martes, 16 de junio de 2020

EL LUGONES GAUCHO


En los círculos literario o entre los lectores de temas argentinistas, decir Lugones, es referirse al poeta, cuentista, novelista, político, periodista, pensador, conferencista, historiador, ensayista, etc., pero pocos o muy pocos, recapacitan en su condición de autor gaucho.
Los amantes de las tradiciones (y los argentinos en general), debemos a Lugones, el lugar que hoy ocupa el “Martín Fierro” en nuestra cultura, y en lo que ésta significa para el mundo.
Si bien la obra hernandiana estaba muy reconocida por el pueblo, no pasaba lo mismo en los cenáculos literarios donde -salvo alguna crítica favorable- se la tenía por ‘obra menor’, quizás justamente por aquello de estar escrita en versos menores (octosílabos), y por representar a un personaje, el gaucho, que por su carácter libertario e independiente, no era bien visto por muchos.
Por 1913 el escritor ha regresado al país procedente de Europa, donde ha permanecido por casi dos años; viene a arreglar sus asuntos, porque tiene pensado establecerse en París con la idea de llevar adelante un ambicioso proyecto literario, hispanista, por cierto.

En esos días se cruza con quien conducía los destinos del Teatro Odeón, su amigo Faustino Da Rosa, quien sin pérdida de tiempo le propone ofrezca en dicha sala, algunas conferencias contando sus vivencias de viajero atento y observador. (Parece que era algo común por entonces, cuando la “clase patricia argentina” viajaba mucho a Europa, donde inclusive tenían residencia).
No le responde en el momento, pero días después le recuerda el ofrecimiento, le dice que acepta, pero que él no va hablar de cosas mundanas, sino que va a desarrollar temas propios de la Argentina.
Sucede entonces la serie de seis (6) conferencias en las que a teatro lleno, se encargó de elevar a obra maestra al poema de Hernández, y de personaje representativo de la nacionalidad, al gaucho. Lugones ha puesto todo su esfuerzo intelectual y dialectico, en “el sentido de razonar lo sustancial de nuestro ser nacional”. (1)
Escribió el Dr. Pozzi Albornoz que “Su éxito fue tan extraordinario que el teatro agotó sus localidades  durante todo el ciclo de aquellas, contándose entre los asistentes más conspicuos el entonces presidente de la República Roque Sáenz Peña con buena parte de sus ministros”.
Si bien vuelve a Europa a establecerse, el inicio de la Primera Guerra, hace que abandone su proyecto y vuelva ya definitivamente a la Patria.
Su obra “El Payador”, aparecida con motivo del Centenario de la Independencia, reúne los temas desarrollados verbalmente en sus conferencias, a los que agrega otros temas que considera de interés y afín con lo ya adelantado en el Teatro.
Dicha publicación, sienta un precedente ineludible en lo referente a la ‘identidad nacional’.
¿Por qué tituló así al libro? Porque “…fueron ellos -los payadores, dice- los personajes más significativos en la formación de nuestra raza”.

Lugones nació en 1874, en el norte cordobés casi lindante con Santiago del Estero. Tuvo la ocasión de conocer al gaucho neto de aquellas regiones, en tiempos que el de acá estaba abrumado en la lucha con el indio. Sabe de lo que habla. No es que lo sabe porque lo ha leído o se lo han contado. Puede entonces decirse que hurga en sus propias raíces para rescatar la esencia, la identidad, y poder transmitirla, difundirla, conservarla viva, y no yacente como objeto intangible de museo.
Su cabal interpretación del “Martín Fierro” lo convirtió en un auténtico referente de nuestras letras. Al respecto su hijo “Polo” (exégeta de la obra paterna), sentenció que fue “… el primero de los primeros cuya pluma, con glorificar aquellos versos, enalteció la figura del gaucho, personaje de romance en el medio argentino”. (Aclaremos que eso de “personaje de romance”, remite a los romances de gesta, con que el pueblo español cantó a sus héroes, cuando la lucha con los moros).
Ya que citamos a España, en crítica que el autor hiciera a la aparición del “Don Segundo Sombra”, destaca que el gaucho mantiene del antiguo conquistador hispano, el “… mismo idioma, (que) conserva su castellano arcaico y sabroso…”. Y con esto está reafirmando que la fundación del género gauchesco justamente está basado en la forma expresiva, en el lenguaje, en la utilización de lo que podemos llamar, “el habla gaucha”, devenida por lo tanto de aquel castellano de los conquistadores.

Volviendo atrás, en 1896, un joven poeta cordobés de 21 años llegaba a Buenos Aires, con toda la intención en insertarse en los círculos culturales; quienes se animaban a recomendarlo avisoraban en él un futuro brillante en las letras.
“Empezó recibiendo -dijo Carlos Erro en La Nación- la influencia de Almafuerte, y aquella huella nunca se le borro del todo”. Oh casualidad: aquel encendido poeta era un admirador sincero del arte de los payadores, y aunque no cultivó ‘el gauchesco’, quienes lo conocieron afirmaron que mucho de criollo había en su figura y su personalidad. Buen espejo entonces, en el que mirarse, tuvo el joven Lugones.
Antes de las charlas del Odeón, ya había incursionado en las letras gauchas, como que en 1905 había dado a luz su novela histórica “La Guerra Gaucha”, donde exalta y pone en su lugar la gesta de los gauchos de Güemes, sin los cuales y su guerra de guerrillas, San Martín, no hubiese podido coronar su ambicioso, arriesgado y complejo plan libertador. Tiene 30 años y ya está muy bien afirmado en su sentimiento y proyecto de revalorizar nuestro pasado e historia.
Unos treinta años (30) después, en la madurez de la vida y en la plenitud de su saber, como una de sus últimas obras, el libro póstumo, da a las prensas un trabajo magnífico, quizás nunca lo suficientemente ponderado, me refiero a sus “Romances del Río Seco”. Allí, en esos versos “menores”, muestra cuanto sabe él de la vida de la campaña, y por lo tanto, cuanto hay en él de gaucho. Su conocimiento, el vocabulario utilizado, nos hablan de una interesante consustanciación con la vida rural de sus norteños pagos cordobeses.

