domingo, 22 de noviembre de 2020

LA POSTA

 “Casa de Posta”, o “Posta” a secas, así se llamaba a un sistema establecido fundamentalmente, para facilitar el viaje de los correos, el que se extendió también a los viajeros. Dicho sistema lo heredamos del que se utilizaba en España, donde: “Las primeras disposiciones reales sobre los correos -tanto de a pie como de a caballo-, aparecen en el año 1260”.

En definitiva, la “casa de posta”, era la “Parada donde tomaban caballos de refresco los correos y los que viajaban en posta”, según lo define el Diccionario de la Lengua.

O sea que en origen, los caminos en los que se establecían “postas” estaban signados por el recorrido que debían hacer los correos oficiales, ya que éstas se establecían “en las principales poblaciones a lo largo de las líneas de correos y en las vías principales para proveer el suministro de caballos necesario para realizar los viajes. Muchas servían también de parada de diligencias para viajeros”.

La Posta, Santa Fe, 1858 - Jean León Palliere

En un trabajo denominado “Divagaciones Semánticas”, se infiere que: correo y posta, son sinónimos; ‘correo’ deriva de ‘correr’, da idea de movimiento rápido, de transporte con velocidad, de comunicación entre dos lugares. Esta fue la voz que primero difundieron los persas y griegos, y luego los romanos dispersaron por toda Europa durante sus conquistas; ellos fueron los inventores de las ‘postas’ y llamaron “cursus” al ‘correo’ que era la comunicación entre distintos puntos de las regiones conquistadas. Y para hacerlo funcionar establecieron ‘postas’, palabra que significa ‘algo instalado, edificado, firmemente fijado’.”, y tomamos prestado este saber de la Revista “Postas Argentinas”.

En su libro “Travesías de Antaño…”, dice Don Carlos Moncaut que: “La palabra posta deriva del latín ‘posita’ (o “positus”),  y agregamos que significacolocado” o “apostado”, porque los caballos de los correos estaban efectivamente apostados a distancias fijas para servir de relevos. Continúa Moncaut: “Ya se hacía uso (de la “posta”) en la Persia antigua”. (Aprox. antes del año 800 el poderoso) “Carlo Magno organizó un servicio de correos sobre la base de ‘postas’ las que siglos más tarde se propagaron  por toda Europa”.

El mismo autor nos informa que el sistema de ‘postas’ existió en toda la América dominada por la Corona Española; entre nosotros, las primeras se establecieron hacia 1771 (casualmente el año en que aparece escrita por primera vez la palabra “gaucho”), en el Camino del Norte (hacia Córdoba).

Ya en 1762 el Rey había establecido normas para el funcionamiento de estos establecimientos de los caminos, y la vigencia de dichas reglas que se extendieron hacia nuestra tierra “…establecían, entre otras cosas, que el cargo de ‘maestro de posta’ debería ser desempañado por un ‘vecino honrado’ que estaría obligado a mantener determinado número de caballos. El cargo podía pasar, a la muerte del titular, a los hijos, yernos u otras personas que cuidaran de la posta. Los ‘maestros de postas’ podían nombrar y remover los postillones de los que se valdrían para el desempeño de sus cargos. Además de muchos otros privilegios acordados a los ‘maestros de postas, como el llevar armas y poseerlas, el no poder ser desalojados de las casas donde habitaren, el no poder se detenido por nadie, ni por la justicia misma en el camino que debían recorrer para el desempeño de su cometido, les estaba permitido tener ‘libremente mesón, posada o cualquier granjería, aunque sí pagando los derechos existentes para tales negocios”.

Estos detalles nos van avisando que no cualquier lugar apto para una parada en los caminos de ayer, era una ‘posta’, y si no veamos lo que dispone el gobierno criollo surgido en mayo de 1810, cuando establece su primera ‘carrera de postas’ entre Buenos Aires y la Ensenada de Barragán, o sea entre las dos localidades con puertos: “cada posta debía tener una ‘pieza de posta’ que se construiría a 25 varas de la casa principal, ‘debiendo tener de 10 varas de largo por cinco de ancho, un corredor a la puerta, 4 catres, una mesa y 4 sillas, una tinaja con un jarro, estando blanqueada por dentro y fuera”. Además debía haber en cada “posta” “vino, aguardiente, aceite, vinagre y legumbre”. Queda claro que acá el gobierno fija el recorrido y hace construir esas paradas, estableciendo un ‘modelo edilicio’ de “posta”.

Pero esta tipificación no siempre fue aplicada, y a medida que los caminos se internaban en el desierto más precarias eran las construcciones de esas obligadas paradas, y han sido los viajeros foráneos quienes dejaron testimonios de esas carencias. Por ejemplo Pablo Mantegazza, hacia 1856, en forma muy delicada al arribar a una “posta” escribe: “las dos urgentísimas necesidades del alimento y del sueño, vuelven sabrosa la pobre cena y la pobrísima cueva que os esperan”.

Treinta años antes, en su “Viaje por Buenos Aires, Entre Ríos y la Banda Oriental”, John A. B. Beaumont testimonia en un pasaje que “La segunda posta era bastante mejor que la primera; el rancho más grande, provisto de puertas con bisagras, y entre otros muebles tenía varias sillas con respaldo alto y había estampas de santos. El maestro de posta era aquí una mujer, no mal vestida, que nos recibió con atención…”.

