sábado, 17 de octubre de 2026

" EL CARMEN DEL PESCADO"

 Viajando de La Plata a Magdalena por la Ruta Provincial 11, tras pasar los dos puentes que cruzan la “Y” griega que forma el curso del “Arroyo El Pescado”, en esa gran curva, a mano izquierda, se encuentra el campo que supo llamarse “El Carmen del Pescado”. Políticamente corresponde al partido de Berisso.

Si bien había pasado frente a ese lugar, ciento o incontables veces, nunca había traspuesto la tranquera de entrada. Esto recién ocurrió en el otoño de 1974, época por la que mi tío abuelo político, Don José Ceratto, arrendaba el predio para invernar hacienda.

Dueña de esa propiedad era una señora francesa, muy religiosa (de la que no recuerdo el nombre), que vivía en Capital Federal, y ya no visitaba personalmente el lugar. Ella lo había heredado de su esposo Bartolomé Daneri.

Este era sobrino de Don Juan Berisso (el que instaló saladeros y dio nombre a la ciudad y partido), y de alguna manera siguió su ejemplo ya que se dedicó a comprar campos y hacienda en la zona. Hacia 1892 compra ese campo que se conocía indistintamente como “El 22” o “El Pescado”. Por esa época se asocia con Andrés Castelli conformando una sociedad por el tiempo determinado de cinco años que finalmente durará más, hasta 1907 creo. Compran el campo llamado “Los Talas” que mucho más adelante, en parte se loteará dando lugar a la localidad que actualmente se conoce con ese mismo nombre. En esas inversiones totalizan unas 2200 hectáreas. Al disolverse la sociedad de común acuerdo, Daneri se queda -entre otros bienes- con las 430 hectáreas que conformaban “El Pescado”.

Estos datos los brinda la historiadora Lía E. M. Sanucci en su libro “Berisso”, de 1983.

Si bien siempre me consideré documentalista, voy a citar dos hechos sin respaldo genuino, uno de los cuales lo creo muy cierto.

El primer hecho es contar que Bartolomé Daneri integró el Cuerpo Diplomático Argentino, habiendo sido embajador en un país africano. Como tuve oportunidad de ingresar en la “casa de los patrones” allí en “El Carmen del Pescado”, la que ya hacía mucho nadie ocupaba ni visitaba, pude ver dos antiguas valija de color marrón oscuro, de cartón con refuerzos de varillas de madera, con la leyenda en letras blancas de “diplomática”, lo que avalaría aquello de que fue embajador. La historia contaba que estando en ese destino conoció a una señorita francesa con la que se casó.

El Asilo de Ancianos que se encuentra en el otro extremo del campo, hacia la calle Montevideo, se mentaba que fue hecho construir por esta dama que a su vez lo donó. La misma tenía en Buenos Aires, un edificio de pisos con una estación de servicio en la base, y todo eso fue cedido a una orden religiosa de la que ella era devota, ya que no tuvieron hijos.

El segundo hecho, más incomprobable, decía que había sido guitarrista de Carlos Gardel, pero esto es solo una anécdota a la que no adherimos.

La casa, de buena construcción, era chata, de techos colorados, con un sistema de canaletas y cañerías que recogían el agua de lluvia que se depositaba en un aljibe.

Algo separada estaba otra construcción tipo rancho, pero muy venida a menos, en la que -allá por 1974- moraba Luis Gómez, el paisano que mi tío abuelo, había ocupado de puestero, seguro por muy poca plata, pero con el permiso de poder tener algunos animales suyo.

Este paisano era de la época de mi padre (que era clase 21), y había sido vecino de la chacrita de mis abuelos Risso, por lo que se conocían de toda la vida. Antes del momento en que lo ubico, había sido domador, y como no tenía campo, galopeaba los potros en la calle vecinal que pasaba frente al modesto rancho en que vivía con su madre y dos hermanas. Para ubicar esta calle, digo que yendo por Ruta 11 hacia Magdalena, es la última calle a la derecha, antes de llegar a la Cañada de Arregui (Tubichaminí, en la nominación más antigua). Luis también era aficionado a subir en las jineteadas que se hacían en la zona.