RESEÑA BIOGRÁFICA

Leopoldo Antonio Lugones, nació el 13/06/1874 en Villa de María del Río Seco, Córdoba, en el seno de la familia constituida por Santiago Lugones López y Custodia Argüello Bulacio, siendo el hijo primogénito, continuándolo Santiago Martín (1878), Ramón Miguel (1880) y Carlos Florencio (1885).
Los Lugones era una familia de antigua prosapia santiagueña, mientras que la de su madre era cordobesa, de la Villa de María. Por entonces, Córdoba y Santiago del Estero se disputaban la integración provincial de dicha localidad.
Tiene 18 años aproximadamente, cuando a través de la prensa escrita comienza a dar a conocer sus juveniles creaciones.
Tempranamente se casa con Juana González, en la ciudad de Córdoba, donde residía. Corría 1896. Ese mismo año se muda a Buenos Aires, donde rápidamente se inserta en los ambientes culturales, trabando amistad con José Ingenieros y Roberto Payró, entre otros.
Se emplea en la Dirección de Correos y Telégrafosa en la que permanece hasta 1900, año en que es designado Inspector de la Dirección Gral. de Educación Secundaria, y en 1915 será nombrado Director de la Biblioteca Nacional de Maestros, cargo que desempeñará hasta su muerte.
De su matrimonio con Juana, nacerá en 1897 su único hijo, Leopoldo, al que apoda “Polo”, el tristemente célebre creador o introductor de la “picana eléctrica”.
El mismo año aparece su primer libro: el poemario “Las Montañas del Oro”,  que marcará el rumbo a una profusa y variada obra de unos cuarenta (40) títulos.
En 1924 es distinguido con el Premio Nacional de Literatura, y cuatro años después, a instancias suyas se funda la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), de la que será su primer presidente; y es a través de ésta, después de su fallecimiento, que se instituirá al 13/06 como el Día del Escritor, la fecha de su nacimiento.

Su aspecto de hombre serio y estructurado parece que se quebró en más de una oportunidad ante el encanto femenino. Es así que se cuenta que por 1926 -cuando ya es hombre de 52 años- inicia una relación con la joven Emilia Santiago Cadelago que se extendió por más de diez años; esto lo cuenta una amiga de aquella, María Cárdenas de Monner Sans, en su libro “Cuando Lugones Conoció el Amor”. Pero otros hablan de otra joven llamada María Alicia Domínguez de quien “en plenitud de juventud y belleza”, se enamora. La recordada y consagrada escritora platense Aurora Venturini la evoca como la amante a la que el poeta le dedicaba poemas que “destilaban ternura de hombre decadente hacia una muchacha hermosa y tal vez frívola, frivolidad que adjudicaba a Ma. Alicia, mi extrema juventud, y seguramente mi envidia.”
Enterado su hijo de esta relación, temeroso que saliera a luz provocando deshonra y deshonor a la familia, se dice que lo persiguió insistentemente, llegando a presentarse en la casa de la joven amante, poniendo a sus padres al tanto de los sucesos, obligándola a dar fin a esa relación. Y este habría sido uno de los puntos altos que lo llevó al derrumbe y debacle final.
Desde Retiro viajó en tren al Tigre y desde allí en la lancha “Egea” al Recreo “El Tropezón”. En una tarde calurosa pasó largos ratos mirando al río. Luego en su habitación, pidió un whisky y agua. Ya solo, ingirió el cianuro que de ex profeso llevara, apurándolo con medio vaso de la fuerte bebida.
Más luego lo encontrarían convulso y con la cara violácea por el veneno.
En la mesa de luz había una carta que entre otras cosas decía: “Pido que me sepulten en la tierra sin cajón y sin ningún signo ni nombre que me recuerde. Prohíbo que se de mi nombre a ningún sitio público. Nada reprocho a nadie. El único responsable soy yo de todos mis actos”. Corría el 18/02/1938. Tenía 63 años.
Sin querer justificar esos amores prohibidos, vale recordar una anécdota que relata Manuel Mujica Láinez: “A Leopoldo Lugones lo conocí bastante. Poco antes de su muerte, me invitó a almorzar en el Yacht Club. Estaban, además, su mujer, Juanita González, y el escritor español Eugenio Montes. Cuando, días más tarde, tuvimos en Mar del Plata la noticia de su suicidio, recordamos que durante ese almuerzo su insoportable mujer no había hecho más que contradecirlo irritantemente. Era un hombre fascinador”.
Sus restos recibieron sepultura en el Cementerio de la Recoleta, permaneciendo allí 55 años, ya que el 18/02/1993, en homenaje organizado por la SADE y las autoridades municipales de Villa de María del Río Seco, fueron trasladados al cementerio local, en un avión de la Fuerza Aérea Argentina. De dicho acto solemne participaron el Secretario de Cultura de la Nación, el Presidente de SADE, y autoridades municipales.
Al momento de su muerte expresó Borges: “Decir que ha muerto el primer escritor de nuestro idioma es decir la estricta verdad, y es decir muy poco”.
Por 1949, Carlos A. Erro escribió en La Nación: “Asombraba por el magnetismo de su palabra. (…) Era un criollo hecho y derecho. Criollo de tierra adentro a quien el influjo telúrico había marcado indeleblemente”.
En este 2020 se cumplen 145 años de su natalicio y 82 de su partida.
La Plata, 10/03/2020

(1)   El Payador de Leopoldo Lugones, por F.L.B. (La Nación, 14/01/1962)

Bibliografía

-Romances del Río Seco, de Leopoldo Lugones – Edición 1948
-Leopoldo Lugones, por Carlos A. Erro (La Nación, 13/03/1949)
-El Payador, de Leopoldo Lugones – Edición 1961
-Leopoldo Lugones (selección), por Leopoldo Lugones (h) – 1962
-El Payador de Leopoldo Lugones, por F.L.B. (La Nación, 14/01/1962)
-Otro Lugones se mata, por A. Saez Germain (Rev. Gente 331, 25/01/1971)
-También fue de Correos y Telégrafos, por Roberto Asquini (Rev. Postas Argentinas 362,
  5-6/1974)
-El Día, 13 y 18/02/1993
-Entre la flecha y la espada. (El Día, 27/06/1999)
-Lugones enamorado, por Aurora Venturini (El Día, 22/10/2000)
-Opinión de Mujica Láinez. (La Nación Cultura, p.2 – 18/04/2004)
-Lugones y el “Martín Fierro”, por Ismael Pozzi Albornoz (El Tradicional 55, 9/2004)
-Evocación de Leopoldo Lugones, por Antonio Cóccaro (El Día, 24/02/2005)

