lunes, 1 de abril de 2013

MANUEL HORNOS - Brigadier General de la Nación


UNA EXISTENCIA AZAROSA

Muchos son los hombres de la gesta de la independencia y la constitución de la nación, a los que conocemos por sus nombres y algunos actos, pero de los que no se han escrito libros que los historien íntegramente, y nos brinden un amplio panorama de su vida. Por eso en esta nota queremos recordar a uno, que tuvo fama de brava lanza, que anduvo por todos los entreveros, y que honró su cuero con cicatrices muchas, testimonio fiel de que fue un jefe que encabezó sus tropas. Nos referimos a Don Manuel Hornos, Brigadier General de la Nación.
La mayoría de los historiadores y articulistas coinciden en que su nacimiento ocurrió el 18/07/1807 en Entre Ríos, pero sin especificar localidad o paraje de esa provincia, al punto que al referirse a él, Julio A. Costa (escritor y gobernador bonaerense), en su libro “Entre Dos Batallas”, a pesar de nombrarlo entrerriano, lo pinta: “Hornos era un gaucho de Buenos Aires, donde se había criado, domador y jugador de pato, de bota de potro y espuela de fierro; era el gaucho de los gauchos”, y si bien lo dicho puede prestarse a confundir su origen, no su condición de gaucho corajudo en la que todos los que lo abordaron coinciden.
Su vida, que se extendió por sesenta y cuatro (64) años, y que desde muy joven lo tuvo integrado al quehacer militar, lo llevó a combatir en todos los rincones de la patria, en Uruguay y también en Paraguay, y si bien no siempre la victoria consagró su empeño, su heroísmo se destacó lo mismo, a veces, por encargarse de cubrir la retaguardia de un ejército derrotado en retirada, porque fue Hornos de aquellos jefes que las ordenes las impartían desde el ejemplo.
Por no ser historiador no tengo reparo en decir que mi sentimiento se alista del lado del federalismo, pero esto no es impedimento para destacar a aquellos temerarios soldados que formaron en el otro bando, tal el caso de Hornos o Paz. (No así Lavalle, con quien no mengua la inquina).
Y Hornos siempre se aprestó con los ejércitos unitarios, y por esos vaivenes de la vida política de los hombres, a veces fue enemigo y otras, correligionario. Tal como le ocurrió con Urquiza, que cuando éste se alzó contra Rosas en 1851, allí estaba el bravo entrerriano Manuel con su lanza al servicio del caudillo comprovinciano.
Y acá vale la anécdota, porque cuando Urquiza era general del restaurador y gobernante de su provincia, y Manuel un joven de 23/4 años allá por 1831, “acusado de conspirar contra el Gral. Echagüe -dice Enrique Puccia- fue apresado en Colón y condenado a morir frente al pelotón de fusilamiento. Poco tiempo antes y por las mismas causas había sido ejecutado su hermano Román”.
Ocurría esto en el Campamento de Arroyo de la Leche, próximo al Río Uruguay.
Lo que allí sucede, es relatado por distintos cronistas, coincidiendo todos en la cuestión central, aunque con variantes en los detalles. De todos, es a mi entender, Leopoldo Lugones (h), quien le pone un tono literario al suceso real, y tentado de compartirlo con los lectores, transcribo su versión: “Hornos está en capilla. El centinela de vista sobre él. Falta poco para el fusilamiento. ¿Cómo será la muerte, no? Y quizá ninguna otra reflexión. Careada tantas veces con el peligro mortal, habiendo visto agonizar y morir a tantos ¿para qué más?... Pero en eso mira al soldado. Éste también le tiene clavada la mirada, turbios los ojos por las lágrimas… ¿Un ‘tape’ llorando? Cosa un poco rara, ¿no? Y Hornos, inquiere: -¿Qué me le está pasando, amigo? Mira en derredor el interpelado, baja un poco la vista y contesta: -Nada, mi comandante; cosas mías…
Hornos se ha acercado a la puerta. ¡Pucha que está lindo el campo ese día! Bajo un ñandubay está atado un ‘pingo’ de mi flor. ‘Parejero’, no cabe duda. Así lo patentiza su fina silueta, el pelo lustroso de caballo bien cuidado, un poco sumido de verijas, esbeltos los remos, fuerte el vaso negro, hasta un morral colgado de una rama.
Aquella breve plática se reanuda. Dice el soldado: -Mi comandante ¿Qué no se acuerda de mí? Yo soy Epitacio Núñez, el de Yeruá…
 -Claro, si ahora me acuerdo (responde el prisionero). Vos has servido conmigo.
-Así es, mi comandante. ¿Sabe? Y me apena verlo en este apuro.
-Bah, no te aflijás por tan poco. Total, para morir algún día vinimos a este valle de lágrimas.
Otra pausa. Y luego Hornos: -Mirá, llamá al sargento de ronda, o al cabo de cuarto.
Núñez obedece. Llega el indicado. El comandante le pide permiso para ir hasta ‘esos’ árboles por una necesidad urgente. El sargento accede… ¡Una arrancada en pelo y a toda la furia! ¡El ‘parejero’ es una luz! Hornos le cierra los talones y lo endereza al Uruguay que corre ancho, allá por Colón, donde se desarrolla la escena. Ya no van quedando sino remolinitos de polvo en el camino; pero atrás del evadido va a media rienda un pelotón. Junto al gran río, chapuza en él, y empieza a nadar hacia la otra banda, que está más allá de la humana resistencia de un hombre agotado por las penurias. Es largo el tirón. ¿Llegará el escapado?(…)”
En síntesis, tras el prófugo se tira Guarumba, quien según este relato tiene por ocupación ser “el degollador oficial de Urquiza”, mientras que desde la orilla los rifleros descargan sus fusiles. ¿Final?: Hornos es puesto a salvo por la tripulación de un buque de bandera Francesa, anclado cerca de la otra costa, y emigra a Uruguay.
Le tocó, al llamado de Mitre, estar en la tristemente célebre “Guerra de la Triple Alianza”, y allí, donde tantos -de ambos bandos- murieron, él se cubrió de gloria, siendo ascendido a Brigadier General sobre el campo de batalla en el segundo encuentro de Tuyutí, el 8/11/1866, cuando ocupaba el cargo de Jefe del Cuerpo de Caballería de Vanguardia.
Su última acción militar fue casualmente en sus pagos, cuando al frente de una columna de 1500 hombres enfrentó, en 1870, a Ricardo López Jordán; entonces -cuenta Mitre- “en esa ocasión se le quebró la lanza, en lo que vio un triste presagio de su destino. En efecto; su vida estaba quebrantada ya.”

