jueves, 13 de junio de 2013

1938 -junio- 2013

DÍA DEL ESCRITOR

Digo Leopoldo Lugones
y “Romances del Río Seco”
y bien sé de que no peco
de andar entre figurones;
el yamariar de fogones
alumbra al gran escritor,
el que con un frío estertor
a su vida puso fin,
¡pero es siempre el paladín
que a “Fierro” le dio esplendor!

Carlos Raúl Risso (13/06/2013)

lunes, 20 de mayo de 2013

EJERCIENDO LA MEMORIA

Cuando uno se ha pasado la vida como sin darse cuenta siempre vinculado a los quehaceres de la cultura criolla, ya con cincuenta y tantos en la maleta (que quizás no sean muchos, pero en rigor no son pocos), puede volver la cabeza, que aunque no haya dejado tras de si una huella (virtud ésta, solamente propia de los que mucho  y bien, hacen), ha de observar aquellos momentos y asuntos que han  quedado en la retina y en la memoria, de allí que no esté malo evocarlos, como que son aquellas cosas que “no me las contaron ni las leí”, y no se hace entonces otra cosa que ejercer la memoria.
Versos criollos, bailes nativos, malambos, peñas y guitarreadas, cuadreras, sortijas, desfiles, jineteadas, marchas a caballo, dormir a campo, yerras, apartes... se escalonan y se entreveran, desde los años de la primera infancia y durante la adolescencia. Esa vida “cuasi campera” tuvo por epicentro la zona norte del partido de Magdalena, parajes “Arroyo Zapata”, “Punta Blanca” (sobre la costa del Río de la Plata), “El Pino”, Bavio...
No sé por qué misterio guardo imágenes desde años muy tiernos, como los versos de “Charrúa” a los 4 años y al petiso zaino “El Perico”, por el mismo tiempo. De allí en adelante arranco.
Gente criolla mis mayores con viejo arraigo en la zona, asistían gustosos a las fiestas criollas que se organizaban a beneficio de la escuela o de la sala de primeros auxilios (que no eran tantas al año como hay hoy); las mismas se promocionaban con bastante antelación en pequeños volantes (tamaño media hoja A4 con expresión actual), que perforados en una de las esquinas superiores se colgaban de un clavo o un gancho, en los sitios de mayor asistencia de gente: el boliche, el almacén, el remate feria, la firma consignataria, etc.
Resultaba común que los paisanos entonces se convidaran “para la domada” en tal o cual campo (1). Puede sonarle mal a los tradicionalistas, pero aunque gente de campo, sabedora de la diferencia, así le decían, y no “jineteada” como nos esforzamos hoy.
Al despuntar los años 60 los reservados más renombrados en la zona, eran “El Vale Cuatro” de Don Tomás Lértora (“El Vasco Chanfle”) y “El Refaloso” de Domingo Amondarain; ambos estarían después, en alguna jineteada con la caballada de Orlando Gargiulo. “El Negro” Rey daba seguridad en el palenque, y fue “el soltador oficial” de “El Vale Cuatro” mientras lo tuvo “Chanfle”.
La muchachada que entonces montaba no eran deportistas, sino todos peones, mensuales y otros trabajadores de campos del vecindario. Las montas habituales: de las clinas o en pelo, y con la grupa; no existía “la campana” y duraban el largo de la bellaqueada. Los apadrinadores trabajaban de lejos, dejando hacer...
En la zona se había afincado Juan Carlos Diz (“El Indio” Diz), el primer bonaerense Campeón de Jineteada, en Córdoba en 1950, pero no llegué a verlo jinetear, sí trabajar en el campo o jurar. El más afamado de los jinetes lugareños debe haber sido el clinero “Chichín” Jorge Gómez de Saravia, y con grupa Carlitos Llarías, hombre de boina blanca; también llegaban “El Gringo” Valente y Romerito, ambos de La Plata, a veces el chascomusero Rodolfo Barrios, los Andrada, Lorenzo “Quiroga” Estebanés, Francesena (de Atalaya), entre otros.
Nadie enriendaba con guante, ni se usaban muñequeras, musleras y ningún tipo de venda elástica.
La indumentaria más común: bombacha y camisa -algunos, corralera-; de calzado, botas fuertes, alpargatas y zapatillas corraleras; faja, y en el mejor de los casos tirador escamado con monedas de níquel; para cubrirse, sombrero tipo chambergo, algunas boinas negras (sin vuelo!!), y unos cuantos gorra con visera, se nombraban “jockey” y estuvo muy difundida en los años 50/60.
Fue moda también un sombrero muy aludo y copa chata, que se me antoja uruguayo y así usaba José Souza, y que iba bien requintado, tal como lo sigue usando el ya citado “Chichín”.
Nadie andaba de chaleco, y si alguno lo usaba era tejido y de confección casera; recuerdo en este punto a Luisito Gómez, siempre muy prolijo en su modesto atuendo, a quien en su ensillada caracterizaban los grandes estribos de suela llamados “sureros”. Era domador este hombre. También domador y que sacaba caballos de muy buena rienda, era el “Pampa” Gutiérrez, tambero en “El Estribo”; como no era muy fuerte pa’l basto, a veces el primero y segundo galope lo daba su sobrino “Chiquito” y sino Carlitos Bidondo.
En cuanto al pañuelo, salvo algún paisano añoso (D. Pablo Gonzáles, Raúl Smith, Ángel Cardozo, Don Silva), nadie lo usaba tendido, y primaban los blancos y colorados, y algún que otro negro. El trabapañuelo no se conocía.
En cuanto al calzado agrego que solo uno que otro jinete usaba  botas de potro, y estas eran cortas. Siempre recuerdo cuando en el ‘58 Julio Secundino Cabezas llegó a una jineteada en casa de mis mayores y pidió permiso para sortear un par de blancas y “altas” botas de potro de su confección.
