martes, 29 de enero de 2019

ABEL GONZÁLEZ ¡Hasta más ver...!


En la madrugada de este domingo 27 de enero, como se decía en la campaña de ayer “se cortó” el existir de uno de los tradicionalistas más importantes del amplio movimiento que hoy nos comprende. Su nombre Abel González.

Si no le erro fue en el pasado invierno que una cruel enfermedad le tronchó el camino. En un primer momento, tomar conciencia de esa situación, lo conmocionó y lo llevó casi a entregarse, mas pasado un tiempo se repuso, y si bien era consciente de que su situación era muy complicada, recapacitó y analizando que todos andamos por la vida “a plazo fijo”, se dispuso a vivir el tiempo que le quedaba, sin entregarse.
Por el último día del año 18 mantuvimos una larga conversación telefónica, y me alegró saber que se encontraba grabando pasajes de su rica vida, para que esas experiencias y esos saberes no estén presentes en el traje que lo arrope en la partida, porque de ser así quedan sepultados bajo la negra tierra de la tumba final, perdiéndose irreparablemente.
Las primeras imágenes de Abel que quedaron grabadas en mis retinas, se remontan a 1981 y 82, cuando en la Ciudad de La Plata y su zona de influencia, el movimiento tradicionalista estaba efervescente, atareado y enfocado en celebrar gauchamente el Centenario de la Ciudad de Rocha.
Había llegado de Navarro para atar y hacer desfilar por las calles citadinas, la gran chata cerealera de Muñeca; y por cierto que se lució en dicha empresa. Fue la primera vez que uno de esos ‘gigantes de la llanura’, anduvo participando de un festejo gaucho en la Ciudad Capital. Por entonces era Abel un joven paisano de 31/32 años, y ya estaban impresos en él: el gesto reservado, la palabra medida, la falta de ostentación, la observación sentenciosa.
No sé si ya la habían fundado u ocurrió unos años después, pero cuando en Navarro ‘hizo roncha’ la Agrupación “Gauchos de Manuel Dorrego”, que tenía en Rubén Trezza el espíritu creador, allí anduvo aportando el paisano evocado. Hacia el inverno del 93, cuando Trezza invitó a un grupo de amigos a compartir un asado en su “Rancho El Cencerro”, nos volvimos a encontrar.
Aquel día, mientras en el fogón la carne se doraba, se me acerca Abel y me pregunta si tenía algo que hacer; le respondo que no, solo compartir con los allí reunidos. Entonces me invita a salir a dar una vuelta para conocer el pueblo y algunos lugares que él consideraba importantes. Le dije si podía invitar un par de amigos, y sumé a Agustín López y Manuel Rodríguez. Por entonces tenía un “Falcón”, y arrancamos la aventura a la que nos invitaba.
Me dijo que a un pueblo había que conocerlo comenzando por sus muertos, y fue así que enfilamos al viejo Cementerio de Navarro. Fuimos al sector más antiguo donde se mantienen vigentes varias tumbas con la reja que las rodeaba, como se acostumbraba “allá lejos…”; una correspondía a uno de los oficiales que había acompañado a Lavalle en su derrotero final de 1840. Luego estuvimos frente a un viejo boliche ya cerrado, en el que la historia lugareña ubica a Moreira tomando la copa; pasamos por la iglesia de amplia escalinata, donde -cuando unas elecciones- sostuvo un comentado duelo a cuchillo. El paso siguiente fue visitar el lugar donde se lo fusiló al Cnel. Dorrego, sitio que hoy ocupa el Museo que lo evoca. Allí cerquita, el casco y el monte de la Ea. “El Talar”, y gracias a su conocimiento del lugar y su gente, pudimos acercarnos al viejo edificio, al que si bien no pudimos entrar, se nos permitió observar a través de una ventana, la habitación -entonces desierta- en la que pasó su última noche y donde escribió sus últimas esquelas, el Cnel. Dorrego.
Agarrado allí de los barrotes de la reja, sentí vibrar la historia, escuché las voces del pasado.

 Del antiguaso monte de talas que da nombre a la estancia, nos contó Abel que estaba alambrado, lo que impedía el ingreso de animales, entonces, las hojas secas, las ramitas y ramas que caen cuando alguna tormenta, han ido tapizando el suelo formando un colchón que de a poco se va integrando al suelo. Me decía que en ocasiones él entraba, porque había allí una energía especial producto de una naturaleza que se mantenía virgen y que sentía que le transfería un sentimiento positivo.
¡Jamás de los jamases! Olvidaré lo vivido en esa jornada.
Después la vida nos cruzó los caminos en diversas ocasiones, siempre propicias para el abrazo fraterno y la charla fructífera.
Siendo que era él un sabio, me distinguió con un  trato deferente honrándome con una reciprocidad que no sé si la merezco.
Había nacido en Bolivar el 30/09/1950, por lo que tenía 68 años.
Supo contarme que en su ser convergían la sangre de antiguos estancieros criollos y de chacareros pioneros, por lo que decía que tenía los profundos saberes de esas dos corrientes, que si bien a veces parecen antepuestas, en él convivían parejitas y entabladas.
Como decían nuestros mayores, se “cortó su esistir”, y ha pasado a vibrar en otra dimensión, menos humana… más espiritual.
¡Hasta más ver, paisano amigo Abel González!
La Plata, 27 de Enero de 2019

