La palabra existe en el habla de la “madre patria”, pero con significados muy dispares al que le damos nosotros, por ej.: harapos, jirones que cuelgan, una vestimenta fea o que queda mal, una mujer promiscua…, recién en una 5ta. acepción agrega la expresión ‘flete’, y define “caballo de muy buenas cualidades”
Indudablemente en los países del sur de esta parte de América (Uruguay, Paraguay, Chile y Bolivia), “pingo” pasó a ser sinónimo de “caballo”. Curiosamente en el libro santafesino “El Caballo y el Recado”,  se trae la referencia que da Rafael Schiaffino en su trabajo “Guaranísmos. Ensayo Etimológico”, quién da a la voz “pingo” origen guaraní, derivándola de la palabra “pinu o ngo”, que él define como “caballo vivo, ligero”.
Lo cierto que en nuestra campaña, el solo decir “pingo” es señal que se está hablando de un caballo, pero éste no es un caballo cualquiera, sino, un animal superior que hace se lo defina con la voz “pingo”.
El ya citado en otras oportunidades “Diccionario del Lenguaje Argentino”, del año 1875, plena época del “Gaucho Martín Fierro”, recoge la palabra y la define: “Pingo: Caballo brioso, bueno para todo trabajo, caballo de paseo (…) y agrega: el caballo bueno y brioso, de linda forma y presencia”, y más o menos ese es el sentido que se le da en nuestro campo.
Quince años después, Daniel Granada, quien compilara el “Diccionario Rioplatense Razonado”, prácticamente coincide porque también dice: “Caballo vivo, ligero, de buenas cualidades”, y al mismo tiempo aclara que en Chile se refiere a un caballo ruín, todo lo opuesto a nuestro decir.
En nuestra campaña, aún hoy es una palabra vigente, y si entre dos paisanos actuales, conversando, uno dice “Qué pingo, hermano!”, sin más explicación el otro sabe que está hablando de un buen caballo, porque es una palabra elogiosa, ponderativa, que resalta cualidades y destaca.
De allí que al analizar las palabras y frases utilizadas en el “Martín Fierro”, Francisco Castro explica: “Caballo de muy buenas condiciones generales: de líneas armoniosas, ligero, guapo, fijo, de buena boca y buen andar”, justo lo que “siempre un gaucho necesita / un pingo pa’ fiarle un pucho”, como dijimos al principio.
Ilustramos con esta breve composición elogiando a un caballo en plena faena campera, que me pertenece y he titulado “Qué Pingazo!”, (Se puede leer en el blog "Poeta Gaucho")