sábado, 17 de octubre de 2026

" EL CARMEN DEL PESCADO"

 Viajando de La Plata a Magdalena por la Ruta Provincial 11, tras pasar los dos puentes que cruzan la “Y” griega que forma el curso del “Arroyo El Pescado”, en esa gran curva, a mano izquierda, se encuentra el campo que supo llamarse “El Carmen del Pescado”. Políticamente corresponde al partido de Berisso.

Si bien había pasado frente a ese lugar, ciento o incontables veces, nunca había traspuesto la tranquera de entrada. Esto recién ocurrió en el otoño de 1974, época por la que mi tío abuelo político, Don José Ceratto, arrendaba el predio para invernar hacienda.

Dueña de esa propiedad era una señora francesa, muy religiosa (de la que no recuerdo el nombre), que vivía en Capital Federal, y ya no visitaba personalmente el lugar. Ella lo había heredado de su esposo Bartolomé Daneri.

Este era sobrino de Don Juan Berisso (el que instaló saladeros y dio nombre a la ciudad y partido), y de alguna manera siguió su ejemplo ya que se dedicó a comprar campos y hacienda en la zona. Hacia 1892 compra ese campo que se conocía indistintamente como “El 22” o “El Pescado”. Por esa época se asocia con Andrés Castelli conformando una sociedad por el tiempo determinado de cinco años que finalmente durará más, hasta 1907 creo. Compran el campo llamado “Los Talas” que mucho más adelante, en parte se loteará dando lugar a la localidad que actualmente se conoce con ese mismo nombre. En esas inversiones totalizan unas 2200 hectáreas. Al disolverse la sociedad de común acuerdo, Daneri se queda -entre otros bienes- con las 430 hectáreas que conformaban “El Pescado”.

Estos datos los brinda la historiadora Lía E. M. Sanucci en su libro “Berisso”, de 1983.

Si bien siempre me consideré documentalista, voy a citar dos hechos sin respaldo genuino, uno de los cuales lo creo muy cierto.

El primer hecho es contar que Bartolomé Daneri integró el Cuerpo Diplomático Argentino, habiendo sido embajador en un país africano. Como tuve oportunidad de ingresar en la “casa de los patrones” allí en “El Carmen del Pescado”, la que ya hacía mucho nadie ocupaba ni visitaba, pude ver dos antiguas valija de color marrón oscuro, de cartón con refuerzos de varillas de madera, con la leyenda en letras blancas de “diplomática”, lo que avalaría aquello de que fue embajador. La historia contaba que estando en ese destino conoció a una señorita francesa con la que se casó.

El Asilo de Ancianos que se encuentra en el otro extremo del campo, hacia la calle Montevideo, se mentaba que fue hecho construir por esta dama que a su vez lo donó. La misma tenía en Buenos Aires, un edificio de pisos con una estación de servicio en la base, y todo eso fue cedido a una orden religiosa de la que ella era devota, ya que no tuvieron hijos.

El segundo hecho, más incomprobable, decía que había sido guitarrista de Carlos Gardel, pero esto es solo una anécdota a la que no adherimos.

La casa, de buena construcción, era chata, de techos colorados, con un sistema de canaletas y cañerías que recogían el agua de lluvia que se depositaba en un aljibe.

Algo separada estaba otra construcción tipo rancho, pero muy venida a menos, en la que -allá por 1974- moraba Luis Gómez, el paisano que mi tío abuelo, había ocupado de puestero, seguro por muy poca plata, pero con el permiso de poder tener algunos animales suyo.

Este paisano era de la época de mi padre (que era clase 21), y había sido vecino de la chacrita de mis abuelos Risso, por lo que se conocían de toda la vida. Antes del momento en que lo ubico, había sido domador, y como no tenía campo, galopeaba los potros en la calle vecinal que pasaba frente al modesto rancho en que vivía con su madre y dos hermanas. Para ubicar esta calle, digo que yendo por Ruta 11 hacia Magdalena, es la última calle a la derecha, antes de llegar a la Cañada de Arregui (Tubichaminí, en la nominación más antigua). Luis también era aficionado a subir en las jineteadas que se hacían en la zona.