RESIDENCIA – AFICIONES

Este bravo soldado estaba afincado en el barrio de San Telmo de la Ciudad de Buenos, y circunstancialmente tuvo una quinta en la zona de Barracas, sitio en el que solía despuntar sus otras dos pasiones civiles: las cuadreras y las riñas de gallo.
Por dicha radicación resultó designado Comisario Extraordinario en la Parroquia de San Telmo y para la zona de Barracas al Norte, cuando las elecciones de diputados y senadores provinciales del 28/03/1869.
De su pasión por las cuadreras han trascendido las mentas de su tordillo parejero, animal de muy mala apariencia (“cabezón, petiso, viejo, vasudo, peludo, parecía de todo menos el caballo de un general”), con el cual en cierta ocasión desafió a Don Juan Malcolm -dueño de una caballeriza sita por calle Rivadavia y 25 de Mayo-, quien había importado un pura sangre de carrera, realizándose la topada en el Hipódromo de Belgrano, donde finalmente ganó el tordillo, recordándose que Hornos le espetó al derrotado: “-Póngalo a sacar agua, compadre, que para eso nomás, lo ha traído de Europa”. Y si bien solía a veces ser él mismo el corredor (“descalzo y con espuelas, ciñendo vincha al estilo de los domadores”), en esa oportunidad condujo el animal un afamado jinete apodado “El Viejo Leandro”.
Asiduo concurrente a los reñideros de Barracas, aprontaba allí los gallos de su cría, “naranjos-barbuchos”.

EPÍLOGO

Tras su última incursión en entrerríos, ya en Buenos Aires, el 10/08/1870 fue internado en el Hospital de Hombres, y conciente de su estado, dicen que expresó: “¡Quién iba a decir que mi destino era morir en una cama!”.
Finalmente, casi un año después, falleció el 14/07/1871, recibiendo sepultura en el Cementerio de la Recoleta, donde fue el Gral. Mitre, el encargado de enarbolar las palabras de despedida; dijo entre otros conceptos: “murió puro como nació, pobre como vivió. Su vida es un romance heroico, y su carrera militar una epopeya gloriosa…”.
Según Jacinto Yaben era “el tipo de gaucho argentino, que en las batallas montaba en pelo a manera de Centauro”. Por su valor y ascendiente en las tropas, su prestigio heroico, era inapreciable en la composición de un ejército. Con respecto a su valor, temerario”.
Ignoramos por qué (andamos en esa averiguación), el 2/10/1907, por Ley 3058 se le donó un terreno en el Cementerio de La Plata, en el que se erigió una bóveda, a la que en 1915 se trasladaron sus restos desde el Cementerio de La Recoleta, donde descansan desde hace casi un siglo.
La misma está ubicada próxima a la entrada principal sobre Avda. 31, culminando una diagonal a izquierda de la misma. Es un edificio importante, cuadrangular, con las esquinas redondeadas, con un busto del héroe en frontispicio. Diríase que un tanto falto de mantenimientos por ser lo que es. Por las fotos podrá tenerse una idea acabada de lo que hablamos.

UNA ANÉCDOTA

Mi abuela materna Ana I. Cepeda (Lala), era una memoriosa conocedora del pasado familiar y zonal, en una oportunidad en nuestras muchas conversaciones, evocando anécdotas de su niñez y juventud en “Santa Ana” de Cepeda, en Magdalena, recordaba cuando en la casa se comentaban los viajes que “a la estancia” hacia en coche de caballos, el Gral. Hornos, a visitar a Doña Petrona Hornos. Cuando inquirí las razones, si había motivos de parentesco, dijo desconocer todo, ya que nunca había oído al respecto otra cosa que lo narrado, como que tampoco se había comentado que “la abuela Petrona” pudiese ser entrerriana.
Doña Petrona (1827 / 1912), era esposa en segundo matrimonio de Don Francisco Cepeda (1813 / 1883), mis tatarabuelos, de quien descendía Epifanio Cepeda, padre de mi citada abuela.
De aquel tatarabuelo, conservo su calzoncillo cribado, su facón y unos estribos porteños.
(La Plata, 18/01/2012)

BIBLIOGRAFÍA

- Oración Fúnebre pronunciada por Bartolomé Mitre en el Cementerio del Norte, el 16/07/1871
- Julio A. Costa, “Entre Dos Batallas” (1927)
- Jacinto Yaben, “Biografías Argentinas y Sudamericanas” (1939)
- Diego Abad de Santillán, “Gran Enciclopedia Argentina” (1958)
- “El tordillo del Gral. Hornos” -sin firma- (Revista El Caballo Nº 224, 6/1963)
- Leopoldo Lugones (h), “La Historia de los Caballos” (1966)
- Enrique Puccia, “La vida heroica del Gral. Hornos” (La Prensa, 7/1971)
                             “Barracas en la Historia y la Tradición” (1977)
(Publicado en el Nº 104 de Revista El Tradicional)

lunes, 18 de marzo de 2013

ALBERTO MERLO ¡¡ADIOS!!