Carlos Raúl Risso E.-

martes, 15 de enero de 2019

JULIO SECUNDINO CABEZAS -Vida y Obra-

Don Julio y su sobrino Víctor Cabezas

Fue -quizás- el primer hombre en realizar la animación de una jineteada tal como hoy se conoce, y esto allá por la segunda mitad de la década de 1950 (aunque hay quien arriesga que ya por el ‘40 lo hacía); reconocido hacedor de botas de potros, blancas y sobadas como un guante, cuando en aquellos mismos años no era tan común que los jinetes las usasen; antes había sido jinete, y aunque no se recuerden hazañas de sus montas (prefería las clinas y el cuero tendido), sí es sabido que en “jineteada por equipos”, junto a Manuel González, Cipriano Terán, Manuco Galíndez, Eustaquio Parodi y Manuel Fernández, resultaron el equipo campeón internacional en 1931, en Montevideo. Donde se cuenta que más se destacaba, era con el lazo. Y esto no es todo, porque debemos agregar que fue poeta, y si quizás por ahí estuvo un escalón por debajo de Charrúa, Menvielle y Risso, no se puede negar que fue un genuino hacedor de versos camperos que supieron ganarse un lugar propio en los fogones gauchos.
Ese hombre se llamó Julio Secundino Cabezas, y fue “Cunino” para el trato familiar y con la gente amiga.
Nunca tuvo empacho en decir que había nacido en el sur patagónico, más precisamente en el Chubut, habiéndose criado en la estancia de la familia Yenki, por Esquel. Pero nunca dio más detalles que esos, ignorándose cuando y donde había nacido.
Pero en agosto de 1963, en entrevista que el famoso soguero Don Luis Alberto Flores le realizara en su casa de Villa Insuperable, Lomas del Mirador, partido de La Matanza, le cuenta haber nacido en 1909, en Gobernador Costa, Chubut. El reportaje fue publicado en la edición N° 266 de la importantísima Revista “El Caballo”.
Mucho más acá, abril de 2016, y a raíz de un artículo mío publicado en Internet, recibo una comunicación de Virginia Drazer, quien me cuenta ser la nieta mayor de “Cunino”, y me informa que poco se conocía en familia, de Don Julio y sus dos primeras décadas vividas en el lejano sur, pero también me dice que es tenedora del documento del abuelo, donde figura asentado el 25/02/1909, en Fuerte Roca, Río Negro. Dato que nos complica la historia.
Año 1938, jineteando con el cuero tendido, en Parque Camet, Mar del Plata
En carta del 1/04/2003, el ya citado Flores, conocedor de mis vínculos familiares y amor por “el viejo Pago de la Magdalena”, me cuenta que Cabezas le había referido que su padre era natal de La Magdalena, quien mozo se había ido al sur, siendo “uno de los primeros pobladores del oeste del entonces Territorio Nacional de Chubut”. Casualmente, conocía por relatos de mi abuelo Desiderio Espinel, que el capataz de la estanzuela de mi tatarabuelo Miguel Espinel, era un tal Cabezas o Cabeza, y un hijo de éste bien podía haber sido el padre de “Cunino”, pero… también recuerdo que me había contado que solo tenía una hija, de su misma edad, y que ésta era ciega. Casi casi… tengo el origen de Cabezas en los campos de “El Mirador”
Por 1929, al llamado del Servicio Militar, se traslada a Bs. As. para cumplir con dicha obligación, y aunque ignoramos a que cuerpo se incorpora, sí sabemos que luego será domador del Regimiento 8 de Caballería, que desde principios del Siglo 20 y hasta 1953, tuvo su asiento en la Guarnición Militar de Campo de Mayo. Dicho cuerpo es el que hoy, como Caballería Mecanizada, tiene su destino en Magdalena. Es muy posible que en él cumpliera como soldado, y que a raíz de ese vínculo se enganchara luego como “domador”.
A este respecto, en lo que él en sus libros llama “Prosas”, refiere que se fue criando en la costa de la Cordillera, por Río Pico, Somán, Esquel y Gobernador Costa, y que en su vida patagónica fue domador en las estancias “El Piche” y “Las Lagunas”.
Ya comentamos que hay cuestiones de su vida que poco se conocen -inclusive en la familia- pero su nieta Virginia nos ha brindado información que a ayuda a clarificar el tema de un hijo varón.
Parece ser que al trasladarse a Buenos Aires, viene con él, o lo sigue al poco tiempo, un hermano de nombre Maclovio; mientras “Cunino” cumplía como soldado, conoce a una joven llamada Emilia Gobbi, con la que comienza una relación de noviazgo; ésta tenía una hermana de nombre Elisa, que, valga la casualidad, se pone de novia con Maclovio, y tiempo después las dos hermanas Gobbi se casan con los dos hermanos Cabezas; del matrimonio de Julio nacerá su única hija Alicia, y del de Maclovio, nacerá Víctor.
Se cuenta en familia que Maclovio trabajaba embarcado, o sea, que estaba en la marina (ignoramos si en la mercante o de la Armada), ahora, lo cierto es que un día, cuando Víctor aún era muy chico, Maclovio se embarcó y no volvió más a su casa y nunca más se tuvieron noticias de él; fue un duro golpe para “Cunino” quien resultó un ‘padre’ para aquel niño, que al hacerse adolescente y joven, siempre lo acompañaba a todas las fiestas por las que andaba, inclusive se lo ve en las tapas o contratapas de alguno de sus libros, y hasta era común que lo presentara o se refiriera a él, como hijo.
