sábado, 2 de octubre de 2021

FRANCISCO MADERO MARENCO ¡De Tal Palo... Tal Astilla!

 


Siempre recuerdo aquella tarde de 1995, en que junto a dos o tres compañeros de la AAET (1), nos trasladamos a Bo. Norte en la ciudad porteña, para llegarnos en calle Anchorena, al domicilio del gran Eleodoro Marenco.

Unos meses antes, la Asociación había decidido otorgarle al maestro el premio anual “Distinción Trayectoria”, pero encontrándose ya enfermo le fue imposible trasladarse para recibirlo. La enfermedad seguía avanzando, y fue así que decidimos llevárselo a su casa.

Coordinado día y hora, nos recibió cordialmente su esposa, doña Ernestina (‘Tina’ para la familia)…., las tres hijas mujeres y un jovencito preadolescente llamado Francisco.

Departimos en un marco de suma amabilidad, conociendo muchos secretos y asuntos íntimos de la vida del artista gaucho, quien permanecía fuera del alcance de nuestra vista en su lecho de enfermo; de tanto en tanto alguna de las hijas se acercaba a verlo, y regresaba contándonos que encontraba en las voces que oía, la de queridos amigos de otros tiempos, como que algunos ya no estaban. Su lucidez mental se había extraviado y la familia prefirió que no lo viéramos.

Entre las cosas que conocimos, ‘la abuela’ nos contó que en la última Exposición que en 1991 montara Don Eleodoro, colgó junto a sus obras, dos cuadros de ese nieto que quería ser como él, y lo había hecho porque en las mismas despuntaba calidad y claridad. Una de esas obras, colgaba de una pared en la sala en que estábamos: una cabeza de caballo.

Ese nieto es el artista que hoy disfrutamos y se llama Francisco Madero Marenco, el mismo que recuerda -no sin cierta emoción- que Don Eleodoro lo trataba como “un nieto / colega”, lo que quizás hizo que él mismo lo viera más como un amigo que como su abuelo.


Para ser un pintor costumbrista no solo hay que conocer y dominar las distintas técnicas pictóricas, sino, que hay algo mucho más delicado: conocer el ámbito rural, saber de la historia, interiorizarse hasta el tuétano sobre la cultura gaucha, conocer minuciosamente la conformación del caballo, no solo como un observador atento, sino como si fuese la propia yegua que lo parió. Y este cúmulo de saberes no está al alcance de todos los que quieren pintar, que hay que ser medio un ‘iluminado’ para acumular ese invalorable saber que no lo brinda ninguna Universidad por más antigüedad y lauros que ostente.

Sus cuadros son una ventana que se abre en el tiempo para trasladarnos con certeza al momento en el que el artista ubicó la acción. Su pintura nos hace vivir con el corazón latiendo fuerte, en la época del gaucho neto: tiempo de estancias sin alambrar, de fortines, de postas heroicas, de malones tremendos, de arriesgadas mensajerías, de domas criollas y efectivas (de que ‘racional’ me hablás…?), de tropillas de veinte caballos, de yerras a campo, de pulperías clavadas como mojones civilizadores en la dilatada pampa, de puestos que eran como avanzadas en tierra de nadie.

Pero no se queda allí el artista, porque como en un guiño cómplice nos hace recorrer la campaña del Siglo pasado, llegando hasta un poquito más allá de la mitad de la misma. Por eso con certeza y precisión Luis Ma. Loza supo afirmar en algún momento: Es el caso de sus clásicas escenas camperas, obras que algún día tendrán el valor agregado de convertirse en documentos históricos por ser referentes visuales precisos de nuestras tradiciones” (el destacado es nuestro).

Con una idea parecida pero en verso, en cierta ocasión le escribimos:

 

¡Salú, Panchito Madero!

Me congratula tu arte

y ya te sé un estandarte

del sentimiento campero.

Es mi saludo -entre ‘enteros’-

relincho de potro, hermano,

y al apretarte la mano

a lo vasco ordeñador

te digo: ¡si es superior

tu espresión de los paisanos!