En materia ponchos abundaban las distintas gamas del marrón, desde algún “bayito” hasta alguno “tostao”; si alguien alardeaba de uno de valor era un poncho de vicuña, como tenía un tío abuelo. Ponchos pampas (2) solo se veían en alguna fiesta o desfile grande, portado por algún “tradicionalista” -D. Santiago Rocca o el ya citado D. Pablo-, y no por gente del común.
La mayoría de las instituciones se llamaban “fortines”: “Fortín La Totora”, “Fortín El Cencerro”, “Fortín Gaucho Berissense”, “Fortín Atalaya”, “Fortín Chascomús”, “Fortín Dolores”, etc., y esto era producto de que esos centros nacieron, a partir de l940,  al influjo de la Federación Gaucha Bonaerense, institución que se encargó de difundir la idea del tradicionalismo gaucho y echar las bases de un movimiento organizado.
En cuestión de ensillada, el lujo mayor pasaba por algún juego de pasadores, con cabezada de plata en los bastos, redondos y de carona; chapeados se veían en algún desfile. Los más ensillaban recado corto de matras y mandil recortado; ¡ni mentas del lomillo!
En el arreglo del caballo estaba muy difundida la cola corta, inclusive desmarlada; pelada a tijera ranillas, quijada y orejas.
Solo un paisano recuerdo que llegó a hacerse cargo de un campo por Punta Blanca, con la tropilla por delante. Arce era su apellido.
En la puerta de un corral volcaba el lazo con lujo “El Inglés” Piñeyro.
En la corrida de sortija se mezclaban los que pasaban “a la antigua”, sentados en el recado, con aquellos que se paraban en los estribos. Allí andaban los hermanos Navamuel (Yito y Pocholo), “Pampa” Llarías, Villarreal, Mario Salas, y los Cerato, por dar unos ejemplos.
Cuando se armaba algún fogón y había quien pulsara una guitarra, se “champurreaba” por milonga “una letra de muchos pies”, como se decía a aquellos relatos de muchas estrofas; “El Indio” Diz solía decir versos, como por ejemplo, “Los Medina”.
Como artista trashumante que era, solía caer Don Fermín Villalba, el último payador analfabeto (a quien no faltaba los que lo llamaban “Cocoliche”).
Por entonces, en cuestión de “sonido”, lo único que había era un furgón con un rústico amplificador con una o dos bocinas, y quien hacía uso del micrófono se limitaba a anunciar los nombres del caballo y el jinete; no recuerdo que se relatase la monta. En alguna fiesta chica ni eso había.
Me salgo de mi ámbito para citar una jineteada grande que movió el ambiente y allí fue la familia con el abuelo “Tata” a la cabeza: en el primer lustro de los 60 bajó a La Plata Don Arturo Dualde con sus famosos “Lomos de Acero” y su gente de trabajo; la jineteada se llevó a cabo en el predio en que hoy se levanta el Estadio de la Ciudad, y como al fondo de esos terrenos la Federación Gaucha disponía de unos galpones para sus reuniones, supongo que debe haber sido quien organizó. Se juntó mucha gente.
Recuerdo en algún desfile por las patronales algún criollo que vestía de negro chiripa y corralera, con chambergo sobre blanca vincha, ensillando con bastos redondos, estilo éste con fuerte influencia del teatro criollo que encarnó Pepe Podestá. Hoy diríamos que hay varias incongruencias.
Y ya que nombro el teatro, recuerdo que se escuchaba mucho los radioteatros que expresaban dramas camperos, así estaba la compañía de Héctor Bates o la de Audón López, que después salían por los pueblos presentándose en carpa en aquellos sitios que no había una sala. Una oportunidad fuimos al Teatro Coliseo a ver la escenificación de una de esas audiciones.
En las madrugadas la radio estaba clavada en “Amanecer Argentino” y al atardecer se sintonizaba “Un Alto en la Huella”.
Así entonces, en gruesos trazos, dejo estos recuerdos de fines de los años 50 y los 60; esto no tiene por que haber sido igual en todos lados ya que el costumbrismo varía según los pagos o zonas. En fin... salvando las distancias, parafraseando a Althaparro, y dispensen la comparancia, así vi las costumbres paisanas “en mi pago y en mi tiempo”.
..................................
Colofón A veces los mismos que andamos en el tradicionalismo hacemos una cosa buena y enseguida le adosamos la contrapartida. Por ejemplo: se rescató el uso del chaleco, pero ahora se los confecciona en todo tipo de cuero, cosa que antaño no se usaba; se rescató el uso de la boina, pero se ha ido exagerando tanto su tamaño que algunas ya son como sartén de estancia. La bombacha se ha enangostado al extremo, que hoy, un pantalón dentro de la caña de la bota no se advierte. Han aparecido unos sombreros de cuero a los que nada tienen que envidiarle los muchachos de “Bonanza”, desconozco que tienen de gaucho. Hoy la guarda pampa anda en la cinta de los sombreros, los pañuelos, aplicada en la bombacha, camisa y corralera, en la alpargata, y convengamos que ese uso nada tiene de tradicional, como tampoco los chalecos tejidos que tanto se han difundido, con una guarda a cada lado.
Se ha rescatado el uso del pañuelo tendido, y eso está bueno.
Pero... hay cambios que me preocupan, por como desvirtúan lo simple y esencial del ayer...
La Plata, 26 de enero de 2008

