viernes, 10 de enero de 2014

EL SALTO DE LA MAROMA

Ilustración de Enrique Rapela
El Salto de la Maroma. ¿Quién no lo ha oído mentar? Pero… quién puede contar que lo hacía o que lo ha visto hacer…? Se repite y se afirma que “El Gaucho Rubio de Los Cerrillos” -Don Juan Manuel de Rosas-, lo realizaba con gran destreza… pero es como una leyenda… No obstante, en una edición de “Instrucciones a los Mayordomos de Estancias”, comentada por Carlos Lemee, dice éste en el “Prefació”: “Según las crónicas de la época y las referencias del ilustre Darwin, que lo visitó en su campamento del Río Colorado, cuando hizo su expedición al desierto, Rosas efectuaba fácilmente una prueba llamada De La Maroma, en boga antiguamente en las estancias, y que consistía en colgarse de una maroma que reunía las extremidades de los postes de la puerta del corral, y dejarse caer horqueteado sobre un potro chúcaro que se soltaba del corral. Podía igualmente, parado en la puerta del corral, saltar sobre uno de los potros que salían y jinetearlo. Nótese que lo dicho en esta última oración señala otra forma de hacer el salto, distinta a la común del imaginario criollo.
Volviendo a Lemee, señala como fuente: “las crónicas de la época”, y de los “dichos de Darwin”, no se desprende lo haya visto realizar o si se lo contaron.
No me animo a negarlo porque aceptando los conocimientos camperos del Restaurador, y conociendo la intrepidez y arrojo de los hombres gauchos de aquellos tiempos, bien lo pueden haber efectuado.
En el siglo pasado, a quien mucho le preocupó el tema y dos por tres lo traía al campo de las opiniones, fue don Julio Secundino Cabezas, y él… de alguna manera lo negaba: “Esta es una de las hazañas más difíciles  para el hombre jinete y más discutida  entre la gente del ambiente; (…) yo no la he visto realizar, pues siempre que se pretendió hacerla quedó el premio desierto.” “…no lo he visto desde 1900 para acá”.
Antes, en 1938, en la Revista La Carreta de “Leales y Pampeanos” de Avellaneda, alguien que firma Armando Cordo, dedica dos páginas a negar la realidad de tal destreza, y dice: “Esta es una “prueba”, que para los espíritus analísticos resulta inverosímil, dada la faz de la proeza que la misma revista y que solo en elementos sircenses, se concive su realización, pues son verdaderas acrobacias, propias de una sistemática maestría, que no posee el hombre de campo.” (sic)
Luego trae a colación opiniones de un entusiasta criollista como Ricardo Hogg, quien ya había escrito: “Un deporte que algunos creen que ha existido y que ni Hudson ni Cunninghame Graham han mencionado, es el llamado salto de la maroma. Hernández en “Martín Fierro” no dice nada de ese presunto tan difundido deporte de la pampa”. Luego, en su libro “Yerba Vieja” (1940), agrega: “Algunos periódicos han llamado equivocadamente hacer el salto de la maroma a montarse en un animal ensillado saltando desde un poste del costado del corral; pero esa prueba solo la efectuaron dos de los profesionales que mostraron más pericia: Sinforoso López, de Río Negro, y Martín Moyano, de Puán” (esto en un concurso organizado hacia 1909).
No conforme con lo expresado, Hogg cree conocer el origen de esta cuestión, y cuenta: “Para beneficio de los maturrangos, explicaremos como nació en la Argentina la famosa fábula de la maroma. Hace años abundaban aquí los andaluces, y uno de tantos contó a Darwin y a otros expedicionarios, que los criollos eran tan de a caballo, que hasta el Restaurador le ganaba al Diablo, porque se dejaba caer de una maroma sobre un potro, con un rebenque en cada mano;…”. La verdad, que lo que resulta increíble es su suposición.
