Viajando de La Plata a Magdalena por la Ruta Provincial 11, tras pasar los dos puentes que cruzan la “Y” griega que forma el curso del “Arroyo El Pescado”, en esa gran curva, a mano izquierda, se encuentra el campo que supo llamarse “El Carmen del Pescado”. Políticamente corresponde al partido de Berisso.
Si bien había pasado frente a ese lugar, ciento o incontables veces, nunca
había traspuesto la tranquera de entrada. Esto recién ocurrió en el otoño de
1974, época por la que mi tío abuelo político, Don José Ceratto, arrendaba el
predio para invernar hacienda.
Dueña de esa propiedad era una señora francesa, muy religiosa (de la que no
recuerdo el nombre), que vivía en Capital Federal, y ya no visitaba
personalmente el lugar. Ella lo había heredado de su esposo Bartolomé Daneri.
Este era sobrino de Don Juan Berisso (el que instaló saladeros y dio nombre
a la ciudad y partido), y de alguna manera siguió su ejemplo ya que se dedicó a
comprar campos y hacienda en la zona. Hacia 1892 compra ese campo que se
conocía indistintamente como “El 22” o “El Pescado”. Por esa época se asocia
con Andrés Castelli conformando una sociedad por el tiempo determinado de cinco
años que finalmente durará más, hasta 1907 creo. Compran el campo llamado “Los
Talas” que mucho más adelante, en parte se loteará dando lugar a la localidad
que actualmente se conoce con ese mismo nombre. En esas inversiones totalizan
unas 2200 hectáreas. Al disolverse la sociedad de común acuerdo, Daneri se
queda -entre otros bienes- con las 430 hectáreas que conformaban “El Pescado”.
Estos datos los brinda la historiadora Lía E. M. Sanucci en su libro
“Berisso”, de 1983.
Si bien siempre me consideré documentalista, voy a citar dos hechos sin
respaldo genuino, uno de los cuales lo creo muy cierto.
El primer hecho es contar que Bartolomé Daneri integró el Cuerpo Diplomático
Argentino, habiendo sido embajador en un país africano. Como tuve oportunidad
de ingresar en la “casa de los patrones” allí en “El Carmen del Pescado”, la
que ya hacía mucho nadie ocupaba ni visitaba, pude ver dos antiguas valija de color
marrón oscuro, de cartón con refuerzos de varillas de madera, con la leyenda en
letras blancas de “diplomática”, lo que avalaría aquello de que fue embajador.
La historia contaba que estando en ese destino conoció a una señorita francesa
con la que se casó.
El Asilo de Ancianos que se encuentra en el otro extremo del campo, hacia
la calle Montevideo, se mentaba que fue hecho construir por esta dama que a su
vez lo donó. La misma tenía en Buenos Aires, un edificio de pisos con una
estación de servicio en la base, y todo eso fue cedido a una orden religiosa de
la que ella era devota, ya que no tuvieron hijos.
El segundo hecho, más incomprobable, decía que había sido guitarrista de
Carlos Gardel, pero esto es solo una anécdota a la que no adherimos.
La casa, de buena construcción, era chata, de techos colorados, con un
sistema de canaletas y cañerías que recogían el agua de lluvia que se
depositaba en un aljibe.
Algo separada estaba otra construcción tipo rancho, pero muy venida a
menos, en la que -allá por 1974- moraba Luis Gómez, el paisano que mi tío
abuelo, había ocupado de puestero, seguro por muy poca plata, pero con el
permiso de poder tener algunos animales suyo.
Este paisano era de la época de mi padre (que era clase 21), y había sido
vecino de la chacrita de mis abuelos Risso, por lo que se conocían de toda la
vida. Antes del momento en que lo ubico, había sido domador, y como no tenía
campo, galopeaba los potros en la calle vecinal que pasaba frente al modesto
rancho en que vivía con su madre y dos hermanas. Para ubicar esta calle, digo
que yendo por Ruta 11 hacia Magdalena, es la última calle a la derecha, antes
de llegar a la Cañada de Arregui (Tubichaminí, en la nominación más antigua).
Luis también era aficionado a subir en las jineteadas que se hacían en la zona.
Era un paisano elegante, humilde pero siempre bien puesto, de estatura
regular, gran sombrero tipo chambergo de ala requintada, de chaleco tejido
(seguro que por sus hermanas) y de facón a la cintura. En su recado se
destacaban los grandes estribos de suela llamados “sureros”. Así era el Luis Gómez
que conocí en mi niñez cuando pasaba frente a su rancho en viaje de visita a
mis abuelos.
Muy otro era el Luis Gómez frente al cual desensillé mi montado el día que
a mis tres pingos lo solté en ese campo. Frisaría los 52/55 años, y estaba muy
abandonado.
Entrar al rancho en que vivía y cocinaba, era imposible, por eso mateábamos
e inclusive comíamos sentados junto a una de las puertas. No sé cómo ¡ca…
racoles! lo hacía, pero con él he comido los más ricos guisos de fideos (no sé
cuántos gorgojos tendrían, pero no se notaban). Mi padre le había negociado un
reloj de bolsillo que conservo, con las iniciales de su padre.
Después de aquella mi primera llegada, era mi padre el que iba seguido para
andar los caballos, pero cuando en 7/1979 mi padre falleció, comencé a
visitarlo, he incluso a llevarle para Navidad y Fin de Año, algún budín, pan
dulce y sidra, cosas que él no consumía habitualmente.
En una oportunidad entró a esa “covacha de Viejo Vizcacha” donde nunca
entré, y volvió trayendo una hermosa daga, larga y de hoja angosta, que puso en
mis manos. Me dio vergüenza y no me animé a ofrecerle algo, pensando que podía
pensar que me estaba aprovechando, haciendo un negocio, pero hoy pienso que se
hubiera desprendido de ella y que quizás era lo que quería.
Respecto de su origen se decía que era “de los Ferrea” de Bavio, y que
contaba con una muerte.
No mucho después del año antes mencionado, Gómez, que tras el abandono de
ese campo por mi Tío Ceratto siguió permaneciendo en el lugar, tuvo un grave
problema: uno de sus animales se salió a la ruta, donde fue atropellado por un
automovilista, que le inició una causa judicial, lo que incidió en la perdida
de todos los animales del pequeño rodeo que había logrado formar, marchándose
del lugar hacia Magdalena donde estaba su madre, con una mano atrás y otra adelante.
Cosas de “caranchos”, que les dicen.
Ese fue para mí el fin de Luisito
Gómez: nunca supe más nada de él.
Texto de Carlos Raúl Risso E.-