Era un paisano elegante, humilde pero siempre bien puesto, de estatura regular, gran sombrero tipo chambergo de ala requintada, de chaleco tejido (seguro que por sus hermanas) y de facón a la cintura. En su recado se destacaban los grandes estribos de suela llamados “sureros”. Así era el Luis Gómez que conocí en mi niñez cuando pasaba frente a su rancho en viaje de visita a mis abuelos.

Muy otro era el Luis Gómez frente al cual desensillé mi montado el día que a mis tres pingos lo solté en ese campo. Frisaría los 52/55 años, y estaba muy abandonado.

Entrar al rancho en que vivía y cocinaba, era imposible, por eso mateábamos e inclusive comíamos sentados junto a una de las puertas. No sé cómo ¡ca… racoles! lo hacía, pero con él he comido los más ricos guisos de fideos (no sé cuántos gorgojos tendrían, pero no se notaban). Mi padre le había negociado un reloj de bolsillo que conservo, con las iniciales de su padre.

Después de aquella mi primera llegada, era mi padre el que iba seguido para andar los caballos, pero cuando en 7/1979 mi padre falleció, comencé a visitarlo, he incluso a llevarle para Navidad y Fin de Año, algún budín, pan dulce y sidra, cosas que él no consumía habitualmente.

En una oportunidad entró a esa “covacha de Viejo Vizcacha” donde nunca entré, y volvió trayendo una hermosa daga, larga y de hoja angosta, que puso en mis manos. Me dio vergüenza y no me animé a ofrecerle algo, pensando que podía pensar que me estaba aprovechando, haciendo un negocio, pero hoy pienso que se hubiera desprendido de ella y que quizás era lo que quería.

Respecto de su origen se decía que era “de los Ferrea” de Bavio, y que contaba con una muerte.

No mucho después del año antes mencionado, Gómez, que tras el abandono de ese campo por mi Tío Ceratto siguió permaneciendo en el lugar, tuvo un grave problema: uno de sus animales se salió a la ruta, donde fue atropellado por un automovilista, que le inició una causa judicial, lo que incidió en la perdida de todos los animales del pequeño rodeo que había logrado formar, marchándose del lugar hacia Magdalena donde estaba su madre, con una mano atrás y otra adelante. Cosas de “caranchos”, que les dicen.

 Ese fue para mí el fin de Luisito Gómez: nunca supe más nada de él.

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 Una referencia adicional: en 1935 nació en ese campo Alfredo Burgos, ya que su padre trabajaba en él. Allá por 1977 se casó con la hermana menor de mi padre: la querida Tía. Nona, la que siempre en las reuniones familiares nucleaba a todos los primos que éramos 15. Cuando los Burgos se fueron del lugar se llevaron el cartel de chapa enlozada que muestra la foto, que estaba junto al alambrado, en la entrada. Allá por los ’80 Tío Alfredo me lo regaló y hoy está en mi museito. Los manchones que se ven, son producto de los tiros que le hacían los cazadores, a raíz de lo que dice el letrero.


Texto de Carlos Raúl Risso E.-

lunes, 21 de septiembre de 2026

 

LA DAGA ESCONDIDA

 




Aproximadamente, corría 1965, tenía entonces unos 13 años.

Con mi padre habíamos ido de visita a la chacrita de los abuelos Risso, en lo que antes habían sido campos de las hermanas Gómez, si la información que tengo no es errada. Como siempre lo hacíamos habíamos ido de a caballo.

Era una linda mañana de tiempo primaveral. Estábamos delante de “las casas” que tenía forma de “L”. La parte larga, era una casilla de madera dando el lomo al sur -más o menos-; en esa parte de atrás se le había anexado una construcción tipo rancho, donde había una pieza larga de techo bajo donde había 2 o 3 camitas y era donde dormía cuando iba a pasar algunos días. La pata corta de la “L” era un ambiente amplio, en construcción de rancho, con un cielorraso panzón hecho con alpilleras: la cocina. Un ambiente muy cálido. Como todo el resto, siempre muy pulcro, muy prolijo. Que una cosa es ser pobre y otra ‘dejao’. Allí la cocina económica puede decirse que “brillaba”; era de aquellas que tenía un reservorio para tener agua caliente disponible todo el tiempo.