Otro testimonio interesante es el que nos brinda el Cmdte. Manuel Prado, cuando rememorando su incorporación a la Comandancia de Trenque Lauquen, en 1877, a la temprana de edad de 14 años, como ‘cadete aspirante’, cuenta que hasta Chivilcoy el viaje fue en tren, y a partir de allí en galera. Entonces refiere: “De pronto oyóse un silbido prolongado y poco después hacíamos alto en la primera posta. Era un rancho largo, sucio, revocado con estiércol, especie de fonda, prisión, de pulpería y de fuerte. Al lado del rancho un mangrullo que el viento cimbraba como si quisiera arrancarlo del suelo, y más allá un corral de palo a pique donde se apretaban asustadas unas cuantas yeguas y unos pocos caballo. El todo protegido por un foso enorme, lleno de agua verdosa y nauseabunda, criadero de sapos y saiguapés.

Eran dueños u ocupantes del rancho un antiguo sargento del 2° de Infantería y su mujer -madre de tres mulatillos desgreñados y harapientos, cuya misión en la vida consistía en vivir, relevándose de vigías sobre el mangrullo-. El ex sargento tenía lo que él llamaba ‘posada para los viajeros’ cuando la galera no podía seguir adelante, y despachaba además ginebra, caña, cigarrillos negros y yerba argentina de lo peor que se puede imaginar…”.

Corral de Posta, 1870 (acuarela) - Jean Marie Alfred Paris

   En una reseña histórica de “Correos y Telégrafos de la Argentina”, se puede leer: “Las postas se establecieron paulatinamente, a medida que las necesidades del servicio lo requerían y siempre que se encontrara en el lugar elegido un vecino que, a la par de reunir las condiciones exigidas, estuviera dispuesto a ocupar el puesto”.

Como fácil se comprenderá, alejadas de la civilización, las “postas” eran pobrísimas ranchadas. “Muchas de ellas carecían de los elementos más indispensables y eran simples ranchos a cargo de un ‘maestro de posta’, que solía ser un rudo y pobre indio”, evoca J. M. Sáenz Valiente.

No obstante los empresarios de transporte, ya en la segunda mitad del Siglo 19, hacían esfuerzos por mejorar sus servicios y valorizarlos, y si no veamos el emprendimiento de Don Timoteo Gordillo que fue el hombre que modernizó el traslado de las mensajerías.

Ubicándose hacia 1860, dice en sus Memorias: “Solicité del congreso que me diera gratis terrenos fiscales entre las Provincias de Santa Fe y Córdoba para hacer un camino postal directo que uniese a Rosario y Córdoba, con estaciones cómodas para los pasajeros de cuatro en cuatro leguas; hacer pozos y represas donde no hubiera  agua, levantar fortines para la defensa contra los indios y otras medidas precaucionales contra los peligros que en esos caminos había.

Esto concedido, me puse inmediatamente a la obra, poblando los desiertos. Desde el Carcaraña al oeste la primera casa de puesta, fue en Las Totoras, 2da. Cañada de Gómez, 3ra. Ranchos, 4ª . Tortugas. En el Carcaraña hice una casa y un puente¸ coloqué también una chata en el río con el consentimiento de Dn. Ramón Medina propietario de esos terrenos.

En la 5ta posta (Espinillo) hice una casa fortín que consistía en un foso ancho, de 4 metros por 3 de profundidad con puente levadizo. En ese punto los indios con frecuencia atacaban a los pasajeros. 6ta posta Los Leones, casa y fortín, 7ma. Los Dos Árboles id. id. 8va. Casares, 9na. Las Palmas, en terrenos particulares, 10ma El Águila, estación principal, 11ra. Cuchi-Corral, 12da. Las Chapas, casa particular y posta, 13ra. Bella Vista, 14ta. Casa Villalonga, 15ª. Río Segundo, posta y casa particular, 16ta. Toledo y de allí a Córdoba.

El camino medido en línea recta por los ingenieros Saint Remy y Ladrier, daba 72 leguas, desde la Barraca de El Progreso (Rosario) hasta Córdoba, midiendo el antiguo camino por donde viajaban las mensajerías de Firtal y Ruiseñor, por cuenta del estado 103 leguas. (lograba un ahorro de 31 leguas, o sea 155 kms.).

Una vez concluido el camino llevé familias honradas y buenas para ocupar las casas que había construido en su trayecto”.

Queda claro con lo expuesto, que esas 16 “postas” solo prestarían tales servicios a las mensajerías de Gordillo, y el recorrido fue acordado con el gobierno. Por lo tanto, insistimos, no cualquier lugar en que pudieran parar los viajeros en un camino, era una “posta” cabal.

En cuanto a la distancia entre “posta” y “posta” no había nada establecido, y la misma dependía del tipo de camino, podía ser dos leguas y medias, como estas podían ser cinco.

En zonas ya alejadas del ‘problema del indio”, la vida de “postas” era distinta. Al respecto, hacia la década de 1880 y en su zona de Dolores, apunta Ambrosio Althaparro: “La proximidad de la galera a la posta era anunciada por el mayoral con toques de clarín, que el silencio del campo permitía oír desde varias cuadras de distancia, provocando la alarma primero y la disparada después, de la yeguada que hubiese en las inmediaciones. La inquietud de los caballos en el palenque, confirmaba pronto el arribo de la galera”.

En aquellos ya lejanos años de la vida gaucha, llegar a una “posta”, a pesar de todas las carencias, era arribar a una parada breve, de comodidades precarias… “Pero llegar a ella significaba amenizar la rutina del viaje, recibir impresiones, olvidarse de las molestias sufridas y saborear un buen churrasco”. Que a veces… hay que ponerle buena cara a las incomodidades de la vida.