(1)     En 1953, la Revista El Caballo reprodujo el programa de una fiesta en la Sociedad Sportiva (Palermo, Bs. As.), en 1909, que rezaba: “Doma de Potros – gran concurso por eliminación”
(2)     En una próxima nota intentaré abordar este tema. 

(Publicado en El Tradicional Nº 85)

lunes, 22 de abril de 2013

JOSÉ MAURICIO GARCÍA (Coco)


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 40 – 14/01/2012

Con su licencia, paisano!
        Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

JOSÉ MAURICIO GARCÍA (“Coco”).  Nació en Ensenada, el 1º/04/1926.
Atraído por la poesía criolla desde muy joven, fue un ferviente y fiel intérprete del verso gaucho; esa afición lo llevó a iniciarse en la creación de sus propios temas, ganándose como autor, un lugar respetable.
La intención de difundir los valores culturales tradicionalistas, lo llevó a crear y conducir, junto al también poeta Roberto Coppari, la audición “Acentos Argentinos”, por la emisora LR 11 Radio Universidad (1977/78).
Al unirse sentimentalmente con la cancionista Norma Piacente se radica en La Plata, y juntos conducen durante 1979/80 por la emisora universitaria, la audición “Tranqueando Huellas del Sur”·.
Motivos laborales lo llevan a establecerse en la sureña Carmen de Patagones, y allí aprovecha para -cruzando el río- recrear por los micrófonos de LU 15 Radio Viedma (Río Negro), el espacio “Acentos Argentinos”, esta vez junto a Carlos Parisotti; por entonces, y durante 3 ó 4 meses, por un circuito cerrado de TV, realizan la experiencia de llevar dicho programa ante las cámaras.
Aficionado a ensillar participó activamente en los desfiles tradicionalistas, e integró comisiones en la Agrupación Tradicionalista y Campo de Pato “La Montonera” de Ensenada; allí, estando como directivo, se llevó acabo exitosamente, un “Certamen de Payadores Noveles”, habiendo sido Presidente del Jurado; tiempo después, en la misma casa, organizó un homenaje al veterano payador oriental, D. Clodomiro Pérez.
Hombre templado para defender ideas, llevó al verso esa manera de sentir lo gaucho, construyendo estrofas de decir sentencioso.
No publicó, pero si dejó dos producciones discográficas, “A mi Pago, Ensenada”, sobre temas de su autoría, que comparte con el canto y la guitarra de Carlos Parisotti, en 1981, y “Con mi acento”, cassete con once temas de buena poesía criolla donde luce su decir, en 1987.
Por otro lado, varios son los intérpretes -a más de Parisotti- que le han grabado, a saber: Claudio Agrelo, Silvia Adriana, Laurentino Camino, Daniel Garbizu y Jorge Víctor Andrada.
En diciembre de 1994 debió ser internado en el Hospital Rossi, donde en un lapso de 20 días, fue sometido a dos operaciones de corazón, esfuerzo que no resistió, falleciendo en horas del mediodía del 2/01/1995, habiendo recibido sepultura en el Cementerio de La Plata.

domingo, 21 de abril de 2013

DELIO PANIZZA


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
                                                          Micro Nº 94 – 09/02/2013

Con su licencia, paisano!
Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

                                                        DELIO PANIZZA – 
                                   “Pobre, de padres humildes como los míos” -al decir de su amigo el Dr. Pancho Belgeri-, nació en Rosario del Tala, provincia de Entre Ríos, el 26/01/1893, teniendo 5 hermanos, una mujer y 4 varones.
Realizó los estudios primarios en su pueblo natal, y los secundarios en el histórico Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, cursando los superiores en la UBA, donde obtiene los títulos de escribano, abogado y doctor en leyes.
Hombre comprometido no solo con su presente sino también con el rico pasado de su terruño, fue definido y ubicado, por su comprovinciano Luis Alberto Salvarezza, como parte de la corriente “que ideológicamente podríamos denominar de nacionalista, patriótica, civil, de resonancias épicas, que plantea el pasado como una idealización. Esta estética regionalista (…) tuvo gran resonancia en la narrativa y lírica de fines del S. 19 e inicios del S. 20, y encuentra entre otros, a Benito Lynch y Martiniano Leguizamón, como sus cultores (que exaltaron al gaucho), sus gestas, lo legendario”.
Con Panizza, uno de los grandes bates entrerrianos, vibra en su tono más alto y agudo la poesía criolla y popular de esa provincia.
Gran decimista, aunque no descuidó otras medidas y sino valga de ejemplo su popular “Guitarras y Lanzas”, utilizó un lenguaje pulcro y depurado para sus composiciones, sin desconocer las formas más vulgares como ya veremos en el ejemplo final.
Declarado, en su expresión poética, como un encendido “urquicista”, le dedicó a su héroe y sus gestas, varios opúsculos, como “Victoria”, en el centenario de la Batalla de Caseros y “Canto de la Liberación”.
Su obra édita, profusa y variada, se inicia cuando a los 30 años, en 1923, publica “Cardos en Flor”, a los que siguen “De Tierra Adentro” y su canto a “Ramirez”, ambos en 1926; cuatro años después aparece “Guitarras y Lanzas”.
Hemos ubicado 24 títulos de su autoría, pero no tenemos la certeza que esa cifra comprenda toda su publicación.
Sus contemporáneos lo han reputado un gran hombre, y así Claudio Puntel lo describe como un “hombre recto y honesto, ciudadano comprometido y de firmes convicciones democráticas”, y de él dijo Yupanqui que tenía “la costumbre de saludar a todo el mundo, como lo hace la gente sin miedo y sin pecado”.
Este poeta, al que Arturo Capdevila bautizó “Señor de Montiel”, falleció a la edad de 72 años, en Concepción del Uruguay, al alba del 7/08/1965.
Cuando su comprovinciano, el poeta, narrador y payador, Carlos Echazarreta, publica su libro de cuentos, le dedica a modo de prólogo estas décimas que tituló “Apadrinando”, escritas al modo gaucho… y por eso las elegimos. 