Delante de “las casas” un jardincito muy  bien acomodado que la abuela Rosa, y fundamentalmente la tía Nona, se encargaban de que siempre estuviese así.

En una de esas mi padre se pone en acción: quita una planta con su recipiente -tipo maceta, digamos- que estaba arriba de un tronquito de unos 30/40 cm de alto, lo corre de lugar, y me dice algo así como: “Vamos a ver si está”.

La casilla tenía en todo su frente algo así como una galería o alero, y en las chapas de la misma, buscó el cruce de dos, levantó una un poco, y fue metiendo el brazo hasta que dijo: “Acá está”, y cuando lo retrajo venía en su mano un cuchillo de respetable tamaño, vaina de suela negra, cabo de plata vieja. Lo desenvainó y era un arma de doble filo en todo el largo de la hoja, una daga, sin marca, ni cuño en el cabo. La vaina, en la parte de atrás tenía un corte casero en forma de “v”. Después que lo observamos un rato, lo volvió a acomodar en el sitio que estaba. Y me contó: “-Cuando yo era chico, ya estaba acá escondido”. Él era de 1921, por lo que ese “cuando yo era chico” se me ocurre ubicarlo por el ’30, por lo que a ese momento ya hacía como 40 años que estaba ahí “guardado”. Quizás el único que supo a quién correspondió haya sido mi abuelo Santiago (era de 1893) y se llevó el secreto a la tumba.

Muere él en 02/1972, y el pedacito de campo se vende, con el motivo de comprarle a mi abuela un terreno y una casilla en el Pueblo de Bartolomé Bavio. Quién compró el lugar, demolió todo lo existente e hizo casa nueva, cómoda y moderna.

En los años 80, yo visitaba a Tía Nona (la abuela murió en 1977) que se había casado con Alfredo Burgos. Entonces tenía auto y una vez al mes iba, a veces con la familia, a veces solo, otras veces con mis hijos. En una de esas acordándome del cuchillo, pregunto: “-¿Tía, cuando se vendió el campo, el cuchillo aquel que estaba entre las chapas, quedó ahí…?”. “-¡No! -fue la respuesta- lo sacamos”, “-¿Y dónde está?”, repregunto. “-Sabes que no me acuerdo”, y automáticamente sale de la casa, ya que en el terreno de al lado, separado por un alambre tejido, vivía una hermana mayor, Tía Lelia, a quien llama y le hace la consulta. Conclusión: ambas recordaban haberlo sacado, pero ninguna tenía claro donde se había guardado. Terminada mi visita, al despedirme, le digo a la Tía: “-Si el cuchillo aparece y a ninguno de ustedes le interesa, a mi sí. Te lo encargo”.

Corrió el tiempo, se sucedieron visitas, y en una ocasión la sorpresa: “-¡Apareció el cuchillo! El Tío (por su esposo Alfredo), estuvo haciendo limpieza en el galponcito, quemando unos trastos viejos, y al volcar un roperito apolillado, se salió el cajón, y en un doble fondo estaba el cuchillo”.

Aquella tarde noche volví exultante a mi ranchada en La Plata.

La vaina del cuchillo era de suela negra y mostraba mucho uso, como que su extremo lucía la punta gastada del continuo roce contra el cojinillo del recado. Limpié su hoja, la pasé en la piedra, lustré el cabo y lo comencé a usar, y un día que no recuerdo a que fiesta habíamos ido con Carlitos Ameghino (Presidente de La Montonera de Ensenada), después que lo anoticié de esta historia, me dijo: “-Dejámelo que a esa vaina la voy a hacer picaza”, claro, él era platero. Y le hizo nomás un trabajo que simula ser antiguo para que quede más o menos referenciado con el cabo.

