domingo, 15 de julio de 2012

EL GAUCHO - su génesis

SU  GÉNESIS
Desde la ventana que tan gentilmente me abriera … (“El Mirador  /  El Tradicional”) permitiéndome no solo otear hacia horizontes sin límites, sino también, volcar algunas reflexiones, decía al entornar sus postigos, que de  haber “una próxima” hablaríamos de nuestra cultura gaucha. ¡Pues, intentemos darle inicio!
Pero hablar del gaucho, así a secas, es -como suelen expresar los jóvenes-: todo un tema. Y para encontrarle la punta al mismo debemos remontarnos a la llegada de los primeros conquistadores e imaginarnos sus ojos poblados de asombro: primero, porque pisaban una “tierra nueva”; segundo, por la exhuberancia de lo que la misma les ofrecía -ríos inmensos, selvas inconmensurables, montañas gigantescas-, ¡que el nuevo mundo no se las anda con chiquitas!, y superaba todo lo por ellos  conocido.
Y sumémosle a lo dicho, la rica magnificencia de las desarrolladísimas civilizaciones que habitaban Centroamérica y el norte y noreste de la América del Sur.
Escaramuza más escaramuza menos, dominar a aquellos pueblos civilizados fue tarea fácil para los ambiciosos soldados ávidos de riquezas; pero a medida que avanzaban hacia el sur o que intentaban desembarcos en el sur del continente, no solo la naturaleza se mostraba más agresiva, sino que en los naturales de estas regiones, en condición inversamente proporcional a su desarrollo sociocultural, crecía su belicosidad en defensa de esa invasión.
Mucho le costó al español asentar su planta en esta zona de América; baste evocar a Solís y Mendoza, entre otros, para recordarlo. Y si bien las riquezas no estaban a la vista como con los aztecas y mayas, el imaginario popular se encargaba de mostrarlas de manera tal que, incentivado el apetito codicioso, el conquistador buscó afanosamente sobreponerse a tanta contingencia y adversidad, hasta lograr establecerse con cierta seguridad.
En nuestras latitudes, que es donde rastreamos el origen del ser social llamado “gaucho”, la conquista logra hacer base en lo que hoy es Paraguay.
Al respecto dice Félix Luna: “Poco después (refiere a la muerte de Mendoza) se estableció una convivencia relativamente pacífica en el Paraguay, y los guaraníes hicieron tratos con las huestes de Irala sobre la base de entregar a sus mujeres, en un ámbito que se dio en llamar ‘el paraíso de Mahoma’.”
El destacado es nuestro, que allí se encuentra la punta del ovillo.
No es ninguna novedad afirmar que en aquellas aventuradas y difíciles travesías sobraban hombres y escaseaban mujeres, y no es de extrañar tampoco que por una cuestión natural hombres y mujeres se necesitan mutuamente, y a falta de europeas, ¡bienvenidas las guaraníes! Y se inicia la mestización.
Fruto del reclamo de esa necesidad sexual, son los hijos que comienzan a denominarse “mancebos de la tierra”, “mozos de la tierra” y también “criollos”. En un trabajo anterior los describía así: “Hijo de vientres pródigos y fecundos pero casi anónimos, tuvo padres que le mezquinaron la identidad de la paternidad.”
Cuando Juan de Garay acude hacia el sur con la intención de establecer el dominio del estuario del Plata refundando la ciudad soñada por Pedro de Mendoza cuatro décadas antes, encabeza una expedición integrada por sesenta y seis personas, que en si ya no eran españoles de pura cepa, sino, casi todos nacidos en estas tierras, producto de los tratos párrafos arriba indicados. Eran criollos.
Buenos Aires fue refundada el 11 de junio de 1580 prácticamente por “hijos del país”.
Aquella expedición pondrá en movimiento una actividad que será primordial para el nacimiento del gaucho: el trabajo con hacienda y de a caballo.
Entonces el valor de la hacienda bovina y caballar era muy importante, y una cantidad de ellas era necesaria para establecerse en las regiones a dominar. Esto motivo una expedición fundadora dividida en dos: por agua, en embarcaciones, los enseres de trabajo, muebles, provisiones y herramientas; por tierra los arreos vacunos y yeguarizos confiados a mozos de a caballo y guaraníes colaboradores y prácticos en la tarea.
Esa actividad ecuestre vinculada al manejo de hacienda bovina, será primordial para el nacimiento del gaucho, y quizás haya sido ésta travesía el antecedente cierto de lo que siglos más tarde conoceremos como uno de los oficios más gauchos: el de tropero, arriero o resero, según sea la región.
La fundadora expedición de Garay, trajo hacia estas tierras a poblar, entre 300 y 500 cabezas de ganado vacuno y unos 1000 yeguarizos. Siete años antes, el mismo soldado había fundado Santa Fe de la Veracruz, en cuyas adyacencias ya se apacentaban de estas clases de ganados (procedentes del Paraguay y Córdoba), necesarios para el abasto de la población, unos, imprescindibles para la movilidad, el trabajo, la guerra y las tareas de expansión, los otros.
Es de pensar con certeza, que de los que venían arreando desde la Asunción, como de los que se aquerenciaban por la joven Santa Fe, y los que se establecieron en la nueva Buenos Aires, hubo animales que escapaban del control de sus pastores (se “alzaban” se decía entonces), y dueños y señores de un ámbito que los favorecía, se silvestraban, o para decirlo en el lenguaje de la campaña, se hacían “cimarrones” (salvaje, montaraz). Si a esto le sumamos que unos siete años después, Juan Torres de Vera y Aragón fundaba San Juan de Vera de las Siete Corrientes, para cuyo fin se arrearon -también de la Asunción- 1500 cabezas de ganado, con los que debe haberse repetido el fenómeno antes aludido, ya tenemos en la hacienda silvestrada, el caldo de cultivo del que ha de germinar el gaucho.