La Plata, 8/11/2020

miércoles, 16 de septiembre de 2020

CRIOLLO // PAISANO

 Criollo y Paisano, son dos voces que solemos usar -muchas veces- como sinónimo de “gaucho”, pero cada una de éstas tiene su origen y trataremos de analizarlo hasta llegar a ese uso actual. Creemos que el orden por aparición, es el de “criollo”, primero, y posteriormente “paisano”.

Comencemos entonces por decir que “criollo”, es voz que deriva del portugués ‘crioulo’, y ésta a su vez de ‘criar’.

Según el diccionario contemporáneo, tal es la persona ‘hija o descendiente de europeos, nacida en los antiguos territorios españoles de América o en algunas colonias europeas de dicho continente’. Hacemos hincapié en ‘descendiente de europeos’, lo que da a entender de una pareja de españoles en el caso de nuestros conquistadores. Pero bien… hay un inconveniente…

Cuando el conquistador hace visible su presencia en esta parte de América, mayoritariamente son hombres, y no han viajado con sus mujeres; si pueden haberlo hecho algunos jefes, pero son contados con los dedos de una mano. Y ahí viene la pregunta: aquellos hombres que gestaron “criollos”, con qué mujeres los engendraron…? Sin palabras, creo que no hacen falta (Vaya esto para que lo expliquen algunos ‘puristas’).

Visto esto, la definición del diccionario debería cambiar (por lo que fue la realidad), a: ‘hijo de europeo nacido en los antiguos territorios de América’.

En realidad era “criollo” cualquier hijo de conquistador nacido fuera de su tierra original. (en América, en África, etc.).

A aquel hijo de europeo nacido en estas latitudes se lo denominó además de “criollo”: ‘mancebo’, ‘hijo de la tierra’, ‘mozo de pata al suelo’, e inclusive ‘mestizo’ que sería la definición más apropiada. Casualmente éstos, que rápidamente se hicieron de a caballo, fueron los que, como peones, se dedicaron a las tareas pecuarias.

El mismo diccionario contemporáneo, aclara que la expresión “criollo” también refiere a aquella persona que actualmente conserva las cualidades estimadas como características de su origen. Porque decir “criollo” es como citar al poblador originario, por lo menos de nuestra civilización, de allí que se lo podría definir como “nativo hijo de europeo”.

Esto lo reafirma don Félix Coluccio cuando define que es el “propio del país, auténticamente nativo, aunque a veces haya ascendencia extranjera. No se refiere exclusivamente al hombre. Se aplica por extensión a los animales, a la vestimenta, al alimento, etc.”

En este mismo rumbo, el muy español Diego Abad de Santillán que vivió entre nosotros y tanto trabajó por el bien de nuestra cultura, lo definió: “hijo del país y, más particularmente, el nativo auténtico”.

“Martín Fierro”, a quien siempre hemos considerado un “gaucho” que cuenta su vida y sus pesares -que son los de todos sus pares-, varias veces acude a ejemplificar con “criollo” las cuestiones que trata, claramente identificable ese decir, con “gaucho”, que a sus vicisitudes remite. Dice por ejemplo: “Mas ande otro criollo pasa / Martín Fierro ha de pasar”, “hasta que venga algún criollo / en esta tierra a mandar”, o “Pero diré, por si acaso, / pa’ que me entiendan los criollos”, y vaya si lo entendieron sus contemporáneos de la campaña argentina.

Uno podría preguntarse, por qué no usó directamente la palabra “gaucho”?, pues bien, por la simple razón que no denominaba a sus pares con tal voz, solo lo hacía en alguna plática, con dos sentidos: de alabanza, como ser: “¡Que hombre gaucho Don Ataliva!”; o como denostación o poniendo reparos: “Ese es gaucho de boliches y jaranas”.

Así tenemos “versos criollos”, “platería criolla”, “telería criolla”, “pilchas criollas”, “aperos criollos”, “caballo criollo”, “zapallo criollo”, “hacienda criolla”, “cocina criolla”, como afirmando que es lo propio del lugar, lo originario, lo auténtico, lo que está desde hace mucho tiempo.

Con el avance del Siglo 20, la palabra “criollo” cada vez más se asimila a “gaucho”, llegando a ser, casi casi, como un sinónimo, pero nunca un reemplazo cabal, porque no tiene ‘el peso significativo’ que incorporado tiene “gaucho”.

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 “Paisano”, para el Diccionario Académico, deriva del francés “paysan”, y éste a su vez de “pays”, que significa “territorio rural, país”, aclarando que ese “país” no tiene el mismo significado que hoy le damos a tal palabra, que sería “Territorio constituido en Estado soberano”; prestemos atención a la aludida definición de “territorio rural”; y el Diccionario define a “paisano” como “Dicho de una persona: natural del mismo país, provincia o lugar que otra”, que indudablemente es una definición muy actual, poco acorde a lo que queremos demostrar.

Don Rafael Darío Capdevila en su “El Habla Paisana”, infiere por “país”: “Patria. Lugar de origen, de nacimiento” y agrega, “En el S. 19 la gente decía ‘país’ cuando se refería al lugar de nacimiento de una persona”, y esto rápidamente lo corroboramos con la Foja de Filiación de Juan Moreira, cuando dice: “A saber: Patria, Buenos Aires. Edad y estado, 28 años soltero;…”. No dice ‘Argentino, de Buenos Aires’. Ni en los papeles oficiales de entonces se utilizaba como hoy lo hacemos.

