Siempre recuerdo aquella tarde de 1995, en que junto a dos o tres compañeros de la AAET (1), nos trasladamos a Bo. Norte en la ciudad porteña, para llegarnos en calle Anchorena, al domicilio del gran Eleodoro Marenco.
Unos meses antes,
la Asociación había decidido otorgarle al maestro el premio anual “Distinción
Trayectoria”, pero encontrándose ya enfermo le fue imposible trasladarse para
recibirlo. La enfermedad seguía avanzando, y fue así que decidimos llevárselo a
su casa.
Coordinado día y
hora, nos recibió cordialmente su esposa, doña Ernestina (‘Tina’ para la
familia)…., las tres hijas mujeres y un jovencito preadolescente llamado
Francisco.
Departimos en un
marco de suma amabilidad, conociendo muchos secretos y asuntos íntimos de la
vida del artista gaucho, quien permanecía fuera del alcance de nuestra vista en
su lecho de enfermo; de tanto en tanto alguna de las hijas se acercaba a verlo,
y regresaba contándonos que encontraba en las voces que oía, la de queridos
amigos de otros tiempos, como que algunos ya no estaban. Su lucidez mental se
había extraviado y la familia prefirió que no lo viéramos.
Entre las cosas que
conocimos, ‘la abuela’ nos contó que en la última Exposición que en 1991
montara Don Eleodoro, colgó junto a sus obras, dos cuadros de ese nieto que
quería ser como él, y lo había hecho porque en las mismas despuntaba calidad y
claridad. Una de esas obras, colgaba de una pared en la sala en que estábamos:
una cabeza de caballo.
Ese nieto es el
artista que hoy disfrutamos y se llama Francisco
Madero Marenco, el mismo que recuerda -no sin cierta emoción- que Don
Eleodoro lo trataba como “un nieto / colega”, lo que quizás hizo que él mismo
lo viera más como un amigo que como su abuelo.
Para ser un pintor costumbrista no solo hay que conocer y dominar las distintas técnicas pictóricas, sino, que hay algo mucho más delicado: conocer el ámbito rural, saber de la historia, interiorizarse hasta el tuétano sobre la cultura gaucha, conocer minuciosamente la conformación del caballo, no solo como un observador atento, sino como si fuese la propia yegua que lo parió. Y este cúmulo de saberes no está al alcance de todos los que quieren pintar, que hay que ser medio un ‘iluminado’ para acumular ese invalorable saber que no lo brinda ninguna Universidad por más antigüedad y lauros que ostente.
Sus cuadros son una
ventana que se abre en el tiempo para trasladarnos con certeza al momento en el
que el artista ubicó la acción. Su pintura nos hace vivir con el corazón
latiendo fuerte, en la época del gaucho neto: tiempo de estancias sin alambrar,
de fortines, de postas heroicas, de malones tremendos, de arriesgadas
mensajerías, de domas criollas y efectivas (de que ‘racional’ me hablás…?), de
tropillas de veinte caballos, de yerras a campo, de pulperías clavadas como
mojones civilizadores en la dilatada pampa, de puestos que eran como avanzadas
en tierra de nadie.
Pero no se queda allí el artista,
porque como en un guiño cómplice nos hace recorrer la campaña del Siglo pasado,
llegando hasta un poquito más allá de la mitad de la misma. Por eso con certeza
y precisión Luis Ma. Loza supo afirmar en algún momento: “Es el caso de
sus clásicas escenas camperas, obras que algún día tendrán el valor agregado de convertirse en documentos históricos
por ser referentes visuales precisos de nuestras tradiciones” (el destacado
es nuestro).
Con una idea
parecida pero en verso, en cierta ocasión le escribimos:
¡Salú, Panchito Madero!
Me congratula tu arte
y ya te sé un estandarte
del sentimiento campero.
Es mi saludo -entre ‘enteros’-
relincho de potro, hermano,
y al apretarte la mano
a lo vasco ordeñador
te digo: ¡si es superior
tu espresión de los paisanos!
¡Con cuanta satisfacción debe estar mirando desde “la gaucha trapalanda”, el abuelo Cacho, los logros de aquella promesa que él conoció! Y que hoy, ‘los que andamos por la güeya’, lo certificamos: consagrado.