Parpadeó el fogón del sentir criollo como amagando a apagarse; no había viento, pero un de repente sopló una ráfaga que aventó las cenizas desnudando el tizón…
Dirá la historia: <Un 10 de abril de 2012, murió “El Señor del Sur”>, y sin más explicaciones estará todo dicho; y es que faltan las palabras o no vienen estas al texto para plasmar el dolor del escriba, que es el mismo que hace hablar bajito a los que comentan la mala nueva.
Es que no hay marcha atrás, que la vida es así, y finalmente el desasosiego de los últimos tiempos, se cortó en un tirón seco… y ganando el campo de los cielos galopó en paz Don Alberto Merlo!
Revivirá… poco a poco se fortalecerá el tizón del fogón criollo, porque a su vera, en su entorno, mentaremos su nombre, evocaremos su canto, añoraremos su decir, elogiaremos su modo de ser; porque allí, en ese íntimo escenario ha de seguir cantando y creciendo en su canto, “El Señor del Sur”.
Ya Andino Álvarez, Cacho Castello y el Vasco Giménez -entre otros-, lo estarán poniendo al tanto de los usos y costumbres de esos pagos.
Decimos nosotros, que pocos como él han cantando y dicho las cosas de las llanuras: ¡qué señorío!, ¡cuánto gusto paisano!, ¡qué galanura auténtica para enaltecer lo nuestro! Sin pose ni rebuscamiento, con “la pata” sobre una silla y su sola guitarra (que no era de concierto), su canto era un malón, que aunque bajito, atronaba el aire con la más gaucha expresión de la intención surera.
Solo, sin grandes aparatos ni estructuras propagandísticas, paso a paso, con esfuerzo y tesón, logró labrarse un reconocimiento general en todos los públicos, que él era siempre igual, cantando para diez o para mil personas.
Ese paisano que en los escenarios era auténtico y sencillo, en la intimidad familiar y de amigos, era el “Gringo”, evocación innegable a aquellos orígenes por la “pampa gringa” santafesina, en la chacra familiar, con ese abuelo piamontés que transmitió la música y los ritmos de la “patria lejana”, pero donde sus hermanos mayores -como recordaba- “han hecho nacer este fogoncito que tengo adentro, que es esta música, sobre todo la pampeana. De ahí viene todo, uno nace en el campo y el campo le transmite al individuo, sus elementos, con todo lo que tiene ese ambiente…”.
Su amigo Carlos López Terra, payador, poeta y viola singular, que lo conocía en el detalle que da compartir el mate hogareño, lo inmortalizó en una bella poesía, “Como Lanza”, idealizado junto a su mujer y sus hijas, en un ámbito de chacra criolla que como anillo al dedo le cayo al cantor, al punto de grabarla allá por 1984 en su disco “Paisano”, como relato por milonga.
Y si de grabaciones hablamos, bien que tuvo que abrirse camino solo!, con constancia y seguridad de qué decir.
En el ya muy lejano primer disco (“Bordoneando”, se llamó), solo una milonga de Don Ata y una cifra de Hamlet, le permitían expresar su canto de llanura, pues el resto desgranaba chacareras, zambas, cuecas y bailecitos por sugerencias empresariales; pero triunfó su intención y sentir, y a partir de “Semblanza Sureña” (1967) y hasta “Pico a Pico” (1995, su quizás último disco de estudio), fue auténtica expresión del canto de la surería.
Si con algún poeta hizo especial yunta, ese fue Andino, con quien se hermanó en unas dos docenas de composiciones, pero… como olvidar a otros aparceros como Giménez, Charrúa, R. Risso, Berho, Roderico, Castello, Etchebarne, Menvielle, Boloqui, Acosta García, Cepeda…
Los que -cuando la aparición de los primeros discos- bailábamos, ¡si habremos gastado sus huellas y triunfos!, que sonaban con un fraseo musical y de canto, exacto para el baile.
Este Don Alberto inolvidable, había nacido un 2/02/1931 por lo que ya había sumado 81 años “cuando en viaje sin retorno encaró pa’ la gaucha trapalanda”.

Alberto Merlo y Carlos R. Risso,
en 13/11/2011, en la última visita...
De La Cosecha Propia

En noviembre pasado, un puñado de amigos nos llegamos a Mar del Plata, y como entre ellos estaba Manuel Rodríguez  (en cuya casa solía hacer posta Alberto cuando andaba de gira por la zona), éste llamó y habló con “Coca” -la esposa-, y en la mañana del domingo 13 le caímos de visita. Sentado en una paresita del frente de la casa, nos esperaba el hombre, y en la expresión de los ojos nos mostraba su emoción. Picamos algún chorizo seco y le hicimos el gasto a algún aperitivo, pero lo gratificante, lo inolvidable de la jornada, fue poder compartir ese momento irrepetible. “Coca” nos cantó el estilo “El Chasque”, y él, casi en cuclillas a su lado, le marcaba el ritmo con un movimiento de cabeza y en un balbuceante murmullo. ¡Qué momento!
Si algo me ha quedado pendiente, es haber escuchado en su voz alguna de mis letras, pero aunque esto no se dio, allá por 1981, en “Galopando sin apuro” incluye como milonga la letra de “Ansí lo quisiera ver”, que el poeta Benito Aranda, a modo de carta cuando el nacimiento de mi hijo, me había dedicado.
Por aquel entonces, andando Merlo por mis pagos, en unas fogoneada entre amigos después de un churrasco, escuchó el tema, y con su proverbial bonhomía, le dijo algo así al autor: “Mirá hermanito, pasame ese tema que lo incluyo en el disco nuevo…”.
Antes del disco se me apareció por la empresa en que trabajaba entonces para que le firmara algunas planillas de la discográfica, autorizando el uso de mi nombre porque en la primera décima me nombraba. Cosas de la vida… impensadas.
Cuando en la mañana del 10 Agustín López me transmitió la mala, escribí los dos cuartetos que transcribo, curiosamente en un estilo que no es el habitual
La Plata, 15/04/2012

ADIOS, ALBERTO MERLO

Se ha cortado la cuerda de una guitarra…
Quedó al aire, en chasquido, la nota pura…
Por vos “Señor del Sur”, tiembla la albura
de un día que marchito, ya se desgarra.

No podrá “la güesuda” borrar tu canto
porque fue tu destino: ¡paisano hacerlo!
¡Adios “Señor del Sur” Alberto Merlo!
Nos duele tu partida.… nos duele… y tanto…!!

(Publicado en Revista El Tradicional Nº 105)

viernes, 15 de marzo de 2013

MIGUEL DOMINGO ETCHEBARNE - Un Poeta Mayúsculo


La primera vez que intenté la evocación de un poeta para un medio periodístico, fue allá por julio de 1982 y el evocado, Miguel D. Etchebarne. ¿Por qué? Porque su libro “Campo de Buenos Aires” había ganado mis afectos.
Con Etchebarne pasa un hecho curioso; hay una “militancia” distinta a la de los otros poetas que abordan “el gauchesco”. Él es un académico; ha egresado con Medalla de Honor, de la Facultad de Filosofía y Letras, y como tal, en carácter de profesor ejerce en distintos niveles de la enseñanza, incluido el universitario. Pero… su crianza en el medio rural lo ha marcado; su permanencia en él hasta el inicio de los estudios secundarios le ha infundido vibraciones telúricas; el contacto con personajes cuasi gauchos le ha mostrado otro modo de vida, una filosofía, un encadenamiento de usos y costumbres que lo ha deslumbrado. Por todo esto y no por otra cosa es que su primer esbozo poético se titula “Destino Gaucho”. Por todo esto también que ya escritor con libros publicados, se lo puede adscribir dentro de lo que León Benarós llamó “La Generación Del 40”, al grupo que se identificaba con “el adentrismo”, aquellos “poetas que reflejan el amor a la tierra y al paisaje nativo en un tono de emoción casi sofrenada, evidenciando una poesía de raigambre nacional”.
Si hay un hombre a quien no se puede poner en duda su saber criollo, ese fue Don Justo P. Sáenz (h), y éste, en su novela “Los Crotos”, le hace decir al personaje central, Felipe Ubiedo, mientras lo ubica leyendo versos: “…esos magníficos poemas de Etchebarne (…) ¡Qué hombre que dominaba y sentía la campaña porteña!”.
Como poeta gaucho no adhiere al uso lingüístico del modo gaucho; “escribe en el correcto modo del hablar argentino, y de ese difícil desafío sale airoso, quedando muy bien parado en razón de un verso de nivel poético, matizado de acertadas y precisas descripciones de lugares, personajes, tareas y costumbres propias del hombre de la campaña bonaerense. Y sabemos que si a veces resulta difícil hacer creíble el verso criollo en la expresión campera, más aún lo es, al intentarlo en lenguaje culto, ya que la idea principal puede quedar a mitad de camino -en lo que a realismo de escena se refiere-, con la utilización de correctas expresiones gramaticales. Lograr el fin deseado, es precisamente condición de gran poeta. ¡Y Etchebarne lo logra!”.
Normalmente, quienes enfocan “lo gaucho” desde el estilo llamado “nativista”, escriben desde afuera, como observadores, describiendo lo que contemplan, no comprometiéndose con la acción ni la primera persona; y aunque pueden escribir buenos versos, no logran “sonar” auténticos. ¡Sí lo consigue Etchebarne!, quien a pesar de su estilo culto, resulta verdaderamente campero, de allí la aceptación entre el paisanaje. ¡Qué mérito!