Haciendas de Santa Fe se utilizaron para poblar y extender las posesiones en la Banda de los Charrúas, y así, hacia 1606 el Gobernador Hernandarias encontró vacunos cimarrones ¡a diez leguas de la costa!, lo que es decir más de 50 kms.
Según refiere Coni en su “Historia de las Vaquerías de Río de la Plata”, a 28 años de fundada la Ciudad de Buenos Aires (1608), el Cabildo concede a Melchor Maciel, el primer permiso o licencia para cazar hacienda cimarrona. Esto de por sí explica que el número de animales en estado silvestre en los campos más o menos próximos, era muy importante.
Así, hacia 1610/20, las haciendas sin marca de dueño, pero que se consideraban propiedad de los gobiernos de cada ciudad, se contaban por cientos de miles a lo largo del litoral, en la Banda Oriental, y en los llanos próximos a Buenos Aires.
Y esta geografía poblada de majestuosos ríos, impenetrables montes y selvas, con llanuras inmensas, pero que carecía de los codiciados metales precioso tan apetecibles para los conquistadores, reemplazará las minas de plata, con la explotación del ganado vacuno, cobrando suma importancia lo que ha de llamarse “acción de vaquear”.
Era tal, un derecho que se vendía a, por lo general, miembros de la sociedad “más acomodada”, y que no necesariamente tenía que ver con la posesión o titularidad de la tierra.
Ahora bien, no han de ser estos “señores” los que han de internarse campo adentro donde la naturaleza y los naturales del suelo tallaban por propia condición. Estos propietarios, a los que se conoce como “accioneros”, contrataban capataces de probada autoridad y mando, y éstos, se encargaban de reclutar esos “mozos de la tierra”, esos “hijos del país”, esos “criollos”, hábiles como el que más para el caballo y curtidos como el mejor para la intemperie, que habían heredado de la sangre materna, la parquedad, el coraje nunca doblegado y un cierto distanciamiento hacia el poder de la civilización; y de su ascendencia paterna, cierta anónima hidalguía y el mismo arrojo que le permitió al conquistador el abordaje de lo ignoto.
Por meses armaban campamentos en lugares recónditos (si los relacionamos con los escasos centros poblados), abocados a la caza de la hacienda salvaje, animales de cuerpo enjuto, amplia cornamenta y ágiles como gamo; donde a fuerza de desjarretador, lazos, boleadoras y facón, procedían a la tarea de sacrificar la mayor cantidad de reses posibles, para paso seguido, a cuchillo y chaira iniciar la cuereada, animal por animal, ya que era éste -la corambre-, el único elemento aprovechable entonces, el que, carretas mediante, llegaba a los puertos que le señalaban a Europa como fin de viaje.
De esta actividad, realizada casi ininterrumpidamente hasta mediados del 1700, nace ese ser social al que se llama gaucho, que por las circunstancias apuntadas solo ha de respetar en el mando al que es superior a él, lo que -con el devenir del tiempo-, ha de explicarnos el por qué del caudillismo.
Según Juan Espinosa, el gaucho “Es orgulloso como quienes no reconocen superior en el desierto en que vive, y se considera dueño por su esfuerzo de cuanto lo rodea”. Esta última interpretación de la propiedad, es la que en el Siglo 19 fundamentalmente, lo enfrentará al poder del patrón y de los jueces, que lo tildan de vago y haragán; pero, por el contrario, si seguimos al autor citado, vemos que “…es espigado, ligero de cuerpo, pero membrudo; tan infatigable en la faena como indolente cuando no tiene precisión de hacer algo. Alegre a veces, taciturno otras, celoso de sus derechos de hombre, no sufre que nadie le humille: tipo especial que no tiene muchos parecidos”.
Resumiendo, tomamos la expresión del Dr. Pizarro, cuando dice:  “El gaucho (…) se apone al blanco-europeo y a su orden porque solo lo valoraba como esclavo y tiende  a alejarse del tipo de vida horizontal y gregaria del indio, porque se siente superior a la misma…”.
Acercándonos al final, digamos que desde aquella fundación de Asunción (1537) transcurrieron dos centurias hasta llegar a erigirse en un ser social con identidad propia, templado y formado por las dos vertientes que le dieron vida (“Naciste en la juntura de dos razas  /  como en el tajo de dos piedras  /   nacen los talas”, estilizó el poeta), y todo eso para una existencia plena de no más de un siglo, como que alterada la geografía natural por el avance civilizador, el gaucho transmutó hacia el hombre de campo que alteró aquella seminómade existencia, en la de peón de estancia, puestero, resero por caminos serpenteantes, pero atado ahora a reglas socio-económicas que en todo difieren de su tiempo de origen.
Muchas páginas podrían borronearse sobre el particular, aportando dichos de muchos investigadores, pero buscando la síntesis cerramos con las palabras del oriental Silva Valdés, cuando dice que en el ayer el gaucho abonó la Patria con su sangre, y que “hoy, convertido en símbolo, sigue prodigando el zumo de su vida nutriendo el estro de algunos artistas que lo evocan y lo aman como al abuelo del pago grande que es el terruño. Gaucho: creo que no te acabarás nunca (…), nuestras patrias te ofrecerán al futuro en las dos manos extendidas del Arte y de la Historia”.
Y en eso andamos nosotros.
La Plata, 17/10/1998
Publicado en Mensuario “El Mirador” (La Plata), en 10 y 11/1998
Publicado en Periódico “El Tradicional” Nº 46 de 06/2002