Julio sufrió mucho con esa desaparición, y su pensamiento se atormentaba pensando que su hermano se suicidó. A raíz de esa conclusión escribió un verso de tono reflexivo que se titula “Ingratitud”, incluido en su primer libro.
Su tarjeta personal
Cuando en 12/1966 se batió en “duelo criollo a primera sangre” con el escritor Dalmiro Sáenz, Víctor Cabezas fue quien ofició de juez, y esto lo relataremos más adelante.
En cuanto a sus estudios, él mismo dijo que cursó hasta 3° grado, lo que allá por 1920 era decir mucho, pero es posible así haya sido, pues es probable que en la estancia en la que se crió, o había escuela, o asistía algún maestro que daba clases a los chicos de la misma.
Volviendo a su primera época en Buenos Aires, después de estar como domador en el Regimiento 8, se conchabó en la misma condición en el Mercado de Hacienda de Liniers.
A mediados de los ‘90, el paisano Don José Yebré (El Turco Yebré), que también había sido trabajador del Mercado de Hacienda, me contó que Cabezas, andando el tiempo, si bien tenía nombramiento de ‘domador’, se desempeñaba en realidad en la sección “Marcas y Señales”
En el ambiente de las jineteadas, hay total coincidencia en considerarlo el creador del “floreo” en la animación, y por nuestra parte le damos la derecha pues no suenan nombres de paisanos en la misma función que los hayan utilizados. Cuando niño aún, lo vi y escuché a Don Rodolfo Nicanor Kruzich animar en “La Montonera” de Ensenada, utilizaba floreos de su propia cosecha, pero claro… el “¡Voy al hombre… nomás!” de Cabezas ya era popular.
Don Julio y su esposa Emilia Gobbi
Como tuve un trato muy amistoso con Don Nicanor, hoy me lamento no haberle preguntado cómo eran las animaciones que hacía junto a Pedro Risso, y ahora ya es tarde…
No tenemos referencias sobre en qué momento de su vida se involucró con la composición de versos, y en nuestras búsquedas por viejas revistas, hemos encontrado colaboraciones suyas a mediado de la década del 40, pero para entonces ya era hombre de 36 años, por lo que suponemos, que debe haber iniciado mucho antes, siendo más joven.
Su primer libro se tituló “Gaucho Parejo” y apareció en 01/1959 bajo el sello de Editorial Caymi, sello que en las décadas anteriores había publicado incontables libros de los más variados autores criollos; en 1967, Ed. Luminton realizó una 2da. edición. A "Gaucho Parejo" lo siguió “Herencia de Tata” y solo podemos decir que es anterior al año 65, pero sin poder determinar el año real; luego viene “Abarajando Chispas” de 1965, que es en realidad un folleto de pocas páginas, y así lo calificamos pues está abrochado por el lomo, o sea, no tiene encuadernación; en 1971 publicado por Ángel Estrada y Cía. apareció "Campereando"; el próximo por Ed. Luminton fue “Voy al Hombre” en 1973; luego, en 1974 hay dos ediciones de “Jinetes y Reservados”, ambas de Ed. Luminton, que llevan la misma tapa, pero una tiene más páginas que la otra, o sea: es distinto en el interior. Y por último en 1980 -para nuestros registros, su octavo libro-, aparece “Recostao en la Tranquera”, que tiene unas cuantas páginas pero es abrochado por el lomo. Debe haber otro titulado “Floreos”, que como no hemos visto, no sabemos si contiene versos criollos o son solo “floreos”, ni de qué año es.
Existe otro pequeño folleto que contiene unas cuatro composiciones de Cabezas y una de Martín Castro, titulado “Con Baguales y Milongas”, que creemos publicación realizada por el cantor Carlos Martínez Luna. Tampoco tiene fecha de edición.
Su obra no solo se encuentra en las páginas del libro, sino que también hay registros discográficos, y así podemos decir que antes de 1969 realizó una grabación con el ‘Payador Sampedrino’, Roberto Ayrala, que lleva por título “Camperiando”, y también junto al cantor Roberto Sánchez, “El Zorzal Entrerriano”, concretaron una producción que bautizaron “Voy al Hombre!”, que fue realizada para el Sello “Europhone” y Ramón Merlo Producciones, hacia 05/1977. Al respecto tenemos en nuestro archivo un recorte de un diario rosarino -que no identificamos-, fechado 23/05/1977, que anuncia la presentación de dicho disco para el 25/05 en el transcurso del Festival “Jineteada y Canto Argentino”, en la Sociedad Rural de Rosario.
05/1977 - Don Julio y Roberto Sánchez
 Sus letras sencillas, nada pretenciosas pero gauchonas, fueron llevadas al disco, a más de los ya nombrados Martínez Luna, Ayrala y Sánchez, por intérpretes como: Héctor del Valle, Suma Paz, Manuel Rosa, Roberto Garayalde, Mario Sosa, Claudio Agrelo, éste último: su ahijado artístico.
En diciembre 1966, alrededor del día 11, en las instalaciones del Círculo  Criollo “El Rodeo” (entonces en el Palomar), se batió en duelo a cuchillo y a primera sangre, con el escritor y periodista Dalmiro Sáenz. ¿El motivo?, ofrecerle a la muy nueva revista “Gente y la Actualidad”, una nota de riesgo, corajuda y de color. Sáenz trabajaba para la revista y se le ocurrió vivir esa experiencia y ofrecerla como una nota curiosa. Vaya a saber porque lo eligió a Cabezas, porque éste no tenía fama de hombre peleador; él mismo un par de años después aclaró en un reportaje: “…yo sé manejar el cuchillo pero no soy cuchillero; debe ser lo más malo cortar a un hombre a sangre fría…”. Por su lado Dalmiro recordaría las horas previas al duelo: “…iba a la casa de un hombre llamado Julio Secundino Cabezas, un domador de prestigio, un verdadero artista del lazo, un hombre que maneja el cuchillo con la misma naturalidad con que yo manejo la birome sobre este papel donde estoy escribiendo. Iba a pedirle que sostuviera conmigo un duelo criollo a primera sangre”.