BIOGRAFÍA
 Poco se conoce de su vida, fue un escritor de muy bajo perfil; pero tanto León Benarós en su tradicional columna en la Revista Todo es Historia, como Carlos A. Moncaut en su libro “Estancias Viejas”, publicaron una desconocida -o muy poco conocida- página autobiográfica, muy ilustrativa, que tentados, transcribimos nosotros también, a continuación:
……………………………
“Nací el 29 de enero de 1915 en Tigre, donde también han nacido mi padre y mi madre. Cuando tenía un año ellos se radicaron en el campo, cumpliendo un lejano anhelo. Así, pues, levantaron casa y plantaron monte cerca de la estación San Eladio, del Ferrocarril Central Gran Buenos Aires, partido de Mercedes. Allí corrieron los primeros años de mi infancia, solo en el invierno, hasta que mi hermana, que fue siempre el mejor de mis amigos, pudo compartir mis juegos. En verano, casi siempre teníamos la compañía de los primos. De todo aquello evoco, en ráfagas, algunos acontecimientos. Uno, muy vivo, el de la tarde en que mi madre se rompió u brazo y tuvieron que llevarla a Mercedes, de noche y con malos caminos, en una volanta tirada
por cuatro caballos. Recuerdo que nos quedamos acongojados y que un peón viejo que nos cuidaba nos hizo unos sables de madera. Le agradezco, a través del tiempo, el consuelo.
Cuando tenía siete años, dejamos San Eladio para instalarnos en el partido de Magdalena, zona de campos largos, donde todavía se salva el paisano frente a la soledad y lejanía. Allí comienza, desde la llegada, la época más dichosa de mi infancia. Vivimos en una casa grande, oculta en un monte de plantas añosas. El campo, quebrado y virgen, estaba cruzado de arroyos que corrían mansamente en verano y se desbordaban de invierno. Aún los veo platear a lo lejos, después de las lluvias.
Allí tuve un perro negro cuyo nombre siempre evocamos en nuestras charlas, un rifle del 9 y un petizo colorado, que todavía vive, gordo y bichoco, pero aún con mañas.
De ahí datan, también, mis primeros recuerdos literarios. El primero, de “Los Caranchos de La Florida”, de Benito Lynch, que oí leer en voz alta; después el de “Amalia”, de José Mármol, que leí por mi cuenta, a los nueve años. Mi madre me enseñó las primeras letras y me transmitió su amor por la naturaleza. Mi padre, su afición por el campo; los dos, el cariño intenso por las cosas, por su presente, y su historia.
Más tarde tuvimos una maestra particular y exámenes de fin de año en Buenos Aires. Aquellos viajes influían notablemente en mi espíritu. Sentía en la ciudad una sensación de angustia. La gente me desconcertaba con su seguridad y rapidez para todo. Aún me ocurre algo de eso. Me ha quedado para siempre el ritmo tranquilo y sosegado del campo.
Nunca olvidaré las personas que pasaron por mi casa. Ellos fueron mis amigos y mis maestros en cosas de campo y hasta en filosofía de la vida: Juan Paniagua, Heriberto Bello, Aristóbulo Velásquez, Florencio Dorado, tantos otros. Los tengo presente a todos, con sus rostros serios o taimados. Más que a ninguno al que creció conmigo, Juan Chiclana, de recuerdo y amistad imborrables. Junto a ellos aprendí a mirar el campo, a conocer sus trabajos y sus secretos; el nombre de cada yuyo, los pelos de los caballos, las gracias de las comparaciones. También a sufrir callado y a conformarse con lo que venga.
A los 12 años (1927) ingresé como pupilo en el Colegio Euskal-Echea, de Llavallol. Al principio sufrí lo indecible, pero, poco a poco me fue absorbiendo el ambiente. El dolor se repetía todos los años al final de las vacaciones que, sin excepción, pasé en el campo. En ese colegio cursé el quinto y sexto grado y todo el bachillerato. Allí también se despertó mi vocación poética. Lo primero que escribí fue un largo poema gauchesco en cuartetas, Destino Gaucho,  que corría de mano en mano, subrepticiamente, en las horas de estudio. Mis lecturas, en general, eran malas: los libros que encontraba en la biblioteca y algunas novelas que entraban de contrabando. Me salvaba en los poetas: clásicos castellanos y algunos románticos franceses.
Tuve un profesor de literatura, el padre Bernardino de Estella, que me dio buenos consejos, que no siempre aproveché. Ningún compañero de vocación literaria, pero sí excelentes amigos.
Finalizados los estudios secundarios, partí para el campo. Mi familia se había instalado nuevamente en San Eladio. Esta época está fijada en el poema así llamado que apareció en “Región de Soledad”. Allí estudié, malamente, el ingreso a la Facultad de Derecho, completamente absorbido por la poesía. Escribía mucho y muy mal. Me daba cuentan de ello, de la falsedad de los temas, del mal empleo de las palabras, del desconocimiento del idioma. Aprobé el ingreso a la Facultad mencionada, pero me resultaron muy penosos los estudios jurídicos, que abandoné en 1936, para pasar a la Facultad de Filosofía y Letras, donde me gradué en 1942.
De ese tiempo conservo algunos buenos recuerdos. Mi reconocimiento de estudiante se detiene en los nombres de Carmelo M. Bonet y José María Monner Sans.
Desde 1936 he estado poco en el campo. Incorporada mi vida a la ciudad, me acostumbré a quererla y comprenderla. Para ella será seguramente, la segunda parte de mi canto.
Mi primer libro, “Poema de Arroyo y Alma”, apareció a fines de 1937. lo había escrito de un tirón en San Eladio durante las vacaciones de julio. El poema se quedó en el propósito por precipitado y entusiasta. Pero tuvo el mérito de indicarme el rumbo del pasado, donde después se ha gestado toda mi obra.
