lunes, 15 de octubre de 2012

"EL LLAMADOR" Y LOS DIZ

¡Hace rato ya que estoy de a pie. Parodiando a Don Ata podría decir: “Sin caballo y en La Plata”. Es que las vueltas de la vida, con sus subidas y bajadas, con sus ocupaciones y desocupaciones, en vez de engordarme el cinto me ralearon el potrero. Pero no ha podido ¡ni podrá!, despoblarme el corral de los recuerdos.
Cuarenta y pico de años atrás mi abuelo Desiderio Espinel (al que al igual que el gran Vasco Istueta Landajo con su abuelo, también llamaba “Tata”), cayó a “Los Ombúes” -paraje “El Zapata” en la Magdalena- después de un remate-feria de animales en el pueblo de Bavio, con un potrillo de año y medio aproximadamente, producto de esos revoleos de compra y venta que hacían los paisanos, y del que el animalito le resultó como una yapa. Y era bonito y despierto el potrillo. Además venía con el agregado -según decían los lengua larga- de que era el resultado de un servicio que se había contrabandeado con un puro de una cabaña de criollos del pago.
Pasó el tiempo y le fue llegando el momento de la doma, claro que para entonces mi padre ya lo tenía bastante manso de abajo, bien manoseado y sin cosquillas.
Una tarde ensillamos; mi padre “El Gaucho” (un gateado grande, muy guapo), y yo “El Ciruja” (un zaino mestizo, muy tranqueador), y le caímos, como quien no quiere la cosa, al rancho criollo de Don Juan Carlos Diz. “El Indio” Diz para quienes lo conocían de antes.

JUAN CARLOS DIZ

(Don Juan Carlos Diz, hacia 1942 aproximadamente)
Los que no lo han conocido se preguntarán, ¿...y quién es Diz?, pues bueno, los anoticio: fue el primer bonaerense que resultó Campeón Argentino de Jineteada con recado, en julio de 1950, en Córdoba. Los otros fueron: en clinas, Gregorio Pérez, de Lincoln; en pelo con cinchón, Onil Centeno, de Córdoba, y de la maroma, Jorge Salgado, de Salta.
Aquel festival fue organizado con motivo de “La Semana de Córdoba” por el gobierno provincial, y las destrezas criollas, bajo la denominación de “Campeonato Argentino de Doma”, se realizaron en las instalaciones del hipódromo, que fue adecuado convenientemente con palenques, corrales y bretes para la ocasión.
Algunas de las delegaciones presentes fueron: Federación Gaucha Bonaerense, Asociación Tradicionalista Gral. Güemes, de Salta; estancias “La Francia” y “Santa Rita”, de Córdoba, Club Hípico Gral. José Ma. Paz y Haras Militar Gral. Paz, también de Córdoba, “La Montonera” de Ensenada, Bs. As.; provincias de La Pampa y Santa Fe, entre otras.
“El Indio” Diz, junto a Demetrio Oliva, Luis Benedo y “Romerito”, grupo que capataceaba Saturnino Montiel, integró la delegación de “La Montonera”, en la que también se destacó y fue premiada la tropilla de Miguel González.
Juan Carlos Diz, nació el 22/08/1916, criándose en Navarro, en una familia que integraba con ocho hermanos.
Sabía recordar que a eso de los seis años, un tío le hacía montar unos petizos “pony” muy bellacos, teniéndoselos con un lazo; luego, hacia 1927/8 aproximadamente, le hacen probar unos potros ante la atenta mirada de Pablo Olguín, el destacado jinete que hacia la segunda mitad de la década del ‘30 y principios de la siguiente, realizo una extensa gira por los variados rodeos de EE.UU.
Fue su vida, una vida plagada de aventuras. Apenas salido de la niñez, escapó al control paterno, cayendo a pedir asilo y conchabo en casa de un vasco gaucho que le abrió la puerta de la hospitalidad y lo ocupó en el tambo, al tiempo que sin levantar la perdiz, hizo saber a sus padres donde se hallaba. Un par de años después, ensilló recalando en el territorio de La Pampa, donde se aplicó a la doma, y de donde retornó ya hombre y con tropilla por delante.
Con motivo de las primeras fiestas del “Día de la Tradición” en La Plata -comenzaron en 1940- se allegó a participar de las montas, y terminó por radicarse en la zona, allá por el paraje “El Zapata” citado al principio. Corría 1942.
Anduvo jineteando hasta el ‘53 en que a los 37 años decidió retirarse. Hasta allí su vida fue una “hechuría” sobre el lomo de los brutos, montando con los ojos vendados, “cara pa’tras”, y hasta cumpliendo el malabarismo de ir desensillando el potro entre abalanzo y abalanzo.
En su momento de esplendor hubo un abogado que al mejor estilo de la literatura de cordel, hizo imprimir unos volantes de 14x23cms., de los que conservo dos en mi archivo; uno lo muestra jineteando y al pie de la foto cuatro décimas tituladas “Las Vizcacheras”; la otra lo muestra de a caballo, muy endomingado, y con las cinco estrofas de “¡Ay, décimas de mi pampa!...”. Reza el volante: “Recuerdo del Gaucho Argentino Juan Carlos Diz”. Lástima grande que a los versos les falte la cita de su autor, y él lo desconocía.

