lunes, 1 de abril de 2013

MANUEL HORNOS - Brigadier General de la Nación


UNA EXISTENCIA AZAROSA

Muchos son los hombres de la gesta de la independencia y la constitución de la nación, a los que conocemos por sus nombres y algunos actos, pero de los que no se han escrito libros que los historien íntegramente, y nos brinden un amplio panorama de su vida. Por eso en esta nota queremos recordar a uno, que tuvo fama de brava lanza, que anduvo por todos los entreveros, y que honró su cuero con cicatrices muchas, testimonio fiel de que fue un jefe que encabezó sus tropas. Nos referimos a Don Manuel Hornos, Brigadier General de la Nación.
La mayoría de los historiadores y articulistas coinciden en que su nacimiento ocurrió el 18/07/1807 en Entre Ríos, pero sin especificar localidad o paraje de esa provincia, al punto que al referirse a él, Julio A. Costa (escritor y gobernador bonaerense), en su libro “Entre Dos Batallas”, a pesar de nombrarlo entrerriano, lo pinta: “Hornos era un gaucho de Buenos Aires, donde se había criado, domador y jugador de pato, de bota de potro y espuela de fierro; era el gaucho de los gauchos”, y si bien lo dicho puede prestarse a confundir su origen, no su condición de gaucho corajudo en la que todos los que lo abordaron coinciden.
Su vida, que se extendió por sesenta y cuatro (64) años, y que desde muy joven lo tuvo integrado al quehacer militar, lo llevó a combatir en todos los rincones de la patria, en Uruguay y también en Paraguay, y si bien no siempre la victoria consagró su empeño, su heroísmo se destacó lo mismo, a veces, por encargarse de cubrir la retaguardia de un ejército derrotado en retirada, porque fue Hornos de aquellos jefes que las ordenes las impartían desde el ejemplo.
Por no ser historiador no tengo reparo en decir que mi sentimiento se alista del lado del federalismo, pero esto no es impedimento para destacar a aquellos temerarios soldados que formaron en el otro bando, tal el caso de Hornos o Paz. (No así Lavalle, con quien no mengua la inquina).
Y Hornos siempre se aprestó con los ejércitos unitarios, y por esos vaivenes de la vida política de los hombres, a veces fue enemigo y otras, correligionario. Tal como le ocurrió con Urquiza, que cuando éste se alzó contra Rosas en 1851, allí estaba el bravo entrerriano Manuel con su lanza al servicio del caudillo comprovinciano.
Y acá vale la anécdota, porque cuando Urquiza era general del restaurador y gobernante de su provincia, y Manuel un joven de 23/4 años allá por 1831, “acusado de conspirar contra el Gral. Echagüe -dice Enrique Puccia- fue apresado en Colón y condenado a morir frente al pelotón de fusilamiento. Poco tiempo antes y por las mismas causas había sido ejecutado su hermano Román”.
Ocurría esto en el Campamento de Arroyo de la Leche, próximo al Río Uruguay.
Lo que allí sucede, es relatado por distintos cronistas, coincidiendo todos en la cuestión central, aunque con variantes en los detalles. De todos, es a mi entender, Leopoldo Lugones (h), quien le pone un tono literario al suceso real, y tentado de compartirlo con los lectores, transcribo su versión: “Hornos está en capilla. El centinela de vista sobre él. Falta poco para el fusilamiento. ¿Cómo será la muerte, no? Y quizá ninguna otra reflexión. Careada tantas veces con el peligro mortal, habiendo visto agonizar y morir a tantos ¿para qué más?... Pero en eso mira al soldado. Éste también le tiene clavada la mirada, turbios los ojos por las lágrimas… ¿Un ‘tape’ llorando? Cosa un poco rara, ¿no? Y Hornos, inquiere: -¿Qué me le está pasando, amigo? Mira en derredor el interpelado, baja un poco la vista y contesta: -Nada, mi comandante; cosas mías…
Hornos se ha acercado a la puerta. ¡Pucha que está lindo el campo ese día! Bajo un ñandubay está atado un ‘pingo’ de mi flor. ‘Parejero’, no cabe duda. Así lo patentiza su fina silueta, el pelo lustroso de caballo bien cuidado, un poco sumido de verijas, esbeltos los remos, fuerte el vaso negro, hasta un morral colgado de una rama.
Aquella breve plática se reanuda. Dice el soldado: -Mi comandante ¿Qué no se acuerda de mí? Yo soy Epitacio Núñez, el de Yeruá…
 -Claro, si ahora me acuerdo (responde el prisionero). Vos has servido conmigo.
-Así es, mi comandante. ¿Sabe? Y me apena verlo en este apuro.
-Bah, no te aflijás por tan poco. Total, para morir algún día vinimos a este valle de lágrimas.
Otra pausa. Y luego Hornos: -Mirá, llamá al sargento de ronda, o al cabo de cuarto.
Núñez obedece. Llega el indicado. El comandante le pide permiso para ir hasta ‘esos’ árboles por una necesidad urgente. El sargento accede… ¡Una arrancada en pelo y a toda la furia! ¡El ‘parejero’ es una luz! Hornos le cierra los talones y lo endereza al Uruguay que corre ancho, allá por Colón, donde se desarrolla la escena. Ya no van quedando sino remolinitos de polvo en el camino; pero atrás del evadido va a media rienda un pelotón. Junto al gran río, chapuza en él, y empieza a nadar hacia la otra banda, que está más allá de la humana resistencia de un hombre agotado por las penurias. Es largo el tirón. ¿Llegará el escapado?(…)”
En síntesis, tras el prófugo se tira Guarumba, quien según este relato tiene por ocupación ser “el degollador oficial de Urquiza”, mientras que desde la orilla los rifleros descargan sus fusiles. ¿Final?: Hornos es puesto a salvo por la tripulación de un buque de bandera Francesa, anclado cerca de la otra costa, y emigra a Uruguay.
Le tocó, al llamado de Mitre, estar en la tristemente célebre “Guerra de la Triple Alianza”, y allí, donde tantos -de ambos bandos- murieron, él se cubrió de gloria, siendo ascendido a Brigadier General sobre el campo de batalla en el segundo encuentro de Tuyutí, el 8/11/1866, cuando ocupaba el cargo de Jefe del Cuerpo de Caballería de Vanguardia.
Su última acción militar fue casualmente en sus pagos, cuando al frente de una columna de 1500 hombres enfrentó, en 1870, a Ricardo López Jordán; entonces -cuenta Mitre- “en esa ocasión se le quebró la lanza, en lo que vio un triste presagio de su destino. En efecto; su vida estaba quebrantada ya.”

