miércoles, 17 de marzo de 2010

CORRIDAS DE SORTIJA -un juego con historia-

(apuntes para su conocimiento)
 Actualmente, cuando hablamos de “fiestas gauchas”, tanto los aficionados al tema como los que no lo son, asocian rápidamente con un espectáculo de jineteada o con un desfile. Y de la misma manera que podemos afirmar que si en dichas manifestaciones ni comienzan ni terminan las tradiciones ya que tan sólo son un aspecto, decimos que el espectro de las mismas es tan amplio, que a veces, por centrarnos en las cuestiones más “atractivas”, hacemos de cuenta que miramos las tradiciones con un sólo ojo. Por eso, intentando recrear otras zonas de la tan vasta y variada cultura terruñera, hemos de abordar, aunque sucintamente, el tema de las “Corridas de Sortija”.
"Corrida de Sortija", de Della Valle
Todo indicaría que dicho juego llegó a estas latitudes con la conquista, y con el paso del tiempo sacó carta de criolla ciudadanía, haciéndose infaltable en los festejos de las fiestas patrias y las fiestas patronales de cada pueblo. Y así se transmitió en el tiempo hasta bien entrado el siglo 20, a tal punto, que el meticuloso y muy bien informado D. Justo P. Sáenz (h), a principio de los años 40 aseveraba: “La Corrida de Sortija, único juego de a caballo que (con las carreras de velocidad) ha perdurado sin modificaciones hasta nuestros días, fue introducido por los Conquistadores.”, claro que ahora, a más de sesenta años de lo dicho, no podemos sostenerlo con tal firmeza, porque aunque el juego perduró con muchos adeptos, ha variado usos (cosas de las ‘innovaciones’, que le dicen).
Insistiendo sobre el origen y su persistencia en nuestra vida rural y costumbres tradicionales (Sáenz cita que se las menciona en escritos de 1657, o sea, ¡hace casi 350 años!), podemos remitirnos a Guillermo A. Terrera, quien no duda en informar que tal justa fue “...Traída a tierras americanas por los españoles, estos a su vez la recibieron de los conquistadores moros, pues la sortija era un juego muy popular entre las tribus moras del norte de África.”
A diferencia de las “carreras cuadreras”que por lo general se desarrollaban en las afueras de las poblaciones, e inclusive a pleno campo sobre las huellas preparadas a tal fin en alguna “esquina” de la campaña, las corridas de sortija, como llevando al campo de la mano, se adentraban al pueblo o la ciudad, corriéndose por lo general en la calle principal, junto a la plaza y frente al municipio. Y estas destrezas gauchas admiraban a los puebleros, quizás también porque “Las distracciones paran los porteños eran tan escasa -dice José Wilde- que a veces concurrían las familias a presenciar alguna corrida de sortija...”. Y es que después de 1810 (y antes también), la mayoría de los entretenimientos netamente populares eran de origen rural: sortija, cinchadas, cuadreras, pato, riña de gallos, e inclusive ¡corridas de toros! (éstas de hispana índole).
Pero volviendo a lo nuestro, no había fecha patria o fiesta patronal, donde no estuviera presente. Bartolomé Hidalgo, testigo presencial de los sucesos de entonces, en lo referido a las Fiestas Mayas de 1822, le hace decir a su relator Contreras: “Entre tanto la sortija / la jugaban en el bajo.”
Pero estará preguntando algún lector neófito: ¿qué y cómo eran las corridas de sortija?
Como ya hemos dicho se preparaba una calle que se vedaba al tránsito; en la mitad del recorrido seleccionado (unos 150mts., podría decirse), se levantaba un arco, cuyo travesaño se fijaba aproximadamente a los dos metros y medio, y de éste en su centro -sí es de una sola sortija- o a metro y medio de cada parante si se corre en yunta, levemente sujeta a un delgado hilo o de una cinta -antes- o a una pequeña vaina -actualmente-, pendía y pende, la pequeña argolla que pondrá en apuros a más de uno, y hará lucirse a otros.