Para no pasar de largo la referencia de “circenses” dada más arriba, transcribimos esta anécdota: “Se sabe que el Coronel Cody (Bufalo Bill), vino a las pampas argentinas en busca de un gaucho que saltara de la maroma, para su circo, pero los que sabían hacerlo se negaron, diciendo que ‘no eran payasos’.”
Si hay un escritor al que personalmente tengo por veraz y muy bien informado, ese es Don Justo P. Sáenz (h), y éste, en su reputado “Equitación Gaucha”, según información que le es suministrada, transcribe que en la “estancia <La Concepción> (del Rincón de Nogoyá), por los años 1900 a 1910, muchos domadores se largaban de la maroma a poco que se lo pidiesen”, y por si fuese poco agrega en una llamada: “Mi amigo Ignacio Camps Pintos, por otra parte, infórmame que aún hoy  día (aproximadamente 1940) existen jinetes en los departamentos de La Paz y Feliciano que practican ese lance con bastante frecuencia.”.
Pero reforzando estos comentarios, Sáenz (h) recurre a la descripción que el geógrafo inglés H. C. Ross Johnson, en su libro “Vacaciones de un inglés en la Argentina”, hace de dicha destreza, según lo que pudo contemplar en 1867 en una estancia del sur santafesino: “…el gaucho que había quedado balanceándose en la barra de arriba (la maroma) se dejó caer con toda limpieza sobre la brava yegua, la que, sintiéndolo, completamente atónita, dio la impresión por un instante de detenerse en su disparada…”.
Es interesante reconocer que tres de los libros más consultados sobre voces y costumbres camperas, dan al salto de la maroma como un hecho consabido; así Enrique Rapela (de Mercedes, Bs. As.), informa e ilustra con las generalidades del dominio común, mientras que Saubidet y Capdevila -curiosamente, ambos de Tapalqué-, lo describen y aportan datos, como por ejemplo, Saubidet, que dice que el salto nunca se hizo con un solo animal en el corral, “Según me ha sido relatado por algunos viejos criollos que han presenciado la prueba en estancias de estos pagos, como, en la Estancia Vieja de los Casares, en Tapalqué (donde) lo ejecutaba el temerario y arriesgado gaucho llamado Artaza”.
Haciendo hincapié sobre lo mismo, Capdevila reitera y agrega: “En la Estancia , de Don Francisco L. Casares, establecimiento de unas 40000 hectáreas, practicaron el -entre otros paisanos- los gauchos tapalqueneros Ambrosio Artaza y Pancho Reynoso”.
Sobre personas que dicen haber sido testigos presenciales de ésta difícil prueba, vale transcribir lo que hacia 1940 narraba Don Ángel Amarante: “Don Rafael Toso, que llegó a ser mayordomo del establecimiento de campo , de Jorge Queen, y que en la actualidad cuenta 71 años, vio hacer esta prueba en 1882 a un tal Pettigrew, quien se dejaba caer de la maroma sobre el padrillo de la manada. Don Roque Macchiaroli de 75 años de edad, quien domador el mismo, vio efectuar el salto de la maroma en el año 1879 al gaucho Feliciano Gómez, conocido por Feliciano , en la estancia de Don Tomás Igarzabal, en Sauce Corto, cerca de la laguna el As de Bastos.
Doña María Almagro de Campos vio hacer esta prueba en el año 1892 al gaucho Pablo Alcaráz, conocido por , en el establecimiento El Quinto, poblado por Don Manuel Isidro Campos. La señora R. Sullivan, de Lennon de 85 años, vio efectuar el salto de la maroma a Gualterio Paolaso, peón domador de la estancia La Vigía, de Huges. El señor Ramón Videla Dorna (h) vio también de igual modo a Irineo Centurión en la estancia San Pascual, del partido de Monte. El señor Sixto A. Cordero vio hacer esta prueba en Chivilcoy, en el año 1885, a Belisario Chirino, famoso domador de Nueve de Julio.”
César Lescano, aproxim.1981 - foto revista emtrerriana "Destreza Criolla" 