Hacia el último tercio del Siglo 19 existía en Buenos Aires la Academia Argentina de Ciencias, Letras y Artes, que entre 1875 y 1879 elaboró el primer Diccionario del Lenguaje Argentino, que se mantuvo inédito hasta 2006, en que su continuadora, la Academia Argentina de Letras, lo hizo público. Lo interesante para nosotros es que el mismo contiene la voz “paisano”, y nos trae una definición e interpretación de un tiempo que nos resulta primordial.

Nos dice de “paisano”: 1) habitante y natural de la campaña 2) gaucho, en su segunda acepción 3) natural de las provincias argentinas del interior 4) los gauchos le dan este nombre particularmente a los santiagueños.

Acorde a nuestros decires, vemos que tal Academia, reemplaza el español ‘territorio rural’, por el más propio ‘natural de la campaña’, y que inmediatamente asocia la voz a la de “gaucho”, ya que la pone como un sinónimo. Recordamos que estamos en 1875 / 79, o sea que es una interpretación de época, sin intermediarios.

Resulta curioso el punto 4), pues parecería que los gauchos son solamente los de la región pampeana, pues convierte a los de otra provincia en “paisanos”. Resulta curioso -reiteramos-, pues vayan por ejemplo a decirle a los salteños que no son gauchos…

Coincidente con esa definición de 1875 / 79, es la que Daniel Granada vuelca en su Vocabulario Rioplatense Razonado de 1890, cuando dice que “paisano” es la “persona que es del campo. Su prototipo es el gaucho”, y ya no hay medias tintas: para Granada “gaucho” y “paisano” son lo mismo.

En nuestra percepción, “paisano” es el sucesor del “gaucho”, a partir de las transformaciones que poco a poco trae el alambrado: conserva sus usos y costumbres, su cancionero y bailes, sus mismas habilidades en las rudas tareas de campo, etc., pero, perdida su ‘libertad e independencia’, se ha sometido a la regulada vida de una estancia alambrada. Ahí se formaliza entre nosotros la expresión “paisano”.

Y más o menos lo mismo es lo que ha sintetizado el para nosotros muy respetado dolorense Eduardo Acevedo Días (h), cuando explica que es la persona de campo o (la) que ha seguido los usos y costumbres de la vida de la campaña”, o sea que es “paisano” el que siguió respetando los modos del “gaucho”.

El estudioso del vocabulario del Martín Fierro, Francisco Castro, y el investigador Félix Coluccio, le agregan un significado que particularmente no le he conocido, y es que se usa como sinónimo de amigo, camarada, compañero, hermano. No lo encuentro en la práctica.

No podemos desconocer que también hay una significación ajena a nuestro uso, y es que cuando por ejemplo, dos napolitanos, o dos catalanes (elegimos al azar), se encuentran lejos de su tierra, se reconocen entre sí como “paisanos”, porque son del mismo lugar, región o provincia, no porque son de Italia o España.

Entre nosotros, especialmente en el área pampeana, a los identificados como “indios mansos”, se los llamaba “paisanos”, y al respecto hay un libro renombrado llamado “Nuestros Paisanos, los indios” de Carlos Martínez Sarasola.

Ese al que hoy vemos de bota, bombacha, corralera y el resto de los atavíos típicos, al que el observador común llama o ve vestido de “gaucho”, ese, ese es el “paisano”.

En la segunda mitad del Siglo pasado Atahualpa Yupanqui popularizó la expresión “Paisano es el que lleva el país adentro”, y es verdad que suena bien, pero allí esa expresión “país”, intuyo que no remite al lugar donde se nació o se reside, sino al “país” como estado soberano. O sea que es una expresión contemporánea y no del tiempo del “gaucho” donde hemos querido rastrear el significado.

La Plata, 16/09/2020

Carlos Raúl Risso E.-

jueves, 10 de septiembre de 2020

TSHIFFELY - Algunas referencias de su marcha y vida

 Aimé Hellmuth Félix Tschiffely, “el gringo o el gaucho rubio” como se le supo nombrar, fue el artífice de una hazaña que le hizo bajar los ojos, a todos aquellos que lo trataron con indiferencia y menosprecio cuando hizo público su interés en cabalgar las Américas uniendo Buenos Aires con Nueva York.


El 23/04/1925, desde las instalaciones de la Sociedad Rural Argentina en Palermo, dio el punto inicial de su cabalgata con rumbo a Rosario, montado en “Gato” (15 años) al que había ensillado con un cirigote -obsequio del gaucho inglés Edmundo Griffin, dueño de la Ea. “La Palma” en Paysandú-, con “Mancha” (16 años) de carguero; sus dos “veteranos” caballos criollos, provenían de los que se trajeron del Chubut, habituados a climas extremos, a los faldeos cordilleranos y a la poca pastura; le habían sido facilitado por el “padre” de la recuperación de la raza, Don Emilio Solanet, dueño de la estancia y cabaña “El Cardal”, de Ayacucho.

El cirigote fue confeccionado por la firma talabartera “Masseilot Hnos”, de Paysandú, que posteriormente promocionará su firma con el lema: “Con aperos de esta marca Raid Bs.Aires – N.York”. El carguero portaba sobre su lomo, unos 60 kgs. en promedio.

