jueves, 21 de agosto de 2014

ELEODORO MARENCO "Don Cacho": Su Centenario

Hijo de madre paraguaya (1) y padre entrerriano (médico), nació porteño -por Larrea y Arenales-, el 13 de julio de 1914, y falleció en su domicilio de calle Anchorena, el 17 de junio de 1996, próximo a cumplir 82 años.
Desde niño conoció la vida rural que lo encantó hasta el apasionamiento, en la estancia de su abuelo Manuel Marenco, en Concordia, Entre Ríos.
Estudió en la Escuela Argentina Modelo, en la que, cuando cursaba 5º año del Bachillerato, recibió una severa advertencia del Rector, al comprobar que todos sus cuadernos, carpetas y apuntes, estaban “adornados” con incontables “dibujitos”, pero circunstancialmente enterado el Profesor Alejo González Garaño, tras observar esos trabajos, junto con “Amigos del Arte” le organizó su primera exposición. Corría 1933.
Desde aquella a la última montada en el Salón de las Artes de Casa de Gobierno en 1995, 28 serían las exposiciones que lo tendrían en el centro de la escena.
Ilustró incontables libros y publicó carpeta sobre temas específicos, por ejemplo: El “Martín Fierro” de Hernández, para Cultural Argentina; “Una Excursión a los Indios Ranqueles”, de Mansilla; “El Fausto”, de Del Campo; “El Evangelio Criollo”, del R. P. Anzi; “Cancha Larga”, de Acevedo Díaz (h); “El Gaucho Floro Corrales”, de Monty Luro; “Décimas Gauchas” de C. del Campo; “La Lanza Rota” y “Alarido”, de Schoo Lastra; “El Padentrano”, de Esevich; “Equitación Gaucha” y “Blas Cabrera”, de J. P. Sáenz (h); “Evolución Histórica de los Uniformes Militares Argentinos”; “Estancia Vieja”; “Gauchos”; etc., etc.
Jamás tomó apuntes, y pintó exclusivamente en su casa -de bombacha y alpargatas, como se sentía cómodo-, con la particularidad de que aunque escribía como diestro, toda su obra pictórica la realizó con la mano izquierda.
En 1991 le contó a Ignacio Xurxo: “...luego de aguantar muchas veces el tirón de un pial, ya cincuentón, un amigo me convenció de que mejor era cuidar mis manos para poder seguir pintando lo que amaba.”
Casado con Ernestina García Villamil, formaron un hogar con cuatro hijos: Patricio E., Lucrecia, Mercedes y María Ernestina.
Sus restos descansan en el Cementerio “Parque Memorial”.
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El texto que antecede hace la apertura de mi libro de versos camperos “Travesiando”, compuesto de treinta y ocho (38) composiciones inspiradas -en interpretación libre-, en otras tantas obras de Don Cacho Marenco, trabajo en el que intentaba rendirle un homenaje, a más de demostrarle mi admiración por su invalorable obra gaucha.
El próximo 13 de Julio, se estará cumpliendo el Centenario de su natalicio, y no hemos querido dejar que la fecha pase como al descuido.
Aportando datos a lo dicho al inicio, aclaramos que fue su madre Lidia Lezona de Almagro (descendiente directa del adelantado Juan de Almagro), y su padre el doctor Don Ergasto Marenco.
Su obra, más allá de los bastidores de los cuadros, está reflejada en cantidad de diarios, revista y libros, siendo un tesoro invalorable, en el que los que gustamos de adentrarnos en lo criollo, tratamos de desbrozar nuestra ignorancia, consultando tan curiosa como particular pinacoteca, de la que podemos decir que Revista El Caballo (2), es un reservorio importantísimo para hurgar en busca del conocimiento.
Supo contar: “Nunca fui patrón, no tuve campo,  (…). Quise ser actor antes que espectador y aprendí todo lo que se podía aprender. Me hice bien de a caballo (…)”. “Si fui mal estudiante fue por lo mucho que me tiraba el campo. Antes de pintarlo necesité internarme en él, aprender a amarlo. Lo que importa nunca se ve desde la ruta, hay que andar y andar, porque el premio vale”.
