AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO
AFUERA”
Micro Nº 8 – 09/08/2017
Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista
mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le
arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
Es importante escuchar al propio poeta cuando nos dice: “Mi madre me enseñó las primeras letras y me
transmitió su amor por la naturaleza. Mi
padre, su afición por el campo; los dos, el cariño intenso por las cosas, por
su presente, por su historia”. Repito: “Mi padre, su afición por el campo”.
Y este se llamaba Hugo Miguel Etchebarne.
Fue un hombre, si se quiere reservado, por lo que poco
conoceríamos de su vida, pero… estas cosas que hoy podemos contar, tienen su razón
de ser. Ocurrió que posiblemente por 1945, Don León Benarós y César Fernández
Moreno trabajaban en un proyecto de libro que se iba a llamar “Espejo de la
joven poesía argentina”. Para él, a cada poeta elegido, le habían solicitado
una breve autobiografía, donde -cuenta Benarós- la de Etchebarne resultó “informativa y sabrosa”.
Allí, con respecto a la estancia “Martín Chico”, recuerda: “Vivíamos en una casa grande, oculta en un
monte de plantas añosa. El campo, quebrado y virgen, estaba cruzado de arroyos
que corrían mansamente en verano y se desbordaban en los meses de invierno. Aún
los veo platear a lo lejos, después de las lluvias. Allí tuve un perro negro
cuyo nombre evocamos siempre en nuestras charlas, un rifle del 9 y un petizo
colorado, que todavía vive, gordo y bichoco, pero aún con mañas”.
Más adelante nos da otros interesantes testimonios: “Nunca olvidaré las personas que pasaron por
mi casa. Ellos fueron mis amigos y maestros en cosas de campo y hasta en
filosofía de la vida: Juan Paniagua, Heriberto Bello, Aristóbulo Velázquez,
Florencio Dorado, tantos otros. Los tengo presente a todos, con sus rostros
serios o taimados. Más que ninguno al que creció conmigo, Juan Chiclana, de
recuerdo y amistad imborrables”.
¿Por qué repito textualmente estas cosas que escribió?
Porque, aunque la comparación sea bruta, esa fue la yerra que él vivió de la
que salió marcado a fuego para toda la vida que tenía por delante, y aunque
mayoritariamente transcurrió en ámbitos citadinos, nunca perdió de vista el campo,
ese en el que vivió los mejores años de su vida.
Ya contamos que en 1922 había llegado a “Martín Chico” y
allí vivirá ininterrumpídamente por un lustro, o sea hasta 1927, cuando sus
padres lo internan pupilo en el famoso y prestigioso colegio de la colectividad
vasca, “Euskal-Echea”, de Lavallol, en el gran Buenos Aires.
De ahora en más sus días en la estancia se limitarán al
período de vacaciones, cuando recobraba la presencia y palpaba la cercanía de
todas esas cosas de la vida rural que lo atrapaban intensamente, para volver al
dolor de perder ese encanto cuando el período de descanso llegaba a su final.
(Se ilustró con las décimas de "La Yerra", las que se pueden leer en el blog "Antología del Verso Campero")
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