Logró unir las 3 Américas en una marcha sin precedentes, arribando a Washington, Capital de los Estados Unidos, el 28/08/1928, después de haber viajado durante 3 años y 126 días, recorriendo 4300 leguas, unos 21500 kms., en 504 etapas, a razón de 42 kms. por cada una, habiendo alcanzado una altura de 5200 mts. sobre el nivel del mar en el Paso “El Cóndor” entre Potosí y Chaliapata, en Bolivia.

El día 29 lo recibió el presidente estadounidense, Sr. Calvin Coolidge.

En Nueva York, el 20/09, recorrió toda la Quinta Avda., siendo escoltado por la Policía Montada local, hasta la Casa del Ayuntamiento, donde el Alcalde Jimmy Walker le entregó la Medalla de la Ciudad, y Tschiffely retribuyó con unas boleadoras engarzadas en plata. Ese día “Mancha” lucía un rico apero criollo, y el jinete vestía a la típica usanza criolla, todo gracias a la gentileza de Gustavo Muñiz Barreto que facilitó apero y atuendos para un mayor lucimiento del “gringo gaucho”.


Había atravesado por once naciones americanas: Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Nicaragua, Honduras, Guatemala, México y EE.UU.

Cumplida su meta, el 1/12/1928 se embarcó junto a sus pingos criollos en el paquebote “Pan América”, de la línea Munson, que en realidad era un barco de pasajeros, pero como excepción por quienes se trataban, se improvisaron en la bodega dos pequeños boxes para alojar a “Gato” y “Mancha”, que debieron hacer todo el viaje, sin poder echarse en ningún momento. Arribaron el  día 19, a las 13 hs. a Dársena Norte, siendo sorprendidos porque “…una frenética bienvenida los esperaba en Buenos Aires. Tschiffely cuidó de que se mandaran a sus dos amigos a las campos de pastoreo de que habían salidos 2 años y medios atrás…”. Recibido por el Pte. Hipólito Yrigoyen, dialogaron por más de una hora.

Su compatriota y biógrafo Benno Affolter nos cuenta que había nacido en Zofingen, Cantón de Argobia, Suiza, el 7/05/1895, en el hogar de Amalia Sutermeister y Jorge Federico Alfredo Tschiffely; en Berna hizo los estudios primarios y secundarios, formándose como maestro. A los 17 se trasladó a Inglaterra, donde residió cinco años.

En 1917 arribó a Buenos Aires para ejercer la docencia contratado por el St. George’s College de Quilmes, y más adelante también por el Buenos Aires High School, donde fue Director de Estudios.

Aventurero de raza, con posterioridad encaró otros viajes: en 1934 cabalgó desde Salisbury, sur de Inglaterra, hasta el condado de Devon, Escocia, casa central de los Cunninghame Graham, la familia de su gran amigo Don Roberto.

1937 a bordo de un Ford T proporcionado por la propia automotriz, recorre la Patagonia, viaje que tuvo su inicio en la Ea. El Cardal, y que es conocido como “Por este camino hacia el sur”; y en 03/1950 recorre durante cuatro meses, unos 8000 kms. por España, en la península ibérica, en una moto inglesa.

Falleció joven, en Londres -donde residía- el 5/01/1954; a ésta su patria adoptiva, retornaron sus cenizas el 10 de noviembre de ese año, justamente el “Día de la Tradición”.

Con el objeto de la repatriación, se había conformado una Comisión de Homenaje que era presidida por el Ing. Felipe Ballester, acompañado por Emilio Solanet, Antonio Vaquer, Darío Anasagasti, Antonio Benitez, Raúl Freire, Máximo Aguirre, Juan B. Tapia, Raúl Rodríguez Corti, Justo P. Sáenz (h) y Luis J. Lacey, contando siempre con el apoyo de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos.


Expresó un medio de la época: “Encarado con decisión y unánimemente apoyado el proyecto se llevó pronto a cabo. Fue así como el 13 de noviembre, en una ceremonia  no menos solemne que conmovedora, un cortejo de jinetes auténticos, concebido y realizado con evidente dignidad, acompañó en su último viaje a quien tanto amó a la Argentina y a sus caballos.”

Ese día el marchero Jorge Molina Salas, criollamente vestido y gauchamente aperado su  caballo gateado, llevando de tiro un overo criollo ensillado, que sobre el recado portaba las cenizas del “gringo rubio”, encabezó la columna que se dirigió al Cementerio de la Recoleta, procesión silenciosa y emotiva de la que además de las columnas gauchas, contó con la presencia de clubes hípicos y el escuadrón de la Policía Montada en parada de gala, sobre caballos blancos y tordillos, poniendo un marcial toque de solemnidad.

 A mediados de la década del ’90, en el Archivo de “El Cardal”, se encontró una carta de la esposa de Tschiffely, donde expresaba que su última voluntad era descansar junto a los dos caballos criollos. Así las cosas, con la organización de la Flia. Solanet y la Asociación de Criadores de Caballos Criollos, el 21/02/1998 se realizó el traslado de las cenizas desde el Cementerio de la Recoleta hasta el monumento erigido en el parque del casco de la Ea. “El Cardal” en Ayacucho, donde desde entonces descansan junto a los compañeros de su hazaña, muertos, “Gato” el 18/02/1944 -a los 36 años- y “Mancha” en 1947 -a los 40-, los caballos criollos que le había facilitado Don Emilio Solanet, quien los había adquirido al Cacique tehuelche Juan Lienpichuin, de Sierra Kepi, al sudoeste de Chubut.