Por entonces Cabezas ya estaba ‘orejiando’ los 58 años, y Sáenz andaba por los 40; Cabezas vestía bombacha sujetada por la faja, sin tirador, y lucía sobre el cuello de la camisa de puños abrochados, un pañuelo tendido, usando su clásico chambergo chico, de ala requintada; empuñaba un facón sin defensa, que a juzgar por los testimonios gráficos bien pudo haber sido una daga. En el brazo izquierdo un ponchito liviano de guarda pampa, le hacía de escudo.
Por su parte, el contrincante se presentaba descalzo, con un pantalón tipo “vaquero” algo arremangado, empuñando un facón con defensa en ‘S’, que según dijo, correspondía a un caronero que por habérsele quebrado, lo había acortado. Con el brazo izquierdo, libre al uso de los esgrimistas, buscaba el equilibro.
De público: dos reporteros gráficos para registrar las acciones, y el jurado, que era su sobrino Víctor. (quizás entre los árboles haya habido paisanos pispiando).
Escena del duelo, con Sáenz ya cortado
El duelo no tenía tiempo estipulado, sí, que al primer corte, a la primera sangre que se asome, automáticamente se suspendía.
Según la crónica de Sáenz combatieron durante 45 minutos, pero según Cabezas contó años después, no fueron más de 30 minutos. Lo cierto es que Cabezas lo cortó en un brazo, y aunque hubo sangre, Dalmiro encarnizadamente, no se daba por enterado y seguía tirando buscando de cortarlo; Cabezas lo volvió a cortar arriba de un ojo, un tajo que lo marcó en la frente, y Dalmiro más se afanaba en el combate. Cabezas intentaba llamarlo a la realidad al grito de “Pare hombre! Pare Dalmiro!”, pensando -íntimamente- que lo único que le quedaba era tirarle de punta y a fondo, cosa voltearlo o matarlo, y su sobrino, casi sopesaba ya un ladrillo para dormirlo de un golpe. Finalmente, Dalmiro se sosegó, aceptando la derrota.
A Sáenz, la nota le reportó en el momento cierto renombre al encarar algo tan riesgoso, y a “Cunino” le permitió embolsar $10000 de la época, según habían pactado de antemano, que no deben haber sido poca cosa. Han transcurrido ya 52 años.
Para evocar como lo conocí, traemos una anécdota al fogón: el domingo 23/03/1958, la Cooperadora de la Escuela del Paraje El Pino -zona de Bavio, partido de Magdalena, Bs. As.- , organizó una fiesta criolla para recaudar fondos, y la misma se realizaba en la casa de mis mayores: “Los Ombúes” de Espinel.
A diferencia de los grandes afiches de la actualidad, un pequeño volante de 19x27cm (que agujereados en un extremo se colgaban en el almacén, el boliche, la casa consignataria de hacienda, en la feria, etc.), anunciaba: “Gran Jineteada de Potros Reservados” a partir de las 14hs. se subirían potros y reservados de La Montonera y La Totora, El Vale Cuatro, El As de Espada, El Picante y Andá si Puedes, del Sr. Rey, y  La Tostada y La Canaria del Sr. Mercaníe.
Y aunque era muy chico -tenía 6 años-, hay cosas que quedaron grabadas en mi memoria; por ejemplo, que como cualquier concurrente, pagó la entrada y entró a la fiesta un paisano que recuerdo bien vestido, con un pequeño envoltorio bajo el brazo, que al cruzármele en el camino ya llegando al campo de la jineteada, me detuvo y me alzó sobre un tronco alto, y desatándome el pañuelo colorado que tenía al cuello, haciéndome en él el nudo espuela me lo dejó nuevamente puesto. Aquel hombre era Julio Secundino Cabezas, y el pequeño envoltorio eran unas botas de potro, con las que si no me equivoco, se hizo una rifa.
Después de un punto y aparte, recuerdo que por aquellos mismos años o 1960, la entonces novísima televisión, o sea el Canal 7, los días domingos a la nochecita transmitía un programa argentinista llamado “Fortín Fiesta”, y de él participaba Cabezas haciendo galas de sus decires, sus versos y floreos.
Los últimos 10 años de su vida, ya retirado de la actividad y creo que habiendo enviudado, los pasó en Gral. Rodríguez, donde falleció el 13/12/1988 a la edad de 79 años.
En 1998, a diez años de su partida, en dicha localidad se inauguró en su homenaje, un gran monumento que lo muestra de cuerpo entero. En su base hay una décima que dice: “Unas botas me han quedao / como un recuerdo paisano / de quien fuera un artesano / y con justeza, mentao; / pero ha de ser recordao / porque jué güen pialador / y en fiestas, animador / que ha gustao al paisanaje, / supo el tema del pelaje / era pueta y floriador”.
Vale aclarar que el autor de la misma es Don Agustín López, y no quien allí quedó registrado.
1972, Ayacucho. Con el jinete Rogelio Lamenza
Por mucho tiempo en los campos de jineteadas, como si Cabezas estuviera presente, resonará el eco de su “¡Voy al hombre… nomás…!”.
La Plata, 14 de Enero de 2019

