domingo, 15 de julio de 2012

EL GAUCHO

SU  GÉNESIS
Desde la ventana que tan gentilmente me abriera … (“El Mirador  /  El Tradicional”) permitiéndome no solo otear hacia horizontes sin límites, sino también, volcar algunas reflexiones, decía al entornar sus postigos, que de  haber “una próxima” hablaríamos de nuestra cultura gaucha. ¡Pues, intentemos darle inicio!
Pero hablar del gaucho, así a secas, es -como suelen expresar los jóvenes-: todo un tema. Y para encontrarle la punta al mismo debemos remontarnos a la llegada de los primeros conquistadores e imaginarnos sus ojos poblados de asombro: primero, porque pisaban una “tierra nueva”; segundo, por la exhuberancia de lo que la misma les ofrecía -ríos inmensos, selvas inconmensurables, montañas gigantescas-, ¡que el nuevo mundo no se las anda con chiquitas!, y superaba todo lo por ellos  conocido.
Y sumémosle a lo dicho, la rica magnificencia de las desarrolladísimas civilizaciones que habitaban Centroamérica y el norte y noreste de la América del Sur.
Escaramuza más escaramuza menos, dominar a aquellos pueblos civilizados fue tarea fácil para los ambiciosos soldados ávidos de riquezas; pero a medida que avanzaban hacia el sur o que intentaban desembarcos en el sur del continente, no solo la naturaleza se mostraba más agresiva, sino que en los naturales de estas regiones, en condición inversamente proporcional a su desarrollo sociocultural, crecía su belicosidad en defensa de esa invasión.
Mucho le costó al español asentar su planta en esta zona de América; baste evocar a Solís y Mendoza, entre otros, para recordarlo. Y si bien las riquezas no estaban a la vista como con los aztecas y mayas, el imaginario popular se encargaba de mostrarlas de manera tal que, incentivado el apetito codicioso, el conquistador buscó afanosamente sobreponerse a tanta contingencia y adversidad, hasta lograr establecerse con cierta seguridad.
En nuestras latitudes, que es donde rastreamos el origen del ser social llamado “gaucho”, la conquista logra hacer base en lo que hoy es Paraguay.
Al respecto dice Félix Luna: “Poco después (refiere a la muerte de Mendoza) se estableció una convivencia relativamente pacífica en el Paraguay, y los guaraníes hicieron tratos con las huestes de Irala sobre la base de entregar a sus mujeres, en un ámbito que se dio en llamar ‘el paraíso de Mahoma’.”
El destacado es nuestro, que allí se encuentra la punta del ovillo.
No es ninguna novedad afirmar que en aquellas aventuradas y difíciles travesías sobraban hombres y escaseaban mujeres, y no es de extrañar tampoco que por una cuestión natural hombres y mujeres se necesitan mutuamente, y a falta de europeas, ¡bienvenidas las guaraníes! Y se inicia la mestización.
Fruto del reclamo de esa necesidad sexual, son los hijos que comienzan a denominarse “mancebos de la tierra”, “mozos de la tierra” y también “criollos”. En un trabajo anterior los describía así: “Hijo de vientres pródigos y fecundos pero casi anónimos, tuvo padres que le mezquinaron la identidad de la paternidad.”
Cuando Juan de Garay acude hacia el sur con la intención de establecer el dominio del estuario del Plata refundando la ciudad soñada por Pedro de Mendoza cuatro décadas antes, encabeza una expedición integrada por sesenta y seis personas, que en si ya no eran españoles de pura cepa, sino, casi todos nacidos en estas tierras, producto de los tratos párrafos arriba indicados. Eran criollos.
Buenos Aires fue refundada el 11 de junio de 1580 prácticamente por “hijos del país”.
Aquella expedición pondrá en movimiento una actividad que será primordial para el nacimiento del gaucho: el trabajo con hacienda y de a caballo.
Entonces el valor de la hacienda bovina y caballar era muy importante, y una cantidad de ellas era necesaria para establecerse en las regiones a dominar. Esto motivo una expedición fundadora dividida en dos: por agua, en embarcaciones, los enseres de trabajo, muebles, provisiones y herramientas; por tierra los arreos vacunos y yeguarizos confiados a mozos de a caballo y guaraníes colaboradores y prácticos en la tarea.
Esa actividad ecuestre vinculada al manejo de hacienda bovina, será primordial para el nacimiento del gaucho, y quizás haya sido ésta travesía el antecedente cierto de lo que siglos más tarde conoceremos como uno de los oficios más gauchos: el de tropero, arriero o resero, según sea la región.
La fundadora expedición de Garay, trajo hacia estas tierras a poblar, entre 300 y 500 cabezas de ganado vacuno y unos 1000 yeguarizos. Siete años antes, el mismo soldado había fundado Santa Fe de la Veracruz, en cuyas adyacencias ya se apacentaban de estas clases de ganados (procedentes del Paraguay y Córdoba), necesarios para el abasto de la población, unos, imprescindibles para la movilidad, el trabajo, la guerra y las tareas de expansión, los otros.
Es de pensar con certeza, que de los que venían arreando desde la Asunción, como de los que se aquerenciaban por la joven Santa Fe, y los que se establecieron en la nueva Buenos Aires, hubo animales que escapaban del control de sus pastores (se “alzaban” se decía entonces), y dueños y señores de un ámbito que los favorecía, se silvestraban, o para decirlo en el lenguaje de la campaña, se hacían “cimarrones” (salvaje, montaraz). Si a esto le sumamos que unos siete años después, Juan Torres de Vera y Aragón fundaba San Juan de Vera de las Siete Corrientes, para cuyo fin se arrearon -también de la Asunción- 1500 cabezas de ganado, con los que debe haberse repetido el fenómeno antes aludido, ya tenemos en la hacienda silvestrada, el caldo de cultivo del que ha de germinar el gaucho.