"EL LLAMADOR"

"El Llamador" en Los Ombúes, en 05/1973
Lo cierto es que le habíamos caído a su rancho, y allí, tras el “desmonten y aten”, acomodamos los montados y el potrito a la sombra tupida de una doble hilera de acacias y enderezamos al guardapatio donde Diz nos esperaba. Tras el saludo acostumbrado nos acomodamos bajo el alero donde también saludamos a Doña Adela Bustos, su señora y madre de los cuatro hijos del matrimonio: dos mujeres y dos varones.
Mientras se sucedían las preguntas de rigor (¿cómo están en las casas? ¿y doña Ana cómo anda?) y compartíamos un mate, el animalito nuevo relinchaba, inquieto, buscando de acomodarse para ventear con rumbo a la querencia. Fue en eso y ante esa insistencia que dijo Don Carlos dirigiéndose a mi padre: -Romeo, ¿cómo se llama el malacara? Un tanto sorprendidos nos miramos con mi padre...No tiene nombre... fue la respuesta. Entonces va a ser “El Llamador”, ¿no viste que relincha como llamando? Y así quedó bautizado.
A la rueda se agregó Juancho, muchacho de unos veinte años, grandote, algo grueso pero muy campero, que andaba de negro sombrero , bien aludo requintado.
Y llegó el momento de ponerle punto final al mate y los cueros al potrito, tarea de la que se encargó Juancho bajo la atenta mirada del “Indio”. Manso de abajo, lo ensilló sin problemas; lo montó y no tiró  más de dos saltos, entregándose dócilmente.
            Cuando emprendimos el regreso, un largo trecho nos acompañaron los relinchos del “Llamador”.
            Con varios galopes, Juancho lo entregó en “Los Ombúes”, donde lo siguió y enfrenó mi padre.
         Su pelaje era rosillo malacara, botas con delantal y mano blanca del lado de montar; tenía algunas manchas por la verija y la panza, que ante la influencia de “Los dos fletes” de Osiris Rodríguez Castillo me hacían imaginarlo más que verlo “overo rosao” (“Es el overo rosao, / es la aurora de mi empeño, / sol recién nacido en sangre / sobre el albor de los cielos. / Si no me siento sobre él, / se me hace que no amanezco.”).
           De su lomo me desmonté en 1982, frente al palco oficial, cuando en el multitudinario desfile gaucho por el Centenario de La Plata, tuve el honor de hacer uso de la palabra en nombre de los tradicionalistas.

PARA FINAL

Tendría unos veinticinco años, ya “jubilado”, cuando “El Llamador” murió en un potrero de “El Albardón” de Don José Tirado, a donde había llegado tras la venta de “Los Ombúes” en el ‘74, y donde Don José, con esa proverbial hidalguía criolla supo decirme: “- Tus caballos tienen campo hasta el día que se mueran”. Y así fue.
Juan Ramón Diz era el nombre completo de Juancho, quien había nacido el 30/10/1946. Verlo salir al antiguo camino real, para ir a recorrer los potreros sobre las costa del Plata, rodeado de sus inseparables perros, era presenciar la imagen de un pasado gaucho. Murió en el mismo rancho en que lo visitáramos, después de desensillar entrada la oración, un 26/09/2004.
A Don Carlos Diz -el que se allegara a saludarme cuando el fallecimiento de mi padre en 1979, pero sin llegar a la sala mortuoria, porque le hacía mal saber que los amigos se le iban-, lo vi por última vez, para el saludo y el abrazo, cuando en agosto de 2001 se celebró el Centenario del pueblo de Bartolomé Bavio.
Falleció el paisano el 11/11/2005, descansando sus restos en el cementerio del pueblo antes citado, en la Magdalena.
ooo000ooo
¡Y pensar que a mi caballo lo bautizó el Primer Campeón Bonaerense de Jineteada!
La Plata, 11 de Febrero de 2007
(Publicado en  Revista El Tradicional Nº 76)

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