jueves, 27 de diciembre de 2018

ELÍAS CARPENA - A 30 Años de su Adiós


Casi 30 años atrás, el 2 de noviembre de 1988, a los 90 años de edad se despedía de esta vida terrena, el postrer gran escritor criollo que retrató los últimos retazos de campo de la hoy ya totalmente poblada geografía de la Ciudad de Buenos Aires: bajos y bañados de Floresta y Villa Lugano, Mataderos y curso del Arroyo Cildañez. Su nombre?: Elías Carpena.

(Hacia fines de la primera década del siglo pasado, sus andanzas por aquellos ásperos campos bajos solían extenderse hacia Matanza, Tapiales y Laferrere, ya en territorio de la provincia).
Este notable escritor costumbrista nació en la bonaerense ciudad de Junín, el 23 de diciembre de 1897, y prácticamente desde niño mostró afición y habilidad para la composición de versos -en lo que fue alentado por su maestro de 5to grado, el escritor Julio R. Barcos-, como así también para la poesía oral propia de los payadores.
Respecto de lo último, él mismo evoca de esos años: .
Corre 1911 cuando se publican sus primeros versos, y solo suma 13 años, todo un personaje precoz, porque no escribe cosas de niños, sino más bien de hombres de campo; también la por entonces muy conocida y difundida revista “Pampa Argentina” lo acoge en sus páginas, desde las que se gana un lugarcito entre los poetas paisanos; hemos chequeado que por ejemplo durante 1916, prácticamente aparece un verso suyo por mes. De entonces data la amistad que trenzara con dos payadores de los muy reconocidos de aquellos tiempos: José Betinotti y Ambrosio Ríos, quienes lo apoyan en su gusto y afición por el canto repentista.
Apenas una década y moneditas después de aquella primera incursión, aparece su libro primigenio; tiene 23 años, y como haciendo juego con la temprana aparición de sus poesías, lo titula “Matinales”, hoy por hoy, una curiosidad de coleccionista.
En aquellas andanzas de muchachito chico, de preadolescente, por aquellos campos bajos y bañados, conoció de primera mano los últimos escarceos de una vida gaucha que iba siendo relegada, desplazada hacia el sur y el oeste, zonas más abiertas del territorio provincial, pero próximas a la urbe capital. Entonces supo de la vida de los reseros que por allí transitaban con rumbo a los corrales del Mercado de Hacienda; intimó con ellos en las paradas que hacían antes de encarar la marcha de la última jornada. Y como conoció a éstos, tampoco pudo abstraerse de intimar con la cara opuesta de estos paisanos trabajadores, o sea, los cuatreros, hombres también camperos, habilidosos para las tareas de a caballo, pero abocados a vivir trabajando menos; y como muchas veces el producto de sus ilícitos eran yeguarizos, el cercano fin de estos estaba en “el tacho”, precariedad de frigorífico clandestino, donde se faenaban; y también conoció y supo de las minucias de ese ambiente fronterizo, al que por bien pintar en sus relatos y narraciones, colaboró para que queden registradas en la historia de la vida cotidiana, porque sin un descriptivo narrador como él lo fue, esos sucesos se hubiesen perdido en el fárrago de un avance civilizador que iba a su paso, destruyendo y sepultando el cercano ayer.
A modo de “memorias” supo contar: “Mantuve a pesar de mi edad, pues era muchacho, prieta amistad con los cuatreros, más que con otros, con Diego Montenegro, con quien cambiaba décimas de mi artificio para su novia y estilos en la guitarra, por relatos de sus aventuras, siempre extraordinarias.”
Sus cuatro primeros libros fueron de poesía, recién el quinto es de cuentos, donde comienza a volcar en la narración todas esas historias que reseros y cuatreros le fueron aportando a su curiosidad de muchachito inquieto, interesado en conocer los pormenores de aquella vida rural y vigorosa que tanto lo atraía.
“El Doradillo” se tituló aquel libro que apareció con el sello de Editorial Claridad en 1949, y le resultó consagratorio, como que mereció el Premio Nacional de Literatura. El mismo Carpena confesó que tres de los cuentos son “biografía valedera”, y el resto, todos inspirados en hechos y sucesos reales, que les fueron narrados por personajes que conoció y frecuentó.
Por si alguien quisiese poner en duda el poder retentivo de su memoria para guardar el suceso y luego, años después, recrearlo, viene  a cuento recordar que en la necrológica que publicara La Nación, se destaca que era “Poseedor de virtudes innatas, con una memoria prodigiosa y un agudo sentido observador…”.
A dicha obra la elogió Ángel Mazzei cuando escribió: “Carpena posee con firmeza natural la condición del estilo necesario para el cuento. Todo su lenguaje tiende a lo conciso, a lo resuelto, a lo nervioso. De allí surgen la sensación de movimiento, la vitalidad plena y palpitante del ambiente que evoca y de los personajes que anima”. Está en él “…el deseo profundo de quien quiere mostrar un mundo vivo en toda su claridad, su pujanza, su auténtica presencia”.
Toda su obra transita por los carriles de la poesía, el cuento, la novela, el ensayo y la incursión periodística; de esta última podemos decir que a partir de 1928 comenzó a colaborar con el Suplemento Literario de “La Nación”, vinculo que se extendió por largos años. Otros medios gráficos en los que se expresó fueron: “El Monitor de la Educación Común”, las revistas “El Caballo”, “Cooperación Libre”, “Bancarios del Provincia”, “Martín Fierro”, y diario “Clarín”.
En 1958 presenta una obra a un concurso del Ministerio de Educación de la provincia, la que es distinguida con una “Mención Especial” e inmediatamente publicada en la Ciudad de La Plata; su título: “Romances del Pago de la Matanza”. Se ha escapado un poco al sur de su ambiente habitual, aunque paisajísticamente, casi nada difería por entonces. Antes de la aparición del libro, alguien que solo firma “E.J.M.”, en La Nación del 19/01 de ese año, cierra una crítica literaria, con expresiones muy afines para quien se ha expresado en versos emparentados con el gauchesco: “Un bello conjunto, por cierto, de pasiones, gestos nobles y abyectos, trenzados con el deleite de un soguero que hace trabajo ‘pluma’ con los tientos de una tosca lonja de potranca a los que, antes, ha sabido sacar con pericia y desvirar con buen pulso…”, que así le parecen los romances que cuentan historias de ese pago vinculado a la primera hora de la primigenia ciudad que fundara Mendoza, a cuyo sitio mandara a su hermano -el Capitán Diego- a escarmentar a los naturales, quienes presentaron tan dura pelea que desde entonces se le llamó “Matanza”, por la cantidad de muertos. En este libro se ha dicho que alcanzó el máximo nivel lírico de su obra.
Opinión tan paisana para juzgar una obra, solo podía ser dada -de ese modo y esa comparación- por un hombre muy conocedor de la vida campera, y gracias al prolífico y probado autor Luis Ricardo Furlan nos desasnamos que esa sigla “E.J.M”, escondía nada más y nada menos que al notable Miguel D. Etchebarne.