lunes, 9 de julio de 2012

ENRIQUE UDAONDO - custodio del ayer


Atento a que se ha cumplido el Cincuentenario de su Fallecimiento y poco y nada se lo ha recordado, es que nos parece oportuno rescatar esta nota de 11 años atrás, publicada por "Revista La Taba" de Luján en su Nº 18 de 4/2001

Tiene Luján en la evocación de Don Enrique Udaondo, la presencia indudable de un hijo pródigo aunque no fuese éste nacido en su seno; pero es innegable que fue él una de las personas que más contribuyó para la difusión de su nombre, a través de la vasta e importante obra que llevó adelante, la que acercó y continúa acercando hasta sus calles, cantidades de turistas dispuestos a conocer sus “tesoros”, y de investigadores urgidos por verificar sus estudios.
Hijo de Don Melitón y Doña Adela Peña, nació Enrique en la Ciudad de Buenos Aires, el 11 de junio de 1880, justo cuando la misma celebraba tres siglos de su fundación. ¿Por qué no pensar entonces que esta coincidencia lo marcó con ese afán por descifrar la historia y conservar sus testimonios que lo acompañó toda la vida?
En colaboración con el Dr. Adrián Becar Varela y auspiciado por el Municipio de la Ciudad Capital, para el Centenario de la Revolución de Mayo publica su primera obra: “Plazas y Calles de Buenos Aires – Significado de sus nombres”.
Y si bien fue un escritor e investigador enjundioso capaz de encarar obras de largo aliento, su nombre ha trascendido más bien por su pasión conservacionista de los testimonios del pasado, a los que se abocó con verdadero ahinco, siendo padre y creador de numerosos museos.
Pero su obra cumbre está allí, en Luján; en ese Luján, decía al principio, que lo cuenta como hijo pródigo.
Fundador e impulsor del Museo Colonial e Histórico, fue su director (ad honorem) y por muchas décadas, desde la inauguración el 2 de julio de 1923, al punto de poder definírsele diciendo simplemente: “le dedicó su existencia”.
El museo, que en sí había sido creado por decreto del 17/12/1917, se ubicó y allí permanece, en el edificio del “Cabildo de la Villa de Luján”, al que se le anexó la construcción conocida como “Casa del Virrey”, en virtud de que en ella supo alojarse el Virrey Marqués Rafael de Sobremonte, casa en la que entre 1830-1845, vivió el también célebre doctor Francisco Javier Muñiz.
Para la restauración y adecuación de dichos históricos edificios a su nueva función de entorno museológico, colaboró con Udaondo el Arq. Martín Noel.
Esto sería en su origen, ya que posteriormente se le fueron agregando otros edificios hasta llegar a ser el inmenso complejo de la actualidad.
Pero no satisfecho don Enrique con esta inconmensurable obra, se dedicó a difundir su visión protectora del pasado, forjándose y naciendo a su influjo, una serie de nuevos museos. Tales los casos del Museo Pampeano de Chascomús (7/11/1939), Museo y Parque Criollo Los Libres del Sur de Dolores (29/10/1940), Parque Criollo y Museo Gauchesco ‘Ricardo Güiraldes’ de San Antonio de Areco (16/10/1938), sin olvidar otros en que también intervino.
Pero paralelamente a su actividad de museólogo, desarrolló afanosamente su labor de investigador e historiador, dando a la imprenta obras como: “Los Congresales de Tucumán” (1916), “Uniformes Usados Por Nuestro Ejército” (1922), “Árboles Históricos”, “Diccionario Biográfico Nacional” (1938), “Diccionario Biográfico Colonial Argentino” (1945), por mencionar sólo una parte de su amplia obra.
Por su labor de activo historiador ocupó varias veces la vicepresidencia de la Academia Nacional de la Historia, y fue asimismo un precursor en la tarea de identificar y marcar los sitios de valor histórico en la provincia de Buenos Aires.
Por cuestiones similares fue que se lo distinguió con la Presidencia de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos.
Hace poco, un miembro de la Academia de Historia recordaba cuando en 1934, viendo Don Enrique en la Plaza de Luján, a un joven pintor llevar a la tela la fachada del histórico cabildo, le ofreció realizar pinturas y efectuar restauraciones en telas existentes en las colecciones del Museo. Ese joven era Liber Fridman, y estimulado por Udaondo aprendió restauración al lado del maestro restaurador Zuliani, en Milán, quien ante sus aptitudes lo tomó como ayudante.
Inferimos aquí que vislumbró Udaondo el potencial del entonces novel artista, sirviendo su apoyo inicial para que aquel dedicara su vida al arte siendo un colaborador del Museo.
Si hubo una vida abnegada y dedicada a preservar los testimonios del pasado, esa fue la de Udaondo, quien dejó de existir en Buenos Aires próximo a cumplir 82 años, el 6 de junio de 1962, aunque vive perpetuado en su valiosa obra.
La Plata, 18 de enero de 2001
Bibliografía
Guía de Museos – Pcia. de Buenos Aires – Minist. de Educación (3/1958)
Boletín Instituto Bonaerense de Numismática (11/1962)
Diccionario Biográfico, Histórico y Geográfico – El Ateneo (8/1997)
La Nación – El pintor de un modelo literario, por R. Elissalde (13/05/2000)