 

¡Con cuanta satisfacción debe estar mirando desde “la gaucha trapalanda”, el abuelo Cacho, los logros de aquella promesa que él conoció! Y que hoy, ‘los que andamos por la güeya’, lo certificamos: consagrado.


Con razón y convicción ha dicho Madero Marenco, que el del gaucho "…es un tema verdaderamente inagotable", y lo afirma porque así lo siente; y a pesar de su juventud, le viene de lejos, porque "Ver pintar a mi abuelo y escucharlo en interminables conversaciones decidió mi destino para siempre", porque además, "Cuando entraba en su taller (…) tenía de inmediato la sensación de encontrarme en un fogón de estancia", rememora en orgullosa evocación.

La observación detenida y minuciosa de sus obras hace que nos envolvamos de patria y vivamos lo nuestro a través de los ojos, que nos llenan el espíritu de celeste y blanco”, tal lo que reflexionó José Piñeiro Iñíguez, y es que como meditó nuestro siempre recordado amigo Istueta Landajo, en cada obra logra el artista “dejar, quieto un instante, para siempre”.

Si bien hombre de llanura, claro exponente del gaucho porteño, su curiosidad, ganas de conocer, de saber más, de formarse íntegramente con un sentimiento federal, han posibilitado que por su paleta hayan sabido desfilar hombres y escenas de todos los rincones de la geografía Patria; que los seres podemos tener variaciones de una región a otra, de una a otra provincia, pero… el sentimiento de identidad gaucha es uno, y bien lo sabe resumir la pincelada firme y coloreada de nuestro artista, exigente con la obra y para consigo mismo en ese afán de aprender.

Algo de lo dicho pretendí resumir en esta décima:

 

Bien quiero Pancho Madero

y Marenco, pa’ más dato,

que pases un feliz rato

junto a tus cuadros camperos.

Ha de ser un ‘hormiguero’

Arandú, con esta cita,

que la Patria necesita

de tu armonioso pincel,

la certeza siempre fiel

que’n tu gaucho ser palpita.

 

Y es que el mismo Madero Marenco reflexiona, dirigiéndose a los negacionistas que nunca faltan: "Parece que no saben que sin el gaucho no hubieran sido posibles las guerras de la Independencia". (el destacado es nuestro).                  

Valga decir que en nuestro afán de difundir y defender a nuestros poetas, escritores, artesanos, pintores… siempre tratamos echar un vistazo sobre su vida íntima y personal, para que el lector pueda -más allá de la pública- también conocer algo de su condición humana más íntima, y por eso decimos que “Pancho” nació en la Ciudad de Buenos Aires, el 11/04/1980, en el hogar conformado por Mercedes Marenco y Guillermo Madero, hogar al que ya habían arribado Guillermo y Carolina, y al que por último se sumaría Rocío.

A los días de nacer, la familia volvió a la Ea. “La Merced”, situada en las vecindades del pueblo de Juan José Paso, entre las localidades de Pehuajó y Trenque Lauquen, establecimiento en el que desde varios años atrás su padre se desempeñaba como mayordomo.

Las inundación de la década de 1980 obligaron a la familia a radicarse en la Capital, donde Francisco cursó los estudios primarios, secundarios y universitarios, coronando los mismos (por así decirlo), cuando a los 22 años -en el 2002- rindió y aprobó la última materia de la carrera de Economía y Administración Agraria, en la UBA.

A partir de allí, se mudó al campo con su padre (se había establecido en Gral.



Lavalle), realizando vida de campo a la par de la de los pinceles.

Hoy está radicado -junto a su esposa Clara y sus hijos Manuelita, Felicitas y Santos-, próximo a la ciudad de Gral. Madariaga, dedicándose al campo y al arte, en una región en la que los campos, por cuestiones topográficas, parecen conservar las características de hace siglo y medio. Campos quebrados donde no ha entrado la reja.