La placa que hace 59 se años colocó en la Sociedad Rural, la Comisión de Homenaje y que hoy está en “El Cardal”, reza: “Amó a nuestra Patria y le ofrendó generosamente el triunfo de su hazaña memorable, llevando sobre el lomo de “Mancha” y “Gato” el mensaje fraternal de la Argentina a través del continente americano”.

Fue su esposa la cante de opera anglo-argentina, Violeta Teodora Hume, quien le fue presentada por don Roberto Cunninghame, casándose el 21/12/1933, matrimonio que no tuvo descendencia. Lo sobrevivió cerca de 30 años.

 


Oooooooo000oooooooO

 

El sentó un precedente para todos los marcheros posteriores: ¡El viaje era posible!, por el camino que eligieran, él ya les dijo ¡Se Puede!, y a decir verdad: ¡qué gran ayuda fue esa!, les abrió la tranquera a los que venían detrás…

La Plata, 23/08/2020


“GATO Y MANCHA"

Gato” ha dejado en la historia

del yeguarizo argentino

un capítulo divino

tras una estela de gloria;

con “Mancha”, en la trayectoria

que les tocó recorrer,

se supieron imponer

contra obstáculos y escollos,

mostrando así que los criollos

guapean hasta vencer.


Llevaron en su embajada

a los Estados Unidos,

méritos reconocidos

de nuestra gran caballada

y así en la inmensa cruzada

de dura realización,

fue su crin el pabellón

que de la patria pasearon,

y allí un relincho grabaron

para siempre en la extensión.


Versos de CHARRÚA


Bibliografía

 -“Con todo el lazo”, de Charrúa – 8/1948

-“Los restos de Aime Tschiffely descansarán en la Argentina” – Revista

  Raza Criolla – 08/1954

-“Descansan ya en nuestro país los restos de A. Tschiffely” – Revista El

  Caballo N° 131 – 12/1954

-“Homenaje a Tschiffely”, por Máximo Aguirre – Revista Raza Criolla

  N° 50 – 06/1961

-“Homenaje a Tschiffely – Revista El Caballo N° 200 – 03/1961

-“El viaje a caballo más largo de la historia”, por Scott Soegers –

   Selecciones del Reader’s Digest – 5/1970

-“Mancha y Gato”, de Aimé Tschiffely – Emecé, 11/1989

-“Cascos de Acero”, por Constantino Sobrino – Revista Camping N° 10 –

  05/19701998

-“Un jinete que dejó huella”, por Analía Testa – Diario La Nación,

  28/02/1998

-“El jinete de las Américas descansa con sus amigos”, por Analía Testa –

  Diario La Nación, 22/02/1998

-“Recuerda a Prof. Suizo”, por Carlos R. Risso – Diario El Día de La

  Plata, 29/01/2004

-“En la huella de Mancha y Gato”, por Susana Pereyra Iraola – Diario La

  Nación, 09/10/2004

domingo, 19 de julio de 2020

ESE ES MI AMIGO

¡Ah, si si, sí! ¿Cómo no?

¿Pa’ que viá gastar saliva

o papel, en el que escriba

cuánto es que lo estimo yo?

Que lo haga otro, el que lo crió

pensando en nuestra “Selene”;

no, no digo que me apene

ni tampoco que’sté mal,

…pa’ mi es poncho sin igual

que da calor y contiene!

 

Pa’ mi es palenque plantao

ande mis cuitas desbravo,

y es el que te saca el clavo

que te tiene priocupao;

es alero ande’l recao

puedo tender sin obligo,

el que hace espaldas conmigo

si los fierros sacan chispas,

el que tiene miel de avispas…

Si señor: ¡Ese es mi amigo!

                                                     (20/07/2020)

 Carlos Raúl Risso E.-


martes, 16 de junio de 2020

EL LUGONES GAUCHO


En los círculos literario o entre los lectores de temas argentinistas, decir Lugones, es referirse al poeta, cuentista, novelista, político, periodista, pensador, conferencista, historiador, ensayista, etc., pero pocos o muy pocos, recapacitan en su condición de autor gaucho.
Los amantes de las tradiciones (y los argentinos en general), debemos a Lugones, el lugar que hoy ocupa el “Martín Fierro” en nuestra cultura, y en lo que ésta significa para el mundo.
Si bien la obra hernandiana estaba muy reconocida por el pueblo, no pasaba lo mismo en los cenáculos literarios donde -salvo alguna crítica favorable- se la tenía por ‘obra menor’, quizás justamente por aquello de estar escrita en versos menores (octosílabos), y por representar a un personaje, el gaucho, que por su carácter libertario e independiente, no era bien visto por muchos.
Por 1913 el escritor ha regresado al país procedente de Europa, donde ha permanecido por casi dos años; viene a arreglar sus asuntos, porque tiene pensado establecerse en París con la idea de llevar adelante un ambicioso proyecto literario, hispanista, por cierto.