ECHEVERRÍA Y LUJÁN


La gratificante circunstancia de encontrarme colaborando con “La Taba”, me permitió conocer y pasar varias horas de un inolvidable domingo, en la Estancia “Los Talas” de la familia Furt, en Luján.
El domingo 4 del pasado noviembre (Refiere: AÑO 2000), guiado y acompañado por Nicolás Luna, y junto a Alberto Zárate y Julio Rodríguez Ledesma, merced a una previa invitación de la Sra. Etelvina Furt de Rodríguez, llegábamos para sorprendernos, a tan antigua estancia porteña.
Pero no es el caso de abordar referencias vinculadas al establecimiento pastoril (tarea para la que comprometemos a nuestro Director), sino más bien, a un ilustre visitante, de quien en el pasado enero se han cumplido 150 años de su fallecimiento. Me refiero a José Esteban Antonino Echeverría, o más simplemente como ha trascendido el joven “romántico”, Esteban Echeverría, quien falleció a la edad de 45 años.
Este prestigioso hombre de las letras y el pensamiento argentino, fue un privilegiado visitante de “Los Talas”, aunque a veces en circunstancias más próximas al ostracismo y ocultamiento, que al placer del descanso en tan encantador sitio.
Este, tras su estada europea de casi un lustro en que residió en París, regresó al Plata en 1830 embuido de los movimientos vanguardistas en boga en la capital francesa, y dispuesto a difundirlos en estas latitudes, tuvo la originalidad de tomar elementos de contenido autóctono para expresar las nueva formas, movimiento que se conocerá como “romanticismo”.
La historia y la leyenda se mezclan para referir que producida la Revolución del 39, más conocida como “Los Libres del Sud”, Echeverría, para alejarse de las iras rosistas (desde la poesía y el pensamiento escrito -El Dogma Socialista- militaba en el unitarismo, bando opositor al del Señor de “Los Cerrillos”), buscó refugio en el predio de su amigo y correligionario Don Mariano Biaus, dueño entonces de “Los Talas”.
Se sabe que allí escribió el poema “La Insurrección del Sud”, alusivo a la citada revolución, según lo consigna Don Jorge Furt, pero otros investigadores van más lejos y aventuran que a esa estadía corresponden también los borradores de “La Cautiva” e incluso de su cuento “El Matadero”, contribuyendo a estas suposiciones y confusiones el hecho de que no fechara sus escritos, aunque el último bien podría estar redactado por esa época.
Lo cierto es que Echeverría, al reparo del monte de “Los Talas” y en tan solariega edificación pampeana, se inspiró y escribió parte de su obra ...o al menos algo...
Haber pisado y recorrido las habitaciones que la tradición familiar ha mantenido vigente como que fueron las que utilizó el escritor, me posibilitó volver a experimentar la misma y extraña sensación que tuve al visitar en la Estancia “El Talar”, en Navarro, la habitación en que pasó sus últimas horas Dorrego, o en “La Esperanza” en Bavio, Magdalena, el lugar donde reposara de las penurias de la Guerra de la Independencia, el bravo Tnte. Cnel. de San Martín, D. Miguel Cajaraville.
Quizás sólo me parezca a mi, pero hay una cierta sensación atemporal, que pareciera nos introduce en aquel tiempo del pasado.
Echeverría había nacido el 2 de septiembre de 1805, quedando huérfano de padre a temprana edad, a pesar de lo cual pudo, tras cursar las primeras letras, ingresar en 1820 al Colegio de Ciencias Morales, donde estudió por espacio de 3 años, hasta que cuestiones ajenas lo llevaron a abandonar los mismos para conchabarse como dependiente de aduana en un comercio de plaza.
Justo es decir que aunque no comulgue con su estilo poético y su ideario, se ha ganado un respetado lugar en la historia Argentina, de allí entonces mi emoción de haber caminado por donde él lo hubo hecho.
Emigrado, falleció en Montevideo, víctima de problemas cardíacos que lo aquejaban desde varios años antes, el 19 de enero de 1851.
...y el “Pago del Arbol Solo” fue testigo de su paso y de su obra...
La Plata, 26/12/2000
 Fuentes:
Esteban Echeverría, por Ramón Villasuso, Ed. Sopena (1944)
La Cautiva” de Echeverría, por Juan Carlos Ghiano, Emecé Editores (1966)
“El Matadero” de Echeverría, por Juan Carlos Ghiano, Emecé Editores (1967)
La Nación del 27/9/98 – Nota de F. N. Juárez
La Razón del 18/10/99 – Nota de Roxana Sanda

(Publicado en "Revista La Taba" Nº 17 de 02/2001)

viernes, 6 de julio de 2012

SAUBIDET - ¿Pa' hablar en gaucho?