Pero sigamos la descripción de Tomás Hutchinson, que nos visitó entre 1861/8: “Se juega como sigue: en la plaza principal de la capital, y a eso de las cinco de la tarde, se verán plantados en el centro de la calle más importante, o en la Plaza Mayor, dos postes verticales de madera, de poco más o menos diez pies de altura, cruzados por una viga (...) y por debajo de ésta, está suspendida flojamente una pequeña sortija no más grande que un anillo de bodas”, y acota que era el deporte más frecuente del gaucho.
¿Y los participantes? preguntará otro. Pues bien, estos aportaban un caballo bien ensillado, de buena rienda y andar muy suave; y el jinete, a más de diestro en equitación, buena vista y buen pulso, ya que en la mano libre de las riendas, debe sostener un palito debidamente acondicionado, con el que, suelto su caballo ‘en toda la furia’ -al decir de Terrera-, deberá ensartar al pasar bajo el arco, la preciada sortija. Al palito aludido, suele denominárselo “puntero” o “lápiz”, y los hay confeccionado de ex profeso en forma primorosa.
Si en las fechas patrias, el arco y su entorno se engalanaban con los colores de la bandera en escarapelas, cintas y gallardetes, otra era la ornamentación en las fiestas patronales, y por eso, de su entrerríos natal y en los albores de la argentinidad, imagina y describe Martiniano Leguizamón: “Y allí cerca, en el centro de la calle alfombrada con ramas de hinojo y romero, se alzaba un gran arco revestido de verde follaje y de alegres gallardetes, que la brisa hacía palpitar con suave rumoreo de alas agitadas”.
Se practican distintos tipos de pasada. En la actualidad suele hacérselo en yuntas y en un solo sentido de la cancha; antes era muy frecuente dividir a los participantes en dos bandos, uno a cada extremo de la cancha, y al visto bueno de un rayero, veedor o juez inicia la pasada el de un lado; cumplida ésta, dará la señal al de la otra punta, y así sucesivamente.
Esta forma o modalidad, que por otro lado es la única a que alude Tito Saubidet, es la que me refirieron mis abuelos, cuando a principio de los ’80 y octogenarios ellos, los interrogué sobre las festividades, usos y modalidades, en sus años niños y mozos en “la vieja” Magdalena; mi abuelo Desiderio Espinel, que debía galoparse ocho leguas para estar en ‘las patronales’, me aseguró que hacia 1920 había sacado el premio con ¡18 sortijas!... y debo creerle; vale decir que se corría a doble arco, que es otra modalidad también.
Pero no cualquier ‘sacada de sortija’ es válida, que para eso está el juez antes aludido, el que “dirá si el jinete no lo ha hecho a la velocidad adecuada de su montado. Esta prueba no es sencilla como al primer momento aparenta”, informa Rapela; también verá el juez si no la ha ‘pellizcado’ con algún dedo, en una descortés picardía criolla, acotamos nosotros.
La pequeña argolla que en la actualidad es de un metal sin valor, parece que en otros tiempos llegó inclusive a ser preciado, de allí que el sabio Pablo Mantegazza, que entre 1858 y 1863 nos visitó en varias ocasiones, refiere que del arco “...pende un pequeño anillo de oro, apenas suspendido de una débil cinta de seda” y que una vez obtenido, el ganador lo obsequiaba a alguna “de las elegantes señoritas, que, con sus pañuelos y sonrisas animan a los caballeros en la difícil empresa, para enorgullecerse de adornar sus dedos con el obsequio del vencedor”.
Hemos dicho y han testificado otros, de la baquía del jinete y la docilidad del montado, pues ha ocurrido y ocurre, que al encontrarse el animal embretado entre la gente que bordea la cancha y al toparse de pronto con el arco, suele “apamparse” amagando a esquivarlo, generando inconvenientes o situaciones impensadas, como la que hace tiempo relatamos en “Fiestas Patronales” y dice:

“Se ráiban chicos y grandes
al ver que a Hilario Sampayo
se le arrastró fiero el bayo
que compró a Lauro Fernández;
hubo corridas, desbandes,
y al dar contra el poste, Hilario,
lo revivió el boticario
bajo el arco mesmamente,

mientras que al bayo, un agente,
yevó pa’ lo ‘el Comesario."

