miércoles, 6 de junio de 2018

JULIO MIGNO (Charla 2)


AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 46 – 06/06/2018
Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
Antes de continuar tratando de adentrarnos en la vida y obra de este poeta, digamos algo de su apellido, ese que comúnmente pronunciamos “Miño”, pero que en realidad es “Migno”, como que se escribe M-I-G-N-O.
Supe de Migno por primera vez cuando ya tenía 24 años; lo descubrí en una feria de libros usados y sobrantes editoriales, y con él también descubrí a su ilustrador, Juan Arancio, un magnífico pintor del gaucho islero, del costero, del canoero y también del de a caballo en aquellos bañados y esteros litoraleños.
Aquel libro -el primero para mí-, se llamaba “Yerbagüena – el mielero”, y éste, el del título, era un personaje de aquellos pagos santafecinos que andaba rodeado de pájaros, al que describe: “Yerbagüena el Mielero / tenía azules los ojos como flores de salvia. / ¡Vaya a saber que juerza briyaría en esas nubes / que hacían dormir los pájaros sosegando sus alas!...”. Y leyendo esos versos en más de una página lagrimearon mis ojos inundados de emoción sincera.
Al deflorar el primer verso pintó su lugar: “Timbó, laurel, curupí, / lindos ceibales en flor, / pago de indio mocobí / San Javier donde nací / no hay otra tierra mejor. // Timbó, laurel, curupí…”.
Pero no solo en pájaros y plantas se detiene “El Mielero”, que es también de a caballo, y en un compuesto de 19 estrofas titulado “El Rebencaso…”, nos pinta una punzante cuadrera que comienza diciendo: “-¿A qué tiro son las bravas? / -Dos libres y a igualar peso; / va ver cumpa lo que es eso / en cuanto trencen las tabas. / La forastera se alaba / diciendo que’s pan comido. / -Eso lo dirá el carpido; / no vaya a créir don Rolón / que contra ese charabón / corre en tortuga un dormido”.
Me animaría a afirmar que seis de sus ocho libros fueron editados por la prodigiosa Librería y Editorial Colmegna de la ciudad de Santa Fe, siempre abocada a los autores terruñeros, bien nativistas. Y bien hay que aclarar que sus ediciones no eran de 300 ni 500 ejemplares sino ¡de miles! y que casi siempre necesitaban una 2da., 3ra o 4ta. edición.
El ya citado Tomás Rodríguez, lo define: “Los escritos y poemas de Migno Parera están llenos de un profundo conocimiento del sufrimiento humano, del sentimiento campesino y costero, tienen sentenciosidad y didactismo y planean el eterno drama que provocan los hechos injustos, producidos por la mano del ser humano hacia sus semejantes y la relación con la naturaleza.”
Su obra completa se resume así: “Los Nuestros” (1932), “Amargas Camperas” (1943), “Yerbagüena, el Mielero” (1947), “Chira Molina” (1952), “Cardos y Estrellas – Antología” (1955), “De Palo a Pique – Antología” (1965), “Miquichises” (1972), y “Suma Poética” (1987); aguardan inéditos sus cuentos y obras de teatro.
(Se ilustró con "El Escarmiento", que se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