El año 1967, con el apoyo del Fondo Nacional de la Artes, da a conocer “Ese Negro Es un Hombre”, libro de cuentos, que -como ya hemos dicho antes al hablar de “El Doradillo” y vale para otros-, se basa en sucesos reales ficcionados por él, sobre los que Mazzei sentenció: “…todas las paginas son episodios que él ha visto, ha admirado o ha vivido en las dimensiones exactas de su ser.”
La propia Editorial Troquel, responsable de la publicación, enmarca la obra en “…los bañados de Flores, extendidos a Villa Lugano, barrios recién amanecidos, región en que la vida urbana no ha asentado finalmente su planta. Tierra trágica la de Floresta Sur, tierra bravía, con sus hombres hechos a la vida bárbara, a la vida terriblemente maleva.” Como dijimos al principio: los últimos vestigios de la vida campera en el ámbito de la Capital Federal.
Allí vuelve a destacarse “…su firmeza narrativa, la aptitud para situar los ambientes que conoce con precisión dominadora, la energía y vivacidad de su sistema expresivo y el caudal de conocimientos que se vuelcan sin insistencia abrumadora.”
El recordado Instituto de Literatura de la Provincia, de corta pero productiva vida, le dedicó en su colección “Cuadernos”, el volumen número 10, desarrollado por el ya citado Luis Ricardo Furlan con el título de “Elías Carpena y el Pago de la Matanza”, demostrando con esto el peso que en su obra tuvieron los “Romances del Pago de la Matanza”: decidió más esta circunstancia que toda su otra obra donde respira el sur de la ciudad porteña.
En la página 83 y bajo el título de “Nace un Escritor”, Furlan nos trae dos referencias importantísima, a la vez que, inmejorables anécdotas: es muchachito chico cuando el Dr. Alejandro Herosa -director del cuerpo de taquígrafos de la Cámara de Diputados-, lo invita junto a su hermano mayor, a la sobremesa de un almuerzo para halagar con su música y canto a los amigos convocados. Uno de estos, delgado y de abundante barba ennegrecida, después de escucharlos exclama: “-¿De quién son estas canciones…?”, y el hermano de Elías responde “-Son de mi hermanito. Él hace la música y los versos”, a lo que el curioso sentenció “-¡Hay en esas canciones labor de poeta!”, y ahí mismo lo aconsejó para que abandonara ese rubro, se abocara a la lectura y se inclinara a la poesía culta. ¿Quién era aquel flaco barbado? Pues ¡nada menos que Horacio Quiroga!
El otro caso sucedió en la redacción de “La Nación” un día que Carpena relataba aventuras de cuatreros; presente y escuchando estaba Alberto Gerchunoff, el de “Los Gauchos Judíos”, quién le sentenció: “Mire: esto que está contándonos no es para que lo diga en anécdotas, sino para que escriba las actividades de esta gente en cuentos y hasta en novelas. Hágalo, Carpena, y pronto!”. Y Carpena, que jamás había pensado en hacer literatura con  esos suceso, a los pocos días le acercó a Gerchunoff e lcuento “El tacho y el cuatrero Diego Real”; ávidamente lo leyó aquel y exclamó: “He conseguido que un exquisito poeta tome los temas más populares y construya un brillante cuento. Carpena, esta rama de la literatura no existía; usted es el único que puede realizarla. Continúe”.
En rápido repaso, enumeramos todas (o casi todas) sus obras, no menos de veinticinco, por orden de aparición: “Matinales – poesía” (1922), “Rumbo – poesía” (1926), “El Romance de Federico y otros poemas de verso breve” (1935), “El Romancero de Don Pedro Echagüe” (1936), “El doradillo – cuentos” (1949), “Enrique Davinson, el inglés del bañado – novela” (1953), “El cuatrero Montenegro – cuentos” (1955), “Romances del Pago de la Matanza” (1958), “Floridas Márgenes – poesía” (1960), “Defensa de Estanislao del Campo y del caballo overo rosado – ensayo” (1961), “Barrios Vírgenes: escenas de Floresta y Villa Lugano 1911/1914” (1961), “Las soledades de los poetas líricos – ensayo” (1963), “El caballo overo rosado en las dos acepciones de parejero – ensayo” (1965), “Ese Negro es un Hombre – cuentos” (1967), “La Creación Literaria - conferencia” (1967), “Romancero del Cnel. Dorrego” (1970), “Chicos Cazadores – novela” (1970), “Los trotadores – cuentos” (1973), “El Adefesio de las Tierras Hondas” (1979), “El Potrillo Corinto y otros Cuentos” (1980), “Tiempo de mi niñez – novela” (1980), “Cuentos de Reseros” (1981), “Las Aventuras del Potrillo Alazán – cuentos” (1982), “Fortín Matanza – escenas de una villa” (ca.1986), “Mientras se Arman las Nubes por el Río y otros cuentos” (1997).
Siempre es bueno saber cómo es el escritor para poder consolidar la imagen que de él nos transmite la obra, y Furlan en su estudio ya citado nos da una clara referencia: nos habla de su sinceridad: “Esta virtud no lo es solamente literaria, sino integral. El escritor y el hombre se manifiestan en la unidad y así vive sus trabajos y sus días con invariable gozo en la entrega. / El hombre sereno, cordial, dialogador y comunicativo es, en la instancia del sentimiento creador, un lírico en soledad.”
Por su parte Juan Carlos Merlo, acotó: “…hombre bueno y alegre, de palabra amable y dicharachera, con sus relatos del viejo Buenos, siempre a flor de labios”.
En sus más de 70 años de escritor, su obra mereció muchos reconocimientos, algunos muy destacados, como por ejemplo: Premio Municipal de Poesía 1936 (Ciudad de Buenos Aires), Premio Comisión Nacional de Cultura 1949, Mención Especial Ministerio de Educación Pcia. de Buenos Aires 1958, Faja de Honor SADE 1958, Primer Premio Consejo del Escritor -poesía- 1960, Premio Fondo Nacional de las Artes 1967, Premio Konex 1984, entre varios más.
Pero a pesar de la vasta obra y los muchos premios, los escritores suelen vivir de otras cuestiones, y así resulta que Carpena, allá por 1929 trabajó en Biblioteca Nacional, y luego por muchos años fue empleado de la Escuela Normal Mariano Acosta de Capital.
Fue miembro de varias comisiones de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), y el 14/08/1980 fue incorporado como Miembro de Número, a la Academia Argentina de Letras.
A los 90 años de edad murió en Buenos Aires el 2/11/1988, descansando sus restos en el Cementerio de Flores, encargándose de las palabras de despedida en nombre de la Academia, el notable jujeño Jorge Calvetti.
Tenemos por seguro que supo vivir -por lo menos por su adolescencia- en Villa Lugano, en calle Escalada al 2400.
Reiteramos que con Elías Carpena se fue el último cantor, el último pintor de aquellos restos de “pampa porteña”, en la que él agudizó la visión “de la profundidad del gaucho y de los seres que lo sobreviven”, donde -siempre al decir de Mazzei- “No se sabe si es la ciudad que reclama su añoranza de campo o si es el campo que ansía porfiadamente internarse en la ciudad para luchar por la reivindicación de su territorio perdido”. Siempre con el modo expresivo de “una lengua coloquial, gráfica y nítida, (…) con Algunas palabras (que) dan a su prosa un sabor antiguo”.
Repasar los libros de este autor, es disponerse a disfrutar de la lectura.
La Plata, 17 de Junio de 2018