jueves, 28 de mayo de 2020

A DON JUSTO P. SÁENZ (h), en el cincuentenario de su partida



El solo hecho de ponerme a escribir sobre Justo P. Sáenz (h), trajo inmediatamente a mi recuerdo, a la persona de D. Carlos Antonio Moncaut, porque con él compartíamos dos pasiones: la historia del viejo Pago de la Magdalena, y la vida y obra de Sáenz. Y aquí hasta tuve la duda -y ya los años no me permiten recordarlo- si a Sáenz lo descubrí buscando libros, o si fue él, Don Carlos, quien me puso sobre su rastro, como en otra oportunidad lo hiciera con otro grande, Délfor B. Méndez.
El prestigioso criollista, investigador, escritor y poeta,  Justo Pedro Sáenz (h) (y Quesada), nació en Buenos Aires, en el hogar conformado por Dalmira Quesada y Justo P. Sáenz, el 19/12/1892, y falleció, a los 77 años, el 28/05/1970, por lo que este año se cumple medio siglo, 50 años, de su desaparición.
Moncaut inicia su libro “Estancias Viejas” (10/1996), dedicándole el 1er. Capítulo: “La Estancia Antigua en el decir de Justo P. Sáenz (h)”, y allí quien habla y cuenta es el propio Sáenz.
Para la definición convocamos entonces al maestro Moncaut, quien escribió que fue: “Justo P. Sáenz (h), el más grande sabedor, fidedigno y documentado de todo tema vinculado con nuestro pasado del campo criollo, un testigo atento de esa época, que aunque reciente, ya es un pasado que no volverá; alguna vez al preguntársele cuando había comenzado su afición por lo nuestro, contestó que desde muy niño; que debía ser algo que tenía en la sangre, algo atávico”.
Si bien provenía de una acomodada familia de vida urbana, como que su padre era un banquero, fundador y dueño del Banco Popular Argentino, y descendiente de ilustre familia como que el Presbítero Antonio Sáenz -fundador de la Universidad- era su tío abuelo; reconocía la ascendencia criolla de los “tatarabuelos y choznos, verdaderos señores rurales, varios de ellos cabildantes o alcaldes de primer voto durante el Virreinato, que desde antes de 1750 poblaron en los partidos de Las Heras y Navarro, a la sazón ‘Pago de la Matanza’…”, como él mismo supiera contar.
Siguiendo lo recabado por Moncaut, su tatarabuelo paterno era español y se había casado en Buenos Aires, con una criolla, en 1767. Su bisabuelo paterno ya era enfiteuta en época de Rivadavia, poblando estancia en la zona de Navarro, por la “Laguna del Durazno”, en 1824.
Su padre había nacido en 1861 en la Estancia “San Genaro” de la Guardia del Monte, donde el padre, o sea su abuelo, era el mayordomo, o sea que hay raíces en las que se afirma y sustenta el afán criollista que guió su vida.
Si bien en su infancia y adolescencia no vivió en el campo, desde los 4 años que su padre lo llevaba en sus visitas a distintas estancias, como por ejemplo “La Fortuna” de Augusto Ibarzabal en Puán, donde recordaba haber visto por primera vez hombres de campo y una galera; a la Estancia “San Miguel”, de Pedro Iturralde, en “El Vecino”, en 1899, la de Julio Pena en Tandil en 1900, a la gigantesca estancia de Olmos en Córdoba, en 1902 y la de Viale en Lobos, lugares todos donde su ojo de niño curioso, inconscientemente, empezó a guardar detalles para sus posteriores estudios.
En aquel principio de siglo 20, los veraneos eran muy distintos a los de hoy: los estancieros se mudaban con toda la familia por 3 o 4 meses a sus palacios estancieriles, y aquellos que no tenían campos pero “eran de posibles”, veraneaban en la zona de las actuales localidades de Lomas de Zamora, Bandfiel y Temperley, donde había hoteles y quintas que se alquilaban de ex profeso. Entonces, aquellos sitios estaban rodeados de grandes extensiones de campo, y por allí veraneó la familia de Justo durante la primera década del 1900.
Fue un poeta precoz, como que muy temprano comenzó a borronear versos de tono gaucho. Al respecto hay una muy interesante historia sobre un compuesto de 32 décimas que escribió a los 17 años y tituló “La Carrera”.

A fines de 1967, El Centro Editor de América Latina, le publicó “Pampas, Montes, Cuchillas y Esteros”, que podría calificarse como una antología de cuentos publicados en otros libros, pero que tiene la particularidad de ser el único libro que contiene media docena de versos suyo. Y tiene también, una reseña sobre en que se basó para escribir los cuentos, si eran hechos reales o ficcionales. Y allí él mismo narra el suceso de su verso antes citado: Cuenta tiene una pequeña historia que merece evocarse. Tenía yo 17 años y era muy aficionado a correr carreras ‘cuadreras’ con caballos de mi propiedad, lo que hacía con éxito y, por supuesto, en pelos, en el entonces pueblo de Temperley, donde veraneé con mis padres y hermanos desde 1903 a 1911. Y prosigo. Cuando cursaba el bachillerato en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza, se me dio por componer unas décimas -las citadas de La Carrera- que me apresuré a hacer llegar a manos de Juan Carlos Giribone Cañás, excelente cantor de milongas con guitarra, por lo menos en aquel entonces. Y resultó que tanto Carluncho como José Luis, su hermano, difundieron de tal forma esos versos por sus estancias de General Alvear y alrededores que, en 1928, otro gran querido amigo, Darío H. Anasagasti, que solía viajar a caballo desde su estancia La Barrancosa, en Ayacucho, a La Viznaga, de su abuelo, el señor Blaquier, en Saladillo, oyó cantar mis citadas décimas en una estancia o almacén donde había hecho noche. Pregunta Darío al cantor -un paisano de ese pago- de quien eran esos versos, que él sabía me pertenecían, y aquél respondiole que “eran de un resero de Dolores…”.
Transcurría el verano de 1929 cuando recibo carta de Anasagasti en la que me refería el hecho y me aconsejaba publicase mi versada en alguna parte para que no me fuese ‘robada’. Me pareció bien su idea y me di a corregir y aún a reemplazar las décimas ripiosas por otras más perfeccionadas. Considerando haberlo logrado y dado que mantenía amistad con don Luis Pardo, famoso crítico y colaborador de Caras y Caretas, lo mismo que asiduo concurrente semanal a su célebre peña El Sibarita, un viejo restaurante alemán de la calle Maipú, se las entregué una tarde en sus propias manos. ¡Y cuál no sería mi alegría cuando a las pocas semanas, el 3 de abril de 1930, las veo aparecer en la popular revista Caras y Caretas, ilustradas por Macaya y ocupando las tres primeras páginas! Recuerdo que me pagaron cien pesos por ellas, retribución nada escasa en aquellos años”.