lunes, 1 de abril de 2013

MANUEL HORNOS - Brigadier General de la Nación


UNA EXISTENCIA AZAROSA

Muchos son los hombres de la gesta de la independencia y la constitución de la nación, a los que conocemos por sus nombres y algunos actos, pero de los que no se han escrito libros que los historien íntegramente, y nos brinden un amplio panorama de su vida. Por eso en esta nota queremos recordar a uno, que tuvo fama de brava lanza, que anduvo por todos los entreveros, y que honró su cuero con cicatrices muchas, testimonio fiel de que fue un jefe que encabezó sus tropas. Nos referimos a Don Manuel Hornos, Brigadier General de la Nación.
La mayoría de los historiadores y articulistas coinciden en que su nacimiento ocurrió el 18/07/1807 en Entre Ríos, pero sin especificar localidad o paraje de esa provincia, al punto que al referirse a él, Julio A. Costa (escritor y gobernador bonaerense), en su libro “Entre Dos Batallas”, a pesar de nombrarlo entrerriano, lo pinta: “Hornos era un gaucho de Buenos Aires, donde se había criado, domador y jugador de pato, de bota de potro y espuela de fierro; era el gaucho de los gauchos”, y si bien lo dicho puede prestarse a confundir su origen, no su condición de gaucho corajudo en la que todos los que lo abordaron coinciden.
Su vida, que se extendió por sesenta y cuatro (64) años, y que desde muy joven lo tuvo integrado al quehacer militar, lo llevó a combatir en todos los rincones de la patria, en Uruguay y también en Paraguay, y si bien no siempre la victoria consagró su empeño, su heroísmo se destacó lo mismo, a veces, por encargarse de cubrir la retaguardia de un ejército derrotado en retirada, porque fue Hornos de aquellos jefes que las ordenes las impartían desde el ejemplo.
Por no ser historiador no tengo reparo en decir que mi sentimiento se alista del lado del federalismo, pero esto no es impedimento para destacar a aquellos temerarios soldados que formaron en el otro bando, tal el caso de Hornos o Paz. (No así Lavalle, con quien no mengua la inquina).
Y Hornos siempre se aprestó con los ejércitos unitarios, y por esos vaivenes de la vida política de los hombres, a veces fue enemigo y otras, correligionario. Tal como le ocurrió con Urquiza, que cuando éste se alzó contra Rosas en 1851, allí estaba el bravo entrerriano Manuel con su lanza al servicio del caudillo comprovinciano.
Y acá vale la anécdota, porque cuando Urquiza era general del restaurador y gobernante de su provincia, y Manuel un joven de 23/4 años allá por 1831, “acusado de conspirar contra el Gral. Echagüe -dice Enrique Puccia- fue apresado en Colón y condenado a morir frente al pelotón de fusilamiento. Poco tiempo antes y por las mismas causas había sido ejecutado su hermano Román”.
Ocurría esto en el Campamento de Arroyo de la Leche, próximo al Río Uruguay.
Lo que allí sucede, es relatado por distintos cronistas, coincidiendo todos en la cuestión central, aunque con variantes en los detalles. De todos, es a mi entender, Leopoldo Lugones (h), quien le pone un tono literario al suceso real, y tentado de compartirlo con los lectores, transcribo su versión: “Hornos está en capilla. El centinela de vista sobre él. Falta poco para el fusilamiento. ¿Cómo será la muerte, no? Y quizá ninguna otra reflexión. Careada tantas veces con el peligro mortal, habiendo visto agonizar y morir a tantos ¿para qué más?... Pero en eso mira al soldado. Éste también le tiene clavada la mirada, turbios los ojos por las lágrimas… ¿Un ‘tape’ llorando? Cosa un poco rara, ¿no? Y Hornos, inquiere: -¿Qué me le está pasando, amigo? Mira en derredor el interpelado, baja un poco la vista y contesta: -Nada, mi comandante; cosas mías…
Hornos se ha acercado a la puerta. ¡Pucha que está lindo el campo ese día! Bajo un ñandubay está atado un ‘pingo’ de mi flor. ‘Parejero’, no cabe duda. Así lo patentiza su fina silueta, el pelo lustroso de caballo bien cuidado, un poco sumido de verijas, esbeltos los remos, fuerte el vaso negro, hasta un morral colgado de una rama.
Aquella breve plática se reanuda. Dice el soldado: -Mi comandante ¿Qué no se acuerda de mí? Yo soy Epitacio Núñez, el de Yeruá…
 -Claro, si ahora me acuerdo (responde el prisionero). Vos has servido conmigo.
-Así es, mi comandante. ¿Sabe? Y me apena verlo en este apuro.
-Bah, no te aflijás por tan poco. Total, para morir algún día vinimos a este valle de lágrimas.
Otra pausa. Y luego Hornos: -Mirá, llamá al sargento de ronda, o al cabo de cuarto.
Núñez obedece. Llega el indicado. El comandante le pide permiso para ir hasta ‘esos’ árboles por una necesidad urgente. El sargento accede… ¡Una arrancada en pelo y a toda la furia! ¡El ‘parejero’ es una luz! Hornos le cierra los talones y lo endereza al Uruguay que corre ancho, allá por Colón, donde se desarrolla la escena. Ya no van quedando sino remolinitos de polvo en el camino; pero atrás del evadido va a media rienda un pelotón. Junto al gran río, chapuza en él, y empieza a nadar hacia la otra banda, que está más allá de la humana resistencia de un hombre agotado por las penurias. Es largo el tirón. ¿Llegará el escapado?(…)”
En síntesis, tras el prófugo se tira Guarumba, quien según este relato tiene por ocupación ser “el degollador oficial de Urquiza”, mientras que desde la orilla los rifleros descargan sus fusiles. ¿Final?: Hornos es puesto a salvo por la tripulación de un buque de bandera Francesa, anclado cerca de la otra costa, y emigra a Uruguay.
Le tocó, al llamado de Mitre, estar en la tristemente célebre “Guerra de la Triple Alianza”, y allí, donde tantos -de ambos bandos- murieron, él se cubrió de gloria, siendo ascendido a Brigadier General sobre el campo de batalla en el segundo encuentro de Tuyutí, el 8/11/1866, cuando ocupaba el cargo de Jefe del Cuerpo de Caballería de Vanguardia.
Su última acción militar fue casualmente en sus pagos, cuando al frente de una columna de 1500 hombres enfrentó, en 1870, a Ricardo López Jordán; entonces -cuenta Mitre- “en esa ocasión se le quebró la lanza, en lo que vio un triste presagio de su destino. En efecto; su vida estaba quebrantada ya.”

RESIDENCIA – AFICIONES

Este bravo soldado estaba afincado en el barrio de San Telmo de la Ciudad de Buenos, y circunstancialmente tuvo una quinta en la zona de Barracas, sitio en el que solía despuntar sus otras dos pasiones civiles: las cuadreras y las riñas de gallo.
Por dicha radicación resultó designado Comisario Extraordinario en la Parroquia de San Telmo y para la zona de Barracas al Norte, cuando las elecciones de diputados y senadores provinciales del 28/03/1869.
De su pasión por las cuadreras han trascendido las mentas de su tordillo parejero, animal de muy mala apariencia (“cabezón, petiso, viejo, vasudo, peludo, parecía de todo menos el caballo de un general”), con el cual en cierta ocasión desafió a Don Juan Malcolm -dueño de una caballeriza sita por calle Rivadavia y 25 de Mayo-, quien había importado un pura sangre de carrera, realizándose la topada en el Hipódromo de Belgrano, donde finalmente ganó el tordillo, recordándose que Hornos le espetó al derrotado: “-Póngalo a sacar agua, compadre, que para eso nomás, lo ha traído de Europa”. Y si bien solía a veces ser él mismo el corredor (“descalzo y con espuelas, ciñendo vincha al estilo de los domadores”), en esa oportunidad condujo el animal un afamado jinete apodado “El Viejo Leandro”.
Asiduo concurrente a los reñideros de Barracas, aprontaba allí los gallos de su cría, “naranjos-barbuchos”.