Si avanzamos en el tiempo y nos venimos hacia fines de la década del ’70 y principios de los ’80, está el caso del mentado jinete César Lescano que solía realizar exitosamente el mencionado salto, y así ha quedado registrado en una seguidilla de fotos que publicara la revista entrerriana .
En lo personal, aunque no lo hemos presenciado, conociendo el temple y carácter de nuestra gente campera, y haciendo una composición de aquellos años de la “Patría Vieja”, nos inclinamos por aceptar su real existencia.
Por último, recurriendo a la memoria, mi querido amigo Manuel Rodríguez (Teodelina, 05/1924), me cuenta que hacia 1940, por un corto tiempo fue caballerizo en Cabañas “Santa Juana” de Dubou, en vecindades de Estación San Marcelo, establecimiento que entre trabajadores y sus familias rondaban las 3000 personas, entre cuya paisanada vio en los hombre mayores vigente aún el uso del chiripá. Por entonces, con motivo de la inauguración de la Capilla de la estancia, se llevó a cabo una gran fiesta que duró unos tres días, en el transcurso de la cual hubo jineteada de potros y salto de la maroma, y que al decir de aquellos paisanos, se realizaba de dos maneras: la largada, colgando el hombre de la maroma (como ocurre en todas las referencias anteriores), y el salto, para el cual el hombre se acuclillaba sobre la maroma y de allí “saltaba” sobre el yeguarizo. Esta forma no está referenciada en ningunas de las citas que hemos encontrado, pero nos ha parecido interesante informarla, ya que de una u otra forma, convencido estamos que tal destreza gaucha existió.
La Plata, 19 de Enero de 2013
Bibliografía
  • Revista “La Carreta” Nº 68 – 3/1938
  • Yerba Vieja, de Ricardo Hogg – 1940
  • Equitación Gaucha, de Justo P. Sáenz (h) – 1951, 3º Edición
  • Gaucho Parejo, de Julio Secundino Cabezas – 1959
  • Instrucciones a los Mayordomos de Estancia – 1968, edición Plus Ultra
  • Vocabulario y Refranero Criollo, de Tito Saubidet – 1975, 7º Edición
  • Revista Cámara Argentina de Consignatarios de Ganado – 1º Bim. 1975
  • Conozcamos lo Nuestro, de Enrique Rapela – 1977, tomo I
  • El Habla Paisana, de Rafael Darío Capdevila – 02/2004
(Publicado en Revista El Tradicional Nº 109)

viernes, 15 de noviembre de 2013

ATALAYA: frustradas invasiones

Las costas de Atalaya (Partido de Magdalena, Buenos Aires), fueron testigo de distintos intentos de invasión, habiendo sido todos ellos infructuosos, por el heroico desempeño de la Guardia asentada en ese sitio.
El primero ocurrió en la época de la Guerra con el Brasil, el 24 de agosto de 1826, cuando 65 soldados del Imperio fueron rechazados por una milicia de 25 gauchos armados de bolas, lazos y algunos sables.
Años después, cuando Francia (en plena expansión imperialista intentaba hacer pie en esta zona de América), rompe relaciones con el gobierno que encabezaba Rosas, declara un bloqueo naval al Río de La Plata. Corre 1838.
La fuerza naval francesa era entonces una de las más importantes del mundo, y se encontraba al mando del prestigioso Almirante Luis Francisco Leblanc; la integraban, entre fragatas, corbetas, bergantines y goletas, 22 navíos distribuidos entre transportes y artillados.
Posiblemente molesto porque desde el Puerto de Atalaya se burlaba el bloqueo, intentando dar un escarmiento o también con la idea de establecer una posición terrestre, Lenblanc ordena el desembarco de una fuerza “como de 600”  infantes, la que era cubierta por fuego de artillería.
La acción, conocida históricamente como “El Combate del Sauce”, se desarrolla el 9 de Mayo de 1839, y en ella se alzan victoriosas las fuerzas del piquete que comandaba el Sargento Mayor Miguel Valle, reforzadas por 45 milicianos convocados ante la emergencia, totalizando unos 70 hombres.
Los derrotados, en acción despechada al regresar a sus navíos, prenden fuego a ocho embarcaciones de las muchas fondeadas en las vecindades del puerto.
Hubo otros episodios de similares características, pero el aludido enmarca el hecho histórico más notable y de mayor envergadura.
Como era norma en el protocolo establecido por Rosas, el parte informando al Comandante en Jefe del Regimiento, Don Prudencio Rosas, está fechado: “9 de Mayo de 1839 - A 30 años de la Libertad, 24 de la Independencia y 10 de la Confederación Argentina”.
¡Gloria y loas a aquellos anónimos soldados, valientes defensores de Atalaya!