Con razón y
convicción ha dicho Madero Marenco,
que el del gaucho "…es un tema verdaderamente inagotable", y lo afirma
porque así lo siente; y a pesar de su juventud, le viene de lejos, porque "Ver pintar a mi abuelo y escucharlo en interminables conversaciones
decidió mi destino para siempre", porque además, "Cuando entraba en su taller (…) tenía de inmediato la sensación
de encontrarme en un fogón de estancia", rememora en orgullosa
evocación.
La
observación detenida y minuciosa de sus obras hace que “nos envolvamos
de patria y vivamos lo nuestro a través de los ojos, que nos llenan el espíritu
de celeste y blanco”,
tal lo que reflexionó José Piñeiro Iñíguez, y es que como meditó nuestro
siempre recordado amigo Istueta Landajo, en cada obra logra el artista “dejar, quieto un instante, para siempre”.
Si bien hombre de llanura, claro
exponente del gaucho porteño, su curiosidad, ganas de conocer, de saber más, de
formarse íntegramente con un sentimiento federal, han posibilitado que por su
paleta hayan sabido desfilar hombres y escenas de todos los rincones de la
geografía Patria; que los seres podemos tener variaciones de una región a otra,
de una a otra provincia, pero… el sentimiento de identidad gaucha es uno, y
bien lo sabe resumir la pincelada firme y coloreada de nuestro artista,
exigente con la obra y para consigo mismo en ese afán de aprender.
Algo de lo dicho pretendí resumir
en esta décima:
Bien quiero Pancho Madero
y Marenco, pa’ más dato,
que pases un feliz rato
junto a tus cuadros camperos.
Ha de ser un ‘hormiguero’
Arandú, con esta cita,
que
la Patria necesita
de
tu armonioso pincel,
la
certeza siempre fiel
que’n
tu gaucho ser palpita.
Y es que el mismo Madero Marenco reflexiona, dirigiéndose
a los negacionistas que nunca faltan: "Parece
que no saben que sin el gaucho no
hubieran sido posibles las guerras de la Independencia". (el destacado
es nuestro).
Valga decir que en nuestro afán
de difundir y defender a nuestros poetas, escritores, artesanos, pintores…
siempre tratamos echar un vistazo sobre su vida íntima y personal, para que el
lector pueda -más allá de la pública- también conocer algo de su condición
humana más íntima, y por eso decimos que “Pancho”
nació en la Ciudad de Buenos Aires, el 11/04/1980, en el hogar conformado por
Mercedes Marenco y Guillermo Madero, hogar al que ya habían arribado Guillermo
y Carolina, y al que por último se sumaría Rocío.
A los días de nacer, la familia
volvió a la Ea. “La Merced”, situada en las vecindades del pueblo de Juan José
Paso, entre las localidades de Pehuajó y Trenque Lauquen, establecimiento en el
que desde varios años atrás su padre se desempeñaba como mayordomo.
Las inundación de la década de
1980 obligaron a la familia a radicarse en la Capital, donde Francisco cursó
los estudios primarios, secundarios y universitarios, coronando los mismos (por
así decirlo), cuando a los 22 años -en el 2002- rindió y aprobó la última
materia de la carrera de Economía y Administración Agraria, en la UBA.
A partir de allí, se mudó al campo con su padre (se había establecido en Gral.
Lavalle), realizando vida de campo a la par de la de los pinceles.
Hoy está radicado -junto a su
esposa Clara y sus hijos Manuelita, Felicitas y Santos-, próximo a la ciudad de
Gral. Madariaga, dedicándose al campo y al arte, en una región en la que los
campos, por cuestiones topográficas, parecen conservar las características de
hace siglo y medio. Campos quebrados donde no ha entrado la reja.
Hablando de sus certezas y fotográficas creaciones, cuando la exposición en Arandú en 2012, José Antonio Abásalo reafirmó diciendo: “Francisco nos vuelve a recordar en todas sus pinturas y en la claridad creciente de su obra artística, aquel viejo concepto de la sabiduría consagrada, que bien supieron acuñar Hernández y Lugones: <Lo que no es tradición es plagio>”.
Si pensamos en su
abuelo Eleodoro -el gran pintor criollo-, y en que su madre Mercedes también es
artista plástica, no nos queda más que afirmar que con Francisco se confirma aquel viejo adagio: “De tal palo… tal astilla!”.
La Plata, 27 de
Septiembre de 2021
Carlos Raúl Risso
(1) Asociación Argentina de Escritores Tradicionalistas
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