EPÍLOGO

Tras su última incursión en entrerríos, ya en Buenos Aires, el 10/08/1870 fue internado en el Hospital de Hombres, y conciente de su estado, dicen que expresó: “¡Quién iba a decir que mi destino era morir en una cama!”.
Finalmente, casi un año después, falleció el 14/07/1871, recibiendo sepultura en el Cementerio de la Recoleta, donde fue el Gral. Mitre, el encargado de enarbolar las palabras de despedida; dijo entre otros conceptos: “murió puro como nació, pobre como vivió. Su vida es un romance heroico, y su carrera militar una epopeya gloriosa…”.
Según Jacinto Yaben era “el tipo de gaucho argentino, que en las batallas montaba en pelo a manera de Centauro”. Por su valor y ascendiente en las tropas, su prestigio heroico, era inapreciable en la composición de un ejército. Con respecto a su valor, temerario”.
Ignoramos por qué (andamos en esa averiguación), el 2/10/1907, por Ley 3058 se le donó un terreno en el Cementerio de La Plata, en el que se erigió una bóveda, a la que en 1915 se trasladaron sus restos desde el Cementerio de La Recoleta, donde descansan desde hace casi un siglo.
La misma está ubicada próxima a la entrada principal sobre Avda. 31, culminando una diagonal a izquierda de la misma. Es un edificio importante, cuadrangular, con las esquinas redondeadas, con un busto del héroe en frontispicio. Diríase que un tanto falto de mantenimientos por ser lo que es. Por las fotos podrá tenerse una idea acabada de lo que hablamos.

UNA ANÉCDOTA

Mi abuela materna Ana I. Cepeda (Lala), era una memoriosa conocedora del pasado familiar y zonal, en una oportunidad en nuestras muchas conversaciones, evocando anécdotas de su niñez y juventud en “Santa Ana” de Cepeda, en Magdalena, recordaba cuando en la casa se comentaban los viajes que “a la estancia” hacia en coche de caballos, el Gral. Hornos, a visitar a Doña Petrona Hornos. Cuando inquirí las razones, si había motivos de parentesco, dijo desconocer todo, ya que nunca había oído al respecto otra cosa que lo narrado, como que tampoco se había comentado que “la abuela Petrona” pudiese ser entrerriana.
Doña Petrona (1827 / 1912), era esposa en segundo matrimonio de Don Francisco Cepeda (1813 / 1883), mis tatarabuelos, de quien descendía Epifanio Cepeda, padre de mi citada abuela.
De aquel tatarabuelo, conservo su calzoncillo cribado, su facón y unos estribos porteños.
(La Plata, 18/01/2012)

BIBLIOGRAFÍA

- Oración Fúnebre pronunciada por Bartolomé Mitre en el Cementerio del Norte, el 16/07/1871
- Julio A. Costa, “Entre Dos Batallas” (1927)
- Jacinto Yaben, “Biografías Argentinas y Sudamericanas” (1939)
- Diego Abad de Santillán, “Gran Enciclopedia Argentina” (1958)
- “El tordillo del Gral. Hornos” -sin firma- (Revista El Caballo Nº 224, 6/1963)
- Leopoldo Lugones (h), “La Historia de los Caballos” (1966)
- Enrique Puccia, “La vida heroica del Gral. Hornos” (La Prensa, 7/1971)
                             “Barracas en la Historia y la Tradición” (1977)
(Publicado en el Nº 104 de Revista El Tradicional)

lunes, 18 de marzo de 2013

ALBERTO MERLO ¡¡ADIOS!!

Parpadeó el fogón del sentir criollo como amagando a apagarse; no había viento, pero un de repente sopló una ráfaga que aventó las cenizas desnudando el tizón…
Dirá la historia: <Un 10 de abril de 2012, murió “El Señor del Sur”>, y sin más explicaciones estará todo dicho; y es que faltan las palabras o no vienen estas al texto para plasmar el dolor del escriba, que es el mismo que hace hablar bajito a los que comentan la mala nueva.
Es que no hay marcha atrás, que la vida es así, y finalmente el desasosiego de los últimos tiempos, se cortó en un tirón seco… y ganando el campo de los cielos galopó en paz Don Alberto Merlo!
Revivirá… poco a poco se fortalecerá el tizón del fogón criollo, porque a su vera, en su entorno, mentaremos su nombre, evocaremos su canto, añoraremos su decir, elogiaremos su modo de ser; porque allí, en ese íntimo escenario ha de seguir cantando y creciendo en su canto, “El Señor del Sur”.
Ya Andino Álvarez, Cacho Castello y el Vasco Giménez -entre otros-, lo estarán poniendo al tanto de los usos y costumbres de esos pagos.
Decimos nosotros, que pocos como él han cantando y dicho las cosas de las llanuras: ¡qué señorío!, ¡cuánto gusto paisano!, ¡qué galanura auténtica para enaltecer lo nuestro! Sin pose ni rebuscamiento, con “la pata” sobre una silla y su sola guitarra (que no era de concierto), su canto era un malón, que aunque bajito, atronaba el aire con la más gaucha expresión de la intención surera.
Solo, sin grandes aparatos ni estructuras propagandísticas, paso a paso, con esfuerzo y tesón, logró labrarse un reconocimiento general en todos los públicos, que él era siempre igual, cantando para diez o para mil personas.
Ese paisano que en los escenarios era auténtico y sencillo, en la intimidad familiar y de amigos, era el “Gringo”, evocación innegable a aquellos orígenes por la “pampa gringa” santafesina, en la chacra familiar, con ese abuelo piamontés que transmitió la música y los ritmos de la “patria lejana”, pero donde sus hermanos mayores -como recordaba- “han hecho nacer este fogoncito que tengo adentro, que es esta música, sobre todo la pampeana. De ahí viene todo, uno nace en el campo y el campo le transmite al individuo, sus elementos, con todo lo que tiene ese ambiente…”.
Su amigo Carlos López Terra, payador, poeta y viola singular, que lo conocía en el detalle que da compartir el mate hogareño, lo inmortalizó en una bella poesía, “Como Lanza”, idealizado junto a su mujer y sus hijas, en un ámbito de chacra criolla que como anillo al dedo le cayo al cantor, al punto de grabarla allá por 1984 en su disco “Paisano”, como relato por milonga.
Y si de grabaciones hablamos, bien que tuvo que abrirse camino solo!, con constancia y seguridad de qué decir.
En el ya muy lejano primer disco (“Bordoneando”, se llamó), solo una milonga de Don Ata y una cifra de Hamlet, le permitían expresar su canto de llanura, pues el resto desgranaba chacareras, zambas, cuecas y bailecitos por sugerencias empresariales; pero triunfó su intención y sentir, y a partir de “Semblanza Sureña” (1967) y hasta “Pico a Pico” (1995, su quizás último disco de estudio), fue auténtica expresión del canto de la surería.
Si con algún poeta hizo especial yunta, ese fue Andino, con quien se hermanó en unas dos docenas de composiciones, pero… como olvidar a otros aparceros como Giménez, Charrúa, R. Risso, Berho, Roderico, Castello, Etchebarne, Menvielle, Boloqui, Acosta García, Cepeda…
Los que -cuando la aparición de los primeros discos- bailábamos, ¡si habremos gastado sus huellas y triunfos!, que sonaban con un fraseo musical y de canto, exacto para el baile.
Este Don Alberto inolvidable, había nacido un 2/02/1931 por lo que ya había sumado 81 años “cuando en viaje sin retorno encaró pa’ la gaucha trapalanda”.