 En 1941, “El Arroyo Perdido” señala una época de transición, de búsqueda, de
afán de síntesis. Así como en el primer libro pudo haber influido un poco el Bernárdez de El Buque, en éste tal vez, haya ocurrido otro tanto con el Molinari de Elegía de las Altas Torres. En el fondo no fue más que postura. Entonces, yo ya sabía que mi mensaje era distinto al de todos
Por fin, en 1943, “Región de Soledad” reúne bajo su título unos cuantos poemas donde mi voz se aclaraba.
No he pertenecido a ningún cenáculo literario, a ninguna agrupación de poetas jóvenes, ni he colaborado en ninguna de sus revistas. Mi primera colaboración apareció en La Prensa (…). Desde entonces sigo publicando regularmente en ese diario.
Con “Lejanía” (1945) se cierra el ciclo de los recuerdos de la infancia. Sin prisa, y ya al margen de ciertas inquietudes, dejo en él todo lo auténtico que quedó en mi alma. Y después será lo que la vida quiera.”
…………………………………..
Al informe del propio autor, que podemos fechar hacia fines de 1945 o principios de 1946, debemos agregar entre sus títulos: “La Pampa” (antología, 1946), “Soliloquio” (1947), “Campo de Buenos Aires” (1948), “Juan Nadie – vida y muerte de un compadre” (1954) y “La influencia del arrabal en la poesía argentina culta” (ensayo, 1955).
Con respecto a los juicios de valor que él agregó a cada libro, decimos nosotros con respecto de su “Campo de Buenos Aires”, que es su libro más criollo, más paisano; en él brilla con luz propia en la pintura, la descripción, los detalles, de la vida de la campaña bonaerense que vislumbró y conoció en los años de permanencia en la Estancia “Martín Chico”, de Verónica, entonces partido de Magdalena. Dicha obra, lo pone en lo más alto de la poesía gauchesca del siglo 20, esa… que aún está esperando al académico, al investigador que la estudie, la desmenuce y  ponga en el sitial que le corresponde en la literatura argentina.
Casi con seguridad es por éste libro, que cuando el hoy inexistente Instituto de Literatura bonaerense comenzó el ambicioso proyecto de publicar obras vinculando a un poeta con un “pago” o región, se le encargó a Ángel Mazzei la realización de la obra “Etchebarne y La Magdalena”, cuaderno que lleva el número 11 en esa invalorable colección.
En lo que hace a distinciones, su libro “Lejanía” recibió el Premio Municipal de Poesía del año 1945, y a su vez la SADE lo consideró uno de los 10 mejores del año; y a su vez “Juan Nadie” mereció el Tercer Premio Nacional de Poesía por el trienio 1953/6.
Además de las colaboraciones a La Prensa, también lo hizo con el diario La Nación donde publicó las columnas tituladas “Librería de Viejo”, en la que aparecieron artículos como “La Estancia en la literatura”, “Indios, fortines y malones”, “Benito Lynch y la reiteración de un desencuentro”, y “Antología de los Barrios” donde contaba historias como “La ciudad emancipadora”, entre muchos más.
También sabemos que hacia 1953, para Editorial Alpe, dirigía la “Colección Porteña”.
Miguel Etchebarne estaba casado con la misionera Dora Pastoriza, como él, egresada de la Facultad de filosofía y Letras de la UBA; escritora ella también, especializada en literatura infantil y narración oral, aunque en nuestra biblioteca tenemos un libro suyo titulado “Elementos Románticos en las Novelas de Ricardo Güiraldes” (ensayo, 1967). Era el domicilio familiar: Arenales 2620, en Buenos Aires.
Su muerte aconteció a los 58 años edad, el sábado 6/10/1973, en la provincia de Buenos Aires. Nos hemos tomado el trabajo de revisar los avisos fúnebres y crónicas necrológicas publicadas entonces en los medios de la época, y para nuestra sorpresa, la información se repite como calcada, sin brindar datos sobre el deceso, como si hacia todos lados se hubiese distribuido una gacetilla informativa. De allí se desprende que sus restos fueron velados a las 10.30 de horas en Marcos Paz, recibiendo sepultura en el Cementerio de dicha localidad el domingo 7.
Por algo será que al evocar al poeta en una nota titulada “Recuerdo de los versos de Etchebarne”, publicada en el prestigioso “La Nueva Provincia” el 29/01/1981, Roque R. Aragón cierra su texto diciendo: “Algún día habrá que hablar del desgraciado final que tuvo”. Ya han transcurrido 39 años y en la averiguación andamos.
 De su último libro “La influencia del arrabal en la poesía argentina culta” (ensayo, 1955), enjundioso trabajo que hay que saber que corresponde a la tesis doctoral que le llevó diez preparar y con la que se doctoró en Filosofía.
Y “Juan Nadie – vida y muerte de un compadre”, es su único libro que ha sido reeditado. Dicho motivo valió un acto homenaje en la Biblioteca Nacional, en el que expusieron Félix Luna, León Benarós y Antonio Requeni. A posteriori, en los comentarios de Clarín, Hilda Guerra escribió: “Alguna vez dijo Borges que Juan Nadie era la epopeya de un Martín Fierro de suburbio. Lo que Hernández había hecho para el gaucho, Etchebarne lo hizo para el compadre al mostrar su vida y muerte.”. Hay una perfección poética en esos versos que hace encantadora la lectura.
En el ambiente de la gauchería, fue la voz de Alberto Merlo quien con “Mensual de campo” y “Capataz de tropa” lo acercó a los fogones donde los degustó el paisanaje.
Grande ese Miguel Domingo Etchebarne tan identificado con mis pagos. ¡Un poeta mayúsculo!
La Plata, 1º de Septiembre de 2012