(Texto de la Gacetilla por la "2ª Cabalgata Evocativa La Plata-Atalaya", 24 y 25/11/2013


miércoles, 13 de noviembre de 2013

PANCHO GANDOLA - a 10 años de su ausencia

El 4 de septiembre de 2003, hace ahora diez años, fallecía en San Vicente, provincia de Buenos Aires, Don Francisco Eduardo Gandola, “Pancho”, quien para entonces ya acumulaba 91 años, y era el legendario autor de “El Último Viaje”.
Había Nacido el 7/11/1911, en Barracas, siendo hijo de María Asunta Ameri y Francisco Gandola, Éste, que tenía por oficio el de carnicero, se conchabó en el Frigorífico “La Blanca” de Avellaneda, lo que motivó la radicación de la familia en esa localidad, y tras un período en la misma, la familia se mudará a Las Flores.

Su contacto con la poesía se da a temprana edad, como que por trabajar en un “boliche” que frecuentaban Martín Castro, Federico Curlando y Generoso Damato, entre otros, donde los escuchaba cantar e improvisar, es que se siente motivado a borronear sus primeras rimas. Tendría entonces unos 11 años. Y si a  eso le sumamos el contacto con el ambiente de hombres camperos  que entonces poblaba Avellaneda, tenemos el germen del origen gaucho de su poesía.
Pasó gran parte de su vida vinculado al ambiente artístico, participando en espectáculos de los que -en años a- se denominaba “variete”, también en obras teatrales e incluso funciones de circo, realizando todas las actividades, menos la de cantor.
En teatro actuó por tres temporadas en el prestigioso Teatro “El Nacional”, junto a Muiño y Alippi; y con Vacarezza recorrió Córdoba, Entre Ríos, Chaco y San Juan, con un éxito que se llamó “La Fiesta de Juan Manuel de Rosas”.
También, y por espacio de 20 años, fue el animador del prestigioso espacio nativista porteño, “La Querencia”.
En el campo poético, si bien muchísimos son los temas que ha compuesto, su nombre ha cobrado trascendencia y lugar permanente en el panorama del verso criollo, gracias a su tema “El Último Viaje”, letra que reconoce grabaciones de: Rogelio Araya (autor de la música), Edmundo Rivero, Alberto Merlo, Argentino Luna, Rubén Juárez, Carlos Demarco, Rubén Barcia, Quiroga Larreta, Juanjo Domínguez, Carlos Tala, Roberto Luna, Cholo Iseas; en España, Ángel Cárdenas; en Francia, Jairo, y en Japón “Los Tres Soles”.
De sus publicaciones que son 7, recordamos: “El último viaje”, “Entropiyando”, “Que le dijo el último hijo de Martín Fierro a Pancho Gandola”, y “Lonjas Sobadas.
Los restos de Gandola fueron velados en el Palacio Municipal de San Vicente, y al cumplirse el año, el sábado 4/09/2004, se bautizó una calle con su nombre.