Haciendas de Santa Fe se utilizaron para poblar y extender las posesiones en la Banda de los Charrúas, y así, hacia 1606 el Gobernador Hernandarias encontró vacunos cimarrones ¡a diez leguas de la costa!, lo que es decir más de 50 kms.
Según refiere Coni en su “Historia de las Vaquerías de Río de la Plata”, a 28 años de fundada la Ciudad de Buenos Aires (1608), el Cabildo concede a Melchor Maciel, el primer permiso o licencia para cazar hacienda cimarrona. Esto de por sí explica que el número de animales en estado silvestre en los campos más o menos próximos, era muy importante.
Así, hacia 1610/20, las haciendas sin marca de dueño, pero que se consideraban propiedad de los gobiernos de cada ciudad, se contaban por cientos de miles a lo largo del litoral, en la Banda Oriental, y en los llanos próximos a Buenos Aires.
Y esta geografía poblada de majestuosos ríos, impenetrables montes y selvas, con llanuras inmensas, pero que carecía de los codiciados metales precioso tan apetecibles para los conquistadores, reemplazará las minas de plata, con la explotación del ganado vacuno, cobrando suma importancia lo que ha de llamarse “acción de vaquear”.
Era tal, un derecho que se vendía a, por lo general, miembros de la sociedad “más acomodada”, y que no necesariamente tenía que ver con la posesión o titularidad de la tierra.
Ahora bien, no han de ser estos “señores” los que han de internarse campo adentro donde la naturaleza y los naturales del suelo tallaban por propia condición. Estos propietarios, a los que se conoce como “accioneros”, contrataban capataces de probada autoridad y mando, y éstos, se encargaban de reclutar esos “mozos de la tierra”, esos “hijos del país”, esos “criollos”, hábiles como el que más para el caballo y curtidos como el mejor para la intemperie, que habían heredado de la sangre materna, la parquedad, el coraje nunca doblegado y un cierto distanciamiento hacia el poder de la civilización; y de su ascendencia paterna, cierta anónima hidalguía y el mismo arrojo que le permitió al conquistador el abordaje de lo ignoto.
Por meses armaban campamentos en lugares recónditos (si los relacionamos con los escasos centros poblados), abocados a la caza de la hacienda salvaje, animales de cuerpo enjuto, amplia cornamenta y ágiles como gamo; donde a fuerza de desjarretador, lazos, boleadoras y facón, procedían a la tarea de sacrificar la mayor cantidad de reses posibles, para paso seguido, a cuchillo y chaira iniciar la cuereada, animal por animal, ya que era éste -la corambre-, el único elemento aprovechable entonces, el que, carretas mediante, llegaba a los puertos que le señalaban a Europa como fin de viaje.
De esta actividad, realizada casi ininterrumpidamente hasta mediados del 1700, nace ese ser social al que se llama gaucho, que por las circunstancias apuntadas solo ha de respetar en el mando al que es superior a él, lo que -con el devenir del tiempo-, ha de explicarnos el por qué del caudillismo.
Según Juan Espinosa, el gaucho “Es orgulloso como quienes no reconocen superior en el desierto en que vive, y se considera dueño por su esfuerzo de cuanto lo rodea”. Esta última interpretación de la propiedad, es la que en el Siglo 19 fundamentalmente, lo enfrentará al poder del patrón y de los jueces, que lo tildan de vago y haragán; pero, por el contrario, si seguimos al autor citado, vemos que “…es espigado, ligero de cuerpo, pero membrudo; tan infatigable en la faena como indolente cuando no tiene precisión de hacer algo. Alegre a veces, taciturno otras, celoso de sus derechos de hombre, no sufre que nadie le humille: tipo especial que no tiene muchos parecidos”.
Resumiendo, tomamos la expresión del Dr. Pizarro, cuando dice:  “El gaucho (…) se apone al blanco-europeo y a su orden porque solo lo valoraba como esclavo y tiende  a alejarse del tipo de vida horizontal y gregaria del indio, porque se siente superior a la misma…”.
Acercándonos al final, digamos que desde aquella fundación de Asunción (1537) transcurrieron dos centurias hasta llegar a erigirse en un ser social con identidad propia, templado y formado por las dos vertientes que le dieron vida (“Naciste en la juntura de dos razas  /  como en el tajo de dos piedras  /   nacen los talas”, estilizó el poeta), y todo eso para una existencia plena de no más de un siglo, como que alterada la geografía natural por el avance civilizador, el gaucho transmutó hacia el hombre de campo que alteró aquella seminómade existencia, en la de peón de estancia, puestero, resero por caminos serpenteantes, pero atado ahora a reglas socio-económicas que en todo difieren de su tiempo de origen.
Muchas páginas podrían borronearse sobre el particular, aportando dichos de muchos investigadores, pero buscando la síntesis cerramos con las palabras del oriental Silva Valdés, cuando dice que en el ayer el gaucho abonó la Patria con su sangre, y que “hoy, convertido en símbolo, sigue prodigando el zumo de su vida nutriendo el estro de algunos artistas que lo evocan y lo aman como al abuelo del pago grande que es el terruño. Gaucho: creo que no te acabarás nunca (…), nuestras patrias te ofrecerán al futuro en las dos manos extendidas del Arte y de la Historia”.
Y en eso andamos nosotros.
La Plata, 17/10/1998
Publicado en Mensuario “El Mirador” (La Plata), en 10 y 11/1998
Publicado en Periódico “El Tradicional” Nº 46 de 06/2002

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