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

-Revista “Pampa Argentina”. 10 ejemplares años 1915/16.
-“El Doradillo”,  Editorial Claridad, 1949. Informe del propio autor.
-“Elías Carpena”, por Ángel Mazzei, en “El Cuatrero Montenegro”, Editorial Ciorda y Rodríguez, 1955.
-“El Romancero de un Pago”, por E.J.M. (Miguel D. Etchebarne). La Nación del 19/01/1958.
-“Elías Carpena”, por Ángel Mazzei. Editorial Cultural Argentina, 1961.
-“Ese Negro es un Hombre”, informe de Editorial Troquel (sin firma), 1967.
-“Introducción”, por Ángel Mazzei, en “Chicos Cazadores”, Editorial Huemul, 1970
-“Elías Carpena y el Pago de la Matanza”, por Luis Ricardo Furlan. Cuadernos del Instituto de Literatura, Vol. 10, 1971.
-“Testimonio Preliminar”, por Elías Carpena, en “Cuentos de Reseros”. Editorial Plus Ultra, 1981.
-“Elías Carpena falleció ayer en esta ciudad”, La Nación 3/11/1988 (sin firma).

(Publicado en Revista Digital "De Mis Pagos" N° 66 - 10-11/2018)

lunes, 24 de diciembre de 2018

Saludo Fin de Año 2018


El 18 es puro achaque
y el 19 se alista
que ya está pidiendo pista
sacudiendo el almanaque;
¡dejen nomás que se atraque
que lo habremos de domar!,
pero aura quiero brindar
(aunque’n verdá, poco bebo),
por Navidá y Año Nuevo
¡y que Dios venga’lumbrar!
                                 (22/12/2018)
Afectuosamente,
                              Carlos

domingo, 23 de diciembre de 2018

ESTANCIA


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 98 – 23/12/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

ESTANCIA
La voz o palabra “estancia” viene de muy antiguo en los decires de nuestra campaña, y nos fue traída por el conquistador. Allá por los lejanos años anteriores al nacimiento de la Patria, cada vez que aquellos plantaban los ‘sueños’ de un nuevo pueblo, en las vecindades de lo que sería el mismo, distribuían “suertes de chacras”, lotes que como máximo llegaban a las 500 ha. que estaban destinados a ser los sitios “de pan llevar” -como se decía-, o sea los que debían producir para contribuir al abasto de la población. Después de las chacras, ya más alejadas de la traza del pueblo, se hacía el reparto de las “suertes de estancias”, que estaban destinadas a la producción ganadera, que andando los tiempos serían “estancias vacunas” o “estancias ovejeras”, aunque no faltaron las que encararon ambas crías, a lo que había que agregar la cría de mulares y yeguarizos. En éstas la agricultura se limitaba a un cuadro de maíz y algo de zapallo, nada en forma intensiva.
Parece ser que la primera vez que se habla de “estancia” fue por 1514 y esto quedó documentado en el “Repartimiento de la Isla Española”, información que nos brinda el español Diego Abad de Santillán. “La Española” fue la primera tierra del “nuevo mundo” que pisó Colón, y donde erigió el conquistador el primer asentamiento de origen europeo. Es la isla que hoy comparten Haití y República Dominicana.
En nuestra campaña pampeana y en las vecindades del Río de la Plata, es a partir de 1581 que se establecen las “suertes de estancia”, casi 70 años después que la cita de Centro América.
Lo curioso es que en origen la palabra “estancia” se refiere a ‘estadía’ o ‘lugar de estar’, p. ej.: “Durante su estancia en Las Acacias, Juan, aprovechó para reponer su salud”. De allí que para el Diccionario de la Real Academia, la primera definición apunta a la “habitación o sala de una casa”.
Volviendo a estas campañas nuestras, aquellas primeras “suertes de estancia” que se otorgaban -mayoritariamente- como pago por servicios prestados, en tierras que eran propiedad del Rey (por lo tanto ‘realengas’), solían tener media legua de ancho (sobre las costas del Plata) por dos leguas de fondo; traducido a números: 2500 x 10000 mts., o sea una superficie de 2500 has. (se toma como medida de la legua criolla: 5000 mts.).
Los conocidos vocabularios contemporáneos, quizás por obvio, casi ni se ocupan de tal voz, pero por suerte el primer intento de diccionario criollo compilado allá por 1879, y que diera a conocer en 2006 la Academia Argentina de Letras, sí lo hace, y afirma: “Hacienda de campo cuya área de terreno no baja generalmente de media legua de frente por una y media de fondo (agregamos nosotros: unas 1870 ha.), destinada a la cría de ganado…”.
En 1890, Daniel Granada, en su “Vocabulario Rioplatense Razonado” también recogió el vocablo, explicando entre otras cosas: “Cuando se dice en general establecimiento de campo, se entiende que lo es de ganadería, ó sea estancia, por ser los de esta clase los que predominan en la campaña (…)”.
En la llanura pampeana ya en la centuria de 1700 las “estancias” habían adquirido dimensiones descomunales, pudiendo hablarse de extensiones de 100 mil, 150 mil o 200 mil has.
En el lenguaje habitual diario, la palabra “estancia” también designaba y designa a la casa principal, instalaciones para peones, matera, galpones, y todo tipo de construcción en derredor levantada, y en aquellos campos grandes, ir de un puesto al casco del establecimiento era ir a la  “estancia”.
Lo que en nuestra campaña se llamó “estancia”, en el oeste de EE.UU. se denominó “rancho”, en México “hacienda” y en Brasil “fazenda”.
Si bien la palabra sigue siendo de uso habitual, ha sufrido alguna devaluación, ya que hoy a campos no muy grandes se los llama “estancia”, e inclusive, a algún casco bien conservado con algún parque que lo rodeé se lo llama “estancia” y allí se realiza ‘turismo rural’ o ‘de estancias’.
(Las décimas de "La Estancia" de Miguel Etchebarne se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