A 10 años de su partida valga este recuerdo.

martes, 1 de octubre de 2013

RODOLFO FALCIONI, el de "El Hombre Olvidado"

La columna de hoy la queremos dedicar a una de las plumas brillantes que ha tenido la ciudad, cuentista, novelista, dramaturgo, a más de ser un hombre prestigioso en su actividad profesional.
Nos estamos refiriendo a Rodolfo Domingo Falcioni, quien como hijo de Rosa Serio y Domingo Falcioni, nació en La Plata el 24/06/1916.
Curso todos los estudios en su ciudad natal graduándose en 1942, en la Facultad de Ciencias Médicas de UNLP, en la especialidad de “clínica médica”.
Abocado a su profesión, entre 1955/70 ejerció la Jefatura del Servicio de Clínica Médica del Hospital Italiano, y vinculado a su actividad también se desempeña en la Administración Pública, como Director de Relaciones Públicas del Ministerio de Salud Pública bonaerense, aunque por un breve período.
A temprana edad incursiona en la literatura, adjudicándose en 1934 el Primer Premio del Concurso Literario para Estudiantes Secundarios de la Provincia de Buenos Aires.
Su producción, que se inicia como cuentista, discurre luego con éxito por los géneros de  teatro y novela, y parte de sus distinciones y publicaciones, es:
-          Mención Honorífica Certamen de autores Noveles -SADE- por el libro de cuentos “Las órbitas vacías” (1948), su primer libro.
-          Primer Premio Certamen de Autores Noveles - Ministerio de Educación bonaerense-, por  “Las Máscaras” (1951)
-          Primer Premio Ministerio de Educación de la Nación, por la obra de teatro “La Casa Sitiada” (1953)
-          La Puerta del Infierno” -novela- (1953)
-         Primer Premio Nacional “Gregorio de Laferrere”, por la obra de teatro “A través del espejo” (1957)
-          Primer Premio Provincial a la novela “El Hombre Olvidado” (1958)
-          Segundo Premio Nacional de Literatura -trienio 1957/59- a “El Hombre Olvidado”
-          Gran Premio de Honor a su obra – SADE (1962)
-          Primer Premio Dirección de Cultura bonaerense a la obra de teatro “Beatriz no quiere desnudarse” (1964)
-          “Educación para la salud” (1970)
 Vale destacar que los derechos de sus novelas “La puerta del infierno” y “El Hombre Olvidado”, fueron adquiridos con intención de ser llevados al cine.
La última de las dos novelas está ambientada en la Comandancia de Trenque Lauquen, en las épocas de las luchas fronterizas, y todo el relato se hace a través de la voz  del Coronel Conrado Villegas, el famoso “Toro” Villegas, con lo que la narración cobra una especial vibración y un inigualable tono de verismo.
Al comentar la obra, el estudioso Gregorio Weinberg apuntó que “…da la prueba cabal de su conocimiento -profundo, minucioso- de la pampa poblada por el misterio de los árboles y las aguadas, los animales, los pastos y las estrellas; pero habitada también, a mediados de la pasada centuria, por indígenas maravillosamente identificados con las plurales dimensiones del paisaje. (…) Su amor entrañable por nuestra tierra, sus moradores y sus gestas hazañosas, las volcó en estas paginas inolvidables de su hombre olvidado…”.
Vivió largos años en la localidad de City Bell, en las entonces calles 11 esquina 17, mudándose luego al centro platense (calle 46 e/14 y 15)
Falleció en horas de la mañana del 27/11/1979 en la Clínica Ipensa, de La Plata. Tenía 63 años.

Que bueno sería, en esta época de renacer del cine nacional, cuando tanto filman nuevos directores, se reflotara aquella idea de plasmar “El Hombre Olvidado” para la pantalla grande. ¿Quién dice…? Siempre hay tiempo…
(Publicado en El Día, Supl. Nuestra Zona, del 17/02/2012)

lunes, 16 de septiembre de 2013

HÉCTOR DEL VALLE

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 26 – 17/09/2011

Con su licencia, paisano!
Acomodado en la cocina grande, junto a la venta para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

La página de hoy es para HÉCTOR DEL VALLE, de quien, al igual que hiciéramos con Moreno Palacios, dejaremos de lado su virtuosismo guitarrístico y su lucimiento como cantor, para abocarnos a su faz de poeta criollo.