En esos días se cruza con quien conducía los destinos del Teatro Odeón, su amigo Faustino Da Rosa, quien sin pérdida de tiempo le propone ofrezca en dicha sala, algunas conferencias contando sus vivencias de viajero atento y observador. (Parece que era algo común por entonces, cuando la “clase patricia argentina” viajaba mucho a Europa, donde inclusive tenían residencia).
No le responde en el momento, pero días después le recuerda el ofrecimiento, le dice que acepta, pero que él no va hablar de cosas mundanas, sino que va a desarrollar temas propios de la Argentina.
Sucede entonces la serie de seis (6) conferencias en las que a teatro lleno, se encargó de elevar a obra maestra al poema de Hernández, y de personaje representativo de la nacionalidad, al gaucho. Lugones ha puesto todo su esfuerzo intelectual y dialectico, en “el sentido de razonar lo sustancial de nuestro ser nacional”. (1)
Escribió el Dr. Pozzi Albornoz que “Su éxito fue tan extraordinario que el teatro agotó sus localidades  durante todo el ciclo de aquellas, contándose entre los asistentes más conspicuos el entonces presidente de la República Roque Sáenz Peña con buena parte de sus ministros”.
Si bien vuelve a Europa a establecerse, el inicio de la Primera Guerra, hace que abandone su proyecto y vuelva ya definitivamente a la Patria.
Su obra “El Payador”, aparecida con motivo del Centenario de la Independencia, reúne los temas desarrollados verbalmente en sus conferencias, a los que agrega otros temas que considera de interés y afín con lo ya adelantado en el Teatro.
Dicha publicación, sienta un precedente ineludible en lo referente a la ‘identidad nacional’.
¿Por qué tituló así al libro? Porque “…fueron ellos -los payadores, dice- los personajes más significativos en la formación de nuestra raza”.

Lugones nació en 1874, en el norte cordobés casi lindante con Santiago del Estero. Tuvo la ocasión de conocer al gaucho neto de aquellas regiones, en tiempos que el de acá estaba abrumado en la lucha con el indio. Sabe de lo que habla. No es que lo sabe porque lo ha leído o se lo han contado. Puede entonces decirse que hurga en sus propias raíces para rescatar la esencia, la identidad, y poder transmitirla, difundirla, conservarla viva, y no yacente como objeto intangible de museo.
Su cabal interpretación del “Martín Fierro” lo convirtió en un auténtico referente de nuestras letras. Al respecto su hijo “Polo” (exégeta de la obra paterna), sentenció que fue “… el primero de los primeros cuya pluma, con glorificar aquellos versos, enalteció la figura del gaucho, personaje de romance en el medio argentino”. (Aclaremos que eso de “personaje de romance”, remite a los romances de gesta, con que el pueblo español cantó a sus héroes, cuando la lucha con los moros).
Ya que citamos a España, en crítica que el autor hiciera a la aparición del “Don Segundo Sombra”, destaca que el gaucho mantiene del antiguo conquistador hispano, el “… mismo idioma, (que) conserva su castellano arcaico y sabroso…”. Y con esto está reafirmando que la fundación del género gauchesco justamente está basado en la forma expresiva, en el lenguaje, en la utilización de lo que podemos llamar, “el habla gaucha”, devenida por lo tanto de aquel castellano de los conquistadores.

Volviendo atrás, en 1896, un joven poeta cordobés de 21 años llegaba a Buenos Aires, con toda la intención en insertarse en los círculos culturales; quienes se animaban a recomendarlo avisoraban en él un futuro brillante en las letras.
“Empezó recibiendo -dijo Carlos Erro en La Nación- la influencia de Almafuerte, y aquella huella nunca se le borro del todo”. Oh casualidad: aquel encendido poeta era un admirador sincero del arte de los payadores, y aunque no cultivó ‘el gauchesco’, quienes lo conocieron afirmaron que mucho de criollo había en su figura y su personalidad. Buen espejo entonces, en el que mirarse, tuvo el joven Lugones.
Antes de las charlas del Odeón, ya había incursionado en las letras gauchas, como que en 1905 había dado a luz su novela histórica “La Guerra Gaucha”, donde exalta y pone en su lugar la gesta de los gauchos de Güemes, sin los cuales y su guerra de guerrillas, San Martín, no hubiese podido coronar su ambicioso, arriesgado y complejo plan libertador. Tiene 30 años y ya está muy bien afirmado en su sentimiento y proyecto de revalorizar nuestro pasado e historia.
Unos treinta años (30) después, en la madurez de la vida y en la plenitud de su saber, como una de sus últimas obras, el libro póstumo, da a las prensas un trabajo magnífico, quizás nunca lo suficientemente ponderado, me refiero a sus “Romances del Río Seco”. Allí, en esos versos “menores”, muestra cuanto sabe él de la vida de la campaña, y por lo tanto, cuanto hay en él de gaucho. Su conocimiento, el vocabulario utilizado, nos hablan de una interesante consustanciación con la vida rural de sus norteños pagos cordobeses.

RESEÑA BIOGRÁFICA

Leopoldo Antonio Lugones, nació el 13/06/1874 en Villa de María del Río Seco, Córdoba, en el seno de la familia constituida por Santiago Lugones López y Custodia Argüello Bulacio, siendo el hijo primogénito, continuándolo Santiago Martín (1878), Ramón Miguel (1880) y Carlos Florencio (1885).
Los Lugones era una familia de antigua prosapia santiagueña, mientras que la de su madre era cordobesa, de la Villa de María. Por entonces, Córdoba y Santiago del Estero se disputaban la integración provincial de dicha localidad.
Tiene 18 años aproximadamente, cuando a través de la prensa escrita comienza a dar a conocer sus juveniles creaciones.
Tempranamente se casa con Juana González, en la ciudad de Córdoba, donde residía. Corría 1896. Ese mismo año se muda a Buenos Aires, donde rápidamente se inserta en los ambientes culturales, trabando amistad con José Ingenieros y Roberto Payró, entre otros.
Se emplea en la Dirección de Correos y Telégrafosa en la que permanece hasta 1900, año en que es designado Inspector de la Dirección Gral. de Educación Secundaria, y en 1915 será nombrado Director de la Biblioteca Nacional de Maestros, cargo que desempeñará hasta su muerte.
De su matrimonio con Juana, nacerá en 1897 su único hijo, Leopoldo, al que apoda “Polo”, el tristemente célebre creador o introductor de la “picana eléctrica”.
El mismo año aparece su primer libro: el poemario “Las Montañas del Oro”,  que marcará el rumbo a una profusa y variada obra de unos cuarenta (40) títulos.
En 1924 es distinguido con el Premio Nacional de Literatura, y cuatro años después, a instancias suyas se funda la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), de la que será su primer presidente; y es a través de ésta, después de su fallecimiento, que se instituirá al 13/06 como el Día del Escritor, la fecha de su nacimiento.