Si bien las fotos son ilustrativas, aporto las medidas: largo total 46 cm: cabo 12,03; hoja 29 ½, vaina 33 ½

Esta es la curiosa historia de un facón que suelo usar. ¿Vaya a saber en qué pendencia anduvo?, para terminar escondido entre el cruce de dos chapas. Con seguridad Don Santiago Risso, supo a quien hizo esa gauchada…

Hace poco, hablando del tema con mi prima hermana Mirta Espinel que vive en Bavio, ésta me sugería el nombre de un viejo caudillo conservador lugareño, muy amigo del abuelo, aunque éste era más vale radical, pero… la política es una cosa y la amistad… muy otra…

domingo, 21 de diciembre de 2025

¿PASEO...? ¡NO! DESFILE

 Unapalabra que comenzó a sonar “mal” no hace mucho tiempo, es la palabra desfile. Y si bien la pobre palabra no hizo nada malo, lo “malo” para ella -aunque parezca mentira-, lo trajo la democracia. En ese momento, después de siete años de despótico gobierno militar, se comenzó a romper con todo lo que tenía que ver con orden, reglas, normas de respeto, etc., como buscando distanciarse de lo que tuviese que ver con “los uniformes”, y fue allí, cuando la indefensa palabra desfile empezó a caer en desgracia, porque parece ser que los que desfilaban eran los soldados. Pero hacer esta observación es mirar la realidad con un solo ojo… y encima… medio tapado, porque baste recordar que cuando en un pueblo o una ciudad se festeja su aniversario o las patronales, se organizan desfiles por las calles principales, y entonces se encolumnan las fuerzas vivas: los niños de las escuelas primarias, los adolescentes de la secundaria, los jóvenes de los distintos clubes, la gente de la tercera edad, los boys scaut, los bomberos, etc., etc., y desfilan todos orgullosos sin ocurrírseles pensar que “están haciendo un paseo”… porque en realidad no lo es.

Y si vale un ejemplo absurdo, pero que por lo mismo puede ser muy claro, pensemos en esas lindas mujercitas que recorren con buenas figuras y gracejo, las pasarelas de las modas, desfilando… y no creo que a nadie se le ocurra comparar tal situación con un desfile militar…

Actualmente se confunde, queriendo reemplazar dicha palabra con la expresión “paseo”, cuando resulta casi imposible encontrar en los libros y artículos escritos 120 o 150 años atrás, alguna referencia que indique que los gauchos salían a pasear. Sí podrá encontrarse la referencia de que “fulano se endomingó como pa’ dir de paseo”, “mengano salió de florcita”, pero él solo, no en grupo ¡y en formación de dos por dos!

Siempre recordamos cuando el poeta Roberto Coppari contaba que en su juventud allá en la Estancia “El Mirador” de Casilda (Santa Fe), cuando las Fiestas Mayas o las patronales del pueblo, todos los mensuales juntos o unos cuantos de ellos, con sus mejores pilchas y aperos, salían rumbo al pueblo a participar de las corridas de sortija… pero no decían que iban “a pasear”.

Por otro lado, estos “seudos paseos” de hoy, que raros y ordenados son, los paisanos van de dos en dos, tratando de conservar la distancia, encabezados por una yunta que va con bandera y banderín… casi que no parece que andan de paseo, se diría más vale que van… desfilando!

domingo, 5 de octubre de 2025

EDUARDO ANDRÉS GROMAZ PARRA

 Este mes de octubre es aniversario del desaparecido poeta "cuasi" Marplatense que estaría cumpliendo 103 años. Un referente del tradicionalismos de esos pagos. Entre sus muchos temas, "El Carrero" (también conocido como "Carrero Viejo"), tuvo mucha vigencia en las décadas del 70 al 90.


Nació en el campo “La Morocha”, en Napaleofú, partido de Balcarce, el 13/10/1922, siendo hijo de Doña María Micaela Parra y Don Federico Gromaz, ambos españoles, siendo Andrés el mayor de 8 hermanos.

En la vida rural -donde hizo de todo un poco-, su primer oficio fue ser boyero de tambo, iniciándose alrededor de los 13 años, y un lustro más tarde cuando comienza a borronear renglones, uno de sus primeros versos los dedica a ese primer trabajo.