Nació en Sarandí, Avellaneda, a las 7.30hs. del sábado 12/09/1936 -por lo que el pasado lunes ha cumplido años-, siendo su familia nativa de Barracas al Sur. Por entonces era Avellaneda un emporio de la gauchería, con más de 600 reseros registrados, y con tropas llegando desde la llanura profunda con destino a los frigoríficos. Y su casa -que era casa de músicos, con un tío que cantaba antiguos estilos y milongas no menos-, recibía a menudo, reseros, cantores, payadores y verseadores, portadores de una expresión criolla que lo marcó, llevándolo -andando el tiempo-, a iniciarse en la composición de sus criollos versos.
Preocupado por hablar con fundamento, se nutrió en la lectura de buenos autores, y su profesión de cantor criollo que lo llevó a recorrer toda la provincia, le brindó el paisaje y el contacto con gente campera, completando así su aprendizaje.
La consistencia rítmica de su guitarra la trasladó a sus versos, y así, con un lenguaje popular mechado con expresiones camperas, le escribió a ranchos, pingos, pilchas, personajes, parejeros, tareas, boliches, por decir algo, pero su continua afición por la lectura de temas históricos, terminó por volverlo un entendido en la historia fronteriza de fortines y tolderías, y en estos temas, siempre al modo criollo, abordó la composición de su poesía, con asuntos e historias nunca antes referidas.
Del Valle es un buen poeta, conciso, claro en su expresión y original en su creación, y si durante mucho tiempo privilegió su condición de cantor relegando su realidad de poeta, finalmente le abrió las tranqueras, floreciendo así las siguientes publicaciones: “Hablando en Criollo”, “Entre los Talas”, “Cantando lo Mío”, “Bordoneando”; y con condición de revista publica en 2001 “Héctor del Valle con la historia Argentina”, que sería, de alguna manera, un anticipo de su más preciado libro aparecido en 04/2004, “Cosas de la Historia Chica”, de importante formato y con 422 páginas.

Entendemos que inéditos en condición de libro existen otros dos trabajos valiosos: “El Cacique Blanco” y “La Cautiva Julia Llanos”.

lunes, 2 de septiembre de 2013

EVARISTO BARRIOS

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 33 – 19/11/2011
 Con su licencia, paisano!
        Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

BARRIOS, Evaristo. Nació  en el  hogar formado  por  Natalia Álvarez  y  Juan Pedro Barrios, en Abasto, partido de La Plata, el 26/10/1889; al quedar huérfano a los dos meses de vida, pasa a vivir con una hermana mayor, en la localidad de Atalaya, partido de Magdalena, donde reside hasta finalizar los estudios primarios. Tras realizar tareas rurales por distintas zonas de ese partido, en 1911 se establece en Ensenada ingresando a trabajar en un frigorífico.
A los 26 años de edad (1915), se casa con Alcira Lorenzini -convecina  de Atalaya-, con quien tiene tres hijos.
Vive por Cuatreros (Bahía Blanca) y Olavarría, continuando su labor de empleado de frigorífico y también carnicero.
Hacia 1917, ya identificado y dedicado al verso repentista, comienzan sus giras por distintas poblaciones bonaerenses, “logrando en poco tiempo -dice Víctor Di Santo- la aprobación del público que reconoció sus excelentes condiciones para el verso repentista, pues improvisaba en todos los metros estróficos y silábicos, a más de buen autor e intérprete.”
Por 1918/20 realiza giras con el también poeta y payador platense Enrique Boris.
El investigador Juan Cendoya informa que “A fines de los años ‘30 o comienzo de los ‘40 se radicó en Montevideo…” y allí contrae segundas nupcias con Costanza Barbato, unión que le da otro hijo.
Grabó con intensidad (aproximadamente 70 placas) y publicó abundantemente, tanto en revistas como “El Fogón”, “Alma Argentina”, “Revista Nacional” y “Antena”; o libros que según Di Santo “sobrepasan la veintena”; algunos títulos:
“Relatos Gauchos -versos camperos-” (1945) - “Santiago Miranda” (1946) - “A lo gaucho -versos criollos-” (1946) - “Campo abierto -relatos-” (1947) - “Juan Acero” (1947) - “Con tres tientos” (1947) - “El fogón de los troperos -poemas y versos gauchos-” (1949). Otros libros son: “La guitarra de Martín Fierro”, “Consejos Gauchos”, “El payador inmortal”, “La guitarra de los fogones”, “Mis Canciones”, “Nuevos Relatos Gauchos”, “Guitarra, Poncho y Facón”, etc.
Su deceso se produjo en el país hermano, el 8 de agosto de 1959, siendo inhumado sus restos en el Cementerio de Paso Molino. Tenía 69 años.