sábado, 2 de junio de 2018

ALGO MÁS DE PELAJES Y JINETES


En la sección “El Tradicional” del N° 465 de “El Federal”, intentamos un acercamiento al tema de los pelajes de caballos vinculados a conocidas personalidades de nuestra historia y nuestro medio, y ahora resulta, que revisando papeles que habíamos acopiado en aquella ocasión, encontramos material como para continuar la misma, informando de otros caballos y otros personajes, que son los que vamos a mostrar ahora.
Si uno dice “Allá Lejos y Hace Tiempo” o “Tierra Purpúrea”, está diciendo Guillermo Enrique Hudson (para escribirlo en criollo), y éste, para sus investigaciones, trabajos y viajes se valió del habitualmente del caballo, y parece haber sido muy de a caballo. Y Luis H. Velázquez, en un enjundioso trabajo sobre su vida, supo recopilar información al respecto. Por ejemplo nos cuenta que a los 6 años aprendió a andar a caballo sobre el lomo de un “tostado oscuro” llamado “Zango”, pingo que había sido de un oficial de caballería, que lo deja al cuidado del padre de Guillermo -cuando el animal tiene ya 28 años-, preocupado en que tenga un buen final, a campo abierto, después de los valiosos servicios que le prestara.
A los 13 años compra su primer caballo, un “picazo”, aparentemente muy bien domado y de muy buena boca, el que fue su caballo hasta que murió, y que le hizo recordar alguna vez: “Después he sido dueño de veintenas de caballos, pero a ninguno le tomé semejante cariño”.
Otro animal de su silla por diez años, fue un “tordillo acerado o tordillo moro”, al que simplemente bautizó “Moro” y que por “su ímpetu, su temple, fue superior a todos los innumerables caballos que montó…” (1).
Siguiendo con los jinetes de habla inglesa, viene a cuento Roberto Cunninghame Graham, quien por otro lado fue muy amigo de Hudson. Este curiosísimo e interesante personaje, era una escocés, aristócrata y socialista (cosa rara, si la hay), hombre de mundo, aventurero, que conoció nuestra tierra por 1870 y quedó prendado de ella, al punto que andando la vida afirmó que si volviese a nacer “le gustaría ser un gaucho”, y por si la afirmación no alcanzaba, en carta a un amigo le decía que su mejor ‘escudo de armas’, era la marca que tenía registrada en Gualeguaychú, Entre Ríos.
Muchos fueron los animales que ensilló ya en Texas, o en Venezuela, España, Colombia o entre nosotros, pero hay una anécdota que lo pinta como hombre que afinó el ojo en la observación criolla: en 1891 había viajado a Glasgow donde se “encuentra, tirando de un tranvía, un caballo que llevaba la marca de Curumalán, la ‘E’ y la ‘C’ entrelazadas de Eduardo Casey, cuya estancia próxima a Tandil, había conocido (…) El animal, un oscuro, acababa de ser comprado”. Pero “cuando Roberto ofreció un buen precio por él se lo vendieron”. ‘Pampa’ lo llamó, y fue el animal de su silla por 20 años. Cuando murió, lo sintió más que al mejor amigo humano (2).
Y si de extranjeros hablamos, no podemos olvidarnos del suizo Aimee Félix Tschiffely y sus célebres caballitos criollos, de cuya asombrosa marcha, el próximo abril se cumplirán 90 años de su inicio; y si bien los pingos eran marca del Cardal de Solanet, el pueblo los asocia indisolublemente al jinete suizo, ese que les marcó el rumbo a todos los otros marcheros que lo siguieron, sabedores ya ¡qué se podía!, cosa que él ignoraba… pero intuía.
Don Emilio Solanet le obsequió dos pingos ya hechos -15 y 16 años-, y que pertenecían a la manada que había comprado en el sur patagónico al cacique Liempichum; “Mancha es un overo rosado manchado. En EE.UU y en Inglaterra este color es denominado ‘pinto’. Gato, como lo sugiere su nombre, es un gateado, lo que los cowboys norteamericanos llaman un ‘buckskin’. (…) deseo estampar  mi opinión de que ninguna otra raza caballar del mundo tiene la capacidad del criollo para continuo trabajo forzado” (3).
En la nota anterior escribíamos sobre “el rosillo” del Gral. Belgrano, y ahora queremos agregar una anécdota sobre dicho pingo, tal cual la relatara quien firma “Scissor” en la Revista “El Caballo”. Dice al respecto: “El General Belgrano tenía un caballo de hermosas líneas que se había hecho famoso en su ejército y fuera de él. Un día lo regaló a su sargento Mariano Gómez, por las valientes hazañas que había realizado.