RESIDENCIA – AFICIONES

Este bravo soldado estaba afincado en el barrio de San Telmo de la Ciudad de Buenos, y circunstancialmente tuvo una quinta en la zona de Barracas, sitio en el que solía despuntar sus otras dos pasiones civiles: las cuadreras y las riñas de gallo.
Por dicha radicación resultó designado Comisario Extraordinario en la Parroquia de San Telmo y para la zona de Barracas al Norte, cuando las elecciones de diputados y senadores provinciales del 28/03/1869.
De su pasión por las cuadreras han trascendido las mentas de su tordillo parejero, animal de muy mala apariencia (“cabezón, petiso, viejo, vasudo, peludo, parecía de todo menos el caballo de un general”), con el cual en cierta ocasión desafió a Don Juan Malcolm -dueño de una caballeriza sita por calle Rivadavia y 25 de Mayo-, quien había importado un pura sangre de carrera, realizándose la topada en el Hipódromo de Belgrano, donde finalmente ganó el tordillo, recordándose que Hornos le espetó al derrotado: “-Póngalo a sacar agua, compadre, que para eso nomás, lo ha traído de Europa”. Y si bien solía a veces ser él mismo el corredor (“descalzo y con espuelas, ciñendo vincha al estilo de los domadores”), en esa oportunidad condujo el animal un afamado jinete apodado “El Viejo Leandro”.
Asiduo concurrente a los reñideros de Barracas, aprontaba allí los gallos de su cría, “naranjos-barbuchos”.