Hablando de sus certezas y fotográficas creaciones, cuando la exposición en Arandú en 2012, José Antonio Abásalo reafirmó diciendo: “Francisco nos vuelve a recordar en todas sus pinturas y en la claridad creciente de su obra artística, aquel viejo concepto de la sabiduría consagrada, que bien supieron acuñar Hernández y Lugones: <Lo que no es tradición es plagio>”.


Si pensamos en su abuelo Eleodoro -el gran pintor criollo-, y en que su madre Mercedes también es artista plástica, no nos queda más que afirmar que con Francisco se confirma aquel viejo adagio: “De tal palo… tal astilla!”.

La Plata, 27 de Septiembre de 2021

Carlos Raúl Risso


(1) Asociación Argentina de Escritores Tradicionalistas


jueves, 29 de julio de 2021

CHARLES ENRI PELLEGRINI - Un Argentino Cabal

 

 A pesar de que no nació en el país puede considerárselo un argentino cabal, pues habiéndose radicado de joven, todo lo que encaró lo coronó con éxito; aquí se casó formando familia, se consagró como pintor, realizó grandes obras civiles, fue estanciero, pionero en los movimientos culturales, y además, por si lo expuesto fuese poco, el primer inmigrante que tuvo un hijo que alcanzó la primera magistratura de la República. ¿Alguien puede dudar que fue argentino?
Nos estamos refiriendo a Charles Henri Pellegrini o para decirlo en criollo Carlos Enrique Pellegrini.

Nació en el hogar conformado por el arquitecto italiano Bernardo Bartolomeo Pellegrini, y la francesa Marguerite Berthet, siendo su lugar de nacimiento la ciudad de Chambéry, capital del Ducado de Saboya, donde vio la luz el 28/07/1800, siendo el 8vo. hijo del matrimonio.

Comenzó su formación educativa en el colegio de su ciudad natal. En 1819 inicia sus estudios superiores en la Universidad de Turín, los que finalizará en la École Polytechnique de París, donde en 1825 obtiene su diploma de ingeniero.

Las gestiones que por entonces realizaba en Europa el gobierno de Rivadavia, con el objetivo de atraer profesionales para desempeñarse en nuestra tierra, lo acercan al país, y así, a mediados de 1828 llega al Río del Plata, pero a raíz del bloqueo naval que Brasil imponía a causa de la guerra que se libraba en ese momento, se ve obligado a permanecer durante seis meses en Montevideo.

Arriba definitivamente a Buenos Aires en noviembre de ese año, siendo designado en el Departamento de Ingenieros Hidráulicos, donde se planeaban ambiciosas obras públicas como la construcción de un muelle de desembarco, la clarificación y distribución de las aguas del Plata, el establecimiento de baños públicos -proyectos rivadavianos, podría decirse-, pero a ese momento -según informe del Centro Virtual de Arte Argentino- Don Bernardino ya había abandonado el gobierno y el Gral Viamonte, que lo sucedió, disolvió el Departamento y canceló todos los planes de obras públicas. Había transcurrido un año de su arribo al Plata.

Necesitando trabajar para mantenerse, recurre a su afición por el dibujo y el retrato; y en aquellos años en que en la primitiva aldea la fotografía no se había aún hecho presente, y los buenos pintores, escaseaban, se le abrió un campo inexplorado con un auspicioso futuro económico, ya que según todos sus biógrafos, entre octubre de 1830 y septiembre de 1831, a raíz de 25 retratos por mes, confeccionó un total de 200, lo que le reportó la nada despreciable suma de $17.000 fuertes de esa época.

Cielito. Baile Nacional

Trabaja en sociedad o colaboración con el litógrafo César Hipólito Bacle quien ya estaba establecido con local propio, y al parecer la demanda era muy grande, encargándosele obras que plasmaban las reuniones sociales del patriciado porteño de entonces.

Para fines de esa fructífera década del ‘30 ya cuenta con local propio, y era como si todo el patriciado de aquella sociedad deseara quedar registrado por Pellegrini. Acapara la clientela.

Esos años fructíferos le han permitido agenciarse de un capital con el que en 1837, quizás queriendo tomar distancia de la política rosista, compra en Cañuelas -según algunos investigadores- la Ea. “La Figura”, haciendo una pausa con el arte y dedicándose a las tareas rurales.

