jueves, 11 de agosto de 2011

OSIRIS RODRÍGUEZ CASTILLOS: Emblema Oriental

Una década atrás -exactamente el 10 de octubre de 1996- se apagaba en Montevideo (R.O.U.) la luz creadora de uno de los poetas emblemáticos de la segunda mitad del Siglo 20: Osiris Rodríguez Castillos. Tenía 71 años como que había nacido en la Capital uruguaya el 21 de julio de 1925 (“en una noche de tormenta a eso de las 3 y pico de la madrugada, según mi madre me contó”), criándose -a partir de los 2 ó 3 años- en Sarandi del Yí (agua chica, en guaraní), “pueblo ganadero del departamento de Durazno”... “justo en el centro de la Banda Oriental, un poco al sur del Río Negro”. Su madre, María Belén Castillos, era nativa de Paysandú (“los Castillos Muños son criollos viejos. El primer Muñoz vino con Pedro de Mendoza. Primitivamente se escribía con ‘h’ y ‘l’, Castilhos. Lo castellanizó mi abuelo Loreto que se casó con Dámasa Muñoz”), y su padre, Genuino Rodríguez Castro (“hombre muy campero, muy criollo” y de fina cultura) de Tacuarembó; ambos departamentos con mucha tradición gauchesca que el artista heredó en su sangre.
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Recuerdo que hacia mitad de los años 60, Carlitos Galván era el encargado en los escenarios de mi pago, de emocionarnos con las desventuras del “Malevo”. Muy lindo lo decía.
Aficionado yo también a los versos, ansiaba esa letra, pero... como el mismo poeta le contó a Rodolfo Ghezzi, quien a su vez lo recordó en páginas que escribiera para el Nº 7 de “De Mis Pagos”: “Nunca logré editar en Buenos Aires. La gente se iba a Montevideo a buscar mis libros y discos”.
Adolescente de apenas 16 años, con renovados ímpetus por lo folclórico y tradicional después de haber participado como decidor en el 8º Festival de Cosquín, pasaba unos días en Mar del Plata, cuando cual no sería mi sorpresa y alegría al descubrir en la batea de una disquería, un larga duración titulado “Osiris Rodríguez Castillos – Poemas y Canciones Orientales”, editado por el sello Antar en 1962.
De allí, con paciencia y cuidado, copié el romance que tanto buscaba, como también las letras de “Serenata” y “Talita del Pedregal”.
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Vida singular la de Osiris, no solo en lo artístico sino en su dimensión humana, esa que por su nombre lo eleva a “juez de las almas”, o a aquella otra función más terrena, como la de ser “el que enseña la agricultura a los hombres”. Se crió y educó en un hogar de gente de campo, en una casa pueblerina y modesta, de antigua construcción -ex comisaría-, porque ellos, los Rodríguez Castillos eran gente humilde, y a pesar de haber sido sus mayores “fuertes estancieros de Paysandú, Tacuarembó y Río Grande do Sul”, de todo aquello solo conoció las mentas y una marca de herrar hacienda “como símbolo de años de opulencia”. Hizo los estudios primarios en la escuela de las chacras de su Sarandí del Yí, escuela que, ¡vaya coincidencia!, se llamaba “Elías Regules”; de aquellos años de estudios iniciales datan sus primeros escarceos con los versos, y si uno piensa que es su primera composición -como le refirió a R. Ghezzi- “Canción para mi río”, es toda una premonición de lo que vendría, que hay que ser muy poeta, siendo un niño, para decir: “El río, rumbo que canta, / fue mi maestro primero; / junto a su espejo viajero / creció indígena mi planta...” Inicia estudios secundarios en Florida y los continúa en Montevideo, hasta que en 4º año puede más “el hombre de tierra adentro” que en si era, y abandonando todo gana la frontera norte de su país, último refugio del gauchaje. Vivirá allí “dos años casi enteramente de a caballo, sin dormir nunca en una cama”. ¿Su oficio...?: contrabandista de caballos. Singular coincidencia con el otro gran poeta oriental, Wenceslao Varela, que durante diez años anduvo en lo mismo, pero en la frontera argentino-uruguaya.
Su particular visión de la vida queda reflejada en este testimonio: “Trabajé en la ciudad y en el campo. He vagado por toda mi tierra y por la Argentina y por Río Grande do Sul. No sé cuántas veces crucé con mi caballo sobre la frontera norte... ni cuántas veces crucé en canoa el Delta del Paraná... Mi principal oficio ha sido presenciar la vida... Me gusta el mundo; es algo que se está haciendo todos los días; anduve muchos años curioseando cómo lo hacen... y ahora estoy preparado para ayudarlo a hacer”. ----------0o0---------