El 9 de agostó tituló un diario: Calló la guitarra rioplatense… este payador y poeta logró alcanzar una popularidad solo comparables a las de Gabino Ezeiza, Betinotti y Carlos Gardel…”.

miércoles, 24 de julio de 2013

EL YERBIAO

Corre 1999:
Recientes lecturas, me llevaron de la mano de Yupanqui y Calvetti, a introducirme en las altipampas y los contrafuertes cordilleranos jujeños.
Para quien como yo es hombre de llanura y encima, no ha tenido la dicha de viajar a esos paisajes, lo mostrado en la lectura, encierra un sinnúmero de novedades.
En “El Canto del Viento” de Don Ata, topé por primera vez con la expresión yerbiao, pero avancé en la lectura sin detenerme en la palabra; varias veces se repitió la voz e inclusive por lo menos una vez cuando abordé “Cerro Bayo”.
Poco tiempo después me enfrascaba en el disfrute grato de la lectura de “Escrito en la Tierra, del notable jujeño Jorge Calvetti, autor que hoy ocupa un sillón en la Academia Argentina de Letras.
El libro mencionado, de honda raigambre autobiográfica, llenó de norte puneño mi desconocimiento paisajístico y de usos y costumbres, y entre esos volví a encontrar el yerbiao.
Picada mi curiosidad, me aboqué a revisar los libros y artículos periodísticos de mi archivo, y muy poco encontré. Tan solo en la riquísima “Historia y Folklore del Mate” del ilustre D. Federico Oberti (1902 /1993), en su Capítulo “El Hábito del Mate en Bolivia”, inserta -al hablar de cómo se toma mate en algunas provincias del país vecino- una oración en la que dice: “Se bebe dulce, cómo desayuno, con pan y se conoce con el nombre de “yerbeado”. Igual uso tiene en las regiones frías de la provincia argentina de Jujuy, donde, con el mismo nombre se bebe la sustancia de la yerba, agregándole determinada cantidad de alcohol”.
No queda claro lo del modo boliviano, por una lado sería nuestro común mate dulce, pero por otro lado al mencionar el pan, uno podría pensar en “mate cocido”, pero ocurre que líneas más adelante dice Oberti que a éste se lo denomina “poreado cuando por la mañana, tarde o durante las horas de la noche se lo bebe como el té o nuestro rural mate cocido”.
Sí deja en claro que el “yerbeado”, en Jujuy es con alcohol. (Que Oberti diga “yerbeado”, me parece un error por ajustarse a la prosodia castellana, ya que como voz propia, el paisano, indudablemente ha de decir “yerbiao”).
Volviendo a mi primer llamado de atención dado por Yupanqui, buscando un orden cronológico, tomo la mención de “Cerro Bayo” (1946) -‘páginas que no aspiran  a constituir una novela’, dice antes del inicio Don Ata-, cuando en el Capítulo “Invierno”, relata, al describir como el viento se señorea sobre campos, quebradas, cumbres y se oye por momentos, caer la nieve; “Los hombre coquean mientras conversan. Las mujeres, calladas y atentas, hacen yerbiao y café. A veces suelen preparar vino caliente, ponche de los campos, y sabe muy bien este brebaje que hace a los labriegos más templados y comunicativos”.
Al voltear la página, y contar las peripecias de unos arqueólogos en una noche de ventisca helada, cuenta que éstos bebían “alcohol y café”.
No queda en claro que el yerbiao de Yupanqui fuese mate con alcohol, pero sí no deja dudas respecto que el frío en la montaña hace que el hombre tenga como aparcero al alcohol (amén de las bebidas alcohólicas).