(Publicado en Revista "El Tradicional" Nº 108,  de 11/2012)                

miércoles, 27 de febrero de 2013

GUILLERMO HOUSE - ese escritor que pocos conocen


“El Último Perro” se titula una novela aparecida en septiembre de 1947 publicada por Emecé Editores S.A., que en el término de cuatro años produjo siete ediciones, y que recibió el Primer Premio Nacional de Literatura correspondiente al trienio 1945/47. A seis años de su aparición se decía sobre el particular: “El Último Perro constituye el máximo acontecimiento registrado en las letras argentinas durante los últimos tiempos, con sus ediciones sucesivas y el éxito de público sin precedente alcanzado, que le otorgan proporciones indiscutidas de indisputado best-seller”. Sí, leyeron bien, aunque la palabra no suene nuestra, hace ya sesenta años se la tildaba con un extranjerismo que remite a las más vendida, la más leída, la mejor. Curioso, no? para una obra criolla.
Y por si esto fuera poco, su atrapante texto sirvió para que se transformara en película, siendo un éxito del cine argentino, en tiempos que nuestra cinematografía tenía un esplendor ponderado en esta parte de América. Le correspondió a Hugo del Carril encarnar al mayoral de diligencia -personaje central de la novela-, en el film que dirigió Lucas Demare.
Pero… y su autor? ¿Qué sabemos de él? En realidad, poco, muy poco…
Su nombre: Guillermo House, así el que aparecía en las publicaciones, pero… era un seudónimo que camuflaba al verdadero Agustín Guillermo Casá, quien había nacido en Buenos Aires el 9/02/1884, en el hogar de Adela Nicholson y Agustín Casá.
Sabemos también que su profesión era la de militar, habiendo ostentado el grado de Teniente Coronel.
Casado con María Mercedes Mulleady, se prolongó en tres hijos: Teresa, Agustín y Guillermo, teniendo establecida su residencia sobre Avda. Santa Fe en la ciudad Capital.
Sus otros hijos, los literarios, fueron muchos, algunos son: “Del Llano y la Montaña” -cuadros, semblanzas y consejos de tierra adentro- (1922); “Alma Nativa” -ensayos, cuadros y evocaciones- (1923); “Cuentos Argentinos” (1935); “El Ocaso de los Gauchos” (1938);  “El Paisaje en la Sangre” -una edad novelada- (1938); “La Tierra de Todos” -novela- (1944); “El Último Perro” -novela- (1947); “La Sombra Aquella” -pequeña novela- (1949); “El Fortín de los Hombres sin Miedo” -cuentos- (1954); “Anselmo Coronel” -novela- (1955).
Hasta aquí diez obras; pero… Carlos Paz en su elogiable “Efemérides…”, le adjudica otros títulos, de los que desconocemos el contenido y la fecha de edición: “Romance de la lluvia mansa” y “Clotilde Gamarra”.
Su laureado “El Último Perro” está situado en tiempo de los malones, de campo abierto, de postas y galeras; de tiempos en que había que tener bien puesto el coraje para adentrarse en esa pampa que no nos pertenecía.
Si nos guiamos por el bosquejo editorial, el libro “describe la vida áspera, fatigosa, llena de peligros, de un núcleo reducido de hombres y mujeres, reunidos por la fatalidad en un lugar desolado, en la mitad de , la Posta de Lobatón. La diligencia es otro de los protagonistas de esta historia. Su llegada y su partida son como movimientos del secreto corazón de la Posta, cuya vida se renueva con su presencia. Pinta con hondura, y en su obra se trasluce el misterio la trascendente monotonía de la pampa, pocas veces tan penetrantemente captados por un libro”.
Por nuestra parte decimos que en todos sus libros House demuestra una pluma realista, veraz en sus relatos y descripciones, mostrándose como un hombre muy conocedor de la vida paisana y los sucesos históricos, porque si lo que cuenta es pura creación literaria, bien que como él dice puede ser la narración de un hecho histórico. La lectura de sus textos atrapa y mágicamente traslada al lector al tiempo y el lugar del suceso.
De lo que tenemos visto su último libro puede haber sido “Anselmo Coronel”, novela gaucha ambientada en circunstancias parecidas a las de “El Último Perro”.
A nuestro entender tiene una dedicatoria que juzgamos magistral; dice “Envío En El Tiempo: A los “guasos” de caballería, siempre en la vanguardia. A los infantes, firmes, con las chuecas como loro… A los gauchos de mi tierra campa. A todos aquellos que hicieron la Patria, conquistando el desierto”.
 Cierto que “con el diario del lunes” todos somos sabios, pero creo ver en lo transcripto, como una despedida, como una reverencia a los antecesores en la vida de armas, como un homenaje a los admirados gauchos que retrató en su pluma.
Fue un escritor “enamorado de las cosas nobles de su tierra a la que, desde la niñez , aprendió a querer entrañablemente”.
La lectura de su “Anselmo Coronel”, apasionante y atropellada, nos hizo pensar que estábamos viendo una película; así de patente su relato.
Llegará un día (llegará?), en que los editores (privados u oficiales), comiencen a reeditar éstas y tantas obras de otros autores que -a veces- solo conocemos los que estamos en esta materia, como una forma de revivir grandes autores sin tener que buscar buenas plumas allende los mares o cruzando fronteras; será también una forma de reafirmar nuestra identidad.
Pronto se cumplirán 50 años, de aquel 21/09/1962, en que a los 78 años, Don Guillermo House o Don Agustín Guillermo Casá, inició el viaje hacia el silencio.
Aventuramos que quizás su profesión militar fue un tanto incompatible con su actividad literaria, y de allí la falta de información, de notas, de artículos que de él hablen. 
Sea esta evocación nuestro agradecimiento y modesto homenaje a, “ese escritor que pocos conocen”.

La Plata, 30 de abril de 2012


(Publicado en Revista "De Mis Pagos" - digital - Nº  44)

sábado, 23 de febrero de 2013

OMAR J. MENVIELLE


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 44 – 11/02/2012
         Con su licencia, paisano!
        Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