Alberto Merlo y Carlos R. Risso,
en 13/11/2011, en la última visita...
De La Cosecha Propia

En noviembre pasado, un puñado de amigos nos llegamos a Mar del Plata, y como entre ellos estaba Manuel Rodríguez  (en cuya casa solía hacer posta Alberto cuando andaba de gira por la zona), éste llamó y habló con “Coca” -la esposa-, y en la mañana del domingo 13 le caímos de visita. Sentado en una paresita del frente de la casa, nos esperaba el hombre, y en la expresión de los ojos nos mostraba su emoción. Picamos algún chorizo seco y le hicimos el gasto a algún aperitivo, pero lo gratificante, lo inolvidable de la jornada, fue poder compartir ese momento irrepetible. “Coca” nos cantó el estilo “El Chasque”, y él, casi en cuclillas a su lado, le marcaba el ritmo con un movimiento de cabeza y en un balbuceante murmullo. ¡Qué momento!
Si algo me ha quedado pendiente, es haber escuchado en su voz alguna de mis letras, pero aunque esto no se dio, allá por 1981, en “Galopando sin apuro” incluye como milonga la letra de “Ansí lo quisiera ver”, que el poeta Benito Aranda, a modo de carta cuando el nacimiento de mi hijo, me había dedicado.
Por aquel entonces, andando Merlo por mis pagos, en unas fogoneada entre amigos después de un churrasco, escuchó el tema, y con su proverbial bonhomía, le dijo algo así al autor: “Mirá hermanito, pasame ese tema que lo incluyo en el disco nuevo…”.
Antes del disco se me apareció por la empresa en que trabajaba entonces para que le firmara algunas planillas de la discográfica, autorizando el uso de mi nombre porque en la primera décima me nombraba. Cosas de la vida… impensadas.
Cuando en la mañana del 10 Agustín López me transmitió la mala, escribí los dos cuartetos que transcribo, curiosamente en un estilo que no es el habitual
La Plata, 15/04/2012

ADIOS, ALBERTO MERLO

Se ha cortado la cuerda de una guitarra…
Quedó al aire, en chasquido, la nota pura…
Por vos “Señor del Sur”, tiembla la albura
de un día que marchito, ya se desgarra.

No podrá “la güesuda” borrar tu canto
porque fue tu destino: ¡paisano hacerlo!
¡Adios “Señor del Sur” Alberto Merlo!
Nos duele tu partida.… nos duele… y tanto…!!

(Publicado en Revista El Tradicional Nº 105)

viernes, 15 de marzo de 2013

MIGUEL DOMINGO ETCHEBARNE - Un Poeta Mayúsculo


La primera vez que intenté la evocación de un poeta para un medio periodístico, fue allá por julio de 1982 y el evocado, Miguel D. Etchebarne. ¿Por qué? Porque su libro “Campo de Buenos Aires” había ganado mis afectos.
Con Etchebarne pasa un hecho curioso; hay una “militancia” distinta a la de los otros poetas que abordan “el gauchesco”. Él es un académico; ha egresado con Medalla de Honor, de la Facultad de Filosofía y Letras, y como tal, en carácter de profesor ejerce en distintos niveles de la enseñanza, incluido el universitario. Pero… su crianza en el medio rural lo ha marcado; su permanencia en él hasta el inicio de los estudios secundarios le ha infundido vibraciones telúricas; el contacto con personajes cuasi gauchos le ha mostrado otro modo de vida, una filosofía, un encadenamiento de usos y costumbres que lo ha deslumbrado. Por todo esto y no por otra cosa es que su primer esbozo poético se titula “Destino Gaucho”. Por todo esto también que ya escritor con libros publicados, se lo puede adscribir dentro de lo que León Benarós llamó “La Generación Del 40”, al grupo que se identificaba con “el adentrismo”, aquellos “poetas que reflejan el amor a la tierra y al paisaje nativo en un tono de emoción casi sofrenada, evidenciando una poesía de raigambre nacional”.
Si hay un hombre a quien no se puede poner en duda su saber criollo, ese fue Don Justo P. Sáenz (h), y éste, en su novela “Los Crotos”, le hace decir al personaje central, Felipe Ubiedo, mientras lo ubica leyendo versos: “…esos magníficos poemas de Etchebarne (…) ¡Qué hombre que dominaba y sentía la campaña porteña!”.
Como poeta gaucho no adhiere al uso lingüístico del modo gaucho; “escribe en el correcto modo del hablar argentino, y de ese difícil desafío sale airoso, quedando muy bien parado en razón de un verso de nivel poético, matizado de acertadas y precisas descripciones de lugares, personajes, tareas y costumbres propias del hombre de la campaña bonaerense. Y sabemos que si a veces resulta difícil hacer creíble el verso criollo en la expresión campera, más aún lo es, al intentarlo en lenguaje culto, ya que la idea principal puede quedar a mitad de camino -en lo que a realismo de escena se refiere-, con la utilización de correctas expresiones gramaticales. Lograr el fin deseado, es precisamente condición de gran poeta. ¡Y Etchebarne lo logra!”.
Normalmente, quienes enfocan “lo gaucho” desde el estilo llamado “nativista”, escriben desde afuera, como observadores, describiendo lo que contemplan, no comprometiéndose con la acción ni la primera persona; y aunque pueden escribir buenos versos, no logran “sonar” auténticos. ¡Sí lo consigue Etchebarne!, quien a pesar de su estilo culto, resulta verdaderamente campero, de allí la aceptación entre el paisanaje. ¡Qué mérito!