1841 será un año significativo, ya que el 18 de mayo se casa con María Bevans Bright, hija del ingeniero inglés James Bevans, a quien había conocido en su breve paso por el Departamento de Ingenieros. De este matrimonio nacerán Julia y Carlos, éste, el futuro presidente de la República.

Julio E. Payró nos agrega que “en el mismo año de su boda, el ingeniero-artista fundó con Luis Aldao la ‘Litografía de las Artes’, que publicó gran número de estampas. Después de Caseros vendió su estancia y volvió a Buenos Aires, fundó la ‘Revista del Plata’ (1853) y desplegó actividad como ingeniero y arquitecto”. La citada revista, que se abocó a asuntos económicos, agropecuarios y culturales, tendrá una corta vida, como que en 1855 cesa su publicación.

En dicho taller y en el año de su fundación, se publican dos ediciones de su álbum Recuerdos del Río de la Plata’, compuesto de 20 láminas que reproducen vistas de la ciudad, iglesias, bailes y también escenas gauchescas.

Pellegrini y Flía. - Aproximadamente 1863 - AGN

Ya cuando su arribo a Buenos Aires a fines de 1828, principio del 29, había hecho a la acuarela, varias vistas de la Plaza de la Victoria y de otros espacios que llamaron su atención, como por ejemplo, El Fuerte.

Es importante resaltar -y en esto copiamos al CVAA- que conjuntamente con Mitre, Vélez Sarsfield, Alsina, Mármol, Duteil y Tejedor,  fundan el Instituto Histórico y Geográfico del Río de la Plata.

En la última etapa de su vida retoma la profesión de ingeniero/arquitecto, y de esa época se destaca la edificación del primitivo Teatro Colón, su obra edilicia más importante, que se inaugurara en 1857.

Volvemos a copiar a Payró para una definición final: Espíritu culto e inquieto, también se dedicó en cierta época a la composición poética. Son, sin embargo, sus dibujos, sus acuarelas y sus litografías los que inmortalizaron a Pellegrini…”.

El prolífico artista y profesional, falleció en la ciudad que lo acogió, el 12 de octubre de 1875, a la edad de 75 años.

Del valor de su obra en retrospectiva, nos habla la subasta de ‘arte argentino’ llevada a cabo por la casa “Hijos de Martín Saráchaga”, el lunes 9 de mayo de 2005, cuando su obra “El Fuerte de Buenos Aires”, fue vendida en la suma de $ 120.000, unos U$S 41.700 de la época.

Una ‘bicoca’… como quien dice.

La Plata, 15 de Noviembre de 2020

Bibliografía mínima

 

+ Payró, Julio E. – 23 Pintores de la Argentina 1810 – 1900 (EUDEBA, 1962)

+ Centro Virtual de Arte Argentino – Centro Cultural Recoleta

+  https://artedelaargentina.com.ar/disciplinas/artistapintura

+ Clarín, 09/05/2005 – Los precursores

+ La Nación, 1/05/2005 – De Palliére a Warhol

miércoles, 28 de julio de 2021

AROLDO RITACCO - Un Norteño en Buenos Aires

 Aclaramos de entrada que vamos a ocuparnos de un libro que no responde a la temática costumbrista, pero que sí habla de nuestra gente.

“Un Norteño en Buenos Aires”, de Araldo Ritacco, es un relato desarrollado en 120 páginas y dividido en 15 secuencias.


En él, un docente tucumano -Eustaquio-, cuenta su experiencia de radicarse en plena Capital Federal, una vez que estuvo jubilado.

La obra, que es lineal en su desarrollo, sin superposición de tiempos, situaciones ni personajes, se destaca por la sencillez de recursos y lenguajes, lo que no deja de ser un aval para su intención de ser un ejemplo útil, a quienes, muchas veces, se sienten deslumbrados y atraídos por las luces de la gran urbe.

