jueves, 6 de febrero de 2014

MUSEO DORREGO - ESTANCIA "EL TALAR", NAVARRO, Bs. As.

 En el invierno del ’93, un “regular lote” de amigos convocados por el paisano Rubén Trezza -entonces presidente de la Agrupación “Gauchos de Dorrego”-, nos reunimos a compartir un asado en el “Rancho Criollo El Cencerro” de su propiedad, en las afueras de Navarro.
En un aparte compartiendo un mate mientras los costillares lagrimeaban, el muy campero y sabedor Abel González, nos convidó a Agustín López, Manuel Rodríguez y quien esto escribe, a conocer “algo” de la historia lugareña.
Así fue que la visita -aunque parezca extraño-, comenzó por el Cementerio, donde se conservan como antaño, algunas tumbas rodeadas de artesanales rejas forjadas de algo más de un metro de altura.
Luego estuvimos frente a un viejo boliche -cerrado ya- en el que la tradición popular recuerda que habitualmente se apeaba Juan Moreira. A raíz de esto nos llegamos hasta la plaza principal, donde a uno de sus lados se enfrenta la pulcra y cuidad edificación de la iglesia (“San Lorenzo Mártir”, si mal no recuerdo, con más de 135 años a la fecha), de amplias escalinatas que descienden hasta la ancha vereda, sitio en el que en épocas de elecciones, habría sostenido Moreira una dura pelea a cuchillo.
El destino final del recorrido fue la Estancia “El Talar”, donde en un “solar de cuatro hectáreas” -como reza un folleto alusivo de la Dirección de Monumentos y Sitios Históricos-, que el 29/11/1972 fuera declarado “Lugar Histórico Provincial”, se encuentra enclavado el Museo Histórico Biográfico Cnel. Manuel Dorrego.
Siguiendo con la información oficial, el monumento y templete que evoca al primigenio federal, obra del Ing. Carlos Guzmán realizado por los artistas Butin y de Aquino, fue inaugurado en mayo de 1968.
El Museo, que fue habilitado al público un 11 de junio de hace 20 años -fecha instituida como “Día del Federalismo”-, custodia objetos personales, libros alusivos, medallas, estampillas evocativas, documentos y elementos de la época.
Todo el conjunto se encuentra emplazado en el sitio en que fuera fusilado el entonces gobernador, Cnel. Manuel Críspulo Bernabé Dorrego, el día 13/12/1828, por orden del Gral. Juan Galo de Lavalle.
A no mucha distancia se encuentra el casco de la Estancia “El Talar”, y gracias al conocimiento de Abel pudimos acercarnos hasta él, y recorrer en parte su contorno, y acceder -casi furtivamente- a darle un vistazo a través de la ventana enrejada, a la habitación en que, según la historia, Dorrego pasó sus últimas horas y escribió las esquelas de despedida.
Por entonces la construcción parecía deshabitada y dicho cuarto estaba completamente vacío, encontrándose, salvo el piso, tal cual era en aquel aciago año.
Agarrado a esa reja, y en el silencio campero de ese entorno, se sentía palpitar la historia y se crispaban las manos al reconstruir mentalmente aquellas horas.
Allí cerca, la laguna y el tupido monte de talas -alambrado en su contorno- nos remontaban a los lejanos años en que el conquistador llegó por vez primera a esas tierras, mientras González nos aseguraba que dentro de ese monte nativo, no profanado, “se siente una energía especial”.
Vueltos a la reunión, tras una genuina mesa criolla, se sucedieron los versos, las anécdotas y el canto criollo, agradeciendo aún hoy a la distancia, al amigazo Trezza el buen momento, y al sabedor Abel, el habernos guiado por “lugares con historia”.
La Plata, 3 de Agosto de 2009
(Publicado en Revista "El Tradicional" Nº 91)