BIOGRAFÍA
 Poco se conoce de su vida, fue un escritor de muy bajo perfil; pero tanto León Benarós en su tradicional columna en la Revista Todo es Historia, como Carlos A. Moncaut en su libro “Estancias Viejas”, publicaron una desconocida -o muy poco conocida- página autobiográfica, muy ilustrativa, que tentados, transcribimos nosotros también, a continuación:
……………………………
“Nací el 29 de enero de 1915 en Tigre, donde también han nacido mi padre y mi madre. Cuando tenía un año ellos se radicaron en el campo, cumpliendo un lejano anhelo. Así, pues, levantaron casa y plantaron monte cerca de la estación San Eladio, del Ferrocarril Central Gran Buenos Aires, partido de Mercedes. Allí corrieron los primeros años de mi infancia, solo en el invierno, hasta que mi hermana, que fue siempre el mejor de mis amigos, pudo compartir mis juegos. En verano, casi siempre teníamos la compañía de los primos. De todo aquello evoco, en ráfagas, algunos acontecimientos. Uno, muy vivo, el de la tarde en que mi madre se rompió u brazo y tuvieron que llevarla a Mercedes, de noche y con malos caminos, en una volanta tirada
por cuatro caballos. Recuerdo que nos quedamos acongojados y que un peón viejo que nos cuidaba nos hizo unos sables de madera. Le agradezco, a través del tiempo, el consuelo.
Cuando tenía siete años, dejamos San Eladio para instalarnos en el partido de Magdalena, zona de campos largos, donde todavía se salva el paisano frente a la soledad y lejanía. Allí comienza, desde la llegada, la época más dichosa de mi infancia. Vivimos en una casa grande, oculta en un monte de plantas añosas. El campo, quebrado y virgen, estaba cruzado de arroyos que corrían mansamente en verano y se desbordaban de invierno. Aún los veo platear a lo lejos, después de las lluvias.
Allí tuve un perro negro cuyo nombre siempre evocamos en nuestras charlas, un rifle del 9 y un petizo colorado, que todavía vive, gordo y bichoco, pero aún con mañas.
De ahí datan, también, mis primeros recuerdos literarios. El primero, de “Los Caranchos de La Florida”, de Benito Lynch, que oí leer en voz alta; después el de “Amalia”, de José Mármol, que leí por mi cuenta, a los nueve años. Mi madre me enseñó las primeras letras y me transmitió su amor por la naturaleza. Mi padre, su afición por el campo; los dos, el cariño intenso por las cosas, por su presente, y su historia.
Más tarde tuvimos una maestra particular y exámenes de fin de año en Buenos Aires. Aquellos viajes influían notablemente en mi espíritu. Sentía en la ciudad una sensación de angustia. La gente me desconcertaba con su seguridad y rapidez para todo. Aún me ocurre algo de eso. Me ha quedado para siempre el ritmo tranquilo y sosegado del campo.
Nunca olvidaré las personas que pasaron por mi casa. Ellos fueron mis amigos y mis maestros en cosas de campo y hasta en filosofía de la vida: Juan Paniagua, Heriberto Bello, Aristóbulo Velásquez, Florencio Dorado, tantos otros. Los tengo presente a todos, con sus rostros serios o taimados. Más que a ninguno al que creció conmigo, Juan Chiclana, de recuerdo y amistad imborrables. Junto a ellos aprendí a mirar el campo, a conocer sus trabajos y sus secretos; el nombre de cada yuyo, los pelos de los caballos, las gracias de las comparaciones. También a sufrir callado y a conformarse con lo que venga.
A los 12 años (1927) ingresé como pupilo en el Colegio Euskal-Echea, de Llavallol. Al principio sufrí lo indecible, pero, poco a poco me fue absorbiendo el ambiente. El dolor se repetía todos los años al final de las vacaciones que, sin excepción, pasé en el campo. En ese colegio cursé el quinto y sexto grado y todo el bachillerato. Allí también se despertó mi vocación poética. Lo primero que escribí fue un largo poema gauchesco en cuartetas, Destino Gaucho,  que corría de mano en mano, subrepticiamente, en las horas de estudio. Mis lecturas, en general, eran malas: los libros que encontraba en la biblioteca y algunas novelas que entraban de contrabando. Me salvaba en los poetas: clásicos castellanos y algunos románticos franceses.
Tuve un profesor de literatura, el padre Bernardino de Estella, que me dio buenos consejos, que no siempre aproveché. Ningún compañero de vocación literaria, pero sí excelentes amigos.
Finalizados los estudios secundarios, partí para el campo. Mi familia se había instalado nuevamente en San Eladio. Esta época está fijada en el poema así llamado que apareció en “Región de Soledad”. Allí estudié, malamente, el ingreso a la Facultad de Derecho, completamente absorbido por la poesía. Escribía mucho y muy mal. Me daba cuentan de ello, de la falsedad de los temas, del mal empleo de las palabras, del desconocimiento del idioma. Aprobé el ingreso a la Facultad mencionada, pero me resultaron muy penosos los estudios jurídicos, que abandoné en 1936, para pasar a la Facultad de Filosofía y Letras, donde me gradué en 1942.
De ese tiempo conservo algunos buenos recuerdos. Mi reconocimiento de estudiante se detiene en los nombres de Carmelo M. Bonet y José María Monner Sans.
Desde 1936 he estado poco en el campo. Incorporada mi vida a la ciudad, me acostumbré a quererla y comprenderla. Para ella será seguramente, la segunda parte de mi canto.
Mi primer libro, “Poema de Arroyo y Alma”, apareció a fines de 1937. lo había escrito de un tirón en San Eladio durante las vacaciones de julio. El poema se quedó en el propósito por precipitado y entusiasta. Pero tuvo el mérito de indicarme el rumbo del pasado, donde después se ha gestado toda mi obra.