OMAR J. MENVIELLE  u Omar Javier Menvielle, tal su nombre completo, nació el 9/02/1897 “en el 
porteño barrio de la Concepción”, siendo sus padres Da. Manuela Baldomera Sánchez de Boado y Don Juan Menvielle, hacedores de un hogar que alumbró 6 hijos. Por parte de madre descendía de D. Juan  Sánchez de Boado, quien tomó parte activa en las invasiones inglesas y financió “un batallón de gallegos”, siendo su bisabuelo Don Domingo Sánchez de Boado, Tnte. Cnel. y Comandante de Caballería en Chascomús.
Omar Menvielle según su amigo
Cacho Marenco
Su padre, francés de origen bearnes, fue un fuerte inversor en campos, por lo que llegó a tener 4 grandes estancias: “Los 4 Pozos” en Olavarría, “El Porvenir” en Ayacucho, “El Mataco” en Bragado y “La Tribu” en Rauch, más una propiedad en la ciudad capital. Y si bien su nacimiento fue en ésta, quizás se debió a una cuestión sanitaria, ya que inmediatamente se trasladan a la estancia de Olavarría, donde hemos visto, están fechadas las tarjetas de invitación a su bautismo.
La conocida como ‘crisis del año 30’ llevó a la quiebra a Don Juan, y Omar -que por entonces cursaba tercer año de medicina-, fue requerido por el padre, para que junto a otro de sus hijos, se encargaran de liquidar los bienes de manera de ir saldando las cuentas. Cinco años de ardua vida campera le insumió a los dos hermanos dicha misión, cumplida la cual Omar se estableció en Buenos Aires, empleándose en YPF, y casándose en 03/1934 con Raquel Inés Nieto Garralda, de cuya unión nació un hijo que llevó su nombre, que fue veterinario y también poeta, aunque siempre mezquinó sus versos.
Parecería ser que joven, la vida de campo lo motivó a volcar al papel sus versos, con mucha precisión y conocimiento, con un dominio absoluto de todo lo atinente a la vida rural vinculada a las tareas ecuestres; justamente por eso, es que en tiempos de sus primeras publicaciones se lo bautizó “El poeta del caballo”.
Nos contó su hijo y por eso nos animamos a repetirlo, que fue un ‘famoso parador’, hombre de salir caminando con el cabresto en la mano en una rodada, situación que a veces provocaba encarando un campo arado a través.
Supo contar que fue “Los Medinas” el verso que lo hizo conocido entre el gauchaje, a lo que nosotros le agregamos que en él hay casi un autoretrato, ya que su apellido, era a veces simplificado por los paisanos, transformándolo en “Medina” (nombre más de afín a sus conocimientos), y motivo quizás también, para que en alguna de las viñetas con que Marenco lo ilustró, aparezca si figura paisana, chanza en secreto que se jugaron como amigos, ya que el caso no está aclarado en el libro, y me fue indicado por su hijo.
A propósito, su primera publicación se llamó “Albúm Gaucho” y apareció hacia 1942 con ilustraciones de Jorge Daniel Campos, conteniendo unos 12 versos, los que prácticamente volvieron a repetirse más otros 14 nuevos, en el libro “Relinchos”, con una  edición en 6/1962 y una 2da. en 7/1964, en la que consta que el mismo había merecido “Premio del Ministerio de Educación y Justicia a la producción regional en la especialidad. Región Pampeana, trienio 1960/62”. Toda una curiosidad tal distinción para con un libro tan gaucho.
Pero si ver cualquiera de sus libros es hoy una curiosidad, una curiosidad más grande es que una firma consignataria de Azul, “Carlos R. Azcona y Cía S.A.”, reeditó para repartir entre clientes y amigos, el libro “Relinchos” y “De Mi Marca” de Pedro Risso, desconozco si en forma facsimilar o no.
Supo tener por Chascomús un rancho para disfrutar su ocio, y en ocasión de que se remataran pertenencias que allí había, nos contó un pajarito que nuestro amigo Juancito Oar, arreó con los horcones, como grato recuerdo, pa’ su querencia.
Omar Menvielle, falleció hace 45 años, el 15/04/1966, a los 69 años.
                                                                                                   La Plata, 8/02/2012

lunes, 18 de febrero de 2013

CARLOS CASTELLO LURO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 69 – 04/08/2012
Con su licencia, paisano!
        Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

CARLOS ADOLFO CASTELLO LURO (“Cacho”).  Nació  en  Puán  el  12/08/1928.
                                     Orgulloso de sus raíces de criollos de pura cepa, allí formó su hogar junto a Nora Zanetti, convirtiéndose con el tiempo en padre y abuelo.
Argentino hasta el tuétano, reflejó su sentir e inquietudes a través de la poesía criolla, el ensayo y la investigación histórica. Hombre de formación autodidacta, era tan exigente para con los cultores del género como para con sí mismo.
Si bien su nombre recorrió camino de la mano de sus composiciones poéticas, fundamentalmente de ese “Pelajes Entreverao” que lo hermanara a D. Atahualpa Yupanqui, no llegó a publicar un compendio de sus poesías; sí publicó en el rubro novela, donde hacia 1996 dio a conocer “Los pocos y los muchos”, en la que -con conocimientos de primera mano- relata acabadamente las vicisitudes de la vida agraria de los años 40, aproximadamente; novela que fechó en su pueblo en 1992
 Como nada de lo que tenga que ver con la cultura le era ajeno, ejerció el periodismo, habiendo publicado entre 12/1971 y 1/1975 (3 años), un periódico quincenal del que aparecieron 31 números, y que denominó “La Voz de Puán”, cuyo lema era “la pluma es la espada del alma”, expresión cervantina.
Supo en vida del reconocimiento, como que en 1969 recibió “La Flor de Cardo” de parte de la “Fiesta de las Llanuras” de Cnel. Dorrego; en 1986 estuvo ternado para el “Premio Payador” de LS 11 Radio Provincia de Bs. As., y en 1998 recibió la “Distinción Trayectoria” de la Asociación Argentina de Escritores Tradicionalistas, entre otros reconocimientos.
Ocupó la función pÚblica en su pueblo natal donde ejerció como Director de Cultura.
Su decir poético suena sentencioso hasta cuando trata cosas simples; su voz es grave, su conocimiento criollo es grande y preciosista en cualquier forma de verso que adopte.
Además del ya citado Yupanqui, grabaron obras suyas: Alberto Merlo, Fco. Chamorro, Santiago Lettieri, Atilio Reynoso, Claudio Agrelo, Jorge Berón.
Afectado de neumonía se había trasladado para su tratamiento a la ciudad de Bahía Blanca, donde complicaciones de su salud devinieron en problemas cardiovasculares, falleciendo en la madrugada del 2 de julio a la edad de 79 años. Sus restos fueron trasladados y descansan en el Cementerio de su ciudad natal.
En coincidencia su cumpleaños, el año pasado se le rindió un homenaje que organizó Cultura de Puán y su familia, abriendo el acto la palabra de su amigo Carlos Difulvio.