CASA DE ALMAFUERTE - Actual Museo

Sabido que “el poeta del hombre”, Don Pedro Palacios, nació en San Justo, pero también es cierto que cuestiones laborales lo acercaron a La Plata más de una vez, teniendo distintas residencias, siendo la más recordada la casa donde pasó sus últimos diez años, que se encuentra sita en la Avda. 66 N° 530 entre las calles 5 y 6.
Tras su muerte, acaecida en 1917, la casa corría un destino incierto, lo que movilizó a un grupo de vecinos a peticionar incansablemente ante las autoridades municipales, con el fin de salvaguardar el bien y protegerlo, objetivo en parte cumplido cuando en 1921 fue adquirido en remate público por el municipio; pero su salvación total se alcanza cuando constituida la “Agrupación Bases” en 1928 -quizás como un ramalazo platense del Grupo de Boedo-, ésta obtiene la tenencia precaria de la casa (a partir de 5/1929), a cambio de constituir el museo y la biblioteca “Almafuerte”. Y así las cosas, cumpliendo con lo expuesto, es también su sede y el lugar donde realizan sus actos y reuniones.
La casa, una modesta construcción de barrio con frente de ladrillo a la vista, responde al modelo vulgarmente denominado “chorizo” y corresponde según datos de catastro, al año 1885, lo que la remonta a la época, casi fundacional de la ciudad.
En la década de 1980 se reconstruyó el interior volviendo a la distribución original, ya que la misma se había alterado en época de Bases para dar cabida a la biblioteca, reubicándose ésta en otro edificio. Solo faltan las puertas interiores que comunicaban cada ambiente.
Tras la cocina (ver ilustración con planta del edificio), se encuentra restaurado y bajo techo, el horno de barro en el que el poeta cocinaba el pan que compartía con su “chusma”.
Por Ley 4412/39 la casa fue declarada Monumento Provincial, y por Decreto 932/61 el Poder Ejecutivo Nacional la nominó Monumento Nacional.
…………………..

En el patio lateral, hace ya muchos años hice los primeros ensayos de una charla hablando sobre “Bases”, y más adelante (30/04/87), en el patio techado que en la ilustración está indicado como “Escuelita…”, tuve el honor de presentar el primer libro de Víctor Di Santo, “El Canto del Payador en el Circo Criollo”, ya que su autor así lo quiso.

También recuerdo la emoción que provocaban las marchas patrióticas ejecutadas por la Banda del Regimiento 7 -habitualmente, por entonces, invitada a los actos-, que en ese ámbito modesto y silencioso adquirían sones especiales.
(Publicado en Revista "El Tradicional" Nº 90)

sábado, 1 de febrero de 2014

Simplemente... Don LUIS DOMINGO BERHO !!!

El 26 de septiembre se cumplirán 20 años del paso al “cielo de los poetas” de quien en vida y en la tierra fuera nada más y nada menos que Don Luis Domingo Berho, por qué no?, uno de los más destacados nombres de “las letras gauchas” de la segunda mitad del Siglo 20.
(Decimos esto para que recapaciten aquellos que creen que el género murió poco después del nacimiento de “Martín Fierro”).

El matrimonio de María Rochford (de ascendencia irlandesa) y Juan Berho (de ascendencia vasca), se prolongó en 12 hijos, de los cuales, el último en nacer, el 4/08/1925, a una legua de Lobería, prácticamente sobre el arroyo de Los Huesos, fue el futuro poeta. Casi inmediatamente fallece su padre, y la familia se traslada al paraje “Cerro la Guitarra”, vecindades de San Manuel, donde crece y vive hasta aproximadamente los 17 años en que abandona a los suyos iniciando una vida andadora que nunca lo retorna a Lobería.
De este temprano abandono del hogar, hay dos versiones. Una dice que muerto el padre, fue el hijo mayor quien tomó las riendas del grupo familiar (cosa usual entonces), y que no se avino al autoritarismo de éste. La otra cuenta que tenía deseos de estudiar pero… se priorizó el trabajo (también algo muy común por esa época).
Lo cierto es que un día que la familia o la parte principal de ésta se trasladó al pueblo, Luis Domingo “cuadró el mono”, y ganó la huella para siempre.
Es posible que de sus pagos llegara hasta Monte, y cierto es también que inicia ahora una etapa de su vida muy vinculada al mundo del linyera, en pleno auge en esos tiempos; personaje al que oportunamente sabrá cantarle con precisión.
El sorteo del servicio militar ha de llevarlo a Mar del Plata, y de allí a un Regimiento en Bariloche, su destino. Cumplido ese compromiso vuelve a Mar del Plata y allí hace públicas sus condiciones poéticas (despuntaba rimas desde los precoces 16 años), vinculándose al inquieto ambiente cultural de la misma. Por eso no es extraño que su primera publicación -“Cortando Campo” en 1954-, vea la luz en la ciudad atlántica, cuando tiene 28 años (este libro salió con el precio impreso en contratapa: $ 8.50 m/n).