En otro cuenta: “Caballerizo, mensual, / peón de tambo y arador, / y aunque no fui domador / como tuve algún pariente / en un redomón corriente / supe andar como el mejor.”

Por 1940 empezó a trabajar en un “almacén de ramos generales” en San Martín, partido de Lobería, y a los 20 años se radica en Mar del Plata, donde desarrollará su vida y donde se abocará afanosamente a la defensa y difusión del quehacer tradicionalista.

No ha cumplido 22 años cuando debuta en la conducción de la audición radial “Mosaicos Criollos”, en LU6 Radio Atlántica, con la que estuvo 12 años en el aire.

A instancias de su padre (un español muy acriollado llegado al país a la edad de 16 años), de niño se aficionó a los versos criollos, habiendo sido “mi primera cartilla… el Martín Fierro”, como alguna vez escribió. De allí a volverse autor había tan solo un tranco, y ese tranco lo dio con tal solvencia, que en el ambiente del tradicionalismo marplatense no dudaron en llamarlo “El Poeta de la Tierra”.

Como buen poeta popular eligió las estrofas rimadas para expresarse, y si bien manejó las distintas formas, se inclinó principalmente por las décimas, a las que supo imprimirle una sabrosa expresión paisana, con un decir llano y simple, directo, como si fuese contando cuestiones de su propia vida.

Héctor del Valle, Rodolfo Lemble, Alberto Merlo y Daniel Garbizu, han grabado temas de su autoría.

Lo sobrevive un libro: “Como Soy”, aparecido póstumamente. El mismo se presentó en la Sala A del Centro Cultural Gral. Pueyrredón, el 11/11/1999. El mismo fue reeditado en 02/2014.

Lo cierto es que nuestro poeta falleció el 13/11/1994, cuando junto a 3 de sus hermanos, ya montados, se encaminaban a participar del desfile en la Fiesta de la Tradición, en el campo de jineteada aledaño al Museo Municipal “José Hernández”, y junto a la Laguna de los Padres.

Tenía 72 años y mucho por dar aún.


martes, 11 de febrero de 2025

Del Anecdotario: Eustaquio Tolosa

 Me motiva escribir estos renglones, la circunstancia de que en estos últimos meses fueron publicados dos artículos, por dos autores distintos –donde se me menciona y se referencia mi libro, cosa que agradezco-, en los que se da a entender que el célebre caballo doradillo colorado del cuerpo de Granaderos a Caballos llamado “Decano”, fue animal de la silla del General San Martín, lo cual es inexacto, ya que ninguno de los libros de memorias de camaradas suyo, lo citan, ni tampoco los historiadores, empezando por Mitre y los López, lo dicen.

Se novela la realidad y se la idealiza; el caballo ni nació a la sombra protectora de un ombú cercano a la casa de la estancia, ni fue criado por quien después sería el Tnte. Cnel. Miguel de los Santos Cajaraville (hasta entonces este era solo “un niño” porteño).

Hay que tener idea de la vida de la antigua estancia criolla. Entonces no existían las cabañas criadoras de yeguarizos; no había animales de raza, y todos los montados respondía al caballo que después se dio en llamar “raza criolla” y entonces se distinguía como “el caballo del país”. Las estancias tenían manadas en estado natural y estas, por lo general, se aquerenciaban en las peores partes del campo, como pueden ser los bajos y bañados. La doma, sin vuelta de hoja era a la criolla, y sabían salir caballos como este que se ganó en la historia.

De esa manada y ya hechos caballos, fue que Don Andrés Cajaraville eligió dos para que su hijo pudiese cumplir el sueño de integrar los granaderos.

Concluida la Campaña de Chile y enfermo el soldado, éste pidió la baja, y tras volver a la Patria fue a recluirse en la Estancia paterna ubicada geográfícamente en la zona rural de lo que HOY es el pueblo de Bavio.

Allí no había galpones. Solo un rancho a dos aguas, con paredes de ladrillos (fabricados estos en un puesto de la estancia que tenía horno), bastante largo, techado con tejas de ripia (de madera, estas). Según el historiador de Atalaya, Don Raúl Afranchino, el soldado transformó en box la habitación del extremo sud de esa construcción para brindar cobijo a su animal, que vivió allí desde (aproximadamente) la primavera de 1820 hasta 1825, dato este que nos sirve para cerrar diciendo que este año se cumplen 200 años de la muerte de tan noble pingo.