Si por 1909 escribió esas décimas, suponemos que ya hacía varios años que componía versos, y no sería de extrañar, pues si andando el tiempo se ha dicho de él que tenía una “memoria auditiva y visual, ¡extraordinaria!”, esas condiciones ya apuntaban en la niñez, y si no, valga la anécdota que solía repetir en ruedas familiares, donde contaba que había aprendido a andar a caballo en 1902, cuando la familia paseaba en Villa Dolores, Córdoba, donde un amigo de su padre les regaló un petizo cebruno, y aquí lo particular: describía puntillosamente que el paisano que se los llevó desde Cosquín vestía de chiripá y ojotas; obsérvese la atención del niño de 10 años sobre esas cuestiones tradicionales que ya despertaban su curiosidad, cuando otro chico hubiese puesto el centro de su interes en el petizo regalado.
Era hombre de 34/35 años cuando hizo público por primera vez un trabajo suyo, y casualmente también fue un verso, que apareció en la misma revista “Caras y Caretas”, corría 1927, era el relato entrerriano “El Lobizón”, firmado con el seudónimo “Higinio Cuevas”, lo que ha provocado un hecho curioso: ocurre que el tema se fue difundiendo entre la paisanada como pasaría después con “La Carrera”, pero en este caso no se preocupó mucho por adosarle su nombre, y ha sucedido que se han hecho grabaciones del mismo, atribuyéndole la autoría al tal “Higinio Cuevas”, que Justo utilizó para esconder su nombre, si hasta en la actualidad se lo sigue repitiendo con ese nombre paisano, que no es otra cosa que un seudónimo que armó de la siguiente manera: “Higinio”, porque así se llamaba un antiguo cochero de su familia que se apellidaba Coria, y “Cuevas” porque simplemente le resultaba “un apelativo muy paisano”.

El mismo Sáenz ha relatado una anécdota sobre éste verso que rescata Julián Cáceres Freyre, su discípulo y amigo: se encontraba en Entre Ríos, por Concordia, en la estancia “El Centenario” de su suegra, cuando “le llegó un chico de chasquí, que le expresó: ‘De parte de Don Vicente, dice que vaya esta tarde, porque le ha quedado un nombre de la comparsa de esquiladores que toca la guitarra y canta’.”. El vecino sabía que a Sáenz le gustaba escuchar los cantores criollos, ver las entonaciones, prestar atención en los temples, conocer las letras… Y continúa describiendo: “Había un paisanito con un chiripa a pala de algodón, calzoncillo largo, alpargatas, cinto de dos hebillas, boina de vasco con borla. Era correntino, tendría 24 años, pero no tenía acento correntino. Cuando yo llegué a eso de las 5 de la tarde, con el sol ya menos bravo, estaba tocando la guitarra sentado bajo unos enormes algarrobos, ñandubays, quebrachos blancos, en fin, una flora exuberante esa costa, sentados todos escuchando la guitarra; entonces me senté yo también y de repente empezó a tocar un estilo. (Luego) Arranca en tono de vals: “Ya van para seis meses / que gané los montes…”. Bueno, se despachó el verso y le digo al dueño de casa: -¿Sabe, Don Vicente, que el verso es mío? -No me diga, Don Justo (me responde). -Dígame, le pregunto (al mozo), ¿dónde aprendió ese verso? -En las Cara y Careta; ahí tengo una en las maletas.
Vicente tenía una ramada, ¡que quisiera tener yo ahora! sin nada de fierro ni alambre, era puro palo encajado uno con otro; de ñandubay tenía los horcones. Allí tenía un sulky, quizás un arado y un caballete donde estaba el recado del correntino, y de unas maletas, de lona rayada, saca un Caras y Caretas, todo enroscado como un cigarro y con los bordes todos comidos. Yo la vi enseguida porque conocía la carátula. Y allí estaba el verso mío. Y le digo al correntino ¿cómo se le ocurrió aprender esto? No me contestó nada y empezó a sacarse energía de los dedos (hacer zonar las coyunturas); parado así con el chiripa largo de algodón: -Y es tan de aquí, señor… yo andaba tropeando, allá por la costa del Mocoretá… (cuando conocí la letra)”.
En el mismo medio gráfico aparece a principios de octubre de ese año 27 su poesía “El Regalo”, y ya a fin de ese mes, pero en el Suplemento Literario de La Nación, su primer trabajo en prosa titulado “A Uña de Caballo”, un cuento. De allí en más su participación en la vida literaria será continua hasta el fin de sus días, como que dos meses antes de su fallecimiento enviaba un trabajo inédito para ser publicado en la Revista Camping, que aparecería póstumamente.
A los tres medios gráficos ya citados, agregamos como receptores de sus múltiples trabajos: diario La Prensa, Selecciones Folklóricas Códex, Boletín de la Asociación Folklórica, Cuadernos de Buenos Aires, Anales de la Sociedad Rural Argentina; las revistas El Caballo, Jockey Club, Aberdeen Angus, Nativa, Vincha, Señuelo, Raza Criolla, El Hogar, La Carreta, Martín Fierro, etc. etc.
Su primer libro, que es de cuentos, se llamó “Pasto Puna”, apareció publicado por Casa Peuser y con prefacio del maestro entrerriano Don Martiniano Leguizamón, en l928. A éste le seguirán “Baguales” (1930), “Cortando Campo” (1941), los dos de cuentos criollos, “Equitación Gaucha en la Pampa y la Mesopotamia” (1942), un ensayo sobre los aperos criollos, “El Pangaré de Galván” -cuentos- (1953), “La destreza de los de nuestra tierra – gauchos argentinos” (folleto, 1965), “Los Crotos” (1967), novela corta de ambiente rural en la década de 1960, “Pampas, Montes, Cuchillas y Esteros”, una selección de sus publicaciones anteriores (1967), y “Blas Cabrera” -novela- (1970, póstumo). A lo enumerado sería justicia incorporar un trabajo muy singular y específico, titulado “La Caballería del Gral. San Martín”, que integra la obra “Antología Sanmartiniana”, ordenada por Julio César Raffo de la Reta, publicada en 1951 por la Editorial A. Estrada. Importantísimo trabajo el suyo, único en su tema.
Se mantienen como material inédito sus cuantiosas sus charlas y conferencias.
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Cuando se le preguntaba de donde estimaba le venía el amor por la vida gaucha y estanciera, respondía que debía ser por sus antepasados criollos de los siglos 18 y 19, llegando hasta su abuelo Ricardo, poblador de campos en el Azul y en San Miguel de la Guardia del Monte (cita ésta de su sobrina María Sáenz Quesada), y aprovechaba para referir y quitar importancia, al hecho de que a poco de su nacimiento, en 1893, por enfermedad de su madre, fue amamantado por una ama que era india pampa.
Respecto de sus estudios ya se citó que cursó el bachillerato en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza, tras los cuales cursó en la Facultad de Derecho, de donde egresó con el título de escribano, y ya profesional ejerció en la Escribanía de César Iraola, donde figuraba en el membrete del Estudio, compartiendo -además de Iraola- con el Dr. Ernesto Pinto, y los Escribanos Malio M. Scotti y Jorge Pinto; también se desempeñó en la Alcaidía de Menores de la Policía.
Sobre sus estudios universitarios, en entrevista que en 1994 mantuviera con María E. López Vda. de Oberti (otro gran investigador), ésta me refirió que los estudios universitarios los cursó en la jovencísima Universidad Nacional de La Plata, en apariencia entonces, menos exigente que la UBA.
Si bien hemos dicho que su familia no tenía campo, su padre, hacía fines de la década del ‘10 o principio de la siguiente, seguramente que como inversión a futuro -era financista-, compró a Marcelino Rodríguez una extensión que rondaba las 3000 has., de campos bajos e inundables en el antiguo Partido del Vecino, Estancia “La Protección”, que arrendó inmediatamente. Tomó esta decisión, según referencia de su sobrina María Sáenz Quesada, porque temía que sus hijos Justito y Héctor -sobre todo el primero- “se le echaran a perder” quizás por sentir “el llamado de la sangre de los criollísimos Zamudio y Villamayor (antepasados) de los que se decía que el que no es loco, es cantor”.