Posteriormente, en la década del ’70 aparecerá también allí, “14 Sonetos ½”, con el Nº 1 dentro del proyecto “Cuadernos Marplatenses” (es un pequeño opúsculo de 12 páginas).
Comparte allí con colegas del medio gauchesco y folclórico, como Ñusta de Piorno, Roberto Cambaré, Víctor Abel Giménez y Andrés Gromaz, quedando casualmente reunido con los tres primeros, en el disco que en 1968, Víctor Velásquez grabara para Odeón, en el que le interpreta el tema “Las dos aves”.
Las décimas de “El Maceta” han ganado vida propia y son muchos los paisanos que las memorizan, ignorando a veces a su autor. Sabrá decir Don Domingo que este es su verso más querido.
La década del ’70 es la del despegue y su nombre comienza a sonar fuerte en fogones y escenarios de la mano de diversos cantores; Argentino Luna ya le ha grabado “Tambo” (en un fragmento) y también “La Primer Visita”, y el correntino -pero surero-, Francisco Chamorro le musicaliza algunos temas que cobrarán fama en la voz de Alberto Merlo, quien le grabó no menos de siete temas, entre ellos las celebradas milongas “La Chata de Lobería” y “Estación de Vía Muerta”.
Podemos afirmar que fue uno de los poetas más acreditados en la segunda mitad del siglo pasado, en cuanto al regionalismo bonaerense.
Con su decir, logró un lugar destacado dentro de “la gauchesca”, la visión de un campo distinto al tratado por los poetas clásicos del género, ganado éste por otras modalidades, tareas y  personajes: la chacra y su entorno. Sin proponérselo quizás, inició el rescate -para salvaguarda de la memoria-, de herramientas y tareas propias de ese medio, obteniendo resultados difíciles de igualar por otros hacedores de rimas. Al respecto, el periodista Rubén Benitez (de “La Nueva Provincia”, de Bahía Blanca), afirmó que para lograr ese cometido “…inventó una literatura marginal, que no era gauchesca ni clásica. Se le extrajo a la chacra”.
Casualmente, el día que se conoció con el autor de esta nota y conversaron un rato, apoyándole el índice de la mano derecha en el pecho, le dijo: Mire que yo no soy un poeta gauchesco…”, con lo que certifica que tenía muy claro que su poesía marcaba una sutil diferencia con todo lo producido hasta el momento referido al ámbito rural. Era él “el poeta de la chacra”; no hay en sus composiciones tropas, reseros, jinetes, tropillas, ranchos de puestos de estancia, piales o palenques, aunque es cierto también que nada de eso desconocía, pero entendió que eso ya tenía quienes le cantaran.
Autodidacta, fue un gran lector de todo tipo de obras literarias -clásicas y contemporáneas-, lo que le dio una formación amplia y heterogénea.
Su obsesión por la poesía y la palabra, lo llevó a ser un permanente corrector de sus composiciones, en una búsqueda incansable por un sonido mejor y un contenido más claro y preciso.
Fue Berho un escritor “de primera mano”, como que le escribió a todo lo que hizo y conoció en su andariega existencia, por eso, sin temor al equívoco podemos afirmar que temas como “Peón de Fierro”, “Malacate”, “Cocina ‘e Chacra”, “Mis Trebejos”, “La Chata de Lobería”, “Estación de Vía Muerta”, “Tranquera de Alambre”, “El Maceta Viejo” o “Historia de un Relincho”, entre otros varios, son dignos de integrar la mejor antología.
Aproximadamente año 1991
Su obra publicada se compone de: “Cortando Campo” (1954), “Puerta a Juera” (1972), “14 Sonetos y 1/2” (s/f), “La Milonga Macabra” (1972), “Antiprosas” (1975); los folletos “El Maceta”, “La Chata de Lobería” (1983), “Estación de Vía Muerta” (1984), “Milongas Tuercas” (1985), “Tranquera de Alambre” (1986); y las plaquetas -1 solo poema- “Molina Campos”, “Alpillera”, “Galleta ‘e Campo”, “Receta del Guiso Carrero” y “Sulki Viejo”.
Agregamos una curiosidad: Roberto Cambaré, quien fuera muy amigo y compañero en los años juveniles vividos en Mar del Plata, le contó al poeta y periodista Pedro Leguizamón en febrero de 2001, “…escribimos en la década del 50 el 'libro de versos monovocales'…”, pero es ésta la única noticia que tenemos; si se publicó, nunca vimos un ejemplar.
De sus publicaciones, solo “Cortando Campo” tuvo forma de libro, con 36 poemas en 80 páginas. El resto, los criollos y los que no lo son, siempre fueron folletos o plaquetas.
También llevó a la grabación sus temas, y así nacieron los cassetes “Cortando Campo”, “Tranquera de Alambre”, “Milonga Macabra”, “Galleta ‘e Campo” y “Alpillera”.
No es muy conocido que el cantor y amigo personal Beto Ruidiaz -marplatense también-, aproximadamente el año 2006, realizó una grabación titulada “Sentimientos del Corazón”, compuesta de 15 zambas, una canción y un carnaval cruceño, que oportunamente habían compuesto en conjunto, Don Luis las letras y Beto las músicas.
Producida su desaparición, la familia radicada en Balcarce, con su sobrina Dora Berho de Faberi a la cabeza, se abocó a cumplirle el último sueño: publicar un libro que compendie la mayor parte de su obra, tarea a la que estaba dedicado, seleccionando y reuniendo versos, al momento de su internación.
A esa carpeta la familia decidió agregar otras composiciones y así tomó su forma final: “De Mi Galpón”, libro póstumo aparecido en 1999, editado en la ciudad de La Plata, que se enriqueció con las ilustraciones de tapa y contratapa que gentil y desinteresÁdamente aportó el artista plástico Rodolfo Ramos, tras una gestión que encarara Agustín López, poeta éste muy vinculado a Berho.
En las 150 páginas este libro,  se reúne lo más conocido de su obra, totalizando más de 80 versos.
En su andadora existencia, Don Luis Domingo tuvo varias “residencias de prestado” o “familias adoptivas”, por eso sin duda alguna citamos dos de ellas, la de Nelfi Trimarchi, en San Justo, partido de la Matanza, donde tenía su propia habitación; la otra es la de Néstor Barbieri, en la ciudad de Bahía Blanca. Barbieri, hombre de radio y organizador de importantísimos encuentros criollos, tenía verdadera pasión por el poeta y su obra, y fue un entusiasta y desinteresado difusor de su quehacer literario.
En lo de Trimarchi, casi tenía radicación, y allí estaba cuando debió internarse, y allí quedaron todas sus pertenencias tras el deceso, muchas de las cuales, con la aprobación de sus sobrinas, fueron donadas a la Asociación Argentina de Escritores Tradicionalistas, la que le dedicó una vitrina para su permanente exhibición.
Libro de edición póstuma
Berho supo en vida del reconocimiento, y así fue que recibió el Premio “Payador” que otorgaba Radio Provincia de Buenos Aires, en el año 1986, como que también el escenario de la “Fiesta de las Tropillas y la Tradición” que organizaba la Agrupación Gauchos de Lobería, fue bautizado con su nombre.
Tras una breve internación, cuando nada parecía señalarlo, se ganó al “cielo de los poetas” cuando acusaba recién cumplidos 67 años; ocurrió en una clínica de San Justo, a las 11.40hs. del 26/09/1992, próximo ahora a cumplirse 20 años de su deceso.
Tal su deseo, sus restos descansan al pie de la sierra “La Barrosa” en el Cementerio de Balcarce, donde todos los años, para el 26/09 se realiza un homenaje junto a la tumba en la que una décima que le dedicara José Curbelo, lo evoca diciendo:


Fue Don Luis Domingo Berho
el descriptivo poeta
de la chata, del maceta
y del arado primero.
Del rastrojo, del potrero,
la cocina y los galpones.
En las sureñas regiones,
escribió su canto eterno,
con la chacra por cuaderno
y los surcos por renglones.

Con certeza decimos, que el homenaje en este vigésimo aniversario ha de reunir a muchos amigos y gente de la cultura criolla.

La Plata, 11 de agosto de 2012
(Publicado en Revista De Mis Pagos Nº 45)

viernes, 10 de enero de 2014

EL SALTO DE LA MAROMA

Ilustración de Enrique Rapela
El Salto de la Maroma. ¿Quién no lo ha oído mentar? Pero… quién puede contar que lo hacía o que lo ha visto hacer…? Se repite y se afirma que “El Gaucho Rubio de Los Cerrillos” -Don Juan Manuel de Rosas-, lo realizaba con gran destreza… pero es como una leyenda… No obstante, en una edición de “Instrucciones a los Mayordomos de Estancias”, comentada por Carlos Lemee, dice éste en el “Prefació”: “Según las crónicas de la época y las referencias del ilustre Darwin, que lo visitó en su campamento del Río Colorado, cuando hizo su expedición al desierto, Rosas efectuaba fácilmente una prueba llamada De La Maroma, en boga antiguamente en las estancias, y que consistía en colgarse de una maroma que reunía las extremidades de los postes de la puerta del corral, y dejarse caer horqueteado sobre un potro chúcaro que se soltaba del corral. Podía igualmente, parado en la puerta del corral, saltar sobre uno de los potros que salían y jinetearlo. Nótese que lo dicho en esta última oración señala otra forma de hacer el salto, distinta a la común del imaginario criollo.
Volviendo a Lemee, señala como fuente: “las crónicas de la época”, y de los “dichos de Darwin”, no se desprende lo haya visto realizar o si se lo contaron.
No me animo a negarlo porque aceptando los conocimientos camperos del Restaurador, y conociendo la intrepidez y arrojo de los hombres gauchos de aquellos tiempos, bien lo pueden haber efectuado.
En el siglo pasado, a quien mucho le preocupó el tema y dos por tres lo traía al campo de las opiniones, fue don Julio Secundino Cabezas, y él… de alguna manera lo negaba: “Esta es una de las hazañas más difíciles  para el hombre jinete y más discutida  entre la gente del ambiente; (…) yo no la he visto realizar, pues siempre que se pretendió hacerla quedó el premio desierto.” “…no lo he visto desde 1900 para acá”.
Antes, en 1938, en la Revista La Carreta de “Leales y Pampeanos” de Avellaneda, alguien que firma Armando Cordo, dedica dos páginas a negar la realidad de tal destreza, y dice: “Esta es una “prueba”, que para los espíritus analísticos resulta inverosímil, dada la faz de la proeza que la misma revista y que solo en elementos sircenses, se concive su realización, pues son verdaderas acrobacias, propias de una sistemática maestría, que no posee el hombre de campo.” (sic)
Luego trae a colación opiniones de un entusiasta criollista como Ricardo Hogg, quien ya había escrito: “Un deporte que algunos creen que ha existido y que ni Hudson ni Cunninghame Graham han mencionado, es el llamado salto de la maroma. Hernández en “Martín Fierro” no dice nada de ese presunto tan difundido deporte de la pampa”. Luego, en su libro “Yerba Vieja” (1940), agrega: “Algunos periódicos han llamado equivocadamente hacer el salto de la maroma a montarse en un animal ensillado saltando desde un poste del costado del corral; pero esa prueba solo la efectuaron dos de los profesionales que mostraron más pericia: Sinforoso López, de Río Negro, y Martín Moyano, de Puán” (esto en un concurso organizado hacia 1909).
No conforme con lo expresado, Hogg cree conocer el origen de esta cuestión, y cuenta: “Para beneficio de los maturrangos, explicaremos como nació en la Argentina la famosa fábula de la maroma. Hace años abundaban aquí los andaluces, y uno de tantos contó a Darwin y a otros expedicionarios, que los criollos eran tan de a caballo, que hasta el Restaurador le ganaba al Diablo, porque se dejaba caer de una maroma sobre un potro, con un rebenque en cada mano;…”. La verdad, que lo que resulta increíble es su suposición.