Era un paisano elegante, humilde pero siempre bien puesto, de estatura regular, gran sombrero tipo chambergo de ala requintada, de chaleco tejido (seguro que por sus hermanas) y de facón a la cintura. En su recado se destacaban los grandes estribos de suela llamados “sureros”. Así era el Luis Gómez que conocí en mi niñez cuando pasaba frente a su rancho en viaje de visita a mis abuelos.

Muy otro era el Luis Gómez frente al cual desensillé mi montado el día que a mis tres pingos lo solté en ese campo. Frisaría los 52/55 años, y estaba muy abandonado.

Entrar al rancho en que vivía y cocinaba, era imposible, por eso mateábamos e inclusive comíamos sentados junto a una de las puertas. No sé cómo ¡ca… racoles! lo hacía, pero con él he comido los más ricos guisos de fideos (no sé cuántos gorgojos tendrían, pero no se notaban). Mi padre le había negociado un reloj de bolsillo que conservo, con las iniciales de su padre.

Después de aquella mi primera llegada, era mi padre el que iba seguido para andar los caballos, pero cuando en 7/1979 mi padre falleció, comencé a visitarlo, he incluso a llevarle para Navidad y Fin de Año, algún budín, pan dulce y sidra, cosas que él no consumía habitualmente.

En una oportunidad entró a esa “covacha de Viejo Vizcacha” donde nunca entré, y volvió trayendo una hermosa daga, larga y de hoja angosta, que puso en mis manos. Me dio vergüenza y no me animé a ofrecerle algo, pensando que podía pensar que me estaba aprovechando, haciendo un negocio, pero hoy pienso que se hubiera desprendido de ella y que quizás era lo que quería.

Respecto de su origen se decía que era “de los Ferrea” de Bavio, y que contaba con una muerte.

No mucho después del año antes mencionado, Gómez, que tras el abandono de ese campo por mi Tío Ceratto siguió permaneciendo en el lugar, tuvo un grave problema: uno de sus animales se salió a la ruta, donde fue atropellado por un automovilista, que le inició una causa judicial, lo que incidió en la perdida de todos los animales del pequeño rodeo que había logrado formar, marchándose del lugar hacia Magdalena donde estaba su madre, con una mano atrás y otra adelante. Cosas de “caranchos”, que les dicen.

 Ese fue para mí el fin de Luisito Gómez: nunca supe más nada de él.

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 Una referencia adicional: en 1935 nació en ese campo Alfredo Burgos, ya que su padre trabajaba en él. Allá por 1977 se casó con la hermana menor de mi padre: la querida Tía. Nona, la que siempre en las reuniones familiares nucleaba a todos los primos que éramos 15. Cuando los Burgos se fueron del lugar se llevaron el cartel de chapa enlozada que muestra la foto, que estaba junto al alambrado, en la entrada. Allá por los ’80 Tío Alfredo me lo regaló y hoy está en mi museito. Los manchones que se ven, son producto de los tiros que le hacían los cazadores, a raíz de lo que dice el letrero.


Texto de Carlos Raúl Risso E.-

lunes, 21 de septiembre de 2026

 

LA DAGA ESCONDIDA

 




Aproximadamente, corría 1965, tenía entonces unos 13 años.

Con mi padre habíamos ido de visita a la chacrita de los abuelos Risso, en lo que antes habían sido campos de las hermanas Gómez, si la información que tengo no es errada. Como siempre lo hacíamos habíamos ido de a caballo.

Era una linda mañana de tiempo primaveral. Estábamos delante de “las casas” que tenía forma de “L”. La parte larga, era una casilla de madera dando el lomo al sur -más o menos-; en esa parte de atrás se le había anexado una construcción tipo rancho, donde había una pieza larga de techo bajo donde había 2 o 3 camitas y era donde dormía cuando iba a pasar algunos días. La pata corta de la “L” era un ambiente amplio, en construcción de rancho, con un cielorraso panzón hecho con alpilleras: la cocina. Un ambiente muy cálido. Como todo el resto, siempre muy pulcro, muy prolijo. Que una cosa es ser pobre y otra ‘dejao’. Allí la cocina económica puede decirse que “brillaba”; era de aquellas que tenía un reservorio para tener agua caliente disponible todo el tiempo.

Delante de “las casas” un jardincito muy  bien acomodado que la abuela Rosa, y fundamentalmente la tía Nona, se encargaban de que siempre estuviese así.