Su amigo, discípulo y admirador, Julián Cáceres Freyre, supo recordar que en cierta ocasión lo acompañó a “La Protección” cuando aún estaba arrendada; tenía allí un rancho de paja embarrada con unas pocas hectáreas libres, a su disposición, donde llevaba por largas temporadas igual vida que en el campo de ayer. Era el primitivo puesto llamado “La Altamisa”. Cuando recuperó todo el campo se mudaron a otro sitio más confortable, y su hijo Horacio se encargó de la administración.
Con sabor local, platense, tenemos una anécdota que compartimos: al despuntar octubre de 1959, dos tradicionalistas del partido de La Plata, visitaban a Sáenz (h) en “La Protección”, eran el Escribano “Lito” de Olano, quien fuera el último Presidente de la Federación Gaucha Bonaerense, y el Dr. Noel Sbarra, el célebre autor de “Las Aguadas y el Molino” y de “Historia del Alambrado”; a causa de la lluvia conversaban en una sala, cuando “Lito” preguntó sobre un camino que pasaba cerca de la casa. Don Justo respondió que hasta no hacía mucho era muy transitado por tropas vacunas y de yeguarizos, y que de allí desembocaba derecho en Ranchos.
En el regreso a La Plata, a ambos amigos se les dio por comentar “que lindo sería recorrer ese camino a pata de caballo y caerle de sorpresa a Justo”. De Olano alistó una tropillita mesturada de ocho caballos que tenía pastando en campos de la Estancia “San Juan” de Pereyra, acomodaron sus días de trabajo, alistaron pilchas y enseres, y en la madrugada del 17 de diciembre iniciaron la marcha. Los caballos eran un gateado, “El Gato”, un gateado overo, “El Chimango”, un azulejo overo, “El Cielito”, un tobiano negro, “El Gallito”, un picazo overo, “El Hormiga”, un lobuno overo, “El Chajá”, un malacara pampa, “El Gurí”, y un zaino malacara, “El Peligro”; de madrina, una yegua criolla pura, gateada de clinas ruanas, muy puntera y muy baquiana.
Después de una marcha por momento grata y en otros dificultosa por el clima y la huella, cayeron ya bastante pasada la oración, a “La Protección”, con la sorpresa que no se encontraba Justo en casa, siendo atendidos deferentemente por su hijo Horacio.
Ni bien enterado del suceso, Sáenz lo dejó retratado en un verso, que se preocupó en hacérselo llegar de inmediato a sus amigos: “Milonga de dos Amigos que Demostraron ser Gauchos”.
Su apasionamiento lo llevó a ser un investigador serio, meticuloso, respetuoso y respetado, que incursionó en campos folclóricos y si se quiere, hasta antropológicos. Hemos visto que publicó desde 1927, y como hombre joven aún -tenía para entonces 34 años-, buscó de incursionar en todos los campos que lo podían nutrir. Así, en los años 30 comenzó a frecuentar los sábados a la tarde, las reuniones que realizaba la Sociedad de Arte Nativo, que funcionaba en casa de Don Domingo Lombardi (el autor, junto a Santiago Rocca, del gato “El Sol del 25”). A parte del dueño de casa, en esas reuniones Justo departía con D. Martiniano Leguizamón, la concertista Ana S. de Cabrera, Darío Anasagasti, Ricardo Hogg, los Hnos. Giribone, y otros aficionados de distintas provincias; se practicaban las danzas nativas, y se discurseaba sobre temas criollos. Resultó ser la institución precursora del llamado “movimiento folclórico y peñero”.
Certeramente supo Julián Cáceres Freyre definirlo: “Justo poseía las más exquisitas dotes del gran señor criollo: una encantadora sencillez y humildad y un don de gentes, bondad a toda prueba, que desde el primer momento cautivaban y predisponían a quien lo trataba (…) había heredado las mejores tradiciones del porteño viejo: campechano, servicial, discreto, cortés con damas y caballeros, y sobre todo hospitalario y leal hasta en los más mínimos detalles.”
Meticuloso en la observación y el estudio, pudo concretar una obra que resulta única en su género, el libro “Equitación Gaucha”, con el que obtuviera el Primer Premio de Literatura y Folklore Regional, otorgado por la Comisión Nacional de Cultura, pero también su novela corta “Los Crotos” recibió el Primer Premio en el Concurso Bienal “Ricardo Rojas”, de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.

Pero para la definición final convoquemos una vez más a nuestro amigo y maestro, Don Carlos Antonio Moncaut, que mucho nos ha guiado e informado sobre el admirado escritor, quien escribió y opinó, esto que ya pusimos al principio pero que creemos valioso reiterar, que fue “Justo P. Sáenz (h), el más grande sabedor, fidedigno y documentado de todo tema vinculado con nuestro pasado del campo criollo, un testigo atento de esa época, que aunque reciente, ya es un pasado que no volverá; alguna vez al preguntársele cuando había comenzado su afición por lo nuestro, contestó que desde muy niño; que debía ser algo que tenía en la sangre, algo atávico”.
La Plata, 25/05/2020

Nota: las fotos de Sáenz (h) fueron tomadas del libro "Estancias Viejas", de Carlos Moncaut