domingo, 16 de diciembre de 2018

JINETE


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 97 – 16/12/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Para cualquiera de las muchas culturas ecuestres desparramadas en el mundo, decir “jinete  es nombrar a una persona que anda a caballo, o quien monta uno en una carrera, o en cualquier otro deporte; en cambio entre nosotros, sobre todo en los tiempos de la Patria Vieja, cuando en la estancia cimarrona se enseñoraba el gaucho, decir “jinete” donde todo el mundo, desde los niños hasta los viejos eran de a caballo, era referirse a quien era muy destacado sobre el lomo de los yeguarizos. En aquellos años en que no existían fiestas de destrezas criollas, era una fiesta en sí, cuando un domador agarraba en una estancia una tropilla de 13 o 15 potros para hacerlos caballos, y la primera acción era, con recado completo, montarlos uno por uno para desfogarle todas sus ansias libertarias, y esa labor la realizaba con un ayudante, y hasta solo muchas veces. Ese era un gaucho “jinete” y domador, ya que después de aguantarle todos los corcovos, debía volverlo manso y de andar.
En su Fausto (publicado allá por 1866), Estanislao del Campo utiliza la palabra en aumentativo como dándole mayor importancia al ser “jinete”, y dice: “Mozo jinetazo ¡ahijuna! / como creo que no hay otro,…”; también Hernández usaría la expresión en su Martín Fierro, cuando el personaje recordando años idos evoca: “¡Ah tiempos! – Si era un orgullo / ver ginetiar un paisano-”. En ambos casos se usa la voz en forma destacada, con admiración, que ser buen “jinete”, era cosa que despertaba respeto, y justamente admiración.
Tito Saubidet que publicara allá por 1943 ese ya famoso “Vocabulario y Refranero Criollo”, no se juega mucho ni es muy claro en la definición, ya que solo dice: “Hombre muy diestro en la equitación”, pero Don Ambrosio Althaparro, que por la misma época editara “De Mi Pago y de Mi Tiempo” arriesga que “jinete” es “El que es capaz de soportar los corcovos del potro sin ser desmontado”.
Andando el tiempo -que nunca se detiene-, y más o menos en la primera década del Siglo 20, comienzan a organizarse en la ya pujante Capital Buenos Aires, “concursos de doma”, que eran en realidad espectáculos de “jineteadas”, para los cuales se convocaban de importantes estancias del país, a sus hombres más de a caballo, más “jinetes”, para que midieran capacidades y valores, teniendo allí origen esto tan común hoy, aunque todavía no ha recibido el reconocimiento de deporte, que es el espectáculo de destrezas criollas, donde son número central las “jineteadas”.
Hoy, hablar de “jinete”, es referirse a ese hombre que ha hecho una actividad deportiva del hecho de aguantarle los corcovos a un bellaco, y donde resulta que hablar de un “jinete” es referirse a un profesional del mundo de los ruedos de jineteadas.
Recordando a un mentado “jinete”, “Chichín” Gómez de Saravia, ilustramos poéticamente con las décimas de “Jinetazo”, que me pertenece. 
(Se puede leer en el blog "Poeta Gaucho")

domingo, 9 de diciembre de 2018

FONDA


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 96 – 09/12/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Allá por la centuria del 1800, a medida que las poblaciones de nuestra campaña pampeana se iban consolidando y creciendo, lo mismo que en aquellas que aparecían a lo largo de los pujantes tendidos ferroviarios que en las últimas dos décadas de ese siglo comenzaron a crecer -por lo general en las inmediaciones de la estación del lugar o sobre la calle principal-, siempre se encontraba una “fonda”, que cumplía el doble rol de ‘casa de comida y casa de hospedaje’.
Que la voz “fonda” tenía difusión, lo deja entrever el “Martín Fierro”, ya que en su texto se cita, y aunque no en su función específica, sí como referencia de un lugar muy oloroso o maloliente. Dicen los versos: “…y una cosa tan jedionda / sentí yo, que ni en la fonda / he visto tal jedentina”. Esto alude que en dichas casa de comida, por una circunstancia de mala ventilación, flotaba permanentemente el aroma de las fritangas y guisados que se ofrecían a los comensales.
Para el Diccionario Español oficial, es un “establecimiento público, de categoría inferior a la del hotel, o de tipo más antiguo, donde se da hospedaje y se sirven comidas”. Puede agregarse que en aquellas latitudes, donde la utilización de dicha voz viene de muchos siglos atrás, se dice también que una “fonda” es similar a una posada.
Entre nosotros, Don Rafael Darío Capdevila la definió como la: “Casa donde se comía y muchas veces también se daba alojamiento. Existían en todos los pueblos de campaña, y muchas quedaron en el recuerdo”.
Yendo al origen del vocablo, hay quienes suponen que deriva de la voz árabe/hispana ‘fondac’, y que ésta proviene de la voz árabe ‘fundoq o fúndac”.
El levantamiento del ferrocarril en gran parte de la provincia de Buenos Aires, originó que muchos de aquellos pujantes pueblos nacidos en torno a la estación ferroviaria, se transformaran poco a poco, en pueblos fantasmas, del mismo modo que al dejar de llegar los viajantes de comercios,  los compradores de granos, los vendedores ambulantes, las “fondas” fueron perdiendo su necesidad de ser, y como el candil que se consume en su propia grasa, se les fue apagando la vida ataperando las edificaciones, viviendo más que nada hoy, en el recuerdo de quienes las conocieron en plena actividad.
Del poeta Darío Lemos, que supo cantarle, traemos las rimas de: “La Fonda”. (Se puede leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")