miércoles, 2 de enero de 2013

DELLA VALLE, ÁNGEL - apenas Un Grande

         Una centuria atrás, el 16 de julio de 1903, a la muy temprana edad de 47 años, fallecía Ángel Della Valle, probablemente el más notable pintor costumbrista de fines del siglo diecinueve, quien fiel a su vocación, al momento del adiós final, se encontraba en su atelier delante de sus discípulos dictando clase, formando futuros artistas.
         En un hogar de inmigrantes italianos -su padre era lombardo-, establecido en el porteño barrio de San Telmo, como tercer hijo de ese matrimonio, nació Ángel Domingo Juan del Sagrado Corazón de Jesús Della Valle, un 10 de octubre de 1855.
         Su padre, ejerciendo la profesión de constructor, levantó varios edificios en la Buenos Aires de entonces, permitiendo a su familia una vida sin apremios, al punto que el futuro artista pudo cursar sus primeros estudios en el Colegio San José, e iniciarse en pintura con José Bouchet, estudios que pronto enriquecería con otros maestros, y aunque su padre muere durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871, el apoyo y decisión de su madre, hará que pueda en 1875, trasladarse a Italia (Florencia), a continuar estudios superiores en su materia.
         Tenía 20 años, y por espacio de otros 8 permanecerá en Europa. Época de estrecheses  y privaciones para madre e hijo, que no pudo doblegar las motivaciones y convicciones que le permitieron al joven Ángel llegar a ser un grande.
         Instalado en Florencia estudia con Antonio Ciseri, quien -según escribe Gutiérrez Zaldivar- había fundado “la Sociedad Cooperativa de Estudiantes. Una escuela en la que entre todos los alumnos cubrían los gastos del alquiler del local, de los modelos y de la enseñanza.”
         A su regreso de Europa -1883- la organización del arte en el país estaba en cierne, por eso no llama la atención que al hacerse la convocatoria para la fundación de “El Ateneo” se encuentre participando del movimiento desde su primera reunión -la noche del sábado 23 de julio de 1892-, junto a los más notables poetas, escritores, músicos y plásticos del momento.
         Antes del año, el l5/05/1893, “El Ateneo” inaugura la primera Exposición de Arte que conocería Buenos Aires, y en ella Della Valle, junto a Sívori, Mendilaharzu y Caraffa, entre otros, integró el “jurado de admisión”, a la vez que todos ellos participaron de la muestra; en la misma fueron alabados los retratos de Schiaffino, “El Tambo” de Sívori, y “La Corrida de Sortija” de Della Valle. Esta, que representa el juego ecuestre del título en un día de fiesta patria en una población indefinida del interior rural, aproximadamente hacia 1870/80, es un óleo de notables dimensiones: 123 x 210 cm.
         Sobre éste particular Juan José Cresto escribió no hace mucho: “es, en nuestra opinión, la obra más lograda y una de las que mejor representan la sociedad argentina del interior y quizás la más genuina pintura nacional de toda nuestra historia.” (el destacado es nuestro).
         Volviendo a “El Ateneo” es de resaltar que por iniciativa de sus plásticos, nacerá en 1895 el Museo Nacional de Bellas Artes.
         A partir de 1896 lo encontramos a Della Valle integrando distintas comisiones directivas.
         Al publicar Luis Berisso en 1915 un poemario de su autoría, incluye los versos titulados “Recuerdos del viejo Ateneo”, en los que dedica una estrofa a tres de los artistas que en él descollaban; la misma -no exenta de humor- dice:

“Para hallar reputación
Schiaffino pinta a destajo.
Della Valle da “Un Malón”
para hacer reputación.
De la Cárcova al Salón
va “Sin Pan y Sin Trabajo”.
Para hallar reputación
todos pintan a destajo”.
     
         Desde 1885 es profesor de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes que funciona en el edificio Bon Marché, de calle Florida y Córdoba, actualmente Galería Pacífico. Ejerció allí la docencia por espacio de 18 años, en forma ad honorem.
         En el mismo edificio tiene su atelier, donde pinta retratos, importante medio de ingresos cuando la fotografía no era aún una cosa habitual. Antes, recién llegado de Florencia, había instalado su estudio en San Telmo, en la casa familiar.
         Su obra costumbrista, tema al que se abocó con preferencia, se destaca por un puntilloso realismo de tipo fotográfico, en el que, según Romero Brest “su romanticismo se manifiesta en la libertad de movimiento de los personajes y animales, así como en la fluidez de las pastas.”
         Es de hacer notar que en el aspecto costumbrista -como bien apunta Gutiérrez Zaldivar- “...hizo su gran aprendizaje junto a Juan Manuel Blanes, creo que el maestro uruguayo fue quien le dio la clave para encauzar la forma y el espíritu de su obra.”. Casi podría afirmarse que hay cierta sintonía entre la forma expresiva de Blanes y Della Valle.
         Las principales instituciones del país tienen en sus colecciones, obras de Della Valle, así el
-          Museo Nacional de Bellas Artes, posee “La Vuelta del Malón” y “El Juego de Pato”; y el
-          Museo Histórico Nacional, “Carga de Granaderos”;
mientras que otras se conservan en el Museo de Artes Plásticas “Eduardo Sívori” y el Municipal de Arte Hispanoamericano “I. Fernández Blanco”.
         En estos últimos años, cierta revalorización de su obra y un volver la vista atrás, hizo que cuadros suyos fuesen “la estrella” de importantes subastas capitalinas; así, en mayo del 96, Bullrich, Gaona & Wernike ofreció su óleo “Estación de Lomas de Zamora”; en mayo de 2001 Roldán y Cía. remató otra obra, y en octubre del mismo año, la casa J. C. Naón subastó -procedente de Italia- el cuadro “Idilio Criollo”, en la friolera de U$S 96.400. Con anterioridad, entre el 29/4 y el 2/6/1999, la Galería Zurbarán, de Cerrito 1522, realizó una “Exposición Retrospectiva”, según su información “la segunda exposición individual de Ángel Della Valle”; la misma constaba de diez obras, entre las que se hallaban “Corrida de Sortija”, “Incendio en la pampa”, “La Estación de Lomas de Zamora” y “Tren en la pampa”.
         Magnífica expresión gaucha y costumbrista la que ofrece la paleta de Ángel Della Valle, sin duda alguna, uno de los máximos exponentes de la plástica nacional; por eso retomando la palabra del ya aludido J. J. Cresto, decimos con él: “Fue un argentino cabal, que amó su tierra, que fue la suya, la que interpretó con sus grandes condiciones artísticas, captando la esencia de cada escena cotidiana de la vida rural.”
         Hace 102 años, un gran argentino se volvía historia.

Bibliografía

-          Roberto F. Giusti - Momentos y Aspectos de la Cultura Argentina (Cap. Vida y Empresa del Ateneo), 1954
-          Julio E. Payró - 23 Pintores de la Argentina 1810-1900 (Eudeba, 11/1962)
-          Catálogo “Della Valle – Exposición retrospectiva” (4/1999)
-          Juan José Cresto - El pintor de las pampas (La Nación, 27/11/1999)
-          Abad de Santillán - Diego, Gran Enciclopedia Argentina
-          Martín Fierro (Ed. Nuevo Siglo S.A. – Bco, Municipal La Plata – 1997)
-          Genios de la pintura argentina, carpeta Della Valle (Ed. Perfil, 06/2000 – I. Gutiérrez Zaldivar)
-          La Nación (26/5/1996 – 29/4/2001 – 2/10/2001)
                                                                                                                                          (Publicado en Revista "De Mis Pagos" Nº 19)