miércoles, 6 de mayo de 2020

ALBERTO CARLOS DA ROCHA


EL MILITAR ESCRITOR

Nació en Buenos Aires el 26/07/1896, siendo hijo de María Estefanía Caselli y Augusto Da Rocha, de nacionalidad suiza la madre, y argentino el padre.
De 1915 a 1918 estudió en el Colegio Militar abrazando el arma de Caballería, de ahí que ni bien egresó su primer destino fue el Regimiento de Granaderos a Caballo “Gral. San Martín”, en el que prestó servicios por dos períodos, primero entre 1918 y 1922, retornando para un segundo período en 1929; ese mismo año cursó estudios en la Escuela Guerra.
Se desempeñó como Comandante de Escuadrón en los Regimientos de Caballería N° 4, N° 5 y N° 6.
Ese peregrinaje militar lo llevó a prestar servicios en Buenos Aires, Córdoba, Formosa, Entre Ríos y Río Negro, habiéndose retirado de la actividad con el grado de Tnte. Coronel, en el año 1939, según alguno de sus biógrafos y en 1950 al decir de otros.
Las recorridas por distintas provincias le sirvieron a su ojo atento para registrar los distintos usos y costumbres.
Colaboró con “Crisol”, “El Pueblo”, “Pampero” y otras publicaciones de orientación nacionalista, al decir de Carlos  Paz.
En 1946 lo encontramos participando de la asamblea organizada en el Salón Municipal de la Ciudad de La Plata donde queda constituida la Sociedad de Escritores de la Provincia (SEP), de la que -en 1948- integrará la C.D., en carácter de , y al año siguiente lo vemos  miembro de la Comisión Interna de Relaciones.
También formó parte de la Academia Americana de la Historia, y el Sindicato de Escritores de Argentina.
Su obra costumbrista se conforma con:
“Tierra de Esteros”, Premio de la Comisión de Cultura, Zona Norte, 1937;  “Vocabulario Comentado Pilagá-Castellano”, Editado por el Ministerio del Interior, 1938; “Fogones” -cuentos-, de 1939, y  “Décimas de un soldado”, publicado en La Plata, en 1950.
Estaba casado con Margarita González Alonso, teniendo residencia en la Ciudad de Magdalena, donde falleció, a la edad de 63 años, en la madrugada del 13/12/1959.

viernes, 17 de abril de 2020

CAYETANO Y PEDRO DE LA CANAL, héroes del ‘Pago de la Magdalena"


En la lejana niñez, cuando acompañaba a mis abuelos maternos al Cementerio de Magdalena a recorrer las bóvedas y tumbas familiares -limpiando, poniendo flores, cumpliendo con algún aniversario-, en mis andanzas de chiquilín curioso descubrí, en la parte vieja del cementerio, una bóveda pequeña pero muy pulcra, bien blanqueada, en la que, haciendo visera con la mano contra las puertas vidriadas, divisaba en la pared del fondo, al centro, una placa de mármol blanco labrada con una inscripción que llamaba mi atención:

“Aquí descansan los restos del Capitan de GsNs Dn Cayetano de la Canal é hijo Dn Pedro de la Canal Teniente 1° del mismo escuadron murieron peleando valientemente con los Salbajes de la Pampa en San Antonio ala Cabesa de su Escuadron el dia 12 de octubre de 1855 este benemérito y buen amigo murió a los 48 años siete meses y su hijo a los 24 dos meses.
Su esposa e hijos y demás deudos le dedican este recuerdo  pa que inmortalise su memoria y valiente comportacion.”
(Reproducción textual)

Pasaría mucho tiempo para que supiera lo que ese texto significaba.
………………

Tras la caída de Don Juan Manuel de Rosas, la delicada paz con las tribus de la región pampeana, se rompió, y a partir de allí recrudecieron los malones, cada vez más grandes y destructivos. Las nuevas autoridades, en vez de acordar y firmar tratados, optaron por la acción bélica represiva, que a pesar de ser encabezada por prestigiosos militares, era coronada habitualmente, por resonantes fracasos.
Corre 1855. El Gral. Manuel Hornos está a cargo de la Frontera Sur con asiento en Azul (frontera interior, donde por años estuvo el Cnel. Pedro Rosas y Belgrano). El campo se mueve y mucho. Hay anuncios de una gran invasión maloquera que pone en alerta al gobierno y todas las fuerzas militares de provincia.
Hornos, el 8 de septiembre, le ordena al Comandante Nicanor Otamendi (que en 1853 se había reincorporado como Teniente Coronel de Milicias), que con unos 80 milicianos y 50 húsares, se adelante a batir las fuerzas invasoras. Integrando esas fuerzas marchan el Capitán Cayetano De La Canal y su hijo el Teniente 1° Pedro.
A poco de iniciada la marcha desde Azul, la tropa comienza a ser acosada por partidas de indios. Así, el día 12 llegan a la Ea. “San Antonio” de José Gerónimo de Iraola, en territorio del hoy partido de Benito Juárez, a una legua aproximadamente de la actual ciudad de tal nombre.
Con la situación cada vez más complicada y belicosa, con tropas indias que aumentaban continuamente (se habla de más de 2000 guerreros), Otamendi ordena a sus fuerzas introducirse al gran corral de palo a pique de la estancia -encerrando incluso la caballada-, con la intención de resistir hasta el arribo de refuerzos.
En la madrugada del 13 el jefe Yanquetruz ordena el ataque; Otamendi alista a los tiradores, y la astucia indígena contrarresta el poder de las balas mandando adelante la caballada y atrás los guerreros de a pie. La lucha es encarnizada, a lo que los soldados deben agregar las atropelladas de sus propios caballos, enloquecidos dentro del corral por el estruendo y el griterío.
Resultado: de los 126 hombres de Otamendi, 124 resultaron muertos; uno, apellidado Roldán, dado por muerto sobrevivió y es la voz del relato de lo ocurrido. Otro fue cautivado vivo, era un “trompa”.
Oscar Alberto Julianelli, autor de la novela histórica “Un alarido en el desierto”, pone en la voz de Roldán, el relato de cómo fueron los últimos momentos de los De La Canal. Dice el testigo: “Vi morir al Teniente De La Canal alcanzado de un bolazo en plena frente. Nunca podré olvidarme de esto puesto que el hijo del Teniente, también soldado, vio al indio que había matado a su padre y se le tiró encima con una furia y una rabia increíble. Tenía tanto odio y tantas ganas de venganza encima, que el salvaje, a pesar de ser mucho más grande, no aguantó ni un minuto; tres sablazos cruzados y un montón de patadas acabaron brutalmente con él. Después -continuó Roldán-  un lanzazo por la espalda acabó con la vida del joven De La Canal”.
Dramática la descripción. Lo mismo se dice de la muerte de Otamendi, que cayó matando a destajo.
………………
Al momento del trágico suceso, Don Cayetano junto a su esposa María Ramírez y sus hijos (el aludido Pedro y otro de nombre Victorio que posteriormente sería fundador de Necochea), poblaban una estancia en la actual zona de Gándara, partido de Chascomús. Don Cayetano había nacido en febrero de 1807.
Era hijo de Don Juan José De La Canal Rivero y Doña Micaela Gómez de Saravia y Ponce de León, que supo ser Teniente Alcalde del “Pescado” y luego Juez de Paz, quien tenía su estancia en las vecindades del citado arroyo, zona en la que la familia de su esposa, eran pobladores muy antiguos.
………………
El lector atento habrá comprobado que hay diferencias en las fechas del combate, entre la apuntada en la lápida y la dada por los historiadores, siendo la correcta la del 13/09/1855.
En cuanto a la cantidad de soldados de Otamendi, ocurre lo mismo, yendo de los 186 que menciona Estanislao Zeballos, a 130, 128 y los 126 con que nosotros nos hemos quedado.
A más de un siglo y medio de aquellos tristes momentos, valga el recuerdo para aquellos poco recordados héroes del “Pago”.
La Plata, 18 de Marzo de 2019