¡Valga tu recuerdo, valeroso “Decano”!

La Plata, 04/febrero/2025

Carlos Raúl Risso E.-



DECANO - el caballo que NO FUE de la silla de San Martín

 Me motiva escribir estos renglones, la circunstancia de que en estos últimos meses fueron publicados dos artículos, por dos autores distintos –donde se me menciona y se referencia mi libro, cosa que agradezco-, en los que se da a entender que el célebre caballo doradillo colorado del cuerpo de Granaderos a Caballos llamado “Decano”, fue animal de la silla del General San Martín, lo cual es inexacto, ya que ninguno de los libros de memorias de camaradas suyo, lo citan, ni tampoco los historiadores, empezando por Mitre y los López, lo dicen.

Se novela la realidad y se la idealiza; el caballo ni nació a la sombra protectora de un ombú cercano a la casa de la estancia, ni fue criado por quien después sería el Tnte. Cnel. Miguel de los Santos Cajaraville (hasta entonces este era solo “un niño” porteño).

Hay que tener idea de la vida de la antigua estancia criolla. Entonces no existían las cabañas criadoras de yeguarizos; no había animales de raza, y todos los montados respondía al caballo que después se dio en llamar “raza criolla” y entonces se distinguía como “el caballo del país”. Las estancias tenían manadas en estado natural y estas, por lo general, se aquerenciaban en las peores partes del campo, como pueden ser los bajos y bañados. La doma, sin vuelta de hoja era a la criolla, y sabían salir caballos como este que se ganó en la historia.

De esa manada y ya hechos caballos, fue que Don Andrés Cajaraville eligió dos para que su hijo pudiese cumplir el sueño de integrar los granaderos.

Concluida la Campaña de Chile y enfermo el soldado, éste pidió la baja, y tras volver a la Patria fue a recluirse en la Estancia paterna ubicada geográfícamente en la zona rural de lo que HOY es el pueblo de Bavio.

Allí no había galpones. Solo un rancho a dos aguas, con paredes de ladrillos (fabricados estos en un puesto de la estancia que tenía horno), bastante largo, techado con tejas de ripia (de madera, estas). Según el historiador de Atalaya, Don Raúl Afranchino, el soldado transformó en box la habitación del extremo sud de esa construcción para brindar cobijo a su animal, que vivió allí desde (aproximadamente) la primavera de 1820 hasta 1825, dato este que nos sirve para cerrar diciendo que este año se cumplen 200 años de la muerte de tan noble pingo.

¡Valga tu recuerdo, valeroso “Decano”!

La Plata, 04/febrero/2025

Carlos Raúl Risso E.-

domingo, 12 de enero de 2025

OMAR ITALIANO - Poeta Ayacuchero

Salvando una deuda – Ni cuando hice el micro radial de 200 emisiones titulado “Poetas criollos y… otras yerbas”, en la audición “Canto en Azul y Blanco” de Oscar Lanusse, por Radio Universidad Nacional de La Plata; ni cuando a la mayoría de esos trabajos los compilé con forma de libro en “150 Semblanzas de Poetas Criollos Bonaerenses” en 2023, incluí al poeta Omar Italiano. Fue una desgraciada omisión que no tiene explicación alguna, y más lo lamento porque no creo que vuelva a realizar una edición ampliada de ese libro. En parte me ayudará a salvar dicha falta, esta publicación a través de sitios de Internet.

 ITALIANO, Omar Alfredo – El poeta y cuentista de Ayacucho, nació en el hogar conformado por María Angélica Fiorita y Hermenegildo Luis Italiano, en el año 1924. Su padre fue escritor y periodista.

Tuvo tres hermanos pero desconocemos los nombres. Esto se certifica porque en carta que en 1972 cursara al escritor/historiador ayacuchense, Ángel H. Azeves, le dice: “…he hablado con mis hermanos…”.