EPÍLOGO

Tras su última incursión en entrerríos, ya en Buenos Aires, el 10/08/1870 fue internado en el Hospital de Hombres, y conciente de su estado, dicen que expresó: “¡Quién iba a decir que mi destino era morir en una cama!”.
Finalmente, casi un año después, falleció el 14/07/1871, recibiendo sepultura en el Cementerio de la Recoleta, donde fue el Gral. Mitre, el encargado de enarbolar las palabras de despedida; dijo entre otros conceptos: “murió puro como nació, pobre como vivió. Su vida es un romance heroico, y su carrera militar una epopeya gloriosa…”.
Según Jacinto Yaben era “el tipo de gaucho argentino, que en las batallas montaba en pelo a manera de Centauro”. Por su valor y ascendiente en las tropas, su prestigio heroico, era inapreciable en la composición de un ejército. Con respecto a su valor, temerario”.
Ignoramos por qué (andamos en esa averiguación), el 2/10/1907, por Ley 3058 se le donó un terreno en el Cementerio de La Plata, en el que se erigió una bóveda, a la que en 1915 se trasladaron sus restos desde el Cementerio de La Recoleta, donde descansan desde hace casi un siglo.
La misma está ubicada próxima a la entrada principal sobre Avda. 31, culminando una diagonal a izquierda de la misma. Es un edificio importante, cuadrangular, con las esquinas redondeadas, con un busto del héroe en frontispicio. Diríase que un tanto falto de mantenimientos por ser lo que es. Por las fotos podrá tenerse una idea acabada de lo que hablamos.

UNA ANÉCDOTA

Mi abuela materna Ana I. Cepeda (Lala), era una memoriosa conocedora del pasado familiar y zonal, en una oportunidad en nuestras muchas conversaciones, evocando anécdotas de su niñez y juventud en “Santa Ana” de Cepeda, en Magdalena, recordaba cuando en la casa se comentaban los viajes que “a la estancia” hacia en coche de caballos, el Gral. Hornos, a visitar a Doña Petrona Hornos. Cuando inquirí las razones, si había motivos de parentesco, dijo desconocer todo, ya que nunca había oído al respecto otra cosa que lo narrado, como que tampoco se había comentado que “la abuela Petrona” pudiese ser entrerriana.
Doña Petrona (1827 / 1912), era esposa en segundo matrimonio de Don Francisco Cepeda (1813 / 1883), mis tatarabuelos, de quien descendía Epifanio Cepeda, padre de mi citada abuela.
De aquel tatarabuelo, conservo su calzoncillo cribado, su facón y unos estribos porteños.
(La Plata, 18/01/2012)

BIBLIOGRAFÍA

- Oración Fúnebre pronunciada por Bartolomé Mitre en el Cementerio del Norte, el 16/07/1871
- Julio A. Costa, “Entre Dos Batallas” (1927)
- Jacinto Yaben, “Biografías Argentinas y Sudamericanas” (1939)
- Diego Abad de Santillán, “Gran Enciclopedia Argentina” (1958)
- “El tordillo del Gral. Hornos” -sin firma- (Revista El Caballo Nº 224, 6/1963)
- Leopoldo Lugones (h), “La Historia de los Caballos” (1966)
- Enrique Puccia, “La vida heroica del Gral. Hornos” (La Prensa, 7/1971)
                             “Barracas en la Historia y la Tradición” (1977)
(Publicado en el Nº 104 de Revista El Tradicional)

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