LR 11 – Radio
Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 70 –
29/04/2018
Con su licencia, paisano!
Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras
gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
525 años atrás, con la
llegada de Colón y los conquistadores a tierras de Centro América, también
llegaba el caballo, ignorante él, que jugaría un papel importantísimo en estas
nuevas tierras.
43 años después, en
1536, ‘cabrestiando’ a los intereses de Pedro de Mendoza, sus vasos hollarían
las arenas y tierras de la costa occidental del Río de la Plata, dando inicio a
un ciclo impensado: el origen del caballito criollo.
Si bien el sabio
argentino Florentino Ameghino, en algún momento de sus estudios
paleontológicos, anunció el hallazgo de esqueletos de caballos dando a entender
que estos ya existían en América, estudios posteriores rebatieron sus informes,
afirmando que hace unos 175000 años las especies “eqqus” de América del Norte
se extinguieron, perdurando un tiempo más las que habitaban en América del Sur,
y que según apunta el muy bien informado tradicionalista oriental, Don Fernando
Assuncao, eran: el “eqqus andinum” (caballito enano de la cordillera, extendido
desde Ecuador a Bolivia); el “eqqus curvidens” (caballito pequeño y cabezón
disperso por Argentina, Uruguay y Chile), y en Brasil el “eqqus neogaeus”,
similar pero de una talla algo mayor.
Por otro lado ha
quedado registrado en las crónicas de la conquista, la sorpresa de los pueblos
originarios ante su presencia, demostrativo de no conocerlo. Tampoco hay
expresiones en sus lenguas nativas que se refieran al caballo, porque la
expresión de los tehuelches “cahualo” y “cahual”, claramente es una deformación
de “caballo”, y casualmente, en sentido inverso, de “cahual” deriva nuestra
conocida “bagual”. Algo similar se da en todas las lenguas precolombinas.
Al año del primer
asentamiento de lo que hoy es Buenos Airess, gravemente enfermo Mendoza inicia
el retorno, y el resto de su gente comienza una dura travesía hacia el norte
mesopotámico, mientras que los yeguarizos sobrevivientes, ganan la libertad.
Cuatro décadas después,
cuando Garay baja de Asunción al Plata con la orden terminante de establecer
una posesión española fija en la costa sur del “mar dulce”, se encuentra con
manadas de yeguarizos cimarrones. La reproducción ha sido fantástica, las
feraces llanuras de abundantes pastos, el buen clima y la falta de predadores
naturales (solo el puma), lo han permitido. Al no haber intervenido el control
del hombre, las cruzas de padres y madres han provocado unos pelajes que
maravillan (aún hoy) al más exigente. Aunque es probable que bayos, gateados y
lobunos hayan tenido cierto predominio por su posibilidad de disimularse en el
paisaje de altos pastos.
Lo que muchos años
después, el escocés agauchado, Don Roberto Cunninghame Graham, imaginara como “el
cielo de los caballos: la trapalanda”, se había producido pero en las vastas
llanuras pampeanas.
Y de aquellos
caballitos berberiscos, de origen africano, que los moros llevaran a las
tierras del centro y sur de España por el año 700 de nuestra era cristiana, que
tan bien se adaptaran y fueran cuidados en su reproducción por aquellos árabes
musulmanes, y que fueron la base de las caballerías que embarcó el conquistador
para su aventura americana, devino, tras su retorno a la vida salvaje y cimarrona,
y merced a la selección natural, “el caballito criollo” que a través de “Gato y
Mancha” trascendería el mundo con su hazaña, y que hasta muy, muy entrada la
centuria del 1800 resultó el caballo cotidiano del gaucho (ese ser que vivía más
a caballo que caminando).
Lo evocamos ahora, con
los versos de “Romance al Caballo Criollo”, del poeta puntano Teófilo Hiroux
Funes, quien supo estar, allá por fin de los años 30 y principio de los 40, vinculado
a la mítica “Agrupación Bases”, creadora del Día de la Tradición.
(El poema se puede leer en "Poesía Gauchesca y Nativista")
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