¿Pa' hablar en gaucho...? ¡TITO SAUBIDET!

Para quienes gustan interiorizarse en los pormenores de la antigua forma de hablar y las expresiones del hombre de la campaña pampeana, o para quienes buscan aclarar voces encontradas en textos de cuentos, novelas y poesías, hay un libro que les resulta de suma utilidad por lo esclarecedor, didáctico y educativo; esa obra se titula “Vocabulario y Refranero Criollo” y es su autor Tito Saubidet.
Es el suyo un nombre y apellido fácilmente identificable entre la gente amante del tradicionalismo, pero poco se conoce de él más allá de que es el autor de la ya citada obra. Entonces, rastreando datos, es que trataremos de trazar una semblanza evocativa.
Tomas María Saubidet Gache, tal su verdadero y completo nombre, vino a la vida en Buenos Aires, el 19/04/1891, en el matrimonio de Tomasa Gache Solveyra y Alberto Saubidet Díaz de Vivir, manteniendo en su niñez un íntimo contacto con la vida rural “...en campos del sur de la provincia” según su propio decir, donde supo seguir el rumbo que le marcara su tío y padrino, Don Santiago Luro.
Cursadas las escuelas primarias y secundarias, inició estudios universitarios en la Facultad de Ingeniería, pero al ser beneficiado con una beca del gobierno nacional, viaja a Europa y se gradúa en la Escuela Especial de Arquitectura de París, Francia, en la que luego dictará cátedra por más de 10 años (1918/1930).
Ya en Europa, es entre los años del primer conflicto bélico (1914/1918), “corresponsal de guerra” para un medio periodístico colombiano. Acá vale acotar que dibujos y acuarelas de su autoría representando escenas de dicha guerra, integran la sala Leblane, del Museo de Guerra, en el Palacio de los Inválidos de París.
Dedicado a las artes plásticas desde temprana edad, obtiene en 1914 el Primer Premio en el “Concurso de Afiches para el Salón de Artistas Humoristas de París”. Años después resulta Diploma de Honor, primero, en la “Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas, de París (1925), y también en la “Exposición de Bellas Artes de Burdeos”, Francia (1927).
Con motivo de la presentación de Carlos Gardel en el Teatro Florida de París, en el año 1927, Saubidet, realizó siete grandes decorados al óleo para la escenografía. Así también confeccionó seis grandes decoraciones y la construcción de pabellones y restauran -entre otras dependencias-, en la Exposición Ibero-Americana de Sevilla, en 1929.
Pero no habría de quedar allí la actividad cultural de éste argentino, y tras el largo periplo europeo, al sentir el llamado ancestral de la tierra, regresa a la Patria (aproximadamente 1931), para dedicarse de lleno a la actividad rural, para volcar su actividad plástica a lo telúrico, y por último, para incursionar en la literatura costumbrista con una obra que lo ha trascendido.
Se vincula al quehacer gauchesco y hacia enero de1937 sabemos que registraba como “socio especial” del Círculo Tradicional “Leales y Pampeanos” de Avellaneda.
Ya en suelo bonaerense, al decir de Justo P. Sáenz (h) -su amigo-, se somete a un “...voluntario aislamiento de tres lustros en el fondo de los campos de Tapalqué (...) Allí a caballo, de poncho y botas, cantándole al oído el susurro de la brisa entre el cortaderal, rememoró el ambiente que conociera en su niñez y cuyo recuerdo siempre había guardado con unción de convencido (así) se reencontraba con su espíritu”.
Vuelca entonces toda la técnica de la pintura adquirida en la vieja Europa, para reflejar en el lienzo escenas camperas de un verismo que asombra sacando de su paleta los colores exactos de una realidad solo posible de captar por quien conoce, quiere y respeta las cosas gauchas, por encima de ser un buen artista.
Fruto de esta actividad creadora son cuadros como “Volviendo con la tropilla”, “Echando al medio”, “La tropa”, “Un resuello y un mate”, “Abriendo la tranquera”, “Acomodando los cueros” o “Para el palenque”, entre muchos más.
En este aspecto realizó exposiciones en la Galería Moody, como por ejemplo las tituladas “Motivos Camperos” (1937) y “Motivos Gauchos” (1938); también expuso en Viau, Van Riel, Vieux París y Witcomb (74 cuadros en 1952), todas de Capital, sin olvidar sus muestras en Barcelona, París, Bruselas y Londres.
Esta actividad lo llevó a ilustrar la edición del Martín Fierro de Domingo Viau, habiéndose utilizado obras suyas para la ilustración de otras obras como lo son “Pelajes Criollos”, de Emilio Solanet y “Un Hombre de Campo”, de Aarón Esevich.
Hombre de aguda observación, de su contacto directo con peones, reseros y domadores, no solo obtuvo material para sus cuadros, sino que además, según él mismo nos cuenta: “...teniendo la suerte de observar en mi niñez gauchos auténticos, de los que ahora quedan pocos (acotamos que esto escribe en 1943) así pude conocer sus usos y costumbres, y apreciar la belleza, exactitud y originalidad de su lenguaje”. (El destacado corre por nuestra cuenta).
Esto último lo llevó a compendiar las voces y expresiones que consideró más importantes, y que hacen, según su afirmación: “a voces y modismos observados en usos y costumbres de los paisanos de la provincia de Buenos Aires en su zona sur”, ya que da por descontado la existencia de voces y modismos distintos en otras regiones del País.
En el último párrafo de su “A modo de prólogo”, le agradece el aporte a Don Julio Casares, estanciero criollo de Tapalqué; y al respecto, en conversación que mantuvimos con Omar Menvielle (“Moro”, para su familia y amigos), hijo del notable poeta, nos contó que sabía por su padre, que Casares, un hombre muy criollo y conocedor de cosas de antes, y “muy buen pialador”, fue una de las fuentes principales y que su aporte fue más que importante.
Favorecido por su condición de dibujante, acompañó profusamente con demostrativas ilustraciones, el significado de las palabras, enriqueciendo la obra.
Su libro “Vocabulario y Refranero Criollo”, fue publicado por la Editorial Guillermo Kraft Ltda. en 1945, apareciendo en un lapso de 15 años, seis ediciones; siendo luego reeditada por Librería Editorial Palumbo, y más recientemente por Letemendía Editor.
Creemos que esta obra, junto a “Habla Gauchesca” de Mario Aníbal López Osornio, a”Voces y Costumbres del Campo Argentino” y “Diccionario del Martín Fierro” de Pedro Inchauspe, y la muy reciente -2004- “El habla paisana” de Rafael D. Capdevila, constituyen la base indispensable para conocer sobre la exacta forma de expresarse de nuestro hombre de campo. Y al respecto acotamos una última frase del autor:  “No debemos menospreciar el habla rural; si la estudiamos con empeño y cariño sacaremos de ella una grande y útil lección. El paisano, dentro de su restringido campo ideológico, tiene un léxico pobre y limitado, pero en la expresión de sus ideas lo usa con una precisión y sobriedad que no posee la mayoría de los escritores de la ciudad, que aún no han sabido libertarse de la verborragia  peninsular”.
Este arquitecto, pintor, ilustrador, recopilador y sobre todo ¡gaucho de espíritu!, falleció en la  localidad de Olivos hace ya medio siglo, el 19  abril de 1955.
La Plata, 24 de mayo de 2005
        