Para no pasar de largo la referencia de “circenses” dada más arriba, transcribimos esta anécdota: “Se sabe que el Coronel Cody (Bufalo Bill), vino a las pampas argentinas en busca de un gaucho que saltara de la maroma, para su circo, pero los que sabían hacerlo se negaron, diciendo que ‘no eran payasos’.”
Si hay un escritor al que personalmente tengo por veraz y muy bien informado, ese es Don Justo P. Sáenz (h), y éste, en su reputado “Equitación Gaucha”, según información que le es suministrada, transcribe que en la “estancia <La Concepción> (del Rincón de Nogoyá), por los años 1900 a 1910, muchos domadores se largaban de la maroma a poco que se lo pidiesen”, y por si fuese poco agrega en una llamada: “Mi amigo Ignacio Camps Pintos, por otra parte, infórmame que aún hoy  día (aproximadamente 1940) existen jinetes en los departamentos de La Paz y Feliciano que practican ese lance con bastante frecuencia.”.
Pero reforzando estos comentarios, Sáenz (h) recurre a la descripción que el geógrafo inglés H. C. Ross Johnson, en su libro “Vacaciones de un inglés en la Argentina”, hace de dicha destreza, según lo que pudo contemplar en 1867 en una estancia del sur santafesino: “…el gaucho que había quedado balanceándose en la barra de arriba (la maroma) se dejó caer con toda limpieza sobre la brava yegua, la que, sintiéndolo, completamente atónita, dio la impresión por un instante de detenerse en su disparada…”.
Es interesante reconocer que tres de los libros más consultados sobre voces y costumbres camperas, dan al salto de la maroma como un hecho consabido; así Enrique Rapela (de Mercedes, Bs. As.), informa e ilustra con las generalidades del dominio común, mientras que Saubidet y Capdevila -curiosamente, ambos de Tapalqué-, lo describen y aportan datos, como por ejemplo, Saubidet, que dice que el salto nunca se hizo con un solo animal en el corral, “Según me ha sido relatado por algunos viejos criollos que han presenciado la prueba en estancias de estos pagos, como, en la Estancia Vieja de los Casares, en Tapalqué (donde) lo ejecutaba el temerario y arriesgado gaucho llamado Artaza”.
Haciendo hincapié sobre lo mismo, Capdevila reitera y agrega: “En la Estancia , de Don Francisco L. Casares, establecimiento de unas 40000 hectáreas, practicaron el -entre otros paisanos- los gauchos tapalqueneros Ambrosio Artaza y Pancho Reynoso”.
Sobre personas que dicen haber sido testigos presenciales de ésta difícil prueba, vale transcribir lo que hacia 1940 narraba Don Ángel Amarante: “Don Rafael Toso, que llegó a ser mayordomo del establecimiento de campo , de Jorge Queen, y que en la actualidad cuenta 71 años, vio hacer esta prueba en 1882 a un tal Pettigrew, quien se dejaba caer de la maroma sobre el padrillo de la manada. Don Roque Macchiaroli de 75 años de edad, quien domador el mismo, vio efectuar el salto de la maroma en el año 1879 al gaucho Feliciano Gómez, conocido por Feliciano , en la estancia de Don Tomás Igarzabal, en Sauce Corto, cerca de la laguna el As de Bastos.
Doña María Almagro de Campos vio hacer esta prueba en el año 1892 al gaucho Pablo Alcaráz, conocido por , en el establecimiento El Quinto, poblado por Don Manuel Isidro Campos. La señora R. Sullivan, de Lennon de 85 años, vio efectuar el salto de la maroma a Gualterio Paolaso, peón domador de la estancia La Vigía, de Huges. El señor Ramón Videla Dorna (h) vio también de igual modo a Irineo Centurión en la estancia San Pascual, del partido de Monte. El señor Sixto A. Cordero vio hacer esta prueba en Chivilcoy, en el año 1885, a Belisario Chirino, famoso domador de Nueve de Julio.”
César Lescano, aproxim.1981 - foto revista emtrerriana "Destreza Criolla" 