El conocimiento que había del caballo era muy grande y así se sabía que, donde estaba el caballo, estaba el sargento Gómez. De esta manera, una partida realista ubicó al suboficial,  que dejó su cabalgadura junto a una parva y se echó a dormir. Gómez fue prendido y llevado a Humahuaca, donde se lo fusiló tras juicio sumarísimo” (4).
Siguiendo el rumbo de militares de las guerras de la independencia y las luchas intestinas en los largos años de la organización, en breve recuento podemos citar que el Cnel. Mariano Necochea ensillaba un pingo “tostado”; el rebelde general chileno José María Carrera, que tanto batalló en nuestra patria, tenía de su silla un “bayo overo” (5). “El cadáver del Gral. Lavalle fue atravesado en su famoso tordillo de guerra, sostenido por unas petacas, iniciando así la marcha para librarlos de la persecución de sus enemigos” (6).
El oriental Manuel Oribe, también montó un tordillo” cuando tuvo bajo su mando las fuerzas de la Confederación, y Castelli, quien debió ponerse al frente de las fuerzas reunidas cuando el levantamiento de los hacendados en  Dolores y Chascomús en 1839, huyó hacia la zona del Tuyú “en un tordillo plateado de los montes grandes…” (7).
El venezolano Gral. José de Sucre, ensilló al frente de los ejércitos libertadores, un “zaino oscuro”. Más cerca, en nuestras luchas intestinas, el Cnel. Juan Saa, a quien llamaban “Lanza Seca”, tenía de su monta un guapo “rosillo”; al Gral. Pascual Echagüe se le recuerda un flete “malacara”, mientras que Chacho Peñaloza y Felipe Varela, en sus arduas andanzas por las zonas cordilleranas ensillaban en resistentes mulas: “parda” -la del primero-, zaina” la otra. (5)
No puede faltar en este resumen la presencia del hombre natural de la tierra, y si bien es cierto que el indio en general se destacó con sus montados de pelea, viene a cuento citar al cacique Calfiao, quien montaba en un “zaino pangaré” sobresaliente y superior. Del ha dejado escrito el Sgto. Mayor Cornell, que en un ataque sorpresivo a sus tolderías, de madrugada, alcanzó a huir en su caballo de pelea llevando en ancas a su hijo ya mocetón; durante tres leguas, 3 oficiales muy bien montados, lo persiguieron sin lograr darle alcance a pesar del sobrepeso que llevaba. Al día siguiente, mientras los soldados custodiaban a la indiada que llevaban prisionera, apareció a la distancia la figura de Calfiao y su guapo caballo, pero ya nadie osó perseguirlo (8).
El famoso “Buey”, parejero invencible, también fue “pangaré”, y su  historia es increíble e inverosímil. Criollo, criado en la estancia “Tamanquiyú” de Machado, en Lobería, se extravió en la desbandada de las fuerzas revolucionarias que actuaron en “Los Libres del Sur”, en Chascomús, en 1839. Vaya a saber cómo, junto a otros animales de marca desconocida, cayó a la estancia de Ford, que era además posta de galera, y de allí salía tirando en las cuartas, pues ya lo dijo el poeta: “nunca falta un mancarrón pa’ un mayoral de el galera”; y un día que en la estancia había esquila, ya terminado el trabajo, los esquiladores armaron un polla de diez cuadra, como para ir gastando lo ganado con tanto esfuerzo, y Ford, no queriendo quedar afuera, anotó al flaco y transijado “pangaré”, que para sorpresa de muchos, ganó sin apremio. A partir de allí fue parejero, y ante él se rindieron los más mentados cuadreros sin respetar invictos. Ya sin rivales a la vista, es vendido a Brasil para seguir allí su vida hípica, pero la noche previa a ser embarcado, murió en su box: parece que por rascarse quizás, metió la mano en la cogotera del bozal y se ahorcó (9).
Ya que hoy nombramos a los caballos de Solanet, veamos ahora de recordar los que montaron Soulet, Ana Beker y Baretta, por nombrar solo algunos de los viajeros ecuestres. Marcelino Soulé se hizo a la huella montado en “Argentino”, un “alazán”, llevando de carguero a “Bolivar”, un “bayo huevo’e pato”, que moriría en Colombia, ambos eran de raza criolla (10); Ana Becker inicia su marcha con un “alazán malacara” llamado “Príncipe”, y un “alazán” bautizado “Churrito”; luego, a lo largo del camino montaría varios caballos más. Y el bonaerense de Pellegrini, Alberto Baretta, ensilló en dos criollos uruguayos para llevar de regreso el caballo a España, “Queguay” y “Charrúa”, “rosillo moro” el primero, “gateado” el otro. “Charrúa” no pudo ingresar a EE.UU. por problemas sanitarios, así que a España solo llegó “Queguay”, quien finalmente retornó a su querencia oriental.
Y no es todo, hay más, por áhi… por áhi… en otro momento retomemos.
La Plata, 18 de Noviembre de 2014