Nota: La base de este artículo, ahora corregido y aumentado, apareció en Revista”Pa’l Gauchaje” Nº 23, en   7 /1987.
 Fuentes de información: 
Revista El Caballo Nº 105 (10/1952) y Nº 136 (5/1955)
Quién es Quién en la Argentina
Gran Enciclopedia Argentina, de Diego Abad de Santillán
Charla con Omar Menvielle (h), el 19/09/2000
(Publicado en Revista De Mis Pagos Nº 21)

jueves, 28 de junio de 2012

CHAZARRETA - El Patriarca del Folclore


Abril y mayo son meses aniversario en la existencia de uno de los grandes hacedores de la cultura popular de nuestro país, como que el 28/05/1876 marca el nacimiento y el 24/04/1960 cierra el ciclo vital de ese patriarca llamado Andrés Chazarreta, o simplemente, “Don Chaza”, como lo denominaban sus íntimos.
No ha de llamarnos la atención que el 40º Aniversario de su fallecimiento pasara prácticamente inadvertido, ni nos sorprenderá que no sea recordado su natalicio, que a veces solemos ser así de ingratos con “nuestras glorias” (¿O los que se olvidan son en realidad los grandes medios…? ¿O es que será responsabilidad del Estado velar por la memoria del pueblo…?).
Nacido en el viejo Barrio de La Merced de la Ciudad de Santiago del Estero -templo predilecto de Juan Bautista Ibarra, reedificado bajo su dirección en 1836, al decir de Alén Lascano-, ocupó la casa de la calle 24 de Septiembre Nº 428, junto a Doña Andrea y Don Dolores -sus padres-, y sus hermanos. Pero su propia vida hogareña y familiar transcurriría en la casa de la calle Mitre Nº 127, donde casi en la madrugada de un Patrio 25 de Mayo lo sorprendió el silencio.
Esa casa sería luego transformada en “Casa Museo”, y como muchas cosas que suelen pasarnos, anda viviendo las horas del “¿cómo sobrevivir?”.
Copiamos a León Benarós para describirlo en su senectud: “Era en sus años finales -murió pasados los 84- una especie de algarrobo padre, nudoso y ceñido, que había tomado los tintes morenos de su tierra santiagueña, soleada y sufrida. Tenía las manos sarmentosas, pero hábiles aún para la guitarra”.
Él mismo consideraba al año 1905 su momento de inicio “en el rescate tradicionalista con la recopilación de la célebre ‘Zamba de Vargas’. Esta labor no habría de interrumpirse a lo largo de cincuenta años, en cuyo curso habría de volver al pueblo más de 40 danzas que, de no haber sido por él, hoy estarían irremisiblemente perdidas”. (Lázaro Flury, La Capital de Rosario, 8/1955).
Contaba 20 años cuando se graduó de maestro normal, y ejerció la docencia y la dirección de escuelas hasta su jubilación; también fue Secretario del Consejo General de Educación de su provincia, como además, Presidente de la Comisión de Folklore de Santiago del Estero.
Pero su trascendencia la adquiere no por la docencia (donde mucho aportó), sino en la difusión de las expresiones musicales provincianas; y en ello juega un papel primordial la creación, en 1911, de su “Compañía Criolla”, con la que luego de descollar en su pago, asombraría a la propia Capital de los argentinos, despertando y alentando un movimiento que hizo reverdecer el sentimiento terruñero en muchos corazones y en dispares sitios.
Ni el ser bonaerense ni el encontrarme inmerso en las cuestiones propias de las surerías, pueden hacerme cerrar el pensamiento para no recordar al insigne santiagueño que tanto bien nos ha hecho a todos.
¡Descanse en paz, maestro!, aún somos muchos los que sabemos el significado de su nombre.
La Plata, 06/05/2000
(Inédito)