Su aspecto de hombre serio y estructurado parece que se quebró en más de una oportunidad ante el encanto femenino. Es así que se cuenta que por 1926 -cuando ya es hombre de 52 años- inicia una relación con la joven Emilia Santiago Cadelago que se extendió por más de diez años; esto lo cuenta una amiga de aquella, María Cárdenas de Monner Sans, en su libro “Cuando Lugones Conoció el Amor”. Pero otros hablan de otra joven llamada María Alicia Domínguez de quien “en plenitud de juventud y belleza”, se enamora. La recordada y consagrada escritora platense Aurora Venturini la evoca como la amante a la que el poeta le dedicaba poemas que “destilaban ternura de hombre decadente hacia una muchacha hermosa y tal vez frívola, frivolidad que adjudicaba a Ma. Alicia, mi extrema juventud, y seguramente mi envidia.”
Enterado su hijo de esta relación, temeroso que saliera a luz provocando deshonra y deshonor a la familia, se dice que lo persiguió insistentemente, llegando a presentarse en la casa de la joven amante, poniendo a sus padres al tanto de los sucesos, obligándola a dar fin a esa relación. Y este habría sido uno de los puntos altos que lo llevó al derrumbe y debacle final.
Desde Retiro viajó en tren al Tigre y desde allí en la lancha “Egea” al Recreo “El Tropezón”. En una tarde calurosa pasó largos ratos mirando al río. Luego en su habitación, pidió un whisky y agua. Ya solo, ingirió el cianuro que de ex profeso llevara, apurándolo con medio vaso de la fuerte bebida.
Más luego lo encontrarían convulso y con la cara violácea por el veneno.
En la mesa de luz había una carta que entre otras cosas decía: “Pido que me sepulten en la tierra sin cajón y sin ningún signo ni nombre que me recuerde. Prohíbo que se de mi nombre a ningún sitio público. Nada reprocho a nadie. El único responsable soy yo de todos mis actos”. Corría el 18/02/1938. Tenía 63 años.
Sin querer justificar esos amores prohibidos, vale recordar una anécdota que relata Manuel Mujica Láinez: “A Leopoldo Lugones lo conocí bastante. Poco antes de su muerte, me invitó a almorzar en el Yacht Club. Estaban, además, su mujer, Juanita González, y el escritor español Eugenio Montes. Cuando, días más tarde, tuvimos en Mar del Plata la noticia de su suicidio, recordamos que durante ese almuerzo su insoportable mujer no había hecho más que contradecirlo irritantemente. Era un hombre fascinador”.
Sus restos recibieron sepultura en el Cementerio de la Recoleta, permaneciendo allí 55 años, ya que el 18/02/1993, en homenaje organizado por la SADE y las autoridades municipales de Villa de María del Río Seco, fueron trasladados al cementerio local, en un avión de la Fuerza Aérea Argentina. De dicho acto solemne participaron el Secretario de Cultura de la Nación, el Presidente de SADE, y autoridades municipales.
Al momento de su muerte expresó Borges: “Decir que ha muerto el primer escritor de nuestro idioma es decir la estricta verdad, y es decir muy poco”.
Por 1949, Carlos A. Erro escribió en La Nación: “Asombraba por el magnetismo de su palabra. (…) Era un criollo hecho y derecho. Criollo de tierra adentro a quien el influjo telúrico había marcado indeleblemente”.
En este 2020 se cumplen 145 años de su natalicio y 82 de su partida.
La Plata, 10/03/2020

(1)   El Payador de Leopoldo Lugones, por F.L.B. (La Nación, 14/01/1962)

Bibliografía

-Romances del Río Seco, de Leopoldo Lugones – Edición 1948
-Leopoldo Lugones, por Carlos A. Erro (La Nación, 13/03/1949)
-El Payador, de Leopoldo Lugones – Edición 1961
-Leopoldo Lugones (selección), por Leopoldo Lugones (h) – 1962
-El Payador de Leopoldo Lugones, por F.L.B. (La Nación, 14/01/1962)
-Otro Lugones se mata, por A. Saez Germain (Rev. Gente 331, 25/01/1971)
-También fue de Correos y Telégrafos, por Roberto Asquini (Rev. Postas Argentinas 362,
  5-6/1974)
-El Día, 13 y 18/02/1993
-Entre la flecha y la espada. (El Día, 27/06/1999)
-Lugones enamorado, por Aurora Venturini (El Día, 22/10/2000)
-Opinión de Mujica Láinez. (La Nación Cultura, p.2 – 18/04/2004)
-Lugones y el “Martín Fierro”, por Ismael Pozzi Albornoz (El Tradicional 55, 9/2004)
-Evocación de Leopoldo Lugones, por Antonio Cóccaro (El Día, 24/02/2005)