Nos contó su esposa que siempre tuvo amigos que lo superaban largamente en años, la mayoría de ellos, gente de campo, con los que se aventuraba en la vida de la estancia, tratando siempre de asimilarse a la existencia y tarea del peón.
Con respecto a este tema de las edades, ella misma nos refirió lo gracioso de la foto de su despedida de soltero, pues era el único joven del grupo.
Ocho fueron los años del noviazgo, al cabo de los cuales se casó con Ernestina, quien sería la compañera de toda la vida y madre de sus cuatro hijos.
De formación prácticamente autodidacta, se expresó con lápiz, plumín y pincel, y en tinta china, acuarela y oleo, dominando acabadamente todas las expresiones.
No frecuentó el ambiente de pintores, y podría asegurarse que de ese medio solo estuvo relacionado con Alberto Güiraldes y Florencio Molina Campos, de quien puede afirmarse fue amigo.
Y hablando de amigos, disfrutó de la amistad de D. Justo P. Sáenz (h), lo que lo llevó a ser un participe habitual de “la reunión de los viernes” en casa de “Justito”, célebres aún por la calidad de los que allí se reunían: investigadores, historiadores, poetas, escritores, plásticos, antropólogos, cantores… por qué no decirlo: gente criolla, amante de las tradiciones gauchas.
Quienes tengan la oportunidad de hojear las páginas de la ya citada “El Caballo”, encontrarán, a mas de sus múltiples tapas, dibujos y láminas, columnas con su firma, en las que abordaba comentarios sobre determinados libros que entendía valiosos, pero así mismo hallarán interesantes artículos firmados por “Cruz Gutiérrez”, y cualquiera deducirá, otro colaborador de la revista; pues no, ese tal Cruz, era también Eleodoro Marenco que así encaretaba su necesidad de escritor.
La acabada aplicación de su arte le exigió ser observador y buen oyente, lo que le sirvió no solo en la pintura, ya que al estilo de los antiguos narradores de fogón, supo cautivar y despertar la atención de quienes escuchaban sus relatos. Así rememoran quienes lo trataron.
Hoy hay en la Ciudad de Buenos Aires, más precisamente en “la república de Mataderos”, un sitio que lo recuerda: La Plazoleta “Eleodoro Marenco”, sita entre la calles Monte, Irupé, Cosquín y Amancay, que fuera inaugurada el 11/11/2008 y en cuya concreción, mas allá de la intervención del Gobierno de la Ciudad, mucho tuvieron que ver, a más de un grupo de dilectos amigos, sus nietos Guillermo y Francisco Madero Marenco. Reza la placa alusiva “Pintor de la Patria y de la Historia”.
Respetado y admirado, Don Eleodoro no pasó de gusto por esta vida, valga de ejemplo su autodefinición: “No soy más argentino que nadie, pero tampoco menos  que ninguno”.
Claro que quisiéramos que esté acá, reviviendo con su arte nuestras viriles tradiciones… pero la vida es así: nos presta un cacho de tiempo, y a interés usurario se lo cobra. No obstante, siempre estará entre nosotros, en las mateadas, en los desfiles, en el fogón de una jineteada, en una rueda de payadores, en un remate feria, en las exposiciones de otros pintores… ¿Por qué? Porque su nombre será mención constante en los que buceando en el pasado, miramos para adelante, alta la frente, sabiéndonos argentinos.
¿Sabe una cosa maestro…? ¡En amistad de amigo, se lo digo!

La Plata, 15/05/2014

(1)     Dato erróneo; luego de publicado el libro, me fue corregido por el nieto Guillermo Madero Marenco, quien me brindó los nombres de los padres.

(2)    Publicación Oficial de la Dirección Gral. de Remonta y Veterinaria

Publicado en Revista El Federal - El Tradicional Nº 469

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