Si avanzamos en el tiempo y nos venimos hacia fines de la década del ’70 y principios de los ’80, está el caso del mentado jinete César Lescano que solía realizar exitosamente el mencionado salto, y así ha quedado registrado en una seguidilla de fotos que publicara la revista entrerriana .
En lo personal, aunque no lo hemos presenciado, conociendo el temple y carácter de nuestra gente campera, y haciendo una composición de aquellos años de la “Patría Vieja”, nos inclinamos por aceptar su real existencia.
Por último, recurriendo a la memoria, mi querido amigo Manuel Rodríguez (Teodelina, 05/1924), me cuenta que hacia 1940, por un corto tiempo fue caballerizo en Cabañas “Santa Juana” de Dubou, en vecindades de Estación San Marcelo, establecimiento que entre trabajadores y sus familias rondaban las 3000 personas, entre cuya paisanada vio en los hombre mayores vigente aún el uso del chiripá. Por entonces, con motivo de la inauguración de la Capilla de la estancia, se llevó a cabo una gran fiesta que duró unos tres días, en el transcurso de la cual hubo jineteada de potros y salto de la maroma, y que al decir de aquellos paisanos, se realizaba de dos maneras: la largada, colgando el hombre de la maroma (como ocurre en todas las referencias anteriores), y el salto, para el cual el hombre se acuclillaba sobre la maroma y de allí “saltaba” sobre el yeguarizo. Esta forma no está referenciada en ningunas de las citas que hemos encontrado, pero nos ha parecido interesante informarla, ya que de una u otra forma, convencido estamos que tal destreza gaucha existió.
La Plata, 19 de Enero de 2013
Bibliografía
  • Revista “La Carreta” Nº 68 – 3/1938
  • Yerba Vieja, de Ricardo Hogg – 1940
  • Equitación Gaucha, de Justo P. Sáenz (h) – 1951, 3º Edición
  • Gaucho Parejo, de Julio Secundino Cabezas – 1959
  • Instrucciones a los Mayordomos de Estancia – 1968, edición Plus Ultra
  • Vocabulario y Refranero Criollo, de Tito Saubidet – 1975, 7º Edición
  • Revista Cámara Argentina de Consignatarios de Ganado – 1º Bim. 1975
  • Conozcamos lo Nuestro, de Enrique Rapela – 1977, tomo I
  • El Habla Paisana, de Rafael Darío Capdevila – 02/2004
(Publicado en Revista El Tradicional Nº 109)