El personaje se presenta diciéndonos: “Nací en Yerba Buena, allá al final de la avenida Mate de Luna, cerca del cerro San Javier, y en ese rincón casi descampado en aquel tiempo, fui creciendo, me hice hombre, estudié y al final llegué a director de mi querida escuelita de la niñez.”

Eustaquio (Negro) está casado con Zulema (Zula), porteña y también maestra, que joven se fue a ejercer a Tucumán; tienen una hija, Ana María que casada con Roberto, se radica en Bella Vista cuando a éste le dan Campo de Mayo como destino laboral; el matrimonio tiene un hijo, Robertito.

La mudanza de la hija y el distanciamiento del nieto, comienzan a despertar en Zula, nostalgias por su Buenos Aires de ayer, y poco a poco, su insistencia logra convencer al Negro, de abandonar la apacible vida de Yerba Buena para ir a radicarse a la Capital, a la casa que su esposa ha heredado de sus padres, en barrio de Palermo.

De aquí en más, el relato habla del desarraigo, del ser cuasi extranjero en su país, de lo doloroso de la migración interna; y de lo innecesario que a veces esta resulta.

En esta circunstancia Eustaquio reconoce que en su pueblo tucumano, su familia vivía en felicidad, aunque entonces esta pasase desapercibida... y lo descubre, pues, al perderla.

El pulpo de Buenos Aires, que atrae con su modernidad, sus luces, su tecnología y sus aparentes posibilidades de superación laboral, exige una gran cuota de sacrificio y adaptabilidad, que no siempre se justifica sufrir, según el relato de Eustaquio.

En las distintas secuencias nos habla de la incomunicación, la intolerancia, la educación, el apuro, la vida en departamentos, el ruido, el respeto, todo en relación a la vida de los habitantes de una gran urbe.

La experiencia para Zula y el Negro resulta nefasta, a tal punto que la misma Zula conciente en el retorno al apacible Tucumán; aunque no lo digan: en busca de “su” edén perdido.

En contratapa del libro la editorial ha expresado: “...deben leer este libro todos los provincianos, preferentemente antes de decidir su radicación en Buenos Aires, y deben leerlo los porteños para conocer la opinión de sus compatriotas del interior del país.”.

“Un Norteño en Buenos Aires” fue publicado por Editorial Mundi, en marzo de 1972, y su portada está engalanada por una tinta de Rodolfo Ramos.

Valga decir que Don Araldo Ritaccco, era nativo de Luján, ciudad en que nació el 26/11/1917. Cursó estudios hasta graduarse como odontólogo, habiendo ejercido la profesión y también la docencia universitaria.

Participó activamente de la vida política, siendo electo diputado nacional en 1963.

Como escritor realizó obras temáticas sobre su profesión y obras literarias como la citada, y además “Deslumbrantes colibríes”.

Falleció en Buenos Aires a la edad de 67 años, el 30/09/1985.

La Plata, 17 de julio de 2001 (y 04/2005)

miércoles, 30 de junio de 2021

JULIO MARIANO y "ATADOR"

 Con motivo de la aparición del tercer libro de Julio Mariano, publicamos el texto que ocupa la contratapa del nuevo trabajo.



JULIO HÉCTOR MARIANO es un campero cabal, como que curtió a campo su existir desde la niñez, aprendiendo a soportar calores y heladas, para cumplir con un trabajo. Después, las vueltas de la vida lo aquerenciaron por la ciudad, pero sabiendo darse el lugar para seguir despuntando el rudo oficio de domador, por el que muchos hoy lo conocen y admiran.

Y si bien es la doma tarea que lo apasiona, del mismo modo que ayer fue laureado jinete internacional, es de hace ya muchos años, consagrado poeta gaucho, y esto también está firmemente engarzado a su vida.

Este “Atador” que hoy suelta a la huella para que ande mundo, es la tercera pata de un caldero criollo, ya que las otras dos son “Puerta Afuera”, que alumbrara allá por 1994, y “Por el Rastro” que viera la luz en 1995.

Supo decir que su inspiración para componer un verso criollo, le nace de la “gran pasión por la historia gaucha, sus costumbres -revividas algunas en los campos donde me crié-, y la fortuna de tener al lado siempre algún tradicionalista de alma”.

Sus versos tienen ese algo difícil de explicar, que lo hace distinto a los muchos poetas que existen; su uso de la metáfora lo eleva sin perder por eso de vista la realidad paisana, y su imaginación le da material para componer sin repetirse cuando escribe.

Del mismo modo que es un “riendero” que sabe quedar primero cuando bajan la bandera, es un poeta que sabe poner al tope la bandera de la tradición cuando concluye la creación de un verso.

Y esa es la clara misión de “Atador”: mostrarlo poeta que aporta y suma por la tradición.

Mariano, en la Asociación Vareadores,
de La Plata, el 18/04/1993

Julio H. Mariano nació en Verónica el 18/08/1957, y hoy junto a su familia, reside en La Plata.

La Plata, 7/marzo/2021

 Carlos Raúl Risso

-escritor costumbrista-

 

sábado, 1 de mayo de 2021

JOSÉ JUAN BIANCHI

 Nació  el  6/05/1897, en  la  localidad de Abasto, partido de La Plata, siendo hijo de María Josefa Toretti y José Bianchi. Posteriormente la familia se traslada a Capital Federal, donde aprende y ejerce la profesión de protésico dental, instalando en 1918 su propio laboratorio, al que luego ingresaría su hermano menor Eusebio, integrando la sociedad Bianchi Hnos.


Al casarse, hacia 1920, con Ana Ferradini se afinca en el porteño barrio de Villa Luro, donde nacen sus cuatro hijos.

Preocupado por el desarrollo y organización de su profesión, fue miembro fundador de la cooperativa “La Dental Argentina” y director de su órgano informativo, la revista “El Cooperador Dental”; en 1937 participó de la creación de la “Asociación de Protesistas Dentales”, habiendo sido su presidente de 1939 a 1947, y de 1948 a 1956, habiendo dirigido también la revista “El Mecánico Dental”.

Desde 1930 se dedicó a la difusión de las danzas folclóricas en las escuelas de la zona oeste de Capital Federal.

Fue fundador en 1938, de la Asociación de Fomento “Amigos de Villa Luro”, y en la misma, el 11/7/1946 fundó la Peña Folklórica “El Aromo”.

Hacia 1948 lo encontramos vinculado al “Grupo Tucumán”, Asociación de Escritores, Poetas y Artistas de América Latina.

Con un grupo de poetas y escritores funda la Asociación Autoctonista Argentina “Juan María Gutiérrez”, y en abril de 1963 integra el grupo fundador del “Museo Criollo de los Corrales” del barrio de Mataderos, habiendo integrado varias comisiones directivas.

Colaboró con la revista “Nativa” de su amigo el poeta cordobés Julio Díaz Usandivaras, y también con “La Carreta”, de Avellaneda, y “La Pampa Argentina”, de Buenos Aires.

Luchador inclaudicable en defensa de la tradición, al decir de sus hijos: “escribió ininterrumpidamente desde 1920, preferentemente versos criollos en el lenguaje popular del campo bonaerense”, según Abad de Santillán.

Su amplia producción se compone de: “Cardos de mi tierra” (1933), “Cosas de muchacho” (1938), “Campo Sureño” (1942), “Poncho Pampa” (1952), “Los Motivos” (1957), La Canción de mi Pago” (1962), “Bajo el lucero” (1971), “Glosas para mis danzas”.

A los 86 años de edad, falleció en Villa Luro el 25/09/1983, y a su pedido, sus cenizas fueron esparcidas en el predio de su casa natal de 206 y 526 -Abasto-, a la que siempre visitó los fines de semana, hasta el año 1979.

JOSÉ AGUSTÍN DILLÓN

 Nació el 28/08/1855 en el entonces pueblo de Merlo.

Fueron sus padres Doña Josefa Ballesteros Warnes y el Comandante de Guardias Nacionales Don Juan Dillón, quien también supo ser diputado y senador.


Hizo vida de campo hasta su adolescencia, en que ingresó a la recién creada Escuela Naval que fundara Sarmiento, pero no adaptado al rigor de ese estudio, volvió a su pago, donde durante mucho tiempo hizo vida gaucha.

Más tarde, en su pueblo natal fue Juez de Paz y Comandante de Milicias.

Políticamente apoyó la candidatura de Bernardo de Irigoyen, integró el Partido Republicano que encabezaba Aristóbulo del Valle, y luego se alineó con el Dr. Leandro Alem.

Los vaivenes de la política le hicieron menguar su patrimonio, y fue así que en 1897 aceptó del Gobierno de Udaondo un puesto en la Administración de la Provincia.

Radícase entonces en La Plata, donde la de los Dillón es una familia pionera. Al respecto vale aclarar que siendo la suya una familia de origen irlandés afincada en el país en lejanas épocas coloniales, algunos miembros variaron ligeramente el apellido acentuándolo, quizás como una forma de acriollarlo. Los descendientes del poeta lo volvieron a su forma original.

Si bien no publicó libros, en los albores del Siglo XX creó y dirigió la revista costumbrista “La Pampa”, y desaparecida ésta, tras nueve años de problemas personales, no tuvo inconvenientes en sumarse como activo colaborador en la competidora “La Pampa Argentina”, donde fue valorado como un poeta “genuinamente criollo”, sentenciando en su honor: “¡Dichoso el hombre que puede inclinar la cabeza con la íntima satisfacción de haber honrado la sangre de su raza!”.

Le hemos verificado una intensa colaboración entre 1911/1916, como que también muchas veces firmaba solo como “Almagaucha”, o este seudónimo y las iniciales “J.A.D”.

También difundieron sus composiciones las revistas “Caras y Caretas” y “El Palenque”.

Su nombre estuvo vinculado al ambiente payadoril de su época, y como tal fue incluido en el  “Diccionario de Payadores”.

Tenía 87 años cuando falleció en La Plata en 1942.

sábado, 13 de marzo de 2021

DOMINGO VICENTE LOMBARDI

 Nació el poeta, estudioso y guitarrista, en la mañana del 30/03/1878 en el viejo barrio porteño del Parque.

Foto Revista Nativa,
31/12/1948

 Siendo muy mozo solía acercarse a los “corrales viejos” en el Parque de los Patricios hasta donde llegaban las tropas de hacienda y con ellas los troperos que venían de la provincia profunda, trayendo consigo sus tradiciones a cuesta, ya sea en sus atavíos, sus ensilladas, sus cantos criollos, sus malambos silenciosos y sus danzas picaras. En los fogones que se armaban, o en los boliches y pulperías de las vecindades donde aquellos se hacían parroquianos, el joven Domingo 'apistolaba' el ojo y aprontaba el oído. Cuando hablar de ser tradicionalista era una cosa extraña, Lombardi

 se formaba como tradicionalista.

Visitó gran parte del país para nutrir sus conocimientos, pero su afinidad estaba con la más pura expresión surera.

Tenía 20 años cuando se acercó a “La Criolla”, que fundara y presidía otro tradicionalista de la época, Martiniano Leguizamón. Allí fue secretario.

Más adelante en el porteño barrio de Flores fundo la “Sociedad Criolla de Buenos Aires”, encargándose de organizar cabalgatas y revivir las brasas del criollismo.

En 1921 creó una institución de amplia tarea de estudio y difusión, la Sociedad Argentina de Arte Nativo.

Distintos medios de la época abrieron sus páginas para recibir sus poesías, poesías que en 1913 quedaron reunidas en su libro titulado “Alma Criolla” (hoy inhallable), el que para un medio de entonces “es de una suave belleza poética, donde alternan cuartetas, vidalitas, décimas y romances criollos”.

Lombardi había escrito la letra para “la media caña”; con fragmentos de la misma, compuso con D. Santiago Rocca el gato que tituló “El Sol del 25” que primero grabara el duo Gardel y Razzano, y luego Gardel como solista.

Falleció en la ciudad de Banfield donde se había radicado, el 7/01/1961, próximo a cumplir 83 años.

La Plata, febrero/2021