En una de esas mi padre se pone en acción: quita una planta con su recipiente -tipo maceta, digamos- que estaba arriba de un tronquito de unos 30/40 cm de alto, lo corre de lugar, y me dice algo así como: “Vamos a ver si está”.

La casilla tenía en todo su frente algo así como una galería o alero, y en las chapas de la misma, buscó el cruce de dos, levantó una un poco, y fue metiendo el brazo hasta que dijo: “Acá está”, y cuando lo retrajo venía en su mano un cuchillo de respetable tamaño, vaina de suela negra, cabo de plata vieja. Lo desenvainó y era un arma de doble filo en todo el largo de la hoja, una daga, sin marca, ni cuño en el cabo. La vaina, en la parte de atrás tenía un corte casero en forma de “v”. Después que lo observamos un rato, lo volvió a acomodar en el sitio que estaba. Y me contó: “-Cuando yo era chico, ya estaba acá escondido”. Él era de 1921, por lo que ese “cuando yo era chico” se me ocurre ubicarlo por el ’30, por lo que a ese momento ya hacía como 40 años que estaba ahí “guardado”. Quizás el único que supo a quién correspondió haya sido mi abuelo Santiago (era de 1893) y se llevó el secreto a la tumba.

Muere él en 02/1972, y el pedacito de campo se vende, con el motivo de comprarle a mi abuela un terreno y una casilla en el Pueblo de Bartolomé Bavio. Quién compró el lugar, demolió todo lo existente e hizo casa nueva, cómoda y moderna.

En los años 80, yo visitaba a Tía Nona (la abuela murió en 1977) que se había casado con Alfredo Burgos. Entonces tenía auto y una vez al mes iba, a veces con la familia, a veces solo, otras veces con mis hijos. En una de esas acordándome del cuchillo, pregunto: “-¿Tía, cuando se vendió el campo, el cuchillo aquel que estaba entre las chapas, quedó ahí…?”. “-¡No! -fue la respuesta- lo sacamos”, “-¿Y dónde está?”, repregunto. “-Sabes que no me acuerdo”, y automáticamente sale de la casa, ya que en el terreno de al lado, separado por un alambre tejido, vivía una hermana mayor, Tía Lelia, a quien llama y le hace la consulta. Conclusión: ambas recordaban haberlo sacado, pero ninguna tenía claro donde se había guardado. Terminada mi visita, al despedirme, le digo a la Tía: “-Si el cuchillo aparece y a ninguno de ustedes le interesa, a mi sí. Te lo encargo”.

Corrió el tiempo, se sucedieron visitas, y en una ocasión la sorpresa: “-¡Apareció el cuchillo! El Tío (por su esposo Alfredo), estuvo haciendo limpieza en el galponcito, quemando unos trastos viejos, y al volcar un roperito apolillado, se salió el cajón, y en un doble fondo estaba el cuchillo”.

Aquella tarde noche volví exultante a mi ranchada en La Plata.

La vaina del cuchillo era de suela negra y mostraba mucho uso, como que su extremo lucía la punta gastada del continuo roce contra el cojinillo del recado. Limpié su hoja, la pasé en la piedra, lustré el cabo y lo comencé a usar, y un día que no recuerdo a que fiesta habíamos ido con Carlitos Ameghino (Presidente de La Montonera de Ensenada), después que lo anoticié de esta historia, me dijo: “-Dejámelo que a esa vaina la voy a hacer picaza”, claro, él era platero. Y le hizo nomás un trabajo que simula ser antiguo para que quede más o menos referenciado con el cabo.

Si bien las fotos son ilustrativas, aporto las medidas: largo total 46 cm: cabo 12,03; hoja 29 ½, vaina 33 ½

Esta es la curiosa historia de un facón que suelo usar. ¿Vaya a saber en qué pendencia anduvo?, para terminar escondido entre el cruce de dos chapas. Con seguridad Don Santiago Risso, supo a quien hizo esa gauchada…

Hace poco, hablando del tema con mi prima hermana Mirta Espinel que vive en Bavio, ésta me sugería el nombre de un viejo caudillo conservador lugareño, muy amigo del abuelo, aunque éste era más vale radical, pero… la política es una cosa y la amistad… muy otra…