viernes, 15 de noviembre de 2013

ATALAYA: frustradas invasiones

Las costas de Atalaya (Partido de Magdalena, Buenos Aires), fueron testigo de distintos intentos de invasión, habiendo sido todos ellos infructuosos, por el heroico desempeño de la Guardia asentada en ese sitio.
El primero ocurrió en la época de la Guerra con el Brasil, el 24 de agosto de 1826, cuando 65 soldados del Imperio fueron rechazados por una milicia de 25 gauchos armados de bolas, lazos y algunos sables.
Años después, cuando Francia (en plena expansión imperialista intentaba hacer pie en esta zona de América), rompe relaciones con el gobierno que encabezaba Rosas, declara un bloqueo naval al Río de La Plata. Corre 1838.
La fuerza naval francesa era entonces una de las más importantes del mundo, y se encontraba al mando del prestigioso Almirante Luis Francisco Leblanc; la integraban, entre fragatas, corbetas, bergantines y goletas, 22 navíos distribuidos entre transportes y artillados.
Posiblemente molesto porque desde el Puerto de Atalaya se burlaba el bloqueo, intentando dar un escarmiento o también con la idea de establecer una posición terrestre, Lenblanc ordena el desembarco de una fuerza “como de 600”  infantes, la que era cubierta por fuego de artillería.
La acción, conocida históricamente como “El Combate del Sauce”, se desarrolla el 9 de Mayo de 1839, y en ella se alzan victoriosas las fuerzas del piquete que comandaba el Sargento Mayor Miguel Valle, reforzadas por 45 milicianos convocados ante la emergencia, totalizando unos 70 hombres.
Los derrotados, en acción despechada al regresar a sus navíos, prenden fuego a ocho embarcaciones de las muchas fondeadas en las vecindades del puerto.
Hubo otros episodios de similares características, pero el aludido enmarca el hecho histórico más notable y de mayor envergadura.
Como era norma en el protocolo establecido por Rosas, el parte informando al Comandante en Jefe del Regimiento, Don Prudencio Rosas, está fechado: “9 de Mayo de 1839 - A 30 años de la Libertad, 24 de la Independencia y 10 de la Confederación Argentina”.
¡Gloria y loas a aquellos anónimos soldados, valientes defensores de Atalaya!

(Texto de la Gacetilla por la "2ª Cabalgata Evocativa La Plata-Atalaya", 24 y 25/11/2013


miércoles, 13 de noviembre de 2013

PANCHO GANDOLA - a 10 años de su ausencia

El 4 de septiembre de 2003, hace ahora diez años, fallecía en San Vicente, provincia de Buenos Aires, Don Francisco Eduardo Gandola, “Pancho”, quien para entonces ya acumulaba 91 años, y era el legendario autor de “El Último Viaje”.
Había Nacido el 7/11/1911, en Barracas, siendo hijo de María Asunta Ameri y Francisco Gandola, Éste, que tenía por oficio el de carnicero, se conchabó en el Frigorífico “La Blanca” de Avellaneda, lo que motivó la radicación de la familia en esa localidad, y tras un período en la misma, la familia se mudará a Las Flores.

Su contacto con la poesía se da a temprana edad, como que por trabajar en un “boliche” que frecuentaban Martín Castro, Federico Curlando y Generoso Damato, entre otros, donde los escuchaba cantar e improvisar, es que se siente motivado a borronear sus primeras rimas. Tendría entonces unos 11 años. Y si a  eso le sumamos el contacto con el ambiente de hombres camperos  que entonces poblaba Avellaneda, tenemos el germen del origen gaucho de su poesía.
Pasó gran parte de su vida vinculado al ambiente artístico, participando en espectáculos de los que -en años a- se denominaba “variete”, también en obras teatrales e incluso funciones de circo, realizando todas las actividades, menos la de cantor.
En teatro actuó por tres temporadas en el prestigioso Teatro “El Nacional”, junto a Muiño y Alippi; y con Vacarezza recorrió Córdoba, Entre Ríos, Chaco y San Juan, con un éxito que se llamó “La Fiesta de Juan Manuel de Rosas”.
También, y por espacio de 20 años, fue el animador del prestigioso espacio nativista porteño, “La Querencia”.
En el campo poético, si bien muchísimos son los temas que ha compuesto, su nombre ha cobrado trascendencia y lugar permanente en el panorama del verso criollo, gracias a su tema “El Último Viaje”, letra que reconoce grabaciones de: Rogelio Araya (autor de la música), Edmundo Rivero, Alberto Merlo, Argentino Luna, Rubén Juárez, Carlos Demarco, Rubén Barcia, Quiroga Larreta, Juanjo Domínguez, Carlos Tala, Roberto Luna, Cholo Iseas; en España, Ángel Cárdenas; en Francia, Jairo, y en Japón “Los Tres Soles”.
De sus publicaciones que son 7, recordamos: “El último viaje”, “Entropiyando”, “Que le dijo el último hijo de Martín Fierro a Pancho Gandola”, y “Lonjas Sobadas.
Los restos de Gandola fueron velados en el Palacio Municipal de San Vicente, y al cumplirse el año, el sábado 4/09/2004, se bautizó una calle con su nombre.