Al despuntar los ’70 teníamos con mi padre para ensillar -entre otros pingos-, un lindo animalito, al que bastante criollo lo delataba su estampa. Era overo, anca rosilla, pero me gustaba verlo “overo rosao” como el de “Los dos fletes” que escribiera Osiris, y del que dice: “Es el overo rosao. / Es la aurora de mi empeño. / Sol recién nacido en sangre / sobre el albor de los cielos, / si no lo ensillo al clarear / se me hace que no amanezco.”
¡Qué conjunción de vida hace el poeta con esos dos caballos! “Overo azulejo” el otro: “sobretarde de mis años / con nubarrones de invierno”, dice. Y hay que ser muy poeta para escribir así.
¡Cuánto que influyó Osiris para que al “Llamador” lo vea cada vez más “overo rosao”!
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Fue de todo un poco Rodríguez Castillos: músico (piano y guitarra), poeta, cantor, ensayista, luthier, artesano, cuentista, soguero, decidor, y en los últimos años de su vida, investigador en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional.
Pero también fue aventurero y andador, recorrió Argentina, sur del Brasil, Estados Unidos, España... “curioseando como hacen el mundo”.
“Quería ser un poeta popular, no de Biblioteca...”
, y por cierto que lo logró, sin que esto, ‘lo popular’, haga mella en su calidad. Vale recordar lo que afirmara Emilio C. Tacconi en 1955, en la primera edición de su “Grillo Nochero” (llegó a nueve ediciones): “Alta poesía. Fragante, carnosa y jugosa. Con olor, color y sabor a campo”. Y califica luego al autor “de noble enjundia lírica; recio, viril, entero (...) elástico, fluido, vehemente y apasionado, fervoroso y cálido. Y emotivo, y tierno y humano”. Luego razona el prologuista que aquella guitarra primitiva que pasó de rapsoda en rapsoda, de prestigio en prestigio “habría de llegar a las manos gauchísimas de Yamandú Rodríguez... (conteniendo) un nidal de luceros empollando voces de calandrias. El viejo león la entrega así, encintada y gloriosa, al cachorro que ya enseña su afilada garra”. ---------0o0---------

Mucho y todo interesante podría escribirse, pero excede el espacio de una nota. Y aquel que todo lo tuvo en condiciones artísticas, ni casa tuvo en su tierra, viviendo sus últimos días en una pensión montevideana. No digo que olvidado, pero sí sin ocupar el sitial que merecía, murió pobre, en la misma ciudad que lo viera nacer.
Una última reflexión: somos muchos los que desde un escenario, un fogón o una grabación lo hemos ‘matado’ al “Malevo”, pero algunos lo han ‘matado mal, feo’. Hay que escucharlo al poeta y comprender la intensidad de su dolor para decirlo como se debe.

¡Qué poeta ese Rodríguez Castillos! Si señor, ¡qué pedazo de poeta!

La Plata, 28 de octubre de 2006
(Nota publica en Revista De Mis Pagos - Nº 27)

2 comentarios:

  1. ¡Excelente comentario sobre (creo) el más grande poeta gaucho que hemos tenido!

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  2. Estimado, me pone contento le haya agradado mi artículo. Uruguay ha tenido y tiene muy buenos poetas gauchos, y Osiris es, sin duda, uno de ellos

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