LA DAGA ESCONDIDA
Aproximadamente, corría 1965, tenía entonces unos 13 años.
Con mi padre habíamos ido de visita a la chacrita de los abuelos Risso, en
lo que antes habían sido campos de las hermanas Gómez, si la información que
tengo no es errada. Como siempre lo hacíamos habíamos ido de a caballo.
Era una linda mañana de tiempo primaveral. Estábamos delante de “las casas”
que tenía forma de “L”. La parte larga, era una casilla de madera dando el lomo
al sur -más o menos-; en esa parte de atrás se le había anexado una
construcción tipo rancho, donde había una pieza larga de techo bajo donde había
2 o 3 camitas y era donde dormía cuando iba a pasar algunos días. La pata corta
de la “L” era un ambiente amplio, en construcción de rancho, con un cielorraso
panzón hecho con alpilleras: la cocina. Un ambiente muy cálido. Como todo el
resto, siempre muy pulcro, muy prolijo. Que una cosa es ser pobre y otra
‘dejao’. Allí la cocina económica puede decirse que “brillaba”; era de aquellas
que tenía un reservorio para tener agua caliente disponible todo el tiempo.
Delante de “las casas” un jardincito muy
bien acomodado que la abuela Rosa, y fundamentalmente la tía Nona, se
encargaban de que siempre estuviese así.
En una de esas mi padre se pone en acción: quita una planta con su
recipiente -tipo maceta, digamos- que estaba arriba de un tronquito de unos
30/40 cm de alto, lo corre de lugar, y me dice algo así como: “Vamos a ver si
está”.
La casilla tenía en todo su frente algo así como una galería o alero, y en
las chapas de la misma, buscó el cruce de dos, levantó una un poco, y fue
metiendo el brazo hasta que dijo: “Acá está”, y cuando lo retrajo venía en su
mano un cuchillo de respetable tamaño, vaina de suela negra, cabo de plata
vieja. Lo desenvainó y era un arma de doble filo en todo el largo de la hoja,
una daga, sin marca, ni cuño en el cabo. La vaina, en la parte de atrás tenía
un corte casero en forma de “v”. Después que lo observamos un rato, lo volvió a
acomodar en el sitio que estaba. Y me contó: “-Cuando yo era chico, ya estaba
acá escondido”. Él era de 1921, por lo que ese “cuando yo era chico” se me
ocurre ubicarlo por el ’30, por lo que a ese momento ya hacía como 40 años que
estaba ahí “guardado”. Quizás el único que supo a quién correspondió haya sido
mi abuelo Santiago (era de 1893) y se llevó el secreto a la tumba.
Muere él en 02/1972, y el pedacito de campo se vende, con el motivo de
comprarle a mi abuela un terreno y una casilla en el Pueblo de Bartolomé Bavio.
Quién compró el lugar, demolió todo lo existente e hizo casa nueva, cómoda y
moderna.
En los años 80, yo visitaba a Tía Nona (la abuela murió en 1977) que se
había casado con Alfredo Burgos. Entonces tenía auto y una vez al mes iba, a
veces con la familia, a veces solo, otras veces con mis hijos. En una de esas
acordándome del cuchillo, pregunto: “-¿Tía, cuando se vendió el campo, el
cuchillo aquel que estaba entre las chapas, quedó ahí…?”. “-¡No! -fue la
respuesta- lo sacamos”, “-¿Y dónde está?”, repregunto. “-Sabes que no me
acuerdo”, y automáticamente sale de la casa, ya que en el terreno de al lado,
separado por un alambre tejido, vivía una hermana mayor, Tía Lelia, a quien
llama y le hace la consulta. Conclusión: ambas recordaban haberlo sacado, pero
ninguna tenía claro donde se había guardado. Terminada mi visita, al
despedirme, le digo a la Tía: “-Si el cuchillo aparece y a ninguno de ustedes
le interesa, a mi sí. Te lo encargo”.
Corrió el tiempo, se sucedieron visitas, y en una ocasión la sorpresa:
“-¡Apareció el cuchillo! El Tío (por su esposo Alfredo), estuvo haciendo
limpieza en el galponcito, quemando unos trastos viejos, y al volcar un
roperito apolillado, se salió el cajón, y en un doble fondo estaba el cuchillo”.
Aquella tarde noche volví exultante a mi ranchada en La Plata.
La vaina del cuchillo era de suela negra y mostraba mucho uso, como que su
extremo lucía la punta gastada del continuo roce contra el cojinillo del recado.
Limpié su hoja, la pasé en la piedra, lustré el cabo y lo comencé a usar, y un
día que no recuerdo a que fiesta habíamos ido con Carlitos Ameghino (Presidente
de La Montonera de Ensenada), después que lo anoticié de esta historia, me
dijo: “-Dejámelo que a esa vaina la voy a hacer picaza”, claro, él era platero.
Y le hizo nomás un trabajo que simula ser antiguo para que quede más o menos
referenciado con el cabo.
Si bien las fotos son ilustrativas, aporto las medidas: largo total 46 cm:
cabo 12,03; hoja 29 ½, vaina 33 ½
Esta es la curiosa historia de un facón que suelo usar. ¿Vaya a saber en
qué pendencia anduvo?, para terminar escondido entre el cruce de dos chapas.
Con seguridad Don Santiago Risso, supo a quien hizo esa gauchada…
Hace poco, hablando del tema con mi prima hermana Mirta Espinel que vive en
Bavio, ésta me sugería el nombre de un viejo caudillo conservador lugareño, muy
amigo del abuelo, aunque éste era más vale radical, pero… la política es una
cosa y la amistad… muy otra…
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