CITAS y BIBLIOGRAFÍA
(1) Guillermo Hudson, de Luis H. Velázquez (1963)
(2) El escocés errante, de Alicia Jurado (2001)
(3) Gato y Mancha, de A. F. Tschiffely (1989 – 4ta.edición)
(4) Pelo delator, por Scissor - Revista El Caballo N° 163 (10/1957)
(5) La historia de los caballos, de Leopoldo Lugones (h) (1966)
(6) Caballos, por León Benarós – Rev. Todo es Historia N° 12
(7) Los tordillos nadadores, por Tomás Ryan – Rev. Raza Criolla N° 47 (12/1958)
(8) Revista El Caballo N° 227 (9/1963)
(9) Recordando el pasado, de Antonio del Valle (1926)
(10) Cortando el continente, de Marcelino Soulé (1944)
(11) Amazona de las Américas, de Ana Beker (1957)
(12) Entrevista a Baretta en Revista Pa’l Gauchaje N° 11 (7/1986)

(Publicado en la sección “El Tradicional” del N° 474 de “El Federal”)


DE PELAJES Y JINETES


Se ha dicho hasta el cansancio que “la Patria se hizo a caballo”, y no tenemos dudas que así fue. De los jinetes, muchos perduraron en la historia y hoy conocemos sus nombres, no así de los guapos pingos que las más de las veces sucumbieron en el cumplimiento de una misión. Apenas si de un puñado de ellos, conocemos el color de su manto: su pelaje.
Así como de pasada, recordemos que el caballo llegó a América con la segunda expedición de Colón en 1493, en una escuadra compuesta de diecisiete naves (1), y al Río de la Plata, unas cuatro décadas después merced a Don Pedro de Mendoza…
Recorriendo “Pelajes Criollos” de D. Emilio Solanet, podemos hacer un resumen, ya que trae datos de caballos del país, de América y del mundo. Con esa fuente, más otras que también hemos confrontado, es que intentaremos brindar esta reseña.
Y aunque así lo parezca, no es redundante comenzar con el caballo que montara San Martín en San Lorenzo, aquel que sucumbió a la metralla y que hizo que el soldado  Cabral al quitar al Capitán de debajo de su cuerpo entregando la vida por salvarlo, fue ascendido “post-mortem” a Sargento. El bayo… recuerdo de Don Pablo Rodrigáñez”. De tan breve existencia en la historia pero que quedó grabado en ella.
Hace más de medio siglo, trajo discusión la cita de ese pelaje, pues se entendía que era producto de una mala traducción del inglés; pero en 1950 Don Justo P. Sáenz (h) -¡cuándo no!-, en su “Caballería del Gral. San Martín”, se encargó de confirmar el pelaje, basándose en las “Memorias del Gral. Espejo”, que es quien da la información primigenia (2), y quien describe al Libertador: “tan bien plantado a caballo como a pie”.
Atestigua Espejo, que mientras San Martín permaneció en Mendoza, durante la preparación del ejército, “algunas tardes salía de paseo a caballo en un alazán tostado…”, y otras ocasiones en un zaino oscuro…(3); esto ya fue apuntado en El Tradicional N° 22, por el historiador Diego Sarcona.
De aquellos años primeros de la Patria, no podemos olvidar el dato de que el docto devenido en General, Don Manuel Belgrano, montaba en “mansísimo rosillo, popular ya entre los tucumanos”(4), a pesar de lo cual en la Batalla de Tucumán, “al primer cañonazo de la línea de los patriotas, el dócil rosillo se asustó, se encabritó, giró sobre las patas traseras y dio en tierra con el General” (4). En la misma contienda, el entonces Tnte. Lamadrid brilló con su espada sobre un “superior lobuno, el que tras la lucha debió -por orden del Gral. Balcarce-, ceder a José María Paz, quien realizó “a media rienda numerosas comisiones en el mismo día” (5). Podemos sentenciar: “lobuno… como vos ninguno”.
Este mismo Lamadrid, casi veinte años después, durante las luchas intestinas, enfrentó con suerte adversa a Facundo Quiroga, en La Ciudadela (Tucumán), y recordará en sus “Memorias” que ese día montó “un moro”, el superior que conociera.
Volviendo a San Martín, recordemos que éste, para la concreción de gesta, confió la seguridad de sus espaldas -el norte, digamos-, en un criollo salteño, quien un ejército irregular, cumplió con creces el cometido, frustrando todos los intentos españoles: Don Martín Miguel de Güemes. Éste, entre otros, “tuvo un caballo oscuro excepcional, sin duda de raza criolla peruana llamado (6). Acaecida su muerte, de sus exequias sabemos que “Detrás venían dos bellos corceles en arneses de duelo. Veíanse al uno de ellos volver tristemente la cabeza como si buscara a alguien. Era aquel , testigo de tantas glorias y compañero del héroe hasta la muerte”(7).
Y si hablamos de los años de la Independencia, ¿cómo no nombrar a “Decano”?, el “doradillo colorado” que de su estancia en Pagos de la Magdalena tomó Don Andrés Caxaraville, para que sirva de monta a su hijo, futuro oficial, Don Miguel de los Santos Cajaraville, quien tras servir como granadero de 1813 a 1820, siempre junto a “Decano”, pidió la baja, traspuso nuevamente la cordillera junto a Tomás Guido, y llevó al caballo, (famoso entonces en el ejército decir de otros camaradas), a descansar a la estancia paterna de la que había salido, donde cuidado y mimado por su amo, se supone murió en 1825 (8).