A 10 años de su partida valga este recuerdo.

martes, 1 de octubre de 2013

RODOLFO FALCIONI, el de "El Hombre Olvidado"

La columna de hoy la queremos dedicar a una de las plumas brillantes que ha tenido la ciudad, cuentista, novelista, dramaturgo, a más de ser un hombre prestigioso en su actividad profesional.
Nos estamos refiriendo a Rodolfo Domingo Falcioni, quien como hijo de Rosa Serio y Domingo Falcioni, nació en La Plata el 24/06/1916.
Curso todos los estudios en su ciudad natal graduándose en 1942, en la Facultad de Ciencias Médicas de UNLP, en la especialidad de “clínica médica”.
Abocado a su profesión, entre 1955/70 ejerció la Jefatura del Servicio de Clínica Médica del Hospital Italiano, y vinculado a su actividad también se desempeña en la Administración Pública, como Director de Relaciones Públicas del Ministerio de Salud Pública bonaerense, aunque por un breve período.
A temprana edad incursiona en la literatura, adjudicándose en 1934 el Primer Premio del Concurso Literario para Estudiantes Secundarios de la Provincia de Buenos Aires.
Su producción, que se inicia como cuentista, discurre luego con éxito por los géneros de  teatro y novela, y parte de sus distinciones y publicaciones, es:
-          Mención Honorífica Certamen de autores Noveles -SADE- por el libro de cuentos “Las órbitas vacías” (1948), su primer libro.
-          Primer Premio Certamen de Autores Noveles - Ministerio de Educación bonaerense-, por  “Las Máscaras” (1951)
-          Primer Premio Ministerio de Educación de la Nación, por la obra de teatro “La Casa Sitiada” (1953)
-          La Puerta del Infierno” -novela- (1953)
-         Primer Premio Nacional “Gregorio de Laferrere”, por la obra de teatro “A través del espejo” (1957)
-          Primer Premio Provincial a la novela “El Hombre Olvidado” (1958)
-          Segundo Premio Nacional de Literatura -trienio 1957/59- a “El Hombre Olvidado”
-          Gran Premio de Honor a su obra – SADE (1962)
-          Primer Premio Dirección de Cultura bonaerense a la obra de teatro “Beatriz no quiere desnudarse” (1964)
-          “Educación para la salud” (1970)
 Vale destacar que los derechos de sus novelas “La puerta del infierno” y “El Hombre Olvidado”, fueron adquiridos con intención de ser llevados al cine.
La última de las dos novelas está ambientada en la Comandancia de Trenque Lauquen, en las épocas de las luchas fronterizas, y todo el relato se hace a través de la voz  del Coronel Conrado Villegas, el famoso “Toro” Villegas, con lo que la narración cobra una especial vibración y un inigualable tono de verismo.
Al comentar la obra, el estudioso Gregorio Weinberg apuntó que “…da la prueba cabal de su conocimiento -profundo, minucioso- de la pampa poblada por el misterio de los árboles y las aguadas, los animales, los pastos y las estrellas; pero habitada también, a mediados de la pasada centuria, por indígenas maravillosamente identificados con las plurales dimensiones del paisaje. (…) Su amor entrañable por nuestra tierra, sus moradores y sus gestas hazañosas, las volcó en estas paginas inolvidables de su hombre olvidado…”.
Vivió largos años en la localidad de City Bell, en las entonces calles 11 esquina 17, mudándose luego al centro platense (calle 46 e/14 y 15)
Falleció en horas de la mañana del 27/11/1979 en la Clínica Ipensa, de La Plata. Tenía 63 años.

Que bueno sería, en esta época de renacer del cine nacional, cuando tanto filman nuevos directores, se reflotara aquella idea de plasmar “El Hombre Olvidado” para la pantalla grande. ¿Quién dice…? Siempre hay tiempo…
(Publicado en El Día, Supl. Nuestra Zona, del 17/02/2012)