Bibliografía
Zeballos, Estanislao – “Callvucurá y la dinastía de los Piedra” (1961)
Sarramone, Alberto – “Catriel y los indios pampas” (1993)
De La Canal, Rodolfo – Estudios Genealógicos de “La Plata vive”
Julianelli, Oscar A. – “Un alarido en el desierto” (2000)
Cravacuore, Fulvio – “San Antonio de Iraola” (Diario Democracia, 18/08/1955)
Thill, José y otros – “La Conquista del Desierto 1536 / 1879” (Dcion. Geodesia bonaerense,
                                 1987)

sábado, 18 de enero de 2020

MOLINA SALAS, El Marchero


JORGE MOLINA SALAS

Si bien no hay certeza biográficas, parecería ser que nació en Río Negro, -aproximadamente- hacia 1911, siendo primo de Florencio Molina Campos.
Supo vivir en Ituzaingó, donde estuvo muy vinculado al hoy desparecido Fortín “El Gallo” que también frecuentaba el pintor Montero Lacasa, y que se ubica en el período inicial de la Federación Gaucha Bonaerense, o sea, posterior a 1940. Aparentemente, como encargado de esas instalaciones, vivió allí mucho tiempo.


1     1)  En 1937 hace su primera marcha participando de la que organiza la Dirección General de Remonta del Ejército, uniendo Buenos Aires con Mar del Plata.
Tiene por entonces unos 26 años.

2     2) Realiza el primer viaje Buenos Aires – Santiago de Chile – Buenos Aires.
Monta en un alazán estrella llamado “Cometa”. Es un pura sangre castrado que rescató de un pisadero de barro.
Partió el 1°/01/1944 arribando a Santiago el 31/01. Hizo el recorrido de esta etapa 30 días.
Inició el retorno el 3/02, finalizando la marcha en Bs. As., en las instalaciones de la Asociación Deportiva del Comercio y la Industria, el 5/03.
Recorrió un total de aproximadamente 3000 kms. en 60 días.

3    3)En su tercera marcha unió Buenos Aires – Río de Janeiro, Brasil – Buenos Aires.
Extraído de Revista El Caballo N° 157 (4/1957)
Esta vez utilizó dos yeguas: “Obrera”, una pura sangre de 9 años, y “Libertad”, mestiza de 9 años también, ambas criadas en el Haras “Gral. Paz” de la Remonta del Ejército.
Partió de Bs. As. el 27/10/1946 arribando a Río de Janeiro el 6/01/1947, unos 70 días.
Concluye el viaje con su retorno a Bs. As., a donde arriba el 6/04/1947; había recorrido 6484 kms.
En origen lo acompañaba Pablo J. de Ezeiza, quien montaba dos caballos criollos de su cría, pero que por lesionarse una rodilla debió abandonar la marcha en territorio de Brasil.

4     4) En 1968 repitió la marcha Buenos Aires – Santiago – Buenos Aires.
Montó un alazán tostado de raza Silla Argentino bautizado “Sureño”, con el que  parte de la capitalina Plaza de los Dos Congresos el 30/12/1967.
El martes 27/02/1968, escoltado por 20 hombres del Escuadrón Azul de la Policía Federal, entra a Bs. As. y la recorre ante el asombro de los transeúntes, hasta llegar a la plaza donde inició el viaje, cumpliendo así con su retorno al punto de partida.
Baja el tiempo con respecto al viaje de 1944, ya que ahora le insumió 58 días 22 hs.

5     5)Con más de 70 años de edad, en 1985, montando a “Surero”, un pura sangre de carrera, repitió el viaje por tercera vez, con la intensión de bajar el tiempo anterior, y también abogando por el Tratado de Paz y Amistad, firmado por Chile y nuestro país. Habían transcurrido 41 años del primer viaje.
Si bien cumplió el propósito de ir y regresar, no pudo superar su tiempo, porque en la frontera chilena, un problema con los papeles de los caballos, lo tuvo detenido más de una semana, de allí en adelante no se exigió más.
Había partido de Buenos Aires el 20/01/1985 regresando a dicho punto el 1/04, lo que hace un tiempo de marcha de 81 días y algunas horas.
En esa ocasión lo acompañó su hijo Facundo, de 21 años, quien montaba a “Gaucho”, un mestizo de tipo Silla Argentina.

En Internet, una página que lleva su nombre, pero que aparece sin movimiento de hace mucho tiempo, nos informa que falleció a los 80 años, víctima de una infección por una quemadura.
Esto ocurrió en 1991. Dos años después, en Morón, se entronizó un monumento a su memoria bautizado “El Marchero”, inaugurado ese año de 1993.

Suma Paz, en la añorada Revista Folklore, desde su sección “Pampeanías”, le dedica una evocación; allí ella lo describe al regresar del primer viaje a Chile; después de hablar del caballo, dice: “El jinete, alto, de recia estampa, perfil sanmartiniano, mirada de águila, es Jorge Molina Salas, el Jinete de América”.
Suma nos cita otras marchas, de las que no hemos encontrados datos, y que son: a) Marcha Hípica Tucumán – Buenos Aires, con “Diablo” y “Vidala”; y b) Record Mundial de Marcha Hípica, con “Estrella”, sin especificar fecha ni lugar ni distancia.
La Plata, 18/01/2020

martes, 15 de octubre de 2019

PRÓLOGO DE "FOGONES", de ALBERTO DA ROCHA


Corría un invierno de 36 años atrás, y era yo un hombre de jóvenes 31 años, cuando en los anaqueles de una librería de usados -uno de esos santuarios llamados “librería de viejo”-, me encontré con un libro de 1939 titulado “Fogones” a cuyo autor, llamado Alberto Da Rocha, desconocía.
En el marco de silencio e introspección que dichas librerías ofrecen, comencé a hojear detenidamente la obra, comprobando que sus cuentos eran gauchos, muy gauchos, y la cosa comenzó a gustarme, sobre todo después de leer el prólogo con que el mismo autor presenta el libro.
La intuición no me defraudó, y disfruté su lectura, pero antes de hacerla, al inicio del prólogo le estampé: “Este prólogo, que de por sí cobra dimensión de argentinidad, merece un marco de filigranas de oro. ¡Ojalá mantenga el nivel toda la obra!”.
Como ya dije: disfruté su lectura y el descubrimiento de un autor, que lo encuentro al final de sus días, radicado y muriendo en la ciudad de Magdalena, cabecera de mí pago gaucho.
Se me ha ocurrido ahora compartirlo con quienes visitan mis páginas
                                                                                                                                                       C.R.R.