Escribió desde la infancia, y explicó: “…he tenido intuitivamente, necesidad de manifestar mis ideas y sentimientos en prosa o poesía, sin forzar mi voluntad para hacerlo así, casi como un impulso natural y placentero siempre para mi intina complacencia y sin interesarme que trascendiera a los demás”.

Fue extremadamente severo en juzgar sus creaciones, lo que lo llevaba a guardarlas sin compartir, salvo un grupo íntimo. Y fueron esos pocos (familiares e íntimos amigos) los que lo indujeron a darlos a conocer en las páginas de un libro.

Éste se tituló “Imaginando Realidades – poemas y cuentos”, y apareció en 4/1998 impreso en Talleres de Gráfica Linares, de Tandil, edición que corrió a cargo de la Municipalidad de Ayacucho. Libro divido en dos partes, l primera con 24 poesías y la segunda con 12 cuentos.

Sus versos criollos llegaron a la Capital de la provincia y sus alrededores de la mano del payador y cantor Rodolfo Lemble, cuando éste se afincara por estas latitudes. Oportunamente le grabaría: “Te debo aquel poema”, con melodía de vals, y las milongas “Con la mejor intención”, “Siempre se aprende”, “Mirando al sur” y “Ni en la loma ni el pozo” ésta como milonga corralera.

Casado con Isabel Nobleza (“Isabelita”), conformaron un hogar que se prolongó en dos gajos: Héctor Omar y Lis Estela. En su vida de todos los día y laboral, fue martillero público.

De sus creaciones aclaró: “Eso sí, estos hijos literarios son auténticamente míos, sin copias ni imitaciones voluntarias, sin intenciones subrepticias, totalmente sin mala fe y por eso asumen íntegramente errores y aciertos si los hubiere”.

Falleció el poeta en su ciudad de radicación, a los 95 años de edad, el 25/09/2019, procediéndose a la cremación de sus restos en la ciudad de Dolores.

Del Anecdotario

En dos oportunidades estuve y compartí palabras con Italiano.

La primera fue el 20/06/1983. En esa década del 80 La Plata vivía un efervescente fervor tradicionalista, encabezado por la Comisión Permanente de la Tradición en La Plata.

En dicha jornada se rendía homenaje a la enseña Patria, en el Monumento a la Bandera de Plaza Belgrano (Avda. 13 e/39 y 34). Se me había designado para el uso de la palabra, cosa que se había vuelto habitual a pesar de que era yo un mozo de 30 años. Mucho público congregaba el homenaje (hoy no sería ni parecido). Concluido el acto, con mucha gente formando corrillos de conversación, se me acerca un señor, sesentón quizás, más vale bajo, que me saluda cortésmente, me felicita por lo dicho, pero… me hace una observación: “Le recomiendo que la próxima vez que hable, no lea, improvise, hágalo sin papel”. Le respondí algo así como que “eso era imposible”. Pero su dicho había calado profundamente en mí. Y ocurrió que para el próximo discurso, ni lo estudié de memoria ni llevé algo escrito, ni siquiera apuntes. Y así fue de ahí en más. Gracias al aporte de este hombre.

La segunda ocurrió el 24 o 25/09/1999, tres lustros y yapa después. En la ocasión viajamos a Ayacucho con Manuel Rodríguez para asistir a la presentación del libro “Del Chiripá al Pantalón” de Abel Gari. Tras el acto, éste nos invitó a su casa a compartir unas empanadas y un vaso de vino, y allí departimos y compartimos con Omar, tratando de recordar viejos versos a dos voces, como fue el caso de “El Despido”, hasta pasadas las 3.30 de la noche.

En un momento dado después de medianoche Omar se retiró y volvió al rato con un ejemplar de su reciente libro, con una dedicatoria estampada: “Para Carlos R. Risso materializando la permanencia de mi vínculo que aunque signado por largas ausencias nunca fue negado ni olvidado; dejo en tus manos cuatro emociones que en letras se hacen realidad”. Algo de lo que dice tiene que ver con que no gustaba responder la correspondencia que se le enviaba… y yo le escribía.

                                                                                                       La Plata, 12/01/2025

Carlos Raúl Risso E.-