A poco de finalizada la liberación de América, nuestro país entre en guerra con el Imperio de Brasil, y de esa lucha que ganada por las armas se “perderá” en los escritorios, vale destacar que el bravo coronel francés, D. Federico de Brandsen, morirá en el campo de la batalla de Ituzaingó, el 20/02/1827, “montando un caballo alazán chileno, que murió como su dueño destrozado por la metralla” (5).
En el período de la organización de las provincias, cuando las luchas intestinas, se destacan los caudillos y las montonera, épocas de cargas a lanza de caballería, y allí jugó importante papel “El Supremo Entrerriano”, Francisco “Pancho” Ramírez, a quien sus coetáneos recuerdan jinete sobre un azulejo superior de ligereza de parejero. Montaba en él al llegarle la hora, y dicen que le dijo a su Delfina: “Ya sabés que huyendo yo solo con mi azulejo, no hay quien me agarre” (5), pero al iniciar su escape, viendo peligrar a su amada, volvió grupas al montado, y lo que fue la salvación de ella, resultó su fin. Era el 10/06/1821.
Casi exactamente 10 años después, quien es tomado en un entrevero como el anterior, es el unitario cordobés José Ma. Paz, cuando gente de Estanislao López le bolea el “malacara chiquizuela blanca” que montaba. Recuerda en sus “Memorias”: “…uno de los que me perseguían, con un acertado tiro de bolas, dirigido de muy cerca, inutilizó mi caballo de poder continuar mi retirada. Éste se puso a dar terribles corcovos, con que, mal de mi agrado, me hizo venir a tierra”(9).
Y a ese López -Brigadier General santafesino- que hemos aludido, se lo recuerda jinete sobre un “bayo cabos negros”.
Y hablando de caudillos no puede estar ausente de estas líneas, aquel caballo de Don Facundo Quiroga, pingo con virtudes de adivino, el que con su compartimiento (tranquilo o encabritado), le “aconsejaba” al amo la decisión a tomar, nos referimos al “moro” del “Tigre de los Llanos”.
De Don Juan Manuel de Rosas, hombre muy de a caballo y entendido en el tema, varios montados se recuerdan, pero sintetizando, refiere Solanet la anécdota que le transmitieran en 1923, teniendo su origen en lo que contara D. Ezequiel Cárdenas como testigo del hecho: “…dos días antes de Caseros, el Restaurador revistaba las tropas en Palermo llevando su gateado de pelea, marca del chileno Saavedra, cuando picando el pingo desató las tres marías y las arrojó al pie de un poste que llevaba en lo alto la bandera patria, al grito de ¡Viva la Federación Argentina”, y abajo el gabinete del Brasil”.(5)
En su exilio, Rosas deja otro testimonio: “…el mejor caballo que he tenido y tendré jamás me lo regaló D. Claudio Stegman. Era bayo, del Entre Ríos. Murió en la expedición de los desiertos del sur comido por un tigre, que encontrado después, lo enlazó y mató el Gral. Rosas”. (10)
Hablando de Rosas, cómo olvidar a Manuelita? De ella refiere Solanet, aportando como fuente lo referido por Monseñor Ezcurra, que “El preferido de la silla de Manuelita Rosas fue un doradillo que paseaba con las crines y cola largas en San Benito de Palermo.” (5), y más adelante, sin ciuta de fuente, cuenta: “Manuelita Rosas, alta y delgada, la más elegante amazona de aquella época, tenía entre sus caballos uno oscuro como de raso, para cuando vestía de gala” (5).
Pero si en todos lados se cuecen habas, digamos que del bando unitario, cuando la Revolución de los Libres del Sur, según relata el historiador Ángel Carranza: “La patriota chacomusera señora Carmen Machado de Deheza, apodada la “Heroína del Sur” por las fuerzas revolucionarias, (…) durante su visita al campo revolucionario fue obsequiada por el jefe con un brioso overo negro, al que le trenzaron la crin (…), mientras ella se ponía para montarlo su vestido muselina color cielo”.
Caudillo y estanciero también, D. Justo José de Urquiza supo de la atracción equina, y se evoca a su “tordillo” llamado “Sauce” como monta preferida; pero cuando los sucesos de Caseros -según Martiniano Leguizamón-, dirigió la batalla desde el lomo de un brioso “moro”, que no debe ser otro que el del relato que sigue: “Vistiendo poncho blanco con amplias listas rojas y tocado con galera de felpa, tal como lo muestran los daguerrotipos de la época, el Gral. Urquiza, vencedor de Caseros, entró a Buenos Aires el 18/02/1852, cabalgando un soberbio moro resplandeciente de prendas de plata, el mismo que poco después admiró Buenos Aires con sus hazañas de parejero” (10).
Y podríamos seguir con los fletes de Oribe, Castelli, Estanislao Zeballos, Aimeé Tschiffily, Soulé, Ana Beker, Cnel. Machado, Gral. Hornos y tantos más… Pero si dicen que de muestra sirve un botón, valga de ilustración lo resumido. Pero… como frutilla del postre, yéndonos a la poesía, cerremos diciendo que cuando a Fierro lo llevan a la frontera, anda sobre un “moro” (sobresaliente el matucho), y cuando de las tolderías regresa, lo hace en el “oscuro tapao” que era de un indio.