lunes, 25 de junio de 2012

SOBRE EL INDIO

           Tendría 13 años,  cuando en el campo, en “Los Ombúes”, casa de mis abuelos, me topé con una vieja edición de 1928, de “El Indio del Desierto – 1535/1879”, y si bien su autor, Dionisio Schoo Lastra, estaba muy vinculado a Roca -fue su secretario, esto lo supe, quizás, 20 años después-, la lectura me dio mucha información sobre la vida del aborigen en la región pampeana.
Por entonces, la información que recibía en la escuela hablaba de “salvajes” referido al indio, y de “primera dictadura” para referir a la época de Rosas.
No puedo explicar porque ambas cosas no me convencían, ni nunca las tomé en serio.
Amante del gaucho desde siempre, intuía también que gaucho e indio no eran “hermanos”, y sí más vale, “enemigos” por intereses de terceros que los enfrentaron.
A partir de 1492 la imposición de la conquista fue total, y así hoy cada nación de América tiene por lengua, la que era propia del que ejerció la colonización en cada región. En nuestro caso, el idioma español.
Todo nos impuso el conquistador, al extremo que son muy pocas la voces de pueblos aborígenes que pasaron al lenguaje habitual.
Ya que soy un hombre vinculado a las “letras”, tengo plena conciencia que todas las formas poéticas son hispánicas; nuestro mérito, o mejor dicho, el de los hombres que nos procedieron, ha sido darle identidad propia al contenido.
            Si bien no soy de los que se rasgan las vestiduras en favor del indio, tengo plena conciencia de que era el dueño universal de todo lo existente en este “nuevo mundo”, y que se cometieron atrocidades en nombre de la “civilización”, pero más que nada: en pro de la riqueza fácil.
            Quienes abrazan la “causa aborigen” como cuestión fundamental, primero tienen que tener en claro que en esta América nada les pertenece, ni el aire que respiran, y deben ejercer un renunciamiento total.
            Conceptualmente no llego a tanto, a pesar de lo cual he escrito cosas, como este triunfo “Pa’l Indio” que compuse a los 18 años, y que mucho después musicalizara Saturnino López Satur y grabara Alberto Durán:
                                                                                                  (*)
Pa’l Indio” 
(triunfo)
I
Pobre el indio ‘e mi tierra
tan perseguido,
¡qué digo siempre corrido!

Eran tan argentinos
como nosotros,
¡pero eyos eran más potro!

Viendo invadir sus tierras
las defendieron
¡qué digo que se ofendieron!

Dieron muchos malones.
¡Qué cabayadas!
¡Dejaban las rastriyadas!

Estribillo

Pero van los melicos
y los sablearon...
¡Mire como los dejaron

II
A los indios corrieron
hacia otras tierras,
¡que digo si los destierran!

Los “señores” contentos
por la ciudá,
¡miren que barbaridá!

Dispués dicen del indio
que son salvajes,
¡les dicen que son salvajes!

Y en vez de algo enseñarles
como argentinos,
¡los echan a otro destino!

Estribillo

¡Pucha, digo que cosa!
Indio tu mano
¡qué digo que soy tu hermano!

            Y no ha sido lo único que escribí, pero el paso del tiempo hace que lo valore, por la claridad de conceptos que tenían siendo tan joven. Unos diez años después escribí “Tubichaminí” (que forma parte del trabajo integral "Dos Evocaciones a un Pago: La Magdalena"), y creo que hay allí una síntesis de lo que fue la conquista, especialmente en esta región bonaerense que carecía de riquezas en oro y plata.

                        TUBICHAMINÍ

Cuando pisó Garay tus criollos lares
tomando posesión por su ‘monarca’,
la agreste soledad de tu comarca
ignota tribu secular poblaba,
y el cacique que la gobernaba
a su modo tribal, era el patriarca.

Dos mil indios de lanza más la chusma
tenía el pueblo de la nación pampa.
Su espectro por la zona aún acampa
y quizás mi recuerdo le salpique
a Tubichaminí, que fue el cacique,
la prestancia cobriza de su estampa.

Sometido por armas o palabras
(a sable y mosquetón... o a crucifijo),
todo el pueblo, de Dios, pasó a ser hijo:
primero ‘reducción’... Después ‘curato’...
Hasta que sabe Dios -no existe el dato-
el tiempo se llevó lo que bendijo.