 En 1941, “El Arroyo Perdido” señala una época de transición, de búsqueda, de
afán de síntesis. Así como en el primer libro pudo haber influido un poco el Bernárdez de El Buque, en éste tal vez, haya ocurrido otro tanto con el Molinari de Elegía de las Altas Torres. En el fondo no fue más que postura. Entonces, yo ya sabía que mi mensaje era distinto al de todos
Por fin, en 1943, “Región de Soledad” reúne bajo su título unos cuantos poemas donde mi voz se aclaraba.
No he pertenecido a ningún cenáculo literario, a ninguna agrupación de poetas jóvenes, ni he colaborado en ninguna de sus revistas. Mi primera colaboración apareció en La Prensa (…). Desde entonces sigo publicando regularmente en ese diario.
Con “Lejanía” (1945) se cierra el ciclo de los recuerdos de la infancia. Sin prisa, y ya al margen de ciertas inquietudes, dejo en él todo lo auténtico que quedó en mi alma. Y después será lo que la vida quiera.”
…………………………………..
Al informe del propio autor, que podemos fechar hacia fines de 1945 o principios de 1946, debemos agregar entre sus títulos: “La Pampa” (antología, 1946), “Soliloquio” (1947), “Campo de Buenos Aires” (1948), “Juan Nadie – vida y muerte de un compadre” (1954) y “La influencia del arrabal en la poesía argentina culta” (ensayo, 1955).
Con respecto a los juicios de valor que él agregó a cada libro, decimos nosotros con respecto de su “Campo de Buenos Aires”, que es su libro más criollo, más paisano; en él brilla con luz propia en la pintura, la descripción, los detalles, de la vida de la campaña bonaerense que vislumbró y conoció en los años de permanencia en la Estancia “Martín Chico”, de Verónica, entonces partido de Magdalena. Dicha obra, lo pone en lo más alto de la poesía gauchesca del siglo 20, esa… que aún está esperando al académico, al investigador que la estudie, la desmenuce y  ponga en el sitial que le corresponde en la literatura argentina.
Casi con seguridad es por éste libro, que cuando el hoy inexistente Instituto de Literatura bonaerense comenzó el ambicioso proyecto de publicar obras vinculando a un poeta con un “pago” o región, se le encargó a Ángel Mazzei la realización de la obra “Etchebarne y La Magdalena”, cuaderno que lleva el número 11 en esa invalorable colección.
En lo que hace a distinciones, su libro “Lejanía” recibió el Premio Municipal de Poesía del año 1945, y a su vez la SADE lo consideró uno de los 10 mejores del año; y a su vez “Juan Nadie” mereció el Tercer Premio Nacional de Poesía por el trienio 1953/6.
Además de las colaboraciones a La Prensa, también lo hizo con el diario La Nación donde publicó las columnas tituladas “Librería de Viejo”, en la que aparecieron artículos como “La Estancia en la literatura”, “Indios, fortines y malones”, “Benito Lynch y la reiteración de un desencuentro”, y “Antología de los Barrios” donde contaba historias como “La ciudad emancipadora”, entre muchos más.
También sabemos que hacia 1953, para Editorial Alpe, dirigía la “Colección Porteña”.
Miguel Etchebarne estaba casado con la misionera Dora Pastoriza, como él, egresada de la Facultad de filosofía y Letras de la UBA; escritora ella también, especializada en literatura infantil y narración oral, aunque en nuestra biblioteca tenemos un libro suyo titulado “Elementos Románticos en las Novelas de Ricardo Güiraldes” (ensayo, 1967). Era el domicilio familiar: Arenales 2620, en Buenos Aires.
Su muerte aconteció a los 58 años edad, el sábado 6/10/1973, en la provincia de Buenos Aires. Nos hemos tomado el trabajo de revisar los avisos fúnebres y crónicas necrológicas publicadas entonces en los medios de la época, y para nuestra sorpresa, la información se repite como calcada, sin brindar datos sobre el deceso, como si hacia todos lados se hubiese distribuido una gacetilla informativa. De allí se desprende que sus restos fueron velados a las 10.30 de horas en Marcos Paz, recibiendo sepultura en el Cementerio de dicha localidad el domingo 7.
Por algo será que al evocar al poeta en una nota titulada “Recuerdo de los versos de Etchebarne”, publicada en el prestigioso “La Nueva Provincia” el 29/01/1981, Roque R. Aragón cierra su texto diciendo: “Algún día habrá que hablar del desgraciado final que tuvo”. Ya han transcurrido 39 años y en la averiguación andamos.
 De su último libro “La influencia del arrabal en la poesía argentina culta” (ensayo, 1955), enjundioso trabajo que hay que saber que corresponde a la tesis doctoral que le llevó diez preparar y con la que se doctoró en Filosofía.
Y “Juan Nadie – vida y muerte de un compadre”, es su único libro que ha sido reeditado. Dicho motivo valió un acto homenaje en la Biblioteca Nacional, en el que expusieron Félix Luna, León Benarós y Antonio Requeni. A posteriori, en los comentarios de Clarín, Hilda Guerra escribió: “Alguna vez dijo Borges que Juan Nadie era la epopeya de un Martín Fierro de suburbio. Lo que Hernández había hecho para el gaucho, Etchebarne lo hizo para el compadre al mostrar su vida y muerte.”. Hay una perfección poética en esos versos que hace encantadora la lectura.
En el ambiente de la gauchería, fue la voz de Alberto Merlo quien con “Mensual de campo” y “Capataz de tropa” lo acercó a los fogones donde los degustó el paisanaje.
Grande ese Miguel Domingo Etchebarne tan identificado con mis pagos. ¡Un poeta mayúsculo!
La Plata, 1º de Septiembre de 2012


(Publicado en Revista "El Tradicional" Nº 108,  de 11/2012)