Citas

1.- Assuncao, Fernando – El Caballo Criollo (1985)
2.- Revista El Caballo N° 146 (3/1956)
3.- Sáenz (h), Justo P. – en Antología Sanmartiniana de Raffo de la Reta (1950)
4.- Lugones (h), Leopoldo – La historia de los caballos (1966)
5.- Solanet, Emilio – Pelajes criollos (1971) Pags.56, 65, 67, 75, 81 y 106
6.- Zappa, Ángel – El caballo - su protagonismo histórico (1998)
7.- Gorriti, Manuela – Relatos (Capítulo: Carmen Puch)
8.- Risso, Carlos R. – Miguel de los Santos Cajaraville ¡El Guapo de San Martín! (2012)
9.- Paz, José María – Memorias (Capítulo XVIII)
10.- Labiano, Alberto – Manual de los pelajes de caballos (1994)

(Publicado en “El Tradicional”, dentro de Revista “El Federal” N° 465)

miércoles, 30 de mayo de 2018

JULIO MIGNO (Charla 1)


AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 45 – 30/05/2018
Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
Si bien así se lo ha conocido y así ha firmado sus libros, su nombre completo era Julio Bruno Migno Parera, y había nacido en la localidad de San Javier -como el gustaba decir: tierra de mocovíes-, provincia de Santa Fe, el 6/10/1915 por lo que a la fecha tendría 102 años.
De la misma manera que Pedro Risso tuvo en Héctor Del Valle, su gran difusor, y algo parecido podría decirse de Romildo Risso, pues a pesar de tener éste muchos libros editados, la gran mayoría que desconoce esos libros, lo ha conocido a través de un par de interpretaciones de Atahualpa Yupanqui; de la misma manera decíamos, Migno tuvo en Orlando Veracruz el aparcero justo y necesario para trascender con sus creaciones poéticas hacia el gran público.
Unos diez años atrás, en el Diario La Opinión” de Rafaela, el periodista Tomás Rodríguez nos informa que: “Desde su niñez convivió con los descendientes de los indígenas de la última reducción que existió en la República Argentina”, de allí pues su hermanamiento y conocimiento de la vida de los mocovíes con los que tanto se identificó en su poesía.
Después de los años del primario cursó el bachillerato en el Colegio de la Inmaculada  Concepción, de Santa Fe, y del final de esos años de estudios es su primer libro, como que tiene 17 años cuando publica “Los Nuestros” pequeño volumen que comparte y dedica a un condiscípulo fallecido por entonces: Félix Villasur. Ejemplar inhallable, lo desconocemos.
Curiosamente, al igual que nuestro bonaerense Luis Domingo Berho -con quién, podríamos decir, compartía cierta parquedad y rebeldía-, también decía que “no era un poeta gauchesco”, pero está visto que uno puede decir y afirmar una cosa, y el público lector u oyente, puede interpretarlo de otra forma. Así le ocurrió a Migno, pues Arturo Capdevila -no un lector cualquiera, sino el célebre escritor cordobés-, tras la aparición de “Amargas”, su segundo libro, le sentenció: “Usted nos da en un verso rico y hondo, una nueva imagen del gaucho”.
Otro cordobés, afamado como el gran decimista de su tiempo, el poeta Julio Días Usandivaras, al comentar allá por 1944 el mismo libro “Amargas”, en su reputada Revista “Nativa”, expresó: “El autor de estos versos gauchescos, pertenece al grupo de poetas, acaso derivados de Trelles, “El Viejo Pancho” (…) Migno, el autor de este libro, es sin duda un poeta gauchesco bien formado”.
A diferencia de Berho, Migno sí dejó aclarado el por qué de su negación: “No soy escritor gauchesco, porque además de merecerme respeto la figura del centauro, éste ya pasó al bronce de la historia”.
Muy a pesar suyo, integra las antologías de poetas gauchescos, y para el pueblo aficionado a los versos, ES un autor gaucho.
Vamos a ilustrar con un poema, que aquellos que lo escuchen ignorando que estamos hablando de Migno, bien lo podrían atribuir a la pluma de Yamandú Rodríguez, pues en ese nivel está vibrando la pluma del poeta “sanjavierino”: “Por una trenzas” (Se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 20 de mayo de 2018