¿Qué habrá sido de Tubichaminí?
¿De su pueblo diezmado... qué habrá sido?
¿O es que a pesar de haberse sometido
los tragó la ambición de la conquista?
Quizás que hoy al mentar, paso revista
de algunos hechos que tronchó el olvido.

¿Dónde andarán tus huesos, mi cacique...?
¿De tu pueblo diezmado... qué habrá sido...?


(*) "Pa'l Indio" fue grabado por Alberto Durán, en 1997

sábado, 23 de junio de 2012

DON FEDERICO OBERTI - ¡ INVESTIGADOR !


         Cualquier interesado y cualquier curioso de las cuestiones terruñeras reconoce ante la sola mención del nombre de Don Federico Oberti, a un hombre preocupado por conocer, desentrañar y difundir todo aquello que tenga que ver con la vida cotidiana de nuestro pasado rural; el hombre, su indumentaria, sus hábitos, las tareas, los usos, los animales, y muchos etc. más, han sido los motivos centrales de su preocupación e investigación, que plasmó en cientos de artículos en diarios y revistas -dispersos en el país-, y en las páginas de libros valiosos, difíciles hoy de conseguir.
         Pero, contemos someramente quien era.
         Federico Rolando Simón Oberti Risso, vio la vida en San Antonio de Areco, el 3 de septiembre de 1902, siendo el menor de los 10 hijos concebidos por el matrimonio de Dña. Teresa Risso y Don Angel Oberti.
         Si bien su trascendencia se corresponde con la actividad literaria y periodística (se inició en medios pueblerinos de la década del ’20), ejerció -paralelamente y por muchos años- la profesión de artesano platero, con casa del ramo instalada en calle Bartolomé Mitre nº 1258 de Capital Federal, tal cual lo atestigua el aviso publicitario que se reproduce. En otros avisos se identificaba como “platero criollo” o “un platero de ley”.
         Periodísticamente, hacia 1928 crea en Santa Lucía, partido de San Pedro, el periódico “El Crisol”, y en San Antonio de Areco, “El Sol”. Pero quizás la actividad continua y prolífica desarrollada en el capitalino diario “La Prensa” a partir de 1957 y por espacio de dos décadas, haya marcado un importante jalón en su trabajo, con un material digno de ser compilado en un volumen, de antológicas monografías sobre los más variados temas criollos.
         Otros medios que supieron de su colaboración, son: “¡Aquí Está!”, “Mundo Argentino”, “La Chacra”, “El Hogar”, “Pampa Argentina”, “Crítica”, “Auto Club”, “Selecciones Folklóricas Codex”, “Martín Fierro”, “Raza Criolla”, etc.
         Casualmente, ésta última revista corresponde al órgano oficial de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos, entidad a la que -hacia 1961- lo encontramos afiliado, del mismo modo que en la década del ’70 lo encontramos presidiendo la Asociación Amigos del Museo de Motivos Argentinos “José Hernández”.
         Una nómina incompleta de su obra editada, es la que sigue:
-         Norberto de la Riestra, economista, diplomático y patriota (1937)
-         La indumentaria gauchesca (en Gran Manual del Folklore, 1964)
-         Platería (en Arte Popular y Artesanías Tradicionales Argentinas, Eudeba, 1964)
-         Hipólito Vieytes, precursor de los estudios agropecuarios (aproximadamente 1966)
-         Mil trescientas leguas de posta en posta (1972, edición para bibliófilos)
-         Historia y Folklore del Mate (1979)

         Su trabajo constante supo del halago y las distinciones, así en 1959 fue becado por el Fondo Nacional de las Artes, y recibió “Mención Especial” de la Subsecretaría de Estado de Cultura y Educación, en Región Bonaerense (período 1965/67), por su trabajo “Nueve temas para el estudio del folklore”, y así también el último libro de la lista que antecede mereció el 1º Premio de Folklore del Fondo Nacional de las Artes.
         Tenía 90 años cuando una desafortunada caída al bajar de un taxi, le hizo golpear la cabeza contra el cordón de la vereda, y si bien llegó a recuperarse, el golpe provocó un coágulo que luego ocasionó su deceso, el 31 de marzo de 1993.
         Don Federico, lúcido nonagenario, trabajó hasta último momento en un libro dedicado a la historia de la carreta, como importante medio de comunicación y progreso en la vida nacional. La obra quedó concluida, incluso con sus gráficos, ilustraciones y fotos, y si bien su segunda esposa
-María Eugenia López-, buscó apoyo editorial para su publicación, el interesante libro se mantiene al presente inédito.
         En abril de 1993, en forma póstuma -aunque estaba designado desde mediados del 92-, la Asociación Argentina de Escritores Tradicionalistas (con sede en La Plata), le otorgó su “Distinción Trayectoria”, testimoniada en el diploma respectivo, en acto que se desarrolló en el salón de la Agrupación TradicionalistaLa Montonera” de Ensenada, y donde fue su hija la encargada de recibirla;  casualmente, el mismo lugar donde en 1979 se había realizado la presentación de su libro sobre la historia del mate.
         A 103 años de su nacimiento y a doce de su desaparición física creemos sobradamente merecido el recuerdo de éste meticuloso hurgador de nuestro pasado.

(Publicado en Revista "De Mis pagos" Nº 20 - 04/2005)