Humilde, como su cuna, es este trabajo. Chispitas de los fogones, que sin dejar apagar, plasmé en libro.
Pobres cuentos gauchos, de gauchos pobres. Descripciones de su escenario que lo son los campos  de la patria, con bambalinas naturales y decoraciones de barro. Sus personajes, analfabetos.
Con dichos elementos, no se hacen operas. Apenas sainetes, salpicados a veces por los dramas provocados por la existencia obscura de sus actores; dramas de la vida de la chacra, que no vemos porque sus aguas son turbias, o que no queremos ver porque presentimos hediondo el limo de su fondo.
Estos dramas, pequeños e intrascendentes, constituyen, sumados, el tremendo drama nacional que se traduce en el atraso moral y material del nativo, distanciado de la civilización, que lo cabrestea con un lazo de quinientos años de barbarie.
Es la tragedia del criollo, que periódicamente forma parte de la sedienta caravana que abandona sus lares, perdidas cosechas y ganados, porque no hay dinero para la búsqueda del agua, este dinero que -más vil que el de Judas- sobra para suntuosidades.
El drama de la indiferencia ante los problemas de la natalidad, de la propiedad de la tierra, del riego, de la instrucción, y de la lucha contra el acridio, que conspiran contra la perpetuación de una raza sana, noble y buena.
Pero esa raza, como el nopal, vive de la nada, y donde no hay nada.
Se ha disecado al criollo para buscarle defectos. Como muchos al nopal, solo le ven las espinas. Pocos, el sabroso higo chumbo.
Se enrostra al paisano su falta de instrucción. ¿De quién es la culpa? ¿Existen los internados de campaña, única solución, hoy por hoy, del problema del analfabetismo? Hay escuelas, es cierto. Pero escuelas con maestros famélicos y alumnos hambrientos. Maestros que mientras les “silban las tripas,” coreadas por las de sus alumnos, explican gravemente, que la nuestra, es una de las naciones más ricas del orbe…
Se engaña al criollo. Se tergiversa la historia. Hoy, ni sabe que él, y solo él, hizo la patria. tampoco, cuánto ésta le debe.
Se le enseña que “tenemos” el deber de ser la nación albergue de la resaca del mundo. Se le disimulan las caras virtudes militares de nuestros héroes, haciéndolos aparecer como jesuitas predicadores de cruzadas que nadie practica.
Continuemos el absurdo de hostigar nuestras generaciones nativas. Si la patria lo llamara, nuevamente sembraría los campos con sus huesos, que destrozarían después, los arados de un patrón venido de Europa. Mas puede que un día, ante el peligro clamen, clamen auxilio los embaucadores, y entonces, de los desiertos argentinos, solo el eco responda a sus voces. Pero también, que alguien despierte al nativo de su marasmo, y entonces veamos sus caballos, atados esta vez al obelisco, a guisa de palenque. Si tal ocurriera, un macabro aplauso de huesos de próceres, recorrería la patria.
Pido a Dios que en nuestra hora inevitable, manos criollas nos asistan. Que aún haya ponchos para reclinar nuestra cabeza. Que sean guitarras quienes nos entonen el requiescat.
Pidamos la dicha de que nuestra vida se apague, sin que lo haga nunca el fogón patrio. Mantengamos sus fuegos. Pensemos cómo los sabios e íntegros hombres de Mayo, contemplaron el problema de las razas nativas. Hoy, sería interesante saber cuántos descendientes de soldados de  nuestras  gestas, tienen tierras en propiedad. También, en qué situación se hallan los hijos de los “indios amigos”. Si dicho censo se hiciera, las cifras hablarían de la injusticia cometida. Explotados y engañados por seudo argentinos, los nativos están pasando a ser los extranjeros en su tierra.
Pese a su inmensa desdicha, incomprendida pero no ignorada, nuestro paisano tiene sus resplandores de ingenio -como una vela que se extingue- dentro de temas monótonos, que giran alrededor de las necesidades básicas del hombre: alimento, amor, trabajo.
Este, el de toda una vida que se inicia en la pobreza y termina en la miseria…
Y en el fondo de todo, el criollo, cimiento de la patria que tambaleará si éste desaparece.

(los destacados nos corresponden)

viernes, 11 de octubre de 2019

PACTO DE CAÑUELAS, SIESTA DE LAVALLE Y DULCE DE LECHE


Ocurre a veces, que al hablar de nuestra historia un poco ‘a la ligera’, se deslizan errores, que repetidos terminan en convertirse ‘en verdades’.
Algo así ocurre con el “Pacto de Cañuelas”, el catre de Rosas y la siesta de Lavalle, y la distracción ante esto, de la multa que le estaba preparando la lechada a su patrón.
Pues bien, la estancia del histórico encuentro se encontraba en el Partido de Cañuelas; llamada “La Caledonia”, era propiedad del escocés John Miller que había comprado esos campos dando lugar a su establecimiento ganadero, en 1823.
Por lo tanto descartamos a la estancia conocida como del “Virrey del Pino”, en el actual partido de La Matanza, muchas veces citada a la ligeras, como lugar del encuentro.
“La Caledonia” fue famosa por el mejoramiento de las razas bovinas, ya que allí prestó “servicios” el famoso toro “Tarquino”, de raza “shorthon”, importado de Gran Bretaña en 1836.
Volviendo a los que nos interesa, el lugar del encuentro no era una estancia de Rosas, ni un establecimiento que él explotara, por lo tanto… mal podía haber tenido una negra que lo esperara al regreso del campo, con la lechada para el mate.
Es muy posible que Lavalle, después de andar 13 leguas desde Buenos Aires, se echara en un catre a descansar. No tenía porque caerle mal al futuro Restaurador, ya que estaban en un lugar neutral, apropiado para firmar un pacto que se conoce como “El Pacto de Cañuelas – 1829”, firmado apenas pasados los seis meses, del fusilamiento de Dorrego, acaecido no lejos de allí, en Navarro.
La estancia famosa de Rosas se llamó “Los Cerrillos”, en jurisdicción de San Miguel del Monte. Fue de ésta de donde se extrajo el largo rancho de adobe que con mil precauciones se trasladó intacto a un terreno frente a la Plaza España, donde se encontraba el busto del poeta local Don Enrique Uzal, que actualmente se encuentra en la Casa de Cultura Municipal que lleva su nombre.
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No obstante, la siesta de Lavalle, la llegada de Rosas que pide a su gente no molesten al héroe, y la transformación de la lechada en dulce de leche, conforman una hermosa leyenda popular.
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Ahora, valga aclarar por último que al igual que muchas otras cosas (la pólvora, el papel, el compás, las pastas…), al dulce de leche ya lo habían inventado los chinos, siglos antes. Claro que como todas las cosas que nos trajo el conquistador, acá se acriollaron tomando particularidades que las han hecho únicas y “propias”.
La Plata, 11 de octubre de 2019

Carlos Raúl Risso


(Fuentes varias, fundamentalmente: Historia de Cañuelas de Don Lucio García Ledesma -1994)