TAMBO


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 73 – 20/05/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Por lo dicho, nos vamos a referir a una actividad que tiene una amplia difusión en la campaña bonaerense y por supuesto en nuestras vecindades.
Parecería ser que la voz tambo es la castellanización de la expresión quechua “tanpu”, con la que en el Imperio Incaico se denominaba a ciertas construcciones levantadas cada 4, 5 o 6 leguas a la vera del Camino del Inca, en las que hacían alto los chasquis y los funcionarios que inspeccionaban el Imperio; más allá del cobijo, dicha edificaciones estaban provistas de todo tipo de alimentos para los viajeros y para varios días. Quizás, quizás… la circunstancia de que el lugar de ordeñe de las vacas daba alimentos para muchos, hizo que se lo campara con aquellos albergues incaicos, y se los designara entonces, “tambo”.
Ya en la época de la colonia y primeros años de la independencia, en los alrededores y suburbios de la “Gran Aldea” (como se llamaba a Buenos Aires), existían los tambos que abastecían a la ciudad en crecimiento, e inclusive, había quienes caminaban con un lote de vacas mansas, y cumplían el pedido de la vecina que solicitaba el sabroso alimento, procediendo a ordeñar en el instante, brindando el producto al pie de la vaca. Otros cargaban un par de tarros como árganas en el recado, introduciéndose al pueblo y vendiendo desde el lomo de su montado, los litros que se le requerían.
Todos aquellos tamberos, eran tipos criollos, y así continuó hasta aproximadamente 1875 -según lo apuntado por Horacio Giberti en su “Historia de la Ganadería Argentina”-, cuando la inmigración vasca fue dedicándose cada vez más a esa tarea, al punto que no mucho después ya no había criollos ejerciendo la tarea del tambo, y esto no es invento nuestro pues está referido en la Revista Anales de la Sociedad Rural Argentina del año 1884.
Antes, en las proximidades de Buenos Aires o pueblos más o menos vecinos, existían tambos de emprendedores británicos cuya producción lechera se volcaba íntegramente a la producción de manteca, cuya elaboración tenía muy buena reputación.
En el último cuarto del Siglo 19, las estancias solo tenían alguna vaca que se ordeñaba para las necesidades de la casa principal, y lo mismo pasaba en aquellos puestos en que sus ocupantes deseaban contar con ese complemento alimentario. De esta circunstancia surgió la apreciación que los terneros de las vacas lecheras se criaban más mansos y lograban un mayor engorde que los criados a campo en los rodeos, que eran más cimarrones y de menor carnadura.
Como consecuencia, algunos puestos se transformaron en tambos y aparecieron las cremerías que elaboraban el producido diario.
En 1898, el Ing. Francisco Seguí -a la sazón diputado- informaba que en Cañuelas, en la Estancia “San Martín”, entre las 4000 vacas que se ordeñaban había mayoría de Shorthorn, las que rendían un promedio de 6 a 8 litros por animal.
El emprendedor vasco Ramón Santamarina en una de sus estancias de Tandil, tenía 3000 animales repartidos en 24 tambos, esto hacia 1902; con esa producción se elaboraba crema, la que luego se remitía a la fábrica “La Tandilera”, en la que también se centralizaba el producido de otros doce productores, dando esto una idea de cómo ya a principios del pasado siglo, el tambo se iba transformado en el primer paso de una industria que modificaría el mapa de la explotación ganadera en nuestra campaña.
Por entonces, las grandes distancias y las difíciles comunicaciones, hacían que la leche no se distribuyese para el consumo como tal, sino que toda la producción se volcaba a la elaboración de mantecas y cremas
Aquellos tambos de antaño se llevaban a cabo en grandes corrales con el cielo por techo, donde, en un corral más chico -muchas veces denominado “chiquero”-, pasaban la noche los terneros, que, alta aún la luna, al iniciarse la faena -que era encarada por varios ordeñadores con el banco de una pata atado a las cintura-, iban siendo soltados de a uno por el “apoyador”, que al oír el grito de “¡vaca!” dejaba salir un ternero el que rápidamente ubicaba a su madre, y tras unos furiosos chupeteos a la ubre repleta, era sujetado por dicho peón a la mano opuesta de la vaca, en que el ordeñador iniciaba su trabajo. Reinaba allí y por lago rato el rítmico sonar de los chorros, y el exigente grito de “¡vaca!”.
El crecimiento de dicha industria hizo que el primer paso fuera construir los corrales bajo tinglados, luego a éstos se les hizo piso cuestión de poder valdearlos, llegándose finalmente a los “tambos mecánicos” con un motón de comodidades para animales y tamberos, y una destacable higiene.
Sirva lo aquí resumido, como un homenaje a mi abuelo Desiderio Espinel, que tuvo tambo de corral a cielo abierto, hasta el año 1974.
Le ponemos a esta página un broche de oro, con la lectura los versos del poeta de Cañuelas, Néstor Enzo Mori, titulados “La Familia del Tambo”. (Se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

miércoles, 16 de mayo de 2018

LIBERTARIO BLENGIO (Charla 2)


AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 43 – 16/05/2018
Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Sus libros, muy modestos en su confección -más vale “folletos”-, suman con seguridad 16, pudiendo haber alguno más que desconocemos. El primero apareció en 1969 bajo el título de “Aclaración”, al que le siguieron: “Entropillando”, “Florestal Silvestre”, “Acarreando”, “Paisajes”, “Bellezas Argentinas”, “Resereando”, “Amargueando”, “Entropillando II”, “Desde el Pescante”, “El Gaucho Pollo Mojau”, “Vieja Huella”, “Llorona y Clavijeros”, “De Frontera a Frontera”, “4 Puntos Cardinales” y “Siguiendo el Rastro”, éste, el último que le tenemos identificado, es de 11/1990.
Podemos decir que redondea unos 500 versos publicados, claro que a veces peca con versos de circunstancia, si así llamamos a esos que dedica a personas que ha conocido en sus viajes, a alguna escuelita rural, a un jinete, a un organizador de fiesta…, pues por lo general (sea Blengio o cualquier otro poeta), esas composiciones por lo general solo interesan a quien está dedicado y su círculo de conocidos.
Con Cacho Reynoso supieron grabar un cassette que llamaron “Recuerdos de un Resero”; también registraron temas suyos: Héctor del Valle, Jorge Soccodatto, Atilio Payeta, Carlos Tala, Manuel Ocaña, Liliana Salvat y Fabián Reyes, e/o
Publicó en las revistas: “A Lonja y Guitarra”, de Rolán Ponce, de Cañuelas, entre los años 1967 y 1984; “Destreza Criolla” y “Jinetes y Potros”, ambas de Entre Ríos en 1985 y 86; “Domador”, de Atilio Croti, de Necochea, entre 1983/89; en la que publicaba Soccodatto; en la de Carlos Gómez en Sta. Rosa, La Pampa; en la de Atilio Payeta, en Mar del Plata, e inclusive versos suyo salieron en nuestra recordada “Pa’l Gauchaje”.
Digamos para ir cerrando, que a los 30 años, el 27/11/1948, se casó con Rosa Arriegui, alumbrando dos retoños: Estela Rosa y María Angélica quien falleció joven.
Don Libertario, el poeta de pelo y barba blanca, el andariego que recorrió los cuatro puntos cardinales del país de la mano de sus versos -sencillos pero honestos, rústicos pero creíbles-, en los que le cantó a todo lo que uno se pueda imaginar vinculado a la vida rural, falleció el 5/10/1995, por eso que su figura bonachona hace ya 22 años que no anda alimentado fogones ni floreando al amado pabellón nacional como tantas veces lo hiciera durante sus incansables andanzas.
Mostramos ahora su estro con las décimas de "Corra'e Vasco" (Se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero

domingo, 13 de mayo de 2018

DÉCIMA


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 72 – 13/05/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
Cuando el conquistador desembarcó en tierras de América y comenzó a posesionarse del vasto territorio, su dominio fue aplastante: “a sable y mosquetón, o a crucifijo” no respetó cultura preexistente e impuso lo que traía y conocía. Y si bien es mucho y valioso lo que se llevó, al fin de cuenta, pasado el tiempo…, podemos recapacitar que nos dejó la lengua, la guitarra, el caballo, algo de su equitación y mucho de la poesía.
Si bien los períodos histórico/culturales no tienen fechas puntuales de inicio y fin, puede decirse a grandes razgos, que el Siglo de Oro Español se inicia cuando el descubrimiento de América, se extiende por todo el S. 16 y la primera mitad del 17, o sea hasta 1650, por poner una fecha algo caprichosa. Durante el mismo florecen y se difunden las artes: la pintura, la música, la escultura, el canto coral, la novela, la poesía…, dentro de ésta queda definida la “décima”, la que si bien ya existía, adquiere la estructura con que hoy la conocemos y cultivamos, y los méritos de ese logro se los lleva el sacerdote Fray Vicente Espinel, el poeta de Ronda, llamado en realidad Vicente Gómez Martínez Espinel, quién además, músico y cantor, le agregó la 6ta. cuerda a la guitarra.
Entre los cantos que aquellos conquistadores trajeron como parte de su cultura, para su entretenimiento y distracción, estaban las poesías escritas en estrofas en décimas, y éstas, sin darse cuenta, sacaron carta de ciudadanía americana. Y a pesar de ser la décima (junto al soneto) la forma más compleja de construir poesía por responder estrictamente a métrica y a rimas consonantes, prendió en el pueblo anónimo y analfabeto, no siendo esto último impedimento para expresarse por décimas, con la particularidad que andando los años, alejándose de los decires españoles, comenzaron los “poetas” nativos a cantarles a las cosas y sucesos vinculados a su diario vivir, adquiriendo -el contenido- de ese modo, una particularidad y personalidad propia que la diferencia de las décimas generadas por el resto de los pueblos de América.
Durante el siglo 19, el siglo propio del gaucho, las “décimas” se cantaron por estilo y por cifra, y hacia el fin del mismo empieza la milonga a tener presencia y ganar terreno, al punto de haber llegado al presente como el canto más difundido, mientras que desapareció “el cielito” que era la melodía mas cantada en la centuria del 1800 y que no era en “décima”.
Tan difundida estaba ésta, que llegó a llamarse directamente “décima” a una composición, lo que sería como decirle a un cantor: “Cántese una décima, don…”, cuando en realidad el cantor desarrollaba un tema que podía tener 3, 4 o 10 décimas.
Durante el Siglo 20 podría decirse que el 80% de la poesía criolla se desarrolló en décimas, como así también se volvió la estrofa preferida de los payadores para la creación de su poesía oral.
Don Roberto Coppari le dedicó los versos que ahora ponemos a consideración: "A la Décima y su Autor". (Se los puede leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")