(Una chuscada, si se me permite).

Si bien es un juego tradicional de nuestra campaña, en la actualidad y desde hace fácil 35 años, se ha introducido -más que nada en una amplia zona que rodea la Capital-, la costumbre de acortar en extremo las estriberas, debiendo el jinete hacer la corrida ‘parado en los estribos’ (los arcos se alzaron a 2,55/2,65 mts.), con lo cual si bien demuestra habilidad, baquía y dominio del caballo, se aleja de lo tradicional que era correr sentado en el recado y, como expresa Leguizamón “al llegar junto (al arco) el jinete se irguió de pronto en los estribos y apuntó a la pequeña argolla con un palito encintado”.
Actualmente, entre agrupaciones afiliadas se desarrolla un campeonato de sortijas, habiéndose llegado, gracias a la iluminación artificial de las canchas, a correr en las noches de verano evitando así las altas temperaturas del estío.
Por todo lo dicho, y descontando el valor de lo expresado por los estudiosos, cerramos con la apreciación de Félix Coluccio: “Este juego ha tenido y tiene grandes cultores. Constituye por si solo un motivo de reunión amena y entretenida, que los espectadores siguen con interés durante todo su desarrollo.”


“CORRIDA DE SORTIJA”

Lo trái pisando con juerza
bien afirmao en la rienda,
pa’ que’l pingo más se tienda
y pa’ que’l rumbo no tuerza;
por lo bajo lo conviersa
y echando el peso al estribo,
se’nderieza en gesto altivo,
estiende’l brazo ante’l pecho,
y al arco encara derecho
apuntando a un centro esquivo.

Su mano empuña segura
y en una atitú prolija,
el ‘lápiz’ de la sortija
que sacó de la cintura.
Ya en el arco, su postura

es de total rigidez,
y decidido a la vez
con güen pulso y muy certero,
saca ensartada al ‘puntero’
la argoya y su redondez.
......................................
Así son en la Argentina
“las corridas de sortija”
y no hay fiesta que no elija
ésta diversión genuina,
ya que a lo crioyo ilumina,
lo enriquece y lo engalana.
Y es de esperar que mañana
hombres de pulso sereno
defiendan -de orguyo yenos-
¡esta tradición paisana!

Data de la nota: La Plata, 12 / febrero / 1999 (Publicado en el N° 56, 10/2004, de Revista "El Tradicional")

Bibliogrfía
-
Del Truquiflor a la Rayuela, Jorge Páez (1971)
- Montaraz, de Martiniano Leguizamón (1900)
- Estampas del pasado, de José L. Busaniche (1971)
- Folklore y Nativismo, de Félix Coluccio y G. Schiaffino
- Juegos y diversiones en la Gran Aldea, colec. “La Vida de Nuestro Pueblo”, de Oscar
Troncoso
- Cielitos y Diálogos Patrióticos, de Bartolomé Hidalgo
- Equitación gaucha en la pampa y mesopotamia, de Justo P. Sáenz (h) (1942)
- Buenos Aires desde 70 años atrás -1810/1881-, de José Wilde (1960, Eudeba)
- El caballo criollo en la tradición argentina (Cap. VIII), de Guillermo A. Terrera (1970)
- Conozcamos lo nuestro, de Enrique Rapela (Tomo III, 1978)
- Vocabulario y Refranero Criollo, de Tito Saubidet (1975)
- Campo de Ayer, de Carlos Raúl Risso (1998)

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