En “El Canto del Viento” (1971), en el Capítulo VIII, al describir algunos aspectos de una yerra en tierras de Mamerto Mamaní, en un corral del abra de Falda Azul, apunta: “Cerca de la puerta del corral, están las brasas para calentar las marcas. Buen fuego reparador, que perfuma el aire con olores de carne asada y ancos rescoldeados a campo abierto. Allí se prepara el yerbiao con alcohol, buen fuego sobre estas alturas, atendido por kollas floristas y changos comedidos. Eusebio Colque está ahí, junto al fogón, saboreando el yerbiao”. Y unas líneas más adelante, planteando el clima, expone: “El aire se pone helado. El nublado se asienta sobre el abra.”
En el Capítulo XI, “La Laguna Brava”, cuando describe el viaje que a lomo de mula iniciara un 20 de mayo de 1940, en La Rioja, hacia la laguna del título, situada en plena cordillera, próxima al paraje Jagué de Arriba, a 3000 mts. de altura, encontramos otra referencia.
Cuenta que llegar le costó esfuerzos y soportar fríos. Al alcanzar “un refugio cordillerano, construido en formas cónica, al que se entraba como un caracol hasta dar con una estancia amplia, en la que cabían cómodamente hasta cinco jinetes con sus cabalgaduras. Allí encendimos un buen fuego con leña de keñua, leña i toro, y bebimos buen yerbiao”.
Hasta acá lo contado por Yupanqui. Veamos ahora la referencia de Don Jorge Calvetti en su ya mencionado libro “Escrito en la Tierra (1992), en el que aborda relatos de sucesos ocurridos a lo largo de 40 años de su vida, transcurridos en actividades rurales desarrolladas a lomo de caballo y mula, en sus pagos jujeños.
En el relato “Como Antes…” (pág. 39), al referir la reunión llevada a cabo un 25 de julio en el puesto de Doña Damiana, con motivo de honrar al “Tata Santiago” (imagen a la que vestía un poncho colorado), nos cuenta que después de la ceremonia y los rituales, “comenzó el mate con alcohol, porque hacía mucho frío”.
En otro pasaje de esos recuerdos, enmarcado éste con el título de “La Finca El Potrero” (pág. 95), que se desarrolla en los nevados de Castilla, campos de Abra de la Cruz, evoca cuando en una de sus andanzas: “Quedamos los dueños de casa, Genaro y yo. Colmó mi capacidad de asombro comprobar que comenzaron a servir yerbiaos y que como en aquel pasado remoto que todos secretamente recordaban, Genaro Silva se estaba emborrachando…”, por lo que deducimos que dicha costumbre matera no es pa’ cualquiera, y como quien dice, hay que ser de buen tomar, ya que sino puede pasarnos lo que a Genaro.
No es mucho lo aportado ni parece ser demasiado amplia el área de dispersión, pero las dos fuentes citadas son confiables. Estaríamos en los inicios de una investigación, referida a una costumbre matera, vinculada al norte jujeño, a la alta montaña y el frío.
Sin bien Yupanqui en el vocabulario de “El Canto del Viento”, dice: “Yerbiao: infusión de yerba-mate. Mate cocido.”, no parece el tal la alusión de sus relatos; en cambio Calvetti deja en claro que es “mate cebado con alcohol y agua”.
Indudablemente, un nuevo tema para dilucidar… mientras tomamos mate.
La Plata, 2 de Junio de 1999

(Publicado en